A veces, pensaba, ser periodista cultural en México, era lo mismo que ser periodista en policiales. Y ser periodista de nota roja era lo mismo que trabajar en la sección de cultura, aunque para los periodistas policiales todos los periodistas culturales eran putos (periodistas “pulturales” los llamaban) y para los periodistas culturales todos los periodistas de nota roja eran perdedores natos.
—Roberto Bolaño, 2666

Es viernes y son las ocho de la noche. Es el momento de la semana en que todo el mundo sale a buscar un poco de diversión. Yo también pienso sumergirme en esa galería subterránea de fiesta, ebriedad y caos que es la Ciudad de México. Pero esta vez es diferente. Hoy no salgo a buscar un simple divertimento nocturno. Mi excursión tiene un tinte investigativo: voy a un sonidero, ritual urbano que despierta mi fascinación y curiosidad desde que llegué a vivir acá, hace casi dos años. Exactamente, mi misión consiste en ir a un sonidero y tomar algunas fotografías para documentar el artículo que escribí en una revista cultural1 de Colombia, mi país de origen.

sonideros

Ya antes había tenido la oportunidad de ir a un par de sonideros. El primero tuvo lugar en el centro histórico de la ciudad, sobre la calle Revillagigedo, muy cerca del departamento en donde vivía. El otro fue un sonidero “Oficial” —con orquestas y otros DJ’s— convocado por la alcaldía de la ciudad, sobre la Plaza de la Revolución. A pesar de la buena música y la convivialidad, en ninguno de los dos casos sentí realmente el ambiente popular y carnavalesco que estaba buscando. Siempre había algo falso, inofensivo y banal. Quizás el sinsabor de lo políticamente correcto. Quizás los asistentes, en su mayoría estudiantes privilegiados o visitantes extranjeros que ocupaban las colonias del centro histórico, cada vez más gentrificado.

En todo caso, comencé a investigar sobre un buen lugar para hacer mis fotografías. Pregunté a varios amigos y conocidos, busqué en las redes sociales y en foros digitales, hasta que por fin localicé una interesante “Batalla de sonidos” que tendría lugar en la intersección que separa la Colonia Doctores y la Colonia Obrera: un lugar llamado La Tropicaliente. El cartel era uno de esos collages que delatan un conocimiento muy básico en diseño gráfico y en él aparecía una foto malograda de los dos sonideros bajo un escenario de lucha libre. De hecho, la rudimentaria imagen ni siquiera señalaba una dirección precisa, solamente se leía “Cerca de la esquina del metro Chabacano”. Para mí, esa inexactitud era un buen signo, pues este tipo de eventos ocurren en un marco muy local, ya que los asistentes se conocen entre sí y acuden a la fiesta en grupos e incluso en familia. Además, esas dos colonias tienen la particularidad de encontrarse en un espacio céntrico y al mismo tiempo marginal, descripción que también vale para hablar del sonidero: práctica popular y clandestina a la vez. Entonces comprendí que no iba a encontrar nada más apropiado y preparé mi cámara fotográfica.

Antes de dirigirme hacia el sonidero debía recoger a mi acompañante —ya que no me atrevía a vulnerar ese espacio hermético sin un cómplice. Paola, una buena amiga dedicada a las artes plásticas quien, como yo, disfruta mucho bailando salsa y cumbia, me dice que pase por ella al tradicional Café Zapata Vive, no muy lejos de nuestro destino final. Llego al lugar y veo un pequeño mercado de joyas ocupado por artesanos muy amables. Uno de ellos me explica que la fiesta de esa noche fue organizada por un grupo militante de Chiapas y que los fondos recogidos están destinados a apoyar a Huixtán, un pequeño municipio de la región afectado por las fuertes lluvias del último mes. En consecuencia, decido quedarme un poco antes de seguir mi camino.

Me interno en el bar, un edificio grande de paredes roídas y muebles rudimentarios decorado con carteles comunistas, zapatistas y anarquistas. En el salón principal hay un enorme mural que exhibe al Che Guevara fumando su pipa junto al subcomandante Marcos. Hay también una sala con una exposición fotográfica y una muestra de comida regional. En esa sala encuentro a Paola, quien habla tranquilamente con varios amigos a los que me presenta como miembros del Rancho electrónico, un colectivo de hackers, hacktivistas y usuarios de software libre que realizan actividades colaborativas para experimentar con tecnologías alternativas. Intercambio algunas palabras con ellos y simpatizamos en medio de saltos de son jarocho y giros de cumbia tradicional que suenan animosamente en la sala. Al cabo de una hora, le digo a Paola que debemos irnos para llegar en buen momento al Sonidero. Nos montamos al coche y arrancamos.

***

Mientras nos dirigimos al lugar, vamos admirando con gusto la ciudad y su encantadora gala nocturna. Volvemos a platicar acerca de una teoría de México que Paola y yo hemos ido tejiendo en nuestras conversaciones de bar. Yo lo llamo Realismo Méjico —expresión que escuché por primera vez en Frino, un gran decimero y músico mexicano— y mi versión es más o menos la siguiente: México es un lugar en donde sucesos aparentemente contradictorios, demasiado pintorescos o completamente anacrónicos tienen lugar todos los días y adquieren las formas más insospechadas. En ocasiones, esta magia exótica de lo latinoamericano se degrada por problemas como la corrupción o la violencia, y adquiere un tinte grotesco. Esta no es para nada una idea nueva. Incontables visitantes han hablado de México como un espacio surreal, mágico y asombroso. De hecho, después de su visita de 1938, André Breton aconsejaba a sus amigos europeos no tratar de “entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo. México es el país más surrealista del mundo”—les decía.2

—México no es el único lugar donde las situaciones se vuelven surrealistas— me dice Paola.

—Eso es cierto, pero no me puedes negar que aquí se juntan muchísimas realidades diferentes y ese choque crea un caos muy especial, cosas que no se pueden ver en ningún otro lugar del mundo… O quizás solo en lugares muy especiales como India.

—No estoy de acuerdo con esas etiquetas, aunque entiendo que hay cosas que suceden acá y que desbordan muchas lógicas— vuelve a la carga ella.

—Yo entiendo, ese tipo de expresiones pueden ser un poco agresivas. No te olvides de que soy colombiano y allá también sufrimos la deformación del “realismo mágico”… En todo caso, en México hay cosas tan dispares que cuando se reúnen terminan explotando—resuelvo.

Mientras atravesamos la Colonia Doctores y sus talleres de mecánica abandonados, observamos con interés una extraña calma que invade el ambiente. Algo muy inusitado para un lugar acostumbrado a los gritos, el claxon de los automóviles y los negocios turbios que se esconden tras las bodegas abandonadas. En ese momento me pregunto si el nombre de las colonias (“Doctores” y “Obrera”) tiene algo que ver con los oficios que se practicaban allí en el siglo XIX, cuando se nombraron muchos sectores de la ciudad. Luego recuerdo haber oído que los peones y obreros que trabajaban en la Colonia Obrera terminaban sus pesadas jornadas y se dirigían a la Colonia Doctores en busca de tabernas, pulquerías y hoteles de paso. De esa manera comprendo que el nombre de la Colonia Doctores responde a la denominación de la mayoría de sus calles (Doctor Vertiz, Doctor Navarro, Doctor Arteaga, etc…) porque, francamente, entre esos lúgubres callejones me cuesta trabajo imaginar a los doctores trabajando, incluso a la luz del día.

Después de tomar un par de desvíos sinuosos, llegamos por fin  a nuestro destino. Es un edificio de tres pisos, de una arquitectura simple y moderna —seguramente construido después del terremoto del 85— sin nada de extraordinario aparte de su fachada, pintada de un color verde muy llamativo y adornado por un tubo de neón en el que dice La Tropicalientecon una caligrafía bastante kitsch. La luz del anuncio titila y no alcanzo a ver bien el rostro del guardia—un hombre alto y delgado, para variar—, pero me doy cuenta de que sonríe al ver nuestras caras y nos deja pasar sin siquiera preguntarme por la cámara fotográfica. Subimos unas escaleras de losa vieja y llegamos a una enorme pista de baile coronada por una bola de espejos gigante que refleja luces de todos los colores. Vemos rostros sonrientes y unos cuantos serios, que hablan o bailan ceremoniosamente, con el encanto de quien hace bien las cosas.

Vamos directamente a la barra y pedimos un par de tragos para olvidar que somos outsiders en ese lugar. Dicen que un sonidero se mide por la cantidad de bocinas que tiene. Este parece ser de los más pequeños porque cuento allí 12 bocinas y según el experto Ramón Rojo Villa, alias “La Changa”, en los más reconocidos hay hasta 50 o 60 bocinas de alta frecuencia.3 Constato también que hay adultos de todas las edades. En los hombres sobresalen algunas cadenas de plata u oro postizo, las camisas a cuadros coloridas y algunas playeras de equipos de fútbol (sobre todo del América). Las mujeres, en su mayoría robustas, están bien maquilladas y muchas logran bailar en tacones con agilidad y desparpajo. Extrañamente, dentro de los asistentes no percibo ninguna “vestida” o miembro de la comunidad LGBT, cosa frecuente e incluso característica del universo sonidero. Paola me pregunta si voy a comenzar a hacer las fotos y yo me pongo, de la manera más natural posible, a tomarlas desde varios ángulos de la sala.

Un hombre joven, de camisa azul ceñida al cuerpo y mucha gomina en el cabello se me acerca, con un tarro de cerveza en la mano, y me pregunta de manera poco amistosa por qué estoy tomando fotos allí. Le respondo lo más claramente que puedo. El hombre me dice que va a informarle al dueño del lugar porque le parece muy raro. Segundos después, un señor de unos sesenta años, de bigote cano y sonrisa fácil me repite la pregunta. Tartamudeando un poco, yo le vuelvo a explicar. Le muestro mi tarjeta de consejero editorial y declaro la alegría que siento, como colombiano, al oír los ritmos tradicionales de mi tierra en el sonidero. Entonces el señor me sonríe animosamente y no solamente me concede carta blanca para hacer las fotos que quiera durante el evento sino que me lleva con él hacia la cabina para conocer a los dos sonideros que animan la velada.

***

La cabina se encuentra en el segundo piso de La Tropicaliente, justo encima de la tarima. Desde ahí se ve con claridad toda la pista de baile y el bar. Al llegar allí me encuentro de frente con un joven moreno de cabello engominado y una chamarra negra que revisa las conexiones del mezclador de DJ. Me percato de que la chamarra tiene pegado en la espalda un gran parche en donde se lee “Sonido Indestructible” en letras de tipografía urbana, al estilo del Hip Hop. Como yo, el joven sonidero debe rozar los treinta años. Al fondo de la cabina está Sonido Legendario, el sonidero más experimentado del duo, quien manipula la consola mientras saluda a varios asistentes con su micrófono. Es un hombre de unos cincuenta y cinco años, de cabello también engominado y una de esas panzas que se acoplan armónicamente al cuerpo de su dueño y le dan un aire bonachón y atractivo. Para mí, ambos sonideros son las dos caras de una misma moneda; son la misma persona en dos momentos diferentes de sus vidas. Entonces, el dueño del lugar les habla rápidamente de mí, poniendo énfasis en que soy colombiano y voy a difundir el evento en una revista. Ambos me saludan amablemente y me piden que les haga una fotografía juntos. Yo disparo varias veces la cámara, hago unas panorámicas del lugar y otras en tercera persona desde el lugar del sonidero.

La fiesta se encuentra en su punto más álgido, se nota la comunión del barrio, la hermandad entre las familias, las historias de amor y desamor entre algunos jóvenes. El dulce ritmo de la cumbia hace lo suyo. Por un instante pienso que ese fue el momento que vine a buscar. Sin embargo, bien dice la sabiduría popular que “lo bueno dura poco”, pues una disputa tiene lugar justo debajo de nosotros. El hombre de camisa azul que me hizo el reclamo al principio de la noche se pelea a los puños con otro y se forma una gran trifulca en el centro de la pista de baile. El sonidero trata de tranquilizarlos a todos pidiendo a la gente que se aleje del lugar de la pelea y a los protagonistas que paren. Evidentemente, lo único que logra solucionar el conflicto es la intervención de los guardias que terminan por expulsar al hombre de la camisa de cuadros. En ese momento me percato de que ni siquiera hice una sola foto de la pelea y me decepciono un poco por mi falta de iniciativa, aunque luego me doy cuenta de que eso hubiera sido un acto amarillista que solo hubiera reafirmado mi condición de outsider y la mala fama de los periodistas.

Sonido Legendario cede su lugar al joven Sonido Indestructible y en las bocinas suena “El Guaguancó Número 3”, una clásica de la Sonora Matancera. La máquina de humo suelta una gran voluta y las luces cambian de ritmo sobre la bola de espejos. Bajo por las escaleras y busco a Paola para que bailemos aunque sea un par de canciones. La tranquilidad vuelve poco a poco al lugar, entre tragos de michelada, risas y pequeñas confidencias. Paola me cuenta que el señor con la playera del América y los tenis adidas gigantes hace unos pasos de cumbia que ella no había visto nunca.

De repente y como una irrupción absurda e inesperada, suena una pequeña explosión en la sala. Parece el estallido de un cohete pero yo sé que fue un disparo porque pasé tres años en un colegio militar y reconozco el sonido de un disparo. El sonido se repite una vez más y revienta un cristal. Sin saber muy bien de dónde viene, tomo la mano de Paola y la jalo bruscamente hacia el suelo, en donde nos acomodamos con torpeza debajo de una mesa. Muchas parejas imitan rápidamente nuestra acción. Se oyen otros dos disparos que siembran un caos general en La Tropicaliente. En ese momento mi única preocupación es identificar el lugar del que provienen los disparos para hallar un lugar seguro. Los gritos y la estampida de personas moviéndose en diferentes direcciones, chocando unos con otros, sólo aumenta mi angustia. Me percato de que el codo de Paola sangra, luego entiendo que resultó cortado por una copa rota tras mi brusca reacción. Comienzo a pensar que ella no tenía por qué salir afectada por culpa mía. Rápidamente resuelvo salir lo más pronto posible del lugar.

Sin embargo, Sonido Caballero advierte que nadie puede salir inmediatamente por su propia seguridad. Algunas personas intentan salir, sin éxito. El sonidero trata de apaciguar a la multitud llamándolos por sus nombres y rogándoles que se calmen para seguir con el festejo. En seguida, suena un bolero cubano suave que apenas le da un tinte extraño y un poco absurdo a la situación. Para completar el cuadro, varias parejas vuelven a bailar luciendo una sonrisa y afirmando que unos cuantos balazos no van a arruinar su noche de sábado. Entonces pienso en el Realismo Méjico y sobre todo en las palabras de Carlos Monsiváis cuando dice que muchos asistentes del sonidero “no tienen otra fuente de diversión y gastaron lunes, martes, miércoles, jueves y viernes para comprar el pantalón (…) y el perfume de tres salarios mínimos”. Me digo que quizás la magia de su realismo consiste en asumir una actitud que va más allá de la realidad, que se superpone a ella, una actitud que desafía lo real. De hecho, Octavio Paz define al surrealismo como “una aventura interior”,4 y en este caso estamos hablando de esa aventura interior que reta los límites de lo exterior.

De un momento a otro las sirenas de las patrullas policíacas se empiezan a oír frente a La Tropicaliente. Pese a la normalidad que iba retomando la celebración, esta vez el final es definitivo. Sonido el Caballero anuncia la salida y comenta que todos los asistentes están ilesos. Como quien va en el metro, Paola y yo caminamos entre la multitud hacia la salida. Al atravesar la puerta, me acerco al lugar de los disparos con curiosidad antes de que la policía instale su perímetro de seguridad. El cristal de la ventana luce tres agujeros que reflejan la luz de la luna y dejan entrever lo que parece una antigua barra de bar, como esas que aparecían en el cine de rumberas de la década de los años 30. El ruido de las sirenas es insoportable. Paola y yo nos dirigimos hacia el auto y tratamos de saber a ciencia cierta qué ocurrió. Junto a un puesto de tacos que se pone en la esquina opuesta a la discoteca logramos enterarnos de que un hombre al que habían golpeado adentro se fue a buscar su revólver y quiso arruinar la fiesta disparando contra las ventanas del lugar.

En el coche de camino a casa, Paola y yo debatimos, sin muchas ganas, sobre lo que acabamos de vivir. Ambos estamos un poco cansados y aturdidos—aunque ella está herida y yo no tengo nada— por la increíble noche que nos ha tocado.

Después de dejar a Paola en su casa, regreso a la mía con una efervescencia en el pecho, con la intuición de que la acción no ha terminado porque México es una tierra mágica en donde no puedes detenerte demasiado a analizar algo porque en seguida te cae encima otra sorpresa, a veces indescifrable pero siempre maravillosa.

 

Camilo Rodríguez
Escritor y consejero editorial en Éditions Maison des Langues


1 http://bit.ly/2xp1jyy

2 André Breton, Souvenir du Mexique, en Revue Minotaure, septiembre 1939, p. 13. Disponible en línea en: http://bit.ly/2wKpCd9

3 http://bit.ly/2vB8iCl

4 Octavio Paz, La búsqueda del comienzo (Escritos sobre el surrealismo), ed. Espiral, 1974.