Le fascisme n’est pas défini par le nombre de ses victimes, mais par la façon dans laquelle il les tue.
(El fascismo no es definido por el número de sus víctimas, sino por la manera en que las mata.)
Jean-Paul Sartre

El último cuarto propio

Todas mis batallas se libran desde una esfera intimísima. Mis compañeros de lucha son la base de una cama y una cabecera-librero que resguarda una docena de libros como el Masnavi de Rumi, los poemas completos de Emily Dickinson, Poesía y verdad de Goethe, El Ramayana, una antología de Adrienne Rich, Los Ensayos de Montaigne y Las olas de Virginia Woolf. Estos libros casi nunca son reemplazados.

Hace un par de años, el desgastado ejemplar de Un cuarto propio fue sustituido por Las olas. Por celos o superstición, los libros que habitan conmigo no conocen los libreros que se encuentran afuera de mi recámara. Son libros que considero que fueron hechos para mí y, como un leal amante, duermen conmigo. A Un cuarto propio lo dejé ir bajo un reiterado voto de insuficiencia emocional: “Si me ama, volverá”. Pero soy yo quien regresa a él, una y otra vez.

Confieso que faltan más libros escritos por mujeres en mi habitación. Es vergonzante y constantemente suelo cubrir la cuota de participación por sexo con libros como El segundo sexo de Simone de Beauvoir, la Alexiada de Ana Comneno y los Lais de María de Francia. Recuerdo también lo que Virginia Woolf escribió en Un cuarto propio: “¿Tienen alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿Tienen alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Se dan cuenta de que son quizás el animal más discutido del universo?”.

El feminismo de Virginia Woolf

Este ensayo se ocupa de reflexionar sobre la voz de Virginia Woolf en contra del fascismo en Un cuarto propio, donde expone una serie de herramientas que resultan liberadoras para las mujeres como una voz de resistencia.

Hay que preguntarse cuál es la alianza para las mujeres que propone Virginia Woolf. Si se considera al fascismo como una doctrina de dominación patriarcal vertical como lo exponen varios teóricos como Stanley G. Payne, entonces lo que escribe Virginia Woolf se erige como un feminismo que, al ser opuesto al fascismo, es incluyente e igualitario.


Virginia Woolf

Un cuarto propio es un estudio esplendoroso donde Virginia Woolf acusa que las mujeres no hemos podido sobresalir por la falta de un espacio propio —de un espacio físico, aunque sea reducido como una habitación, y también de un espacio social— y la falta de una renta propia (ingreso que nos permita tener el tiempo para las labores creativas).

En este sentido, Un cuarto propio es una contraposición al fascismo debido a que Virginia Woolf hace un llamado a la resistencia en pos de la emancipación femenina. En Un cuarto propio, la cuestión del espacio vital —resulta irónico que Lebensraum, término que aboga por un determinismo geográfico, y que fue una de las justificaciones del expansionismo del Tercer Reich, signifique también “espacio vital”— representa la oportunidad de alcanzar cierto nivel de aislamiento que potencie la creatividad. Esta poderosa idea se relaciona intrínsecamente con la libertad económica porque, como sustenta Virginia Woolf, “la maquina humana siendo lo que es —cerebro, cuerpo y corazón todos entreverados y no recluidos en compartimientos aislados— (…). No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si se ha comido mal”.

Aunque en Tres Guineas ahonda en la importancia de poder votar y ser votada para cargos públicos, Virginia Woolf no expresa su postura política de manera directa en Un cuarto propio. Alguna vez escribió que la herencia de su tía llegó el mismo día en que las mujeres accedieron al sufragio y que el primer hecho le pareció “infinitamente más importante”; es decir, “lo personal es político”.

Si bien el ensayo de Virginia habla, de entrada, de la ficción y el papel de las escritoras, constantemente expresa frustración y descontento respecto a la posición socioeconómica de las mujeres, que se caracteriza por la marginación y la exclusión. Los postulados que presenta en Un cuarto propio tienen profundas implicaciones políticas ya que abogan por la igualdad entre los géneros. Si la política es considerada como el arte de lo posible, entonces Virginia Woolf nos hace ver la urgencia de la emancipación femenina como una crítica vehemente y sagaz contra el orden existente y patriarcal. Virginia Woolf recala en su género como un culpable porque ciertamente la excluye del gozo total de los derechos de primera generación: los civiles y políticos.

Al referirse a mujeres escritoras que “tienen más talento” que Jane Austen, Woolf expresa una recurrente inconformidad: “Uno ve que ella [la que es más talentosa que Jane Austen según Virginia] nunca conseguirá una expresión total de su genio. Sus libros serán deformes y torcidos. Escribirá con rabia, en lugar de escribir con sensatez. Escribirá tontamente en lugar de escribir sobre sus personajes. Está en guerra con su destino. ¿Cómo no morir joven, impedida y frustrada?”. Ese destino al que se refiere se basa en “reglas demasiado rígidas, del estancamiento absoluto” que promueven tareas como hacer pasteles, tejer y bordar, y otras actividades que son estereotipadas, pero muchas mujeres (intelectuales o no) las disfrutan con alegría y no les parecen limitantes.

¿Acaso es elitista lo que Virginia Woolf formula? Hay algunos análisis literarios de su obra que la colocan como una escritora excluyente con la clase trabajadora debido a su posición socioeconómica. Virginia Woolf fue miembro imprescindible de una comunidad progresista a nivel social, intelectual y artístico (el grupo Bloomsbury), cuya mayoría de integrantes era de perfil aristócrata. Aun así, Virginia Woolf indaga en la inexistencia del poder económico de las mujeres a pesar del bienestar económico que genera nuestro trabajo para la sociedad: “Pensando en todas esas mujeres trabajando años y años y matándose para juntar dos mil libras y no pasando entre todas de treinta mil, nos indignó la culpable pobreza de nuestro sexo”. La independencia intelectual está en función de cosas materiales y las mujeres desde siempre han sido protagonistas de historias de pobreza. Nuestra libertad intelectual ha sido menor, incluso si se nos compara con hombres en calidad de esclavos dentro de la historia de la humanidad. A las mujeres no se nos ha brindado la oportunidad de escribir en general, de acuerdo con Virginia Woolf.

Surge, entonces, una idea discutible. ¿Acaso la literatura debe atenerse a los hechos porque cuanto más real es cada uno de ellos es mejor la literatura? ¿La mujer que escribe debe ser capaz de vivir sus propias experiencias y para tener acceso a estas debe mantenerse alejada del encierro cotidiano? La escritora debe ser libre para escribir y escribir bien.

Sin embargo, la importancia de Un cuarto propio no radica en la conocidísima frase: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. Virginia Woolf va más allá: lo esencial para poder ser es un espacio personal. Todos hemos sido sometidos a pequeños fascismos: de nuestros padres, de nuestros maestros, de nuestros amigos, de nuestra propia nuestra estrechez de miras.

Fascismo a gran escala

Payne define al fascismo como “un sistema de gobierno totalitario que se caracteriza por un estricto control económico y social, un fuerte gobierno centralizado en la figura del dictador y basado en una ideología nacionalista”. Los principios totalitarios se fundan en el poder absoluto que hace uso del terror para controlar todas las esferas de la vida humana.

El fascismo no se instaura sobre lo racional porque el poder es natural y, por eso, no debe ser aceptado sino que es asimilado al individuo. La desigualdad es parte de la naturaleza también y no puede ser limitada siquiera. Todo lo que está en la naturaleza no puede ser transformado. Esos intentos están destinados a fracasar. Es así que la autoridad es el único orden político existente y la fe es el conocimiento posible. Como lo menciona Virginia Woolf en Un cuarto propio, en este sistema que normaliza e incluso celebra la desigualdad, existen seres que son considerados inferiores y carentes de poder alguno como las mujeres. El fascismo apunta a la movilización de las masas, promoviendo una ideología que permea toda la sociedad y promueve la pasividad de los roles femeninos a través de la propaganda.

De la concepción de propaganda nazi (“En la propaganda, como en el amor, todo se vale” decía Goebbels) puede deducirse que los contenidos son un universo manipulable que forma parte vital de la vida porque “las palabras, los signos o las imágenes pueden interponerse entre las personas y los acontecimientos”. El fanatismo hitleriano (aquí suscriben los seguidores de Mussolini, Hirohito y Franco) puede definirse en términos del manejo de la histeria colectiva y el desarrollo de un peculiar estilo de consenso público que legitimaba al régimen. En ese concepto, se debía agotar a la voluntad de resistencia individual y transformarla en una voluntad de acción colectiva del pueblo dirigido por el poderoso dominio de una voluntad superior.


Virginia Woolf

Los principios ideológicos del fascismo se contraponen a las herramientas liberadoras propuestas por Virginia en Un cuarto propio en las siguientes áreas: sociológica, política, económica y artística.

En el aspecto sociológico, el fascismo se inspira reciamente en dos teorías. La primera es la darwinista, que proclama la desigualdad originaria entre el más fuerte y el más débil, correlación que una vez establecida en cuestión de géneros implica la obediencia de las minorías a quienes ostentan el poder. En este caso y siguiendo el esquema temático, la subordinación es de la mujer al hombre debido a la segunda teoría: la de las élites de Vilfredo Pareto, en la que prevalece el liderazgo político, administrativo, religioso, económico y moral en unos cuantos que, en el caso del fascismo, son hombres. Ambos puntos son rebatidos por Virginia Woolf: “En cien años (…) las mujeres ya no serán el sexo protegido. Participarán en todas las actividades y esfuerzos que les están vedados ahora. La niñera hombreará carbón. La tendera conducirá una locomotora. Todo puede suceder cuando la feminidad ya no sea una ocupación protegida.”

En el ámbito político, el fascismo se caracteriza por la centralización de los aspectos jurídicos, políticos y socioeconómicos; la intolerancia a la oposición y la inexistencia del Estado de Derecho que garantiza los derechos de hombres y mujeres (y demás minorías) por igual. Virginia Woolf hace referencia también a la represión sicológica y el daño moral a los que somos sometidas las mujeres al repetirnos constantemente nuestras supuestas debilidades y hacerlas más evidentes: no puedes hacer eso, eres incapaz de hacer lo otro. Es así que a las mujeres se nos limita, e incluso se elimina de manera gradual, cualquier tipo de aspiración, incluso la creativa. Lo anterior conduce a muchas mujeres a resignarse en un estado de dominación.

En el aspecto económico, el fascismo aboga por una economía controlada, su anticapitalismo demagógico nunca pasa de la retórica pues el poder potencia indiscutiblemente la concentración monopolística y no cuestiona la propiedad privada al ser financiado por la burguesía. En este sentido, la mujer no tiene un papel dinámico en la economía. El fascismo confina a la mujer a las actividades del hogar, como lo ejemplifica Hitler en uno de sus potentes discursos: “Una mujer abogado puede ser muy eficaz pero si su vecina tiene cinco o seis hijos saludables y bien educados, entonces yo digo que, desde el punto de vista del futuro de la nación, esta mujer ha logrado más”.

Un cuarto propio también expone el sometimiento de las mujeres en el manejo de su economía por parte del sexo contrario: “Cuanto centavo gane, habrá dicho, me será arrebatado y manejado según las luces de mi marido (…) de modo que ganar dinero, si es que yo pudiera ganar dinero, no me interesa mayormente: Mejor será que mi marido se encargue de él”. Virginia Woolf apunta: “¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro?”. Las mujeres, para el fascismo, son reclutas pero de su hogar, seres contemplativos esperando a que regrese el esposo, el héroe de guerra. Incluso Virginia se opone a la ideología fascista basada en la supremacía racial con un toque de humor: “una de las grandes ventajas de ser mujer es que uno puede cruzarse con una hermosa negra, sin desear convertirla en una inglesa”.

Virginia Woolf le aconseja a las mujeres ser independientes económicamente y, de ser posible, solventes: “espero que ustedes (las mujeres) adquieran bastante dinero para haraganear y viajar, para considerar el porvenir o el pasado del mundo, para soñar sobre los libros”. Virginia Woolf relaciona el concepto ideológico de la supuesta inferioridad femenina con el poderío económico masculino, por lo que la herramienta liberadora más necesaria siempre es la independencia económica en Un cuarto propio.

Para el fascismo, el arte debe ser subordinado al Estado, exaltar a este y a la ideología fascista; como afirmaba Mussolini: “Debemos creer un arte nuevo, un arte de nuestros tiempos: un arte fascista”. El arte fascista anula a la libertad. La libertad a través del arte parece un anhelo hasta cierto punto alcanzable, desde el punto de vista de algunas escritoras (pienso también en mujeres como la gran Emily Dickinson, recluida por voluntad propia), mediante la elaboración de poemas o de novelas (en esta idea romántica de que si una novela guarda correspondencia con la vida real, entonces sus valores son de algún modo los de la vida real).

En Un cuarto propio la escritura, particularmente de una novela, es el medio liberador de mujeres que escriben sin darse cuenta de que su obra funciona como un espejo de los valores de la sociedad en la que se desenvolvían; dichos valores no eran más que aquellos definidos como masculinos y son los que prevalecen en obras como las de las hermanas Brontë.

Virginia Woolf también habla de la censura desde una perspectiva honesta, sin concesiones: “¿Quién me censura? Muchos, a no dudar, y dirán que soy una descontenta. No podía remediarlo; la inquietud era innata en mí; me agitaba a veces hasta el dolor… Es inútil decir que a los seres humanos debe satisfacerles la tranquilidad; necesitan acción —y si no tienen se la crean. Hay millones de seres condenados a un destino más quieto que el mío, y millones en silenciosa revuelta contra su suerte”.

La ideología para la mujer aria se resume en los siguientes puntos, uno más absurdo que el otro: a) impedir que la población decaiga pues debe reproducirse; b) mantener la unidad nacional al ser el pilar de la familia; c) hacer del Estado un lugar placentero; d) mejorar la educación pública; e) mantener las tradiciones alemanas y los altos estándares de salud; entre otros. La maternidad era el estado ideal máximo que podía alcanzar una mujer en esta ideología. 

El rechazo al liberalismo y a las teorías democráticas es característico del paradigma fascista y se manifiesta en su implementación de políticas reaccionarias para la familia y, particularmente, las mujeres. La concepción sociológica, el sistema político, la esfera económica y la cultura eran patriarcales pues consideraban a las mujeres (y otras minorías) como ciudadanos de segunda. Estas actitudes de abuso persistían en una normatividad de naturaleza draconiana.


Arresto de judíos en Budapest tras el golpe de los fascistas con apoyo alemán, octubre de 1944.

Virginia Woolf hace referencia al patriarcado, cuyas bases se localizan en la creencia de la inferioridad. La escritora hace una comparación entre los sexos dejando claro que para ambos la vida es ardua y significa una lucha continua en la cual es indispensable la fuerza y el coraje, así como la confianza en sí mismos. Sin embargo, Virginia Woolf advierte de los peligros de las generalizaciones (a las que el fascismo es tan proclive en sus simplificaciones maniqueas) al recordar que es “absurdo culpar a una clase o un sexo, en conjunto. Grandes masas de gente nunca son responsables de lo que hacen. Obran bajo el imperio de instintos que no pueden controlar” porque la masa es irracional y, bajo un sistema totalitario o democrático, puede cometer atrocidades.

La noción de que la mujer es el sexo protegido sigue vigente en la mayor parte de los sistemas que son patriarcales pero no deja de ser inconsistente, como puntea Virginia: “En general se cree que las mujeres son muy tranquilas; pero las mujeres sienten lo mismo que los hombres (…) Es insensato condenarlas, o reírse de ellas”.

El primer cuarto propio

Crecí bajo la sombra de un admirador de Franco. Mi padre, autoexiliado en México, tenía una serie de casetes con marchas de la Falange Española. Si un poema puede describir a la perfección la relación con mi padre es “Daddy” de Sylvia Plath: “Not God but a swastika / So black no sky could squeak through. / Every woman adores a Fascist, / The boot in the face, the brute / Brute heart of a brute like you” (“No Dios, sino un esvástica / tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso. / Cada mujer adora a un fascista, / con la bota en la cara; el bruto, / el bruto corazón de un bruto como tú”).

Mi concepto de poder se ha redefinido a partir de los metros cuadrados que ocupo como espacio privado: ¿es la opción que me presentan la única  disponible? Sé que eso no es cierto. Mi espacio suele estar en conflicto con las visiones misóginas que encuentro día a día. Resistir en el encerramiento o abrir la puerta, esa es la cuestión.

 

Karen Villeda
Poeta, narradora y ensayista. Autora de Pelambres (Pearson, 2016), Dodo (FETA, 2013), entre otros títulos. Página web: poetronica.net