bisonte

En Bisonte mantra (Ediciones Era, 2017), Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) consolida su trayectoria de polígrafo y renueva sus lazos con una poesía exuberante, cercana a las vanguardias y más alejada de lo conversacional, donde reina la precisión de las imágenes y la acumulación de las metáforas hiladas. El poeta se rodea de un halo místico y comulga con el paisaje: un jirón de nube, el campo abierto bajo el horizonte, los elementos. Suele estar desasido de su yo, buscando lo alto y lo etéreo, aunque a ratos vuelve la conciencia lírica de la contemplación para adquirir mayor lucidez de su habitación en la poesía, en el mundo, en el nosotros. Así, se inscribe en una enunciación de nuevas Leyes y Tratados de la física, es decir la vitalidad, poética, imantada siempre por los misterios de la percepción y del tiempo, aunada a ciertas tradiciones y a la silueta de voces que la acompañan en la búsqueda del sentido: Leonard Cohen, Czeslaw Milosz, Paul Auster, Julian Barnes, Herman Melville, los símbolos y mitos de las tribus originarias de Norteamérica, el budismo, etc. Bisonte mantra es tanto un conjunto cíclico como un poema largo compuesto de fragmentos que dialogan entre sí y se entrecruzan. Con gran acierto, este libro abre las brechas del lenguaje para cuestionar sus mecanismos y sus ritmos propios que se desenvuelven como un mantra. También, es la historia de la excursión lírica al mundo natural deseado y sus vaivenes de ida y vuelta a la ciudad, la soledad o la muerte.

[Paisajes de montaña y agua]

Llueve a lo lejos.
Cumulonimbus y nimbostratos arrojan su escala de lluvia.
Una red para capturar la imagen de las montañas.
Carrozas de trueno,
                                 dirigibles fractales,
                                                                  sistemas en caos.

Invariablemente llueve en las montañas, nunca
aquí.
Lo importante sucede, siempre, en otra parte.

Centro de huracán.
Todo en orden, en silencio.
Calma delusoria, semejante a una capa de pintura que amenaza con caerse en pedazos,
débil, hinchada por el sol.
       Pústulas de la enfermedad que es la epifanía.
Todo en orden. Por el momento.
Todo en calma para quien atraviesa el mundo con los ojos vendados.
La vida parece suceder allá, lejos,
y respiramos tranquilos.
Sin embargo, avanza.

El mundo pierde definición en sus contornos.
La borradura se acerca.
Esta nada tiene la forma de las nubes, la aparente inmovilidad del agua que desciende.
Señales de humo con las que el cielo
apaga la sed de las preguntas.

***

[Tótem de la oscuridad que fluye]

Llevo días preguntándome si el poema es
un estado del agua.
Ni líquido ni sólido,
más bien semejante a la nieve.
Maquinaria que puede ensamblarse de infinitas formas.

El agua y sus ciclos. Las palabras y las maneras en
    que son escritas, leídas y guardadas, convertidas
    en cristales.

Semejante a la nieve.
Es posible aglutinar su materia
            o matarla
si se aplica el calor constante
de una mano, apenas un dedo, insistiendo,
            hasta asfixiar su libre forma.

§

Leen mi carta astral y ahí encuentran
La razón por la que el agua suele aparecer en lo que escribo.
El cangrejo, me dicen, sale y entra del agua
para ver transcurrir la eternidad lenta y rápidamente, descansado
de ambas, sin hartarse.

Me vacío y me lleno. Entro y salgo
del agua y sus metáforas, de las palabras e ideogramas que la contienen
                               como quien entra y sale de su dios.
Y comprueba que el mundo es uno y el mismo, sólo cambia
de oráculo.

Pero el agua más profunda no es la que se estanca afuera,
o, en palabras del rabí Amijai: para conocer
el agua del lugar
hay que empezar por las lágrimas.

§

Si, como dice Melville, Todo el mundo sabe que la
    meditación y el agua están siempre coaligadas,
qué hago en el desierto, tratando de encontrar las líneas
que unen mi vida
con fragmentos del paisaje.

Ahí están, o estuvieron.
A fuerza de mirar las desconozco,
las confundo con la sombra muda de la nada.
No se trata de mirar a destajo,
o no solamente.
Las montañas son, ante todo, un juego de memoria.
Cartas repartidas sobre la mesa
que volteamos para ver su dibujo, esperando
    recordarlas, ordenarlas en pares, dejar un claro
    de signos en el tablero.

Pero jugamos
distraídos, pensando en lo que no tenemos ya
y en lo que no podremos tener nunca.
En nuestro turno, nada parece tener par.

Esa columna de lluvia en la distancia
me recuerda algo que fui
y cuya verdad yace oculta.
La monotonía tiene siempre un as bajo la manga.
Un oasis para estancarse.
La voz del agua, dicen los espíritus del tablero,
no debe ser obvia
para hablarte
y que respondas.

§

Tenemos necesidad de vida eterna,
aunque no creamos en la eternidad.
Lo mismo que un peón que avanza con lentitud por el tablero
y no conoce de antemano todas las partidas
y no percibe los escaques.

§

La noche es una casa de agua.
            Los sueños son el líquido que penetra
            la oscuridad de las almas dormidas.
            El amor de los cuerpos se hace muy dentro
            en la tormenta.
            La pesadilla más siniestra es quedarse
            en la orilla opuesta de la respiración.
La noche es la casa del agua
que ahoga y sacia y hunde y te rodea.

El agua es eterna y es sabia, dijo Milorad Pavic,
pues nos comunica una verdad
que aceptamos con reserva.
El agua es la oración del cuerpo, su descanso.
Su naturaleza primaria, su último empeño.

El agua, que no el aire:
aquí y ahora:
la Quinta Ley de los Seres y sus Formas no puede estar equivocada.

***

[Canto para danza fantasma]

La Primera Anotación en el Diario del Nadador
que es un Budista Natural, dice:

No esperes una Ley.
                                   O quizá lo pregunta:
¿Esperabas un Edicto, una tabla bajada del Sinaí atada
    a las muñecas, los lastres del Deber y el Así Será,
    para hundirte en los abismos de la obediencia?

Cuerpo: no
recuerdes.
                 Olvida.
Un nuevo orden te formula.
Otro acomodo vendrá, con la ausencia y tu abandono.
Aprende de nuevo. Sin gravedad. Sin revisores.

Si hay una tabla, es la de entrenamiento; si una voz
    te llama, es el coach exigiéndote los últimos cien
    metros; si una escritura ocurre, es en la superficie;
    la eternidad a la que aspiras se borra apenas
    sucede; si encuentras una herejía, es que no has
    aprendido que en los libros de agua no se dicta
    ninguna condenación.

§

El horizonte es una línea de flotación.
Más abajo: asuntos de cobre, una boca largamente
    cerrada, estatuas de carbón que comen de mi
    abrazo. Vivir mirando hacia la tierra.
Arriba: volatilidad y eternidades que no presentan
    cuentas claras. Luces que encienden y apagan sin
    código ni ritmo.

Difícil abrir los ojos en la línea media. El aquí y el ahora. La delgada capa de agua.
No hay forma de saber dónde se termina este estado mental.
No se ven las boyas, la división de los carriles, pero
    el paisaje es una alberca amplísima y sutilmente
    clorada, que hierve a mitad del verano,
                               que se hiela a mitad de la noche.
Químico equilibrio entre el Bien y el Mal, las
    sustancias que a ella entran no son demonios
    ni ángeles, sólo hombres.
Hombres que nadan, se sostienen.
Mi línea de flotación es el horizonte.
Goggles mentales. Aletas y branquitas del espíritu.

Un estado del cuerpo cuyos dígitos provienen
mitad del inconsciente y sus abismos,
mitad de la luz y su vacío.

 

Luis Jorge Boone
Poeta, narrador y ensayista. Es autor de: Por boca de la sombra, Sobre mapas circulares y Figuras humanas, entre otros.

Selección y nota: Álvaro Ruiz Rodilla

© Ediciones Era y Universidad Autónoma de Sinaloa, 2017. Bisonte mantra ha empezado esta semana a circular en librerías.

 

 

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