Cuando Charles Darwin era un muchacho que coleccionaba escarabajos, montaba a caballo y practicaba tiro al blanco en vez de dedicarse a los estudios en letras en Cambridge, a los que lo había confinado su padre, escribió en el margen superior de la página 590 de su ejemplar, maltrecho y lleno de anotaciones manuscritas, del libro Narrativa personal, de Alexander von Humboldt: “…para mostrar cómo los animales se cazan unos a otros, lo cual tiene una comprobación positiva…”. Treinta años después, esa frase enigmática se convertiría en una teoría revolucionaria que planteaba la evolución a partir de la selección natural de las especies. (El origen de las especies, 1859.) ¿Fue la lectura de Alexander von Humboldt una inspiración definitoria en la vocación de Darwin? Aparentemente sí, entre muchos otros estudios biológicos de la época y una debilidad casi histérica por la clasificación taxonómica. Recién embarcado en el Beagle, su primer viaje de exploración, que duraría cinco años recorriendo los mares del Sur, midiendo las corrientes oceánicas y cartografiando la profundidad de las aguas para trazar rutas comerciales, Darwin escribió: “Mi admiración por la famosa Narrativa personal, libro de Alexander von Humboldt del que podría recitar fragmentos de memoria, determinó mi voluntad de viajar a países lejanos y embarcarme voluntariamente en el Beagle como naturalista […] Sus ojos [los de Humboldt] son como otro sol que ilumina todo cuanto veo”, decía con respecto a sus descubrimientos en Brasil. Efectivamente a principios del siglo XIX, Narrativa personal y los otros trabajos del naturalista alemán Von Humboldt, especialmente Cosmos, su best-seller, eran muy populares. Es extraño que hoy no se le reconozca en toda su magnitud, siendo que, si hacemos un recuento somero, hay docenas de montañas y veredas que llevan su nombre, así como las corrientes oceánicas de la costa oeste de Sudamérica y al menos dos especies que habitan ahí: el calamar gigante y el pingüino de Humboldt.

Darwin no fue el único que se fascinó con las investigaciones del aventurero, artista y científico humanista que fue Alexander von Humboldt. Un personaje de ficción, el capitán Nemo, protagonista de la novela de Julio Verne 20,000 leguas de viaje sumbarino, había devorado, poseído por la sed del conocimiento, todos los libros de Humboldt, y fue gracias a ellos que se aventuró a realizar su largo viaje a través del océano. El norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), cuando ensayaba una y otra vez la creación de su utopía misántropa Walden, se quejaba con impotencia: “Qué clase de ciencia es ésta, trabajosamente infectada por los gusanos de la imaginación”. A punto de desistir, leyó Cosmos, y sólo así pudo retomar su obra y reescribirla desde el principio, para confesar después: “En Humboldt encontré descripciones de la naturaleza, científicamente correctas pero sin prescindir del vivificante aliento de la imaginación”. También John Miur, el creador de los parques nacionales de Norteamérica, y la generación entera de cartógrafos, científicos y artistas que lograron sistematizar un retrato de los confines del mundo en el siglo XIX tienen una enorme deuda con Alexander von Humboldt.


Pero ¿qué es lo que hizo especial la labor de este excéntrico aventurero curioso y maniático que dilapidó su fortuna arriesgando la vida en las selvas de Sudamérica? Varias cosas, nos explica Andrea Wulf, autora de La invención de la naturaleza (Taurus, 2017), un libro de casi 600 páginas que explica paso a paso los caminos, los cuadernos de notas ilustrados y la metodología de Alexander von Humboldt, quien “en 1800 predijo el cambio climático”, porque inventó el concepto de naturaleza que tenemos hoy en día, que plantea a la Tierra como un organismo vivo en el que todo está conectado, “desde el más diminuto de los insectos hasta el más alto de los árboles”; supo ver que la vegetación es una fuerza global en la que cada elemento se encuentra “encadenado” y la acción del hombre destruye ese orden natural mediante su intervención violenta. Por extraño que parezca, nadie vio eso antes (y mandatarios influyentes como Donald Trump, aún no lo ven). Además, Humboltd trazó una línea de investigación en la que los datos duros de la ciencia tenían que convivir con el arte. No era suficiente estudiar a la naturaleza; era necesario sentir su poesía. Trazarla en una Naturgemäide (pintura de la naturaleza). Por eso sus mapas y sus viñetas de las montañas no sólo eran mucho más exactos y minuciosos que los otros que había entonces, sino que estaban llenos de información detallada que podía ser comparada gráfica y estadísticamente que podía ser comprendida por cualquier persona, y no sólo por los colegas expertos que sabían leer cientos de cifras enlistadas. Los mapas y viñetas de Humboldt, además de útiles y reveladores de conexiones intercontinentales nunca antes vistas, eran bellos.


Para hablar de esa investigación de años que trae de vuelta al siglo XXI la obra del visionario Alexander von Humboldt está hoy en la ciudad de Querétaro, como parte del Hay Festival 2017, Andrea Wulf. Se presenta en el Teatro de la Ciudad a la 1 pm en una conversación con Gabrielle Walker, y en el Cineteatro Rosario Solano a las 7 pm.

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

www.hayfestival.com/queretaro