modernidad

Humberto Beck
Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich
Malpaso
México, 2017
160 páginas.


De las teorías para explicar al hombre, de las tantas que ha generado el ser que piensa sobre sí mismo, con el tiempo subsisten tan sólo aquellas que lo consideran en su posibilidad de ejercer como individuo en medio de la colectividad de la que, por otra parte, no puede segregarse. La posibilidad de una reingeniería social integral es una de las tentaciones más a la mano para el filósofo y el político, ya que representa una ocasión para recoger el modelo actual de la sociedad y lanzarlo hacia una posibilidad más promisoria. Esto ha derivado en no pocas utopías y esquemas semiutópicos de pensamiento desde los cuales puede vislumbrarse una posible modalidad diferente al estado de las cosas, pese a que muchas de ellas se instalen de modo deliberado en horizontes muy remotos de las condiciones actuales.

Las derivaciones del marxismo no dejan de producir interpretaciones y lecturas sobre la realidad y Humberto Beck (Monterrey, 1980) eligió el pensamiento de Iván Illich (Viena, 1926-Bremen, 2002) para arriesgar un diagnóstico sobre la vigencia de su pensamiento y, a un tiempo, para calibrar si su forma de interpretación del capitalismo y la modernidad puede ofrecer caminos laterales para meditar sobre la actualidad. Un ejercicio que pretende, según el autor, “extrapolar sus ideas para las circunstancias del presente”. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (2017) es una monografía en tono elegíaco de diez años de su producción, que va de La sociedad desescolarizada (1971) a El trabajo fantasma (1981). Beck no oculta su simpatía por el pensador austriaco y por la exaltación de la autonomía del individuo en medio de la masa y, por lo mismo, incluso señala su tarea de crítico social como una “labor de demolición”. Subrayo esta valoración porque el pensamiento de Illich pasa en el volumen casi libre de juicio crítico, al punto de quedar en una suerte de dossier a un fragmento de su ideario, lo que deriva en que el libro concluye como una síntesis divulgativa antes que como un paseo crítico. No refiero que el entusiasmo diluya el mérito de la lectura, aunque sí que el anarquismo, incluso en su vertiente más religiosa, la que se declara portadora de La Idea, debe ser pasado a una revisión de alcances y ésta no fue la ocasión.

Parte del anarquismo reaccionario de sustrato teológico de Illich —definirlo de otro modo sería ceder a la miopía— podría cifrarse en los siguientes postulados: el individuo pierde autonomía con el avance de la técnica y esto lo aleja de la “sociedad convivencial”, el equilibrio casi natural entre técnica y autonomía del individuo. Una suerte de paraíso societario en donde las instituciones se organizan para garantizar que todos accedan al punto más alto de su plenitud en armonía con los otros, quienes a su vez desean lo mismo. Para llegar a lo anterior, a manera de ejemplo, analiza la forma actual de la educación, el transporte y la salud (estos ámbitos en la década de los setenta), de donde brotan ejemplos de lo que denomina el “principio de contraproductividad”, el cual define de la siguiente forma: “el hecho de que una herramienta, cuando sobrepasa cierta intensidad, inevitablemente aleja del propósito para el que fue creada a más gente de la que permite aprovecharse de sus beneficios”(Illich citado por Beck). Esta “contraproductividad” se encarnaría en aparentes contrasentidos respecto de las consecuencias naturales esperadas de los distintos ámbitos de la experiencia social moderna. Todo esto para derivar en conclusiones para las cuales no hace falta demasiado aparato teórico para identificar: el sistema educativo no ayuda a la enseñanza, el transporte moderno termina por inmovilizar, las instancias de salud enferman.

La lectura del volumen desde los conceptos básicos del marxismo facilita la comprensión de pensamiento de Illich, que hace una lectura de la vivencia actual aunque no se lee en los planteamientos una cabal refundación de conceptos que haga meditar desde la raíz sobre las nuevas modalidades de la experiencia. El austriaco parte de viejas ideas de izquierda para explicar las relaciones económicas y esto lo lleva a ser nada más que otro apéndice del revisionismo marxista, no obstante la crítica a la burocracia entendida como una franja de administradores cuya labor sería dosificar el acceso a los beneficios, esto es, acortar la distancia entre la autonomía del individuo y los propios beneficios de la técnica. Los préstamos del marxismo son múltiples y eso no permite llegar a una determinación de considerar su pensamiento como “demoledor”. Edifica sobre lo que ya existe y no vuelve a fincar un pensamiento, al menos de lo que puede leerse en el periodo que eligió Beck para este repaso por su pensamiento. El anarquismo, lo ha sido históricamente, suele prender todo lo que encuentra en llamas para después confesar que los paradigmas de sillón resultan inaplicables para la realidad social.

El ideario del pensador austriaco vuelve a la base del pensamiento de izquierda y aterriza en la praxis del marxismo de la cual, parece, no habrá escapatoria. Beck: “El sentido último de la racionalidad utópica illichiana no es el culto a la imposibilidad de una imagen idealizada, sino la creación de las condiciones para una decisión política” (el subrayado es mío). Aquí radica parte del magnetismo de su pensamiento. El llamado a la acción, desde la “imaginación política”, implica una toma de postura frente al mundo e igualmente un salto hacia la consecución de las condiciones objetivas para alcanzar un mejor estado de las cosas. Como análisis de la sociedad actual —ya no tan actual, en realidad—, el pensamiento de Illich es puntual y obliga, sí, al replanteamiento cerebral y sin concesiones, pero es necesario no olvidar (y Beck no lo hace, por cierto) que vivió en una época sin las comunicaciones ultrarrápidas de la actualidad y este fenómeno (que bien podría caracterizarse como otra “herramienta” en el esquema de su pensamiento), ha modificado de manera radical la forma de ejercer cualquier forma posible de la experiencia humana, incluidos los ámbitos que él eligió para su análisis. A la par, terminó la Guerra fría, se disgregó la Unión Soviética y los restos de los países socialistas agonizan bajo el peso de modelos encorsetados con los que asfixian a la población que carece de los satisfactores elementales. Cruzamos un periodo negro que tiene una finalidad única: acudir al mercado y sobrevivir con un mínimo de dignidad.

La “extrapolación” a la que hace referencia Beck igualmente podría intentarse con el pensamiento de Bakunin o Kropotkin, aunque es entendible que el paso de Illich por la ciudad de Cuernavaca lo vincula de manera directa con la realidad de este país, que siempre anda a salto de mata entre la urgencia de una refundación de las instituciones y los resultados electorales que nunca satisfacen. A resultas, Beck enuncia sus hallazgos:

1) “La originalidad de la obra de Illich reside en una desacostumbrada habilidad para descubrir las dimensiones ocultas de las discusiones políticas e intelectuales, lo que le permitió realizar un ejercicio de arqueología de las principales certidumbres de la civilización contemporánea”, y;

2) “La originalidad de Illich reside entonces en haber integrado en una teoría de la modernidad no sólo la idea de los límites sino esa entidad antimoderna por antonomasia: el pasado”.

Si no fuera posible hallar en otro pensador esas tendencias hacia la originalidad (“arqueología de las certidumbres” y la inclusión del “pasado” en una meditación sobre la modernidad), entonces será natural reconocérselas a la obra de Illich, pero no parece factible. Bastaría asomarse a la obra de varios integrantes de la Escuela de Frankfurt y a la del propio Albert Camus, paradigmas elegidos por el propio Beck para contrastar sus hallazgos. Las obras de Illich han circulado de manera constante en lengua española, aunque la publicación de la Obra reunida por parte del Fondo de Cultura Económica (2006 a la fecha), lo llevó a un lugar más visible para hacer lecturas a fondo como esta que realiza Beck, que por definición y alcances, a este momento, es la invitación más idónea a su pensamiento por lo que hace a una década de su labor como crítico social.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.