El sábado 14 de septiembre de 1867, hace hoy 150 años, se puso a la venta al público el primer tomo de la obra magna de Carlos Marx, El Capital, Crítica de la Economía política, dedicado a su “inolvidable amigo, valiente, fiel, noble luchador adelantado del proletariado, Wilhelm Wolff”, y publicado por el sello editorial de Otto Meissner, en Hamburgo. Un par de años más tarde, su primer traductor al ruso, German Aleksandrovič Lopatin, contaría lo siguiente: “En relación con su ‘carrera’ en Alemania, Marx observaba con frecuencia que los economistas burgueses habían ‘echado tierra’ sobre su obra, así es que tanto más se alegraba por el interés que despertaba en Rusia. ‘¿Sabe usted cuánto capital he ganado con El Capital?’, preguntó una vez y resumió los ingresos obtenidos por el primer libro: ‘¡85 marcos en total!’”.

Escasa remuneración pensando en una obra acerca de la cual, el 24.12.1867, su esposa Jenny Marx le escribió al médico alemán Ludwig Kugelmann, uno de los implicados en la Revolución de 1848: “Puede usted creerme, querido Sr. Kugelmann, que muy pocas veces se ha escrito un libro en unas circunstancias más difíciles, y bien podría yo escribir una historia secreta al respecto, descubriendo las muchas, infinitas preocupaciones y angustias y penas pasadas. Si los trabajadores tuvieran un vislumbre del sacrificio que fue necesario para concluir esta obra que sólo fue escrita para ellos y en interés suyo, quizás mostrarían un poco más de interés. Los lassalianos [seguidores de Lassalle, mítico revolucionario del 1848 y fundador de la Asociación General de Trabajadores de Alemania, muerto a consecuencia de un duelo a los 39 años] parecen haber sido los más rápidos en acapararse del libro para acabar de estropearlo todo. Pero no le hacen ningún daño”.

No dispongo del arsenal de conocimientos necesarios para hablar de El Capital como el libro con asboluta certeza se merece. Pero para ello están los expertos. Lo que más me importa de él es el hombre que lo escribió, y acerca del mismo traduzco acá un largo pasaje de la intensa biografía que le dedicó Richard Friedenthal, coronando con ella —de manera póstuma— una obra sin par en la bibliografía alemana; una obra, dicho sea de paso, que se inició de manera muy exitosa con una novela histórica, Der Eroberer [El conquistador], protagonizada por Hernán Cortés. Y esto escribe Friedenthal acerca de los años durante los cuales andaba enfrascado Marx en pergeñar el primer tomo de El Capital:

“La economía capitalista, cuyo ápice y cuyo término había diagnosticado con toda confianza en 1848, estaba por doquier empeñada en un gigantesco crecimiento, y con ello surgía de manera inevitable un proletariado cada vez más fuerte. En cuanto a eso, su ‘Manifiesto comunista’ lo había visto correctamente. Pero en qué estado de desarrollo se encontraba ese proletariado era algo que no podía abarcar, y que no podía abarcarlo bien desde su pequeño puesto de observación en Londres. Creía sin embargo, en los años 1863/64, que la situación política general había medrado tanto en dirección a un ‘inevitable’ choque de las grandes potencias, que una guerra iba a ser el elemento desencadenador que conduciría a la revolución. ¿Quizá sería Polonia la que diese el motivo? ¿Quizá la guerra [prusiano–danesa] en Schleswig–Holstein? ¿Quizá la guerra civil en los Estados Unidos? ¿Quizá ‘la cuestión oriental’, que había entrado en un nuevo estadio a causa de la guerra de Crimea? La fundamentación económica para la gran subversión, como la había formulado siguiendo los postulados de Hegel, podía durante ese tiempo permanecer en un segundo plano. El segundo plano era la oscuridad de sus inmensos trabajos previos para El Capital, en el que por esos días se afanaba incansable con poderoso impulso y colecciones de material. Pero como no era sólo un teórico, se volcaba con vehemencia, una y otra vez, en los problemas diarios de su tiempo, relegando su obra principal. Se ha querido ver en ello una huida de la inmensa tarea, pero al hacerlo se desconoce su naturaleza doble, que era una unidad. Se consideraba por completo capacitado y llamado para salir airoso en el proceso de cambio del mundo. Y así fue como en aquellos años se fundó lo que más tarde se llamaría la I.ª Internacional, con cuya denominación entró en la Historia. Fue la principal obra política de su vida, e hizo que su nombre fuese en gran medida, desde entonces, conocido y temido”.

La magnífica biografía de Friedenthal explica y aclara el panorama a más de un siglo de distancia, pero tenemos por fortuna varios testimonios de primera mano acerca del Marx de esos años, para acercarnos a él como con zoom; entre ellos el de Paul Lafargue, un español nacido en Cuba y de ascendencia francesa, que al cabo del tiempo acabaría casándose con Laura, la segunda de las hijas de Marx. En sus recuerdos personales dejó dicho:

“Fue en febrero de 1865 cuando vi por primera vez a Carlos Marx. […] Yo contaba entonces 24 años. En toda mi vida podré olvidar la impresión que me hizo en aquella primera visita. Marx andaba entonces con dolencias y trabajaba en el primer tomo de El Capital, que recién aparecería dos años después, en 1867; temía no poder llegar a terminar su obra; y recibía con placer a la gente joven porque, como él decía, ‘Tengo que instruir a los hombres que después de mí continuarán la propaganda comunista’. […] Marx no limitaba su actividad al país en que había nacido. ‘Soy un ciudadano del mundo’, decía, ‘y dondequiera que me encuentre, allí actúo’. De hecho, en todos los países adonde le condujeron las circunstancias y las persecuciones políticas, en Francia, Bélgica, Inglaterra, tuvo una participación destacada en los movimientos revolucionarios que en ellos se producían.

“Pero no como el infatigable e incomparable agitador socialista, sino como un sabio es como se me apareció primero, en aquel cuarto de trabajo de la Maitland Park Road, adonde afluían de todas las esquinas del mundo civilizado los partidarios que querían consultar al maestro del pensamiento socialista. Esa habitación es histórica y hay que conocerla si se quiere penetrar en la parte íntima de la vida espiritual de Marx. Estaba en el primer piso y la gran ventana que llenaba de luz el aposento daba al parque. A ambos lados de la chimenea y enfrente de la ventana las paredes estaban cubiertas por anaqueles llenos de libros que llegaban hasta el techo con paquetes de diarios y manuscritos. Enfrente de la chimenea y a un lado de la ventana había dos mesas llenas de papeles, libros y diarios; en el centro de la habitación y con la luz más favorable se hallaba la mesa de trabajo, muy sencilla y pequeña (3 pies de largo, 2 de ancho) y una butaca de madera; entre la butaca y la biblioteca, frente a la ventana, había un sofá de cuero en el que Marx se tendía de vez en cuando, para reposar. En la repisa de la chimenea había más libros, y entre ellos cigarros, fósforos, bolsas para el tabaco, pisapapeles, las fotos de sus hijas, de su esposa, de Wilhelm Wolff y de Friedrich Engels. Era [Marx] un fumador empedernido: ‘El Capital no me aportará ni siquiera lo que me han costado los cigarros que fumé al escribirlo’, me dijo; pero aún más grande era su despilfarro de fósforos: olvidaba tantas veces sus pipas y cigarros que para volver a prenderlos las cajitas de fósforos se vaciaban en un tiempo increíblemente rápido. […]

Descansaba recorriendo la habitación de un lado al otro; desde la puerta a la ventana se marcaba sobre la alfombra una franja raída por entero, tan nítidamente delimitada como un sendero en una pradera. De vez en cuando se tendía en el sofá y leía una novela; solía leer dos o tres a la par, que las iba alternando: como Darwin era también un gran lector de novelas. Marx amaba sobre todo las del siglo XVIII y en especial Tom Jones, de Fielding; los escritores modernos que más le distraían eran Paul de Kock, Charles Lever, Alejandro Dumas (padre) y Walter Scott…, a Old Mortality [Los puritanos de Escocia], de este último, la consideraba una obra maestra. Sentía una acusada predilección por las narraciones de aventuras y humorísticas. A la cabeza de todos los novelistas colocaba a Cervantes y Balzac. Don Quijote era para él la epopeya de la caballería andante en vías de extinción, cuyas virtudes se convirtieron en ridiculeces y locuras en el mundo burgués recién nacido. Por Balzac sentía una admiración tan grande que quería escribir una crítica de su gran obra, La Comédie humaine, tan pronto como hubiese terminado la suya económica; Balzac no era tan sólo el historiador de la sociedad de su tiempo sino también el creador de figuras proféticas, que bajo Louis–Philippe todavía se encontraban en forma embrional y que recién después de su muerte, bajo Napoleón III, se desarrollarían por completo”.

Aquí vienen a cuento algunas anécdotas que recordaba años después otra testigo privilegiada de aquellos años, Franziska Kugelmann, hija del doctor amigo de los Marx, cuya familia visitara en cierta ocasión el propio Marx con su hija Jenny: “Napoleón I, a quien sólo llamaban Buonaparte, era odiado por ambos, padre e hija. A Napoleón III, en cambio, lo despreciaban tanto que ni siquiera querían mencionar su nombre, por lo que Jenny, al referirse a los caracteres históricos que más le repugnaban sólo escribía “Buonaparte y su sobrino”. Aprovecho la oportunidad para mencionar un bonmot que Marx nos enseñó: “Napoléon le premier a eu génie, Napoléon le troisième a Eugénie (Napoleón I tuvo genio, Napoleón III tiene Eugenia)”.

Los recuerdos de Franziska Kugelmann, con el título “Pequeños rasgos del gran retrato de Carlos Marx”, se publicaron en Berlín, 1964, en el libro Mohr und General, Erinnerungen an Marx und  Engels [El moro y el general. Recordando a Marx y Engels, título que alude a los respectivos motes de los dos pensadores en el común círculo familiar y amistoso], y su texto, así como el de Lafargue, se encuentra asequible al lector hispanoamericano en Conversaciones con Marx y Engels, uno de los más estupendos productos de esa fábrica de productos estupendos que se llama Hans Magnus Enzensberger. Como por dicha puedo leerlo directamente en alemán, no respondo de las posibles descoincidencias de mis traducciones en este artículo con la traducción publicada en Barcelona.

Otra de las anécdotas que refiere la memoriosa Fraziska es esta: “Cierta vez se terció la plática acerca del infeliz emperador Maximiliano de México, ignominiosamente abandonado por Napoleón III. ‘Hubiera debido ser lo bastante listo para irse cuando vio que una gran parte del pueblo no lo quería, como hizo Gottlieb en España’. Se refería al príncipe Amadeo de Saboya, cuyo nombre tradujo en broma [“Gottlieb” = “quien ama a Dios”], el cual abdicó siendo Rey en Madrid cuando supo de una resistencia revolucionaria, y que aproximadamente se expresó al respecto diciendo que la gente no necesitaba soliviantarse porque él no pensaba imponérseles. Tal parece que Marx no consideraba de algún modo importante a este príncipe tan razonable y comprensivo, de lo contrario no le hubiese llamado ‘Gottlieb’”.

Para redondear la imagen del Marx de los tiempos en torno al primer tomo de su obra capital (en todos los sentidos), recurro de nuevo a Lafargue: “Durante años le acompañé en sus paseos vespertinos a través de Hampstead Heath; gracias a esos paseos por las praderas adquirí mi educación económica. Sin que él mismo se diese cuenta, desarrollaba ante mí el contenido de todo el primer tomo de El Capital, más y más en la medida en que lo seguía escribiendo. Siempre, cuando regresaba a mi domicilio, transcribía tan buenamente como podía todo lo que había oído; al principio me resultaba muy difícil seguir los profundos e intrincados razonamientos de Marx. Por desgracia perdí esos apuntes, preciosos para mí; después de la Comuna, la policía saqueó y quemó mis papeles en París y en Burdeos”.

Y un remate optimista, para sacarnos el mal sabor de estas últimas líneas de Lafargue. Se trata de un fragmento del texto “Recuerdos de un trabajador acerca de Carlos Marx”, editado en 1892 y que se debe a la pluma de Friedrich Leßner, sastre alemán comunista, emigrado a Londres, y en el que puede leerse: “A principios de octubre de 1868 nos comunicó Marx con gran alegría que el primer tomo de El Capital estaba traducido al ruso y se encontraba en prensa en Petersburgo. [Marx] esperaba mucho de aquel movimiento de entonces en Rusia y hablaba con gran respeto de la gente que se dedicaba allí con tanto sacrificio al estudio y la difusión de obras teóricas, y de su entendimiento de las nuevas ideas. Cuando después le llegó desde Petersburgo el ejemplar ya editado de El Capital en ruso, este acontecimiento fue festejado alegremente por él, su familia y sus amigos como una significativa señal del tiempo”.

Las ediciones en lengua española de El Capital tardaron bastante más en llegar a las librerías. Recién en 1886 comenzó a publicarse en un diario madrileño —republicano federal— la primera traducción, hecha a partir de la francesa por el abogado Pablo Correa, correligionario y biógrafo del ex presidente de la I.ª República, don Francisco Pi y Margall. Y hubo que esperar a 1898 para que apareciese la primera traducción directa del alemán al castellano, por el eminente socialista argentino Juan Bautista Justo. Con todo, la más asequible por muchos años a quienes quisimos conocer el pensamiento de Marx en la propia fuente, fue la del jurista y comunista asturiano Wenceslao Roces, publicada en 1946 por el Fondo de Cultura Económica, y corregida en 1959. Mi ejemplar lo presté alguna vez (¡si recordase a quién!) y es uno de los libros míos que echaron a volar y nunca regresaron a su jaula, una que por lo demás siempre tuvieron abierta. Hélas!

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.