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Pronto empezará a circular una edición con material hasta ahora inédito de Confieso que he vivido, la genial autobiografía de Pablo Neruda. Circulará también una nueva antología de los poetas de la generación beat. Rescatamos asimismo una serie de ideas acerca del fin de la escritura a mano.

Éstas son las noticias que nos hicieron clic durante la semana del 6 al 13 de agosto.


Vuelve un clásico de 1974

Pocas memorias entran, con el oleaje de la prosa poética, en periodos tan decisivos de la historia como Confieso que he vivido (1974) de Pablo Neruda. En ellas está el inicio de la guerra civil española, el auge del comunismo y la Unión Soviética, el viaje al oriente —que marcaría buena parte de nuestra literatura a través de las residencias reales de Tablada, Paz y Cortázar, o imaginarias de Borges—, y decenas de personajes que son verdaderamente el siglo XX: Reverdy, Gabriela Mistra, Stalin, Fidel Castro, Allende, etc.

Ahora, Planeta presenta una nueva edición ampliada con conferencias (dictadas en la Universidad de Chile), nuevos fragmentos destinados a las memorias, fotos y manuscritos inéditos. Entre las novedades está “El último amor del poeta Federico”, un texto que amplía el capítulo original sobre Lorca. Los dos poetas se conocieron en Buenos Aires y ahí nació una gran amistad. Neruda admiraba su alegría: “la felicidad era su piel”.

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Según Darío Oses, director de la Fundación Pablo Neruda y editor de esta nueva versión, aún pueden aparecer más y más documentos y materiales que desempolvar. Al igual que su vida, el archivo de Neruda seguirá alimentando como una red oceánica misterios y hallazgos sorprendentes. Entre éstos, queda por resolver la incógnita de su muerte, el 23 de septiembre de 1973, en una clínica de Santiago a causa de un cáncer de próstata avanzado. Sus restos fueron exhumados en 2013 y sometidos a análisis hasta 2016, pero las sospechas no han sido disipadas sobre una posible y velada “intervención de terceros”, es decir agentes al mando de Pinochet.


Escribir a mano ya es historia

¿Usan ustedes plumas, lápices y bolígrafos? ¿Se preguntan por el precio y la calidad de los cartuchos, el diámetro de la bola en que nace la fineza del trazo? El romanticismo de la escritura a mano está cayendo en el olvido y en el patetismo: qué ridículo querer entresacar la personalidad, el humor y las emociones del escritor a partir del gesto de su pluma. Sin embargo, ¿quién puede negar el valor agregado de una edición firmada y dedicada por algún clásico? La nostalgia de estos debates provocó que Deidre Lynch, una profesora de Harvard, obligara a sus estudiantes a asistir a clases “a la antigüita”: armados con pluma y papel. Para Lynch —también autora de Loving Literature. A cultural history (Chicago University Press, 2015), ensayo sobre las transformaciones de la vida cotidiana que fuimos induciendo al convertir los libros en objetos de afecto— perder la escritura manuscrita empobrece el estilo personal, tiende a uniformizar nuestra relación con las ideas. Tomar notas en papel puede ser benéfico para absorber el conocimiento y armonizarlo. De acuerdo, pero Lynch no podría exigirle a un novelista que añore el cerro de hojas a mano al pie del escritorio, ese cúmulo por ordenar que hoy es la imagen de un acto decimonónico tan heroico como imposible: acabar con pluma y tintero una obra como Los miserables o La guerra y la paz.

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Antología de los beatnicks

Fueron la vanguardia de la contracultura que en los años 60 empezó a expandirse y a mundializarse. También fueron hijos de la burguesía que estudiaron a los clásicos en las aulas de Columbia. Se interesaron en la meditación, en las artes y la poesía orientales, en la ecología y la liberación sexual. Se opusieron al statu quo de una sociedad triunfalista, tras la Segunda Guerra, embobada en el oasis del consumo y el confort. Revolucionaron la literatura de su tiempo. La prosa de Kerouac o los versos de Ginsberg no han perdido actualidad, aunque el movimiento beatnick y el de los hippies que lo heredaron acabó por convertirse en todo aquello contra lo que luchaba (a los veinte años). La editorial española Varasek acaba de reunir en la antología, The Dharma Beats. Una historia de la beat generation (título en homenaje a The Dharma Bums, una de las novelas cúspides de Kerouac), nuevas traducciones de Jack Kerouac, Gary Snyder, Lew Welch, Philip Whalen, Joanne Kyger y Michael McClure, para no olvidar la presencia necesaria de esta generación estadunidense universal. El libro viene acompañado además de un estudio imprescindible en torno al contexto histórico y cultural que rodeó a los poetas beats. Sobre dicho grupo, Kerouac escribió:

La nueva poesía estadunidense tal como aparece representada en el Renacimiento de San Francisco (es decir Ginsberg, yo mismo, Rexroth, Ferlinghetti, McClure, Corso, Gary Snyder, Phil Lamantia, Philip Whalen) es un tipo de poesía Lunática Zen, nueva y vieja a la vez, la escritura de lo que se le pase a uno por la cabeza como venga, una poesía devuelta a su origen, a su infancia bárdica, puramente ORAL, como repite Ferling, en lugar de las grises argucias académicas. […] Estos nuevos poetas confiesan por la alegría pura de la confesión. Son NIÑOS. Y son también Homeros infantiles de barba gris que van cantando en la calle. Ellos CANTAN y cantan con SWING. Se oponen diametralmente a la posición del triste Eliot y su preceptiva deprimente del correlato objetivo, etc., algo que en el fondo no es más constipación y emasculación del instinto masculino de cantar sin restricciones.

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Fuentes: Clarín, Agencia Balcells, Le Magazine Littéraire, El País y Jack Kerouac, La filosofía de la generación beat y otros escritos (Buenos Aires, Caja Negra, 2015).