Luego de los sismos del 7 y el 19 de septiembre en México, resulta imperioso hacer un recorrido por la historia de algunos de los desastres naturales que han azotado a la humanidad. La memoria de otras épocas y otros horrores, más que asustarnos, debe servir como un bálsamo para sobrellevar la tragedia. Proponemos una lista de recomendaciones para abordar estos fenómenos que acechan irremediable y constantemente la vida humana.

Los cimientos de la Ilustración

Uno de los terremotos más conocidos y catastróficos de la historia ocurrió en Lisboa el 1 de noviembre de 1755. Su magnitud, según estimaciones recientes, fue de entre 8.5 y 9 en la por entonces inexistente escala Richter. El sismo provocó no solo el desplome de cientos de edificios sino una serie de incendios incontrolables y, peor aún, el tsunami que arrasó con la marina mercante portuguesa, estacionada a orillas del Tajo. Se calcula que fallecieron cerca de 50 mil personas, es decir, una quinta parte de los habitantes de la ciudad, que quedó en ruinas. El Marqués de Pombal encabezó las tareas de reconstrucción; a él se deben las enormes plazas y corredores abiertos, las espaciosas avenidas y el ambiente urbano actual.

Además de sacudir la tierra, el sismo sacudió los cimientos de la Ilustración. Voltaire situó a Cándido en mitad de esta tragedia, un episodio más de Candide, cuento filosófico y elegante sátira para refutar el optimismo y la teodicea de Leibniz. Pangloss, el tutor de Cándido, no para de explicar el sentido de los sucesos y las desgracias humanas, advirtiendo a priori que todo tiende hacia el bien: la Historia tiene una dirección, un plan divino y armónico, que desemboca en el mejor de los mundos posibles. Sobre Cándido, Pangloss y otros personajes, caen las peores desgracias de la humanidad: guerras, secuestros, violaciones, castigos de la Inquisición, esclavitud, etc. La idea del mejor de los mundos posibles inspiraría, en el siglo XX, la literatura distópica y la obra de Aldous Huxley. Por su parte, Kant estudió el sismo de 1755 y quiso comprender su origen a partir de causas naturales: existirían cavernas subterráneas llenas de gas que repercuten en la superficie. Estas observaciones del joven alemán remiten al nacimiento de la sismología. El terremoto de Lisboa fragilizó también el lenguaje filosófico, poniendo en duda la metáfora tradicional del “fundamento” de las teorías, prolongando la duda originaria de Descartes y su profundo escepticismo ante la solidez y firmeza de las bases del pensamiento.

Voltaire, Cándido (capítulos V y VI) y Poema sobre el desastre de Lisboa, en Voltaire, Cuentos completos en prosa y verso (edición y traducción de Mauro Armiño), Madrid, Siruela, 2015, 932 p.


Los versos del 85

Uno de los poemas más difundidos sobre el sismo de 1985 es “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”, primera parte de Miro la tierra (1986) de José Emilio Pacheco. Se trata de un poema largo, recortado en fragmentos (5 capítulos con 12 subsecciones, o 12 poemas cortos cada uno) que buscan afrontar el vacío de la destrucción, la muerte y la condición perecedera de la vida humana. El 21 de septiembre Pacheco regresó a la Ciudad de México y observó los estragos del sismo: gran parte de estos poemas son de una asombrosa calidad testimonial y casi empírica.

Gracias a estos versos, la tragedia del 85 encuentra su certera profundidad histórica. Dialogan con la tradición y le abren un espacio generoso a los que han escrito sobre nuestra ciudad, desde Bernardo de Balbuena hasta Luis G. Urbina. La Colonia ya implicaba una primera destrucción no solamente cultural y humana: acabar con el medio lacustre es trampa y cadalso para la ciudad del porvenir, edificada sobre lagos. “La ciudad ya estaba herida de muerte. / El terremoto vino a consumar / cuatro siglos de eternas destrucciones”. Luego del sismo casi cíclico del pasado día 19, los versos de Pacheco cobran una terrible actualidad. A ratos, parecen noticias de ayer: “Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje. / Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo, / anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre— / que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto / a detener la muerte con la sangre / de sus manos y de sus lágrimas […]”.

José Emilio Pacheco, Miro la tierra (1986), en José Emilio Pacheco, Tarde o temprano [poemas 1958-2000], México, FCE, 2000.


Esperar la llegada del Katrina

En 2005, el huracán Katrina mostró la desolación y la pobreza de las zonas sureñas estadounidenses. Su paso levantó la capa de olvido y abandono que cubría a los afroamericanos y migrantes más marginados. Jesmyn Ward, escritora y profesora en la Universidad de Nueva Orleans, se encontraba en una zona rural del Mississippi. Ante la inminente llegada de Katrina, tuvo que refugiarse en su auto y buscar posada en las casas blancas que rechazaron darle posada. A raíz de esta experiencia y de su paso por las zonas paupérrimas y devastadas del Este de Nueva Orleans, decidió urdir una trama tan desoladora como realista situada en el caserío de Bois Sauvage. En Salvage the Bones, Esch, la protagonista, es una joven negra de quince años, huérfana de madre y embarazada, que junto a sus tres hermanos busca reunir víveres y asegurar su supervivencia doce días antes de la llegada del huracán. Aunque esté escrita a raíz de circunstancias contemporáneas, la novela rompe expectativas y tiempos históricos: su heroína es Dafne, Psique o Eurídice —mitos griegos que lee y reconstruye—; la narración remite a Gilgamesh, al arca de Noé, al Apocalipsis. “Es una vieja historia —de honor familiar, venganza y desastre— y es una buena historia”, afirmó el New York Times. Con este libro, la autora ganó el prestigioso National Book Award en 2011, después de casi abandonar para siempre el oficio de escritora.

Jesmyn Ward, Salvage the Bones, New York, Bloomsbury Publishing, 2011, 288 p.


La mítica explosión del Vesubio

Pocas catástrofes han sido tan fecundas y fascinantes a lo largo de los siglos como la explosión del Vesubio en el año 79 D.C, que sepultó bajo la ceniza las ciudades de Pompeya y Herculano. Tan implacable y abrumadora como el diluvio de fuego de aquella trágica noche ha sido la lluvia de mitos, novelas, poemas, diarios de viaje, bitácoras y hallazgos arqueológicos que han explorado este episodio de la antigüedad tardía.

Sobre las ruinas de Pompeya se construyeron relatos imaginarios que aún permean la investigación histórica y arqueológica. Se piensa, de entrada, que la explosión repentina sorprendió a los habitantes sentados en el anfiteatro o bien durmiendo. Sin embargo, Plinio, testigo directo de los acontecimientos, relató en una epístola a Tácito la muerte de su tío, Plinio el Viejo —el naturalista—, quien dirigía una expedición marítima desde Miseno para intentar rescatar a los habitantes de las inmediaciones del volcán. Plinio el Viejo quedó atrapado demasiado cerca de los gases tóxicos en una erupción que habría durado unas diecinueve horas.

Otro mito alimentado durante siglos señaló a Pompeya como la ciudad de los vicios y el libertinaje. Las excavaciones revelaron pinturas y murales eróticos, desnudos y falos. Todos esos hallazgos fueron posteriormente resguardados en el Gabinete de Objetos Obscenos, al que podían entrar nobles y soberanos de impecable reputación. La erupción quedaba justificada como un castigo divino ante esa moral relajada que se embadurnaba con los más viles placeres. Sodoma y Gomorra en otras latitudes. Esa idea de una sociedad sexualmente autodestructiva y corrupta aparece claramente refrendada en la novela de Edward Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya (1834), que dio pie al mito proteico de la erupción volcánica más conocida de Occidente.

Plinio el joven, Epístola VI, 16 y Epístola VI, 20 (cartas de Plinio al historiador Tácito) en Plinio el joven, El Vesubio, los fantasmas y otras cartas, Madrid, Cátedra, 2011, 136 p.

Edward George Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya, Barcelona, Planeta, 2010, 424 p., ed. original en inglés de 1834.


Atravesar un tifón

El capitán MacWhirr, indolente, inexpresivo, prácticamente apático, modelo de orden y disciplina, dirige el Nan-Shan de regreso a China. En sus bodegas se hacinan unos doscientos coolies, cargadores o estibadores que las colonias europeas contrataban a bajo costo, ancestros marítimos de nuestros braceros y espaldas mojadas. En un punto de la travesía, MacWhirr no quiere leer malos presagios en su barómetro: la presión atmosférica acaba de sufrir una caída dramática. De pronto, al vapor lo envuelve una angustiante calma y una bruma sofocante, opresiva. Sin saberlo, se aproximan a un tifón de fuerza desmesurada.

El relato de este barco y de su capitán, del motín que estalla entre los coolies que temen por sus pertenencias y sus monedas de plata —fruto de largos meses de sudor— componen Tifón,una pequeña y perfecta novela escrita por Joseph Conrad, como muchas otras, para canalizar su experiencia en la marina mercante inglesa. Tifón es el retrato del crecimiento de la desesperación en alta mar, la ardua prueba para un capitán impasible y dogmático, la descripción minuciosa de las olas y las ráfagas inauditas en el corazón del desastre.

Joseph Conrad, Tifón, Madrid, Alianza editorial, 2008, 144 p., ed. original en inglés de 1902.