
En La Música de la Memoria (Galaxia Gutenberg, segunda edición) Xavier Güell narra en primera persona la vida y la obra de siete genios de la música: Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Liszt, Wagner y Mahler. Las confesiones de los personajes generan un arco que sigue el transcurso del Romanticismo. El autor se aproxima a las nociones de vida, muerte, amor, soledad y desesperación de los protagonistas. Presentamos un fragmento dedicado a Ludwig van Beethoven, a quien el autor le atribuye la frase: “Al final el tema inicial vuelve a aparecer como un recuerdo pálido, fundido en un brillo crepuscular”.
Schwarzspanierhaus. Viena,
19 de marzo de 1827.
Soy el que soy. Soy todo lo que es, lo que ha sido, lo que será. Ningún mortal ha levantado mi velo. Él es el Solo, el Único. El que no ha sido engendrado y al que todo debe su existencia. Con calma y resignación pongo mi confianza, Señor, en tu inmutable bondad. Me someto a todas las eventualidades del destino. Para ti, siempre con el mismo espíritu, eternamente para ti. ¡Regocíjate, alma mía! ¡Sé mi roca, Dios mío! ¡Sé mi luz! ¡Sé para siempre el refugio donde encuentre albergue mi confianza! Tú que me ves abandonado de la humanidad, atiende mi ruego: ¡que pueda seguir viviendo! ¡Que pueda seguir sirviéndote! Aunque esto hoy me parece imposible. ¡Oh, duro destino, cruel fatalidad! ¡No, no acabará nunca mi desgraciada situación!
Pronto abandonaré este mundo. Es amargo el sabor de sentirse próximo a un final irrevocable: enfermo, perdido, apartado de todo. Vivo en la contradicción de ser considerado el compositor más grande y encontrarme casi en la miseria. La vida no es el bien supremo, pero entre los males, el mayor es la penuria. La Sociedad Filarmónica de Londres me ha adelantado mil florines por una nueva sinfonía, la Décima, que no sé si podré acabar. Gracias a esa suma he podido afrontar mis necesidades inmediatas más básicas: comprar comida, medicamentos, pagar al doctor… llevo cuatro meses en cama. He sufrido tres operaciones seguidas y no soportaré una cuarta. Mi cuerpo maltrecho se deforma como consecuencia de una hidropesía que ha inflamado mis miembros llenándolos de un fluido amarillento, denso, que me produce unas llagas purulentas, extendidas por la piel. Lo peor son las noches. No puedo dormir, el tiempo se dilata y cada insufrible minuto es una eternidad. A veces confundo el anochecer con los primeros rayos del alba y entonces me invade la alegría de pensar que el amanecer dejará atrás el horror de las sombras. Cuando me doy cuenta de mi error, y soy consciente de las largas horas que aún faltan en la travesía nocturna, me invade una tristeza infinita. Al fin, por la mañana, sin poder moverme de la cama, compruebo que las úlceras se han extendido y supuran todavía más. ¡Qué dura es la lucha! Toda mi vida he combatido contra la adversidad. Estoy acostumbrado. Pero ahora no dispongo de más fuerzas. Presiento el final, consumido por mil batallas que me han dejado profundas cicatrices. A pesar de desconfiar de los cuidados del doctor Wawruch, ¡deseo tanto seguir viviendo! ¡Oh, fuerzas celestiales, dadme el vigor para continuar! ¡Destino, corrige tu veredicto aunque sólo sea por una vez! Nunca te he pedido nada, por primera vez te ruego: ¡Concédeme tiempo! ¡Un poco más de tiempo! Me queda tanto por hacer antes de abordar el oscuro viaje. Tengo la sensación de no haber compuesto más que unas pocas notas. Quiero seguir sirviendo al hombre, consolar su dolor, derretir su angustia a través de una música que alumbre esperanza, que consiga imponer la energía necesaria para vencer el arduo combate de la vida. Una vida a la vez maravillosa y perversa, que sólo puede ser entendida desde la aceptación conjunta de la alegría y la tristeza. Las dos caras de una misma moneda que, inseparables, conforman nuestra condición humana.

Debo terminar mi Décima Sinfonía. Está ya estructurada en mi interior. Continúa a la Novena. Explica la transformación del sufrimiento en amor. Un amor que atraviesa la comprensión del dolor. Un amor que no pide, sólo da. Un amor que nos dice que estamos unidos en un destino común. Un amor que nos hace entender que la salvación no puede ser individual. ¡O todos o ninguno! Ése es el mensaje de la Décima. A diferencia de la Novena, será sólo instrumental, seguirá, pero de forma todavía más intensa, el espíritu de los últimos cuartetos de cuerda. Casi tengo escrito su primer movimiento. Un Andante luminoso, en Mi bemol mayor, que engloba en su centro un Allegro en Do menor. Las tonalidades unidas de la Heroica y de la Quinta. Llenará nuestros corazones de esperanza, verterá sobre ellos un líquido dulce y nos convencerá de que existe un futuro más allá del desaforado camino, de una vida que no hemos elegido, impuesta a fuerza de golpes brutales por poderes que, por mucho que lo intentemos, no podemos entender.
Quiero despertar a la voz oculta de la naturaleza, enseñar el sendero a cuyo lejano término espera la palma. Quiero proclamar una vez más verdades que son eternas. La principal de todas: ¡Hombre, ayúdate a ti mismo! ¡Hay mucho que hacer en la tierra, hazlo pronto! La acción es el mejor medio para ahuyentar el pensamiento que te aflige. Ocúpate de los demás, incluso de los que te odian. Busca en la generosidad, en el poder creativo de tu vida, el bien supremo de la realización de ti mismo. Eres la imagen del eterno. ¡Avergüénzate e inclínate ante su grandeza! Pídele fuerzas para vencerte a ti mismo, pues el destino te ha concedido el valor de soportar. Sigue la senda del arte y la ciencia, sólo ella te permitirá disfrutar de una existencia elevada. Escucha a la noche, en ella descubrirás tus fuerzas ocultas. Escucha a la naturaleza, en cada árbol, en cada río, en cada nube, en cada una de sus manifestaciones hallarás partes de ti.
Xavier Güell
Director de orquesta, escritor y promotor musical. Es autor de Los prisioneros del paraíso.