El hallazgo de un cuadro atribuido a El Greco en México inició una polémica sobre su autenticidad. La argumentación histórica y científica de este hallazgo viene explicada a continuación por uno de los expertos que participaron en el proceso de identificación.

En 2014, el anticuario mexicano Jorge Urbina llevó a la agrupación cultural Los Contemporáneos A.C. un cuadro, al parecer antiguo, conservado hacía más de 50 años por una conocida familia mexicana, residente en el barrio de Coyoacán. La pieza no contaba con ninguna documentación que acreditara su origen y trayectoria.

El cuadro, un óleo sobre lienzo (136,5 X 189,7 cm.), representaba al Apóstol San Andrés, figurado clásicamente con la cruz aspada de su martirio, como era usual en la iconografía canónica católica.

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Estudio de San Andrés, atribuida a El Greco, Los Contemporáneos A.C

Salvador Riestra Zepeda, fundador y presidente de Los Contemporáneos, gestionó inicialmente con instituciones oficiales nacionales (el INBA y el Laboratorio de Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM) el análisis técnico de la obra. Sin embargo, cuando se le informó que dicho análisis no era posible por tratarse de un interés privado, invitó a un grupo de especialistas para examinarla, entre los cuales me encontré (como historiador y estudioso del arte y la cultura hispanoamericana),  junto con el maestro José Sol Rosales1 y el ingeniero químico Jorge Vázquez Negrete.2 Cada uno de los convocados ponderó la obra desde sus respectivos campos de experticia.

Llamó primero mi atención que en el dorso del óleo apareciera escrita a lápiz, sobre el bastidor de madera, una frase que luego investigué pertenecía a una persona y una dirección madrileña: “Srta. de la Riva. Carbonero y Sol, 12”. En una esquina colgaba una tarjeta impresa rellenada a tinta, en inglés, que correspondía a un antiguo y muy reputado almacén de valores en Nueva York: The Manhattan Storage and Warehouse Inc. Co., fundado en 1882. Nadie antes había reparado en estos elementos, según me dijo Riestra.

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Una de las fachadas del Manhattan Storage, Nueva York

Después, como resultado de una intensa búsqueda bibliográfica, encontramos que una imagen idéntica a la del cuadro en México —hasta con un significativo pliegue central en diagonal, resultado de una costura en el lienzo— aparecía en el catálogo que el gran historiador del arte español y reconocido especialista en El Greco, José Camón Aznar (1898-1979), había publicado en 1950 con el título Domenico Greco, el cual le había tomado 20 años preparar. Ahí se identificaba plenamente la autoría del pintor, con el título “Estudio para San Andrés Apóstol”. Al superponer ambas imágenes, coincidían puntualmente: quizá se trataba, pues, de la misma pieza.

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A continuación, considerando necesario y quizá útil someter estos datos a peritos extranjeros —fundamentalmente españoles— de la obra de El Greco, nos comunicamos con doña Leticia Ruiz Gómez y don Fernando Marías Franco, autores de muy estimables obras recientes sobre este artista. Se les invitó a estudiar la obra y enviamos fotografías de la misma, así como la información con la cual contábamos entonces, y hasta se les ofreció examinarla directamente, según suele hacerse en una colaboración normal entre especialistas.

Ambos respondieron, para sorpresa nuestra, calificando a priori y sin ningún examen de la obra en cuestión, que se trataba de “una pobre copia”, apoyados en el crítico Harold H. Wethey (1902-1984), quien así lo afirmó en un polémico catálogo de su autoría: El Greco and His School (Princeton University Press, 1962). Conservamos la correspondencia electrónica sostenida sobre este asunto. Debo acotar que, a pesar de esto, reconozco y valoro altamente los aportes que dichos especialistas han realizado al conocimiento y difusión de El Greco, de los cuales me he beneficiado; pero, específicamente sobre este cuadro en México, creo que no están posicionados en una línea argumental lo suficientemente sólida, pues apoyan su dictamen en una autoridad que ha sido rebatida y superada, como la de Wethey. Por mi parte, he tratado de sustentar con razones y argumentos mi opinión (también susceptible de error, por supuesto), la cual, en cambio, al menos sí está respaldada por los distintos análisis científicos que se le realizaron a la obra.

Tanto la frase escrita en el bastidor del cuadro como la tarjeta del depósito de valores colgando en una esquina, ya mencionadas, me sirvieron para demostrar que Wethey nunca examinó el cuadro en cuestión y sólo “habló de oídas”, pues, como detallaré más adelante, era imposible que lo hubiera visto. Aunque reputado en algún momento, Wethey ha sido progresivamente descalificado por muchos estudiosos de la obra de El Greco, por su carácter un tanto caprichoso y atrabiliario, creyéndose poseedor de “la única verdad” sobre el pintor. Estos fallos han sido bien documentados, como señalaré después.

Wethey no pudo ver el cuadro porque en la época en que publica su polémico libro, y desde mucho antes cuando lo preparaba, la obra llevaba años depositada en un almacén de Nueva York, a través de la mediación de la “Srta. de la Riva” y del coleccionista Diego Cánovas, último poseedor español registrado del cuadro (como lo informa Camón Aznar, quien sí pudo verlo, pues escribió su obra en España entre 1930 y 1950, 12 años antes que Wethey). Quizá Wethey sólo pudo “verlo” en la misma obra de Camón Aznar (con las limitantes de la reproducción impresa en blanco y negro), o en las antiguas placas bicolores sobre cristal de la colección fotográfica del Archivo Moreno (1893-1954), también conocido como Archivo de Arte Español, que hoy pertenece al Instituto del Patrimonio Cultural de España, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Las peligrosas condiciones de España durante la Guerra Civil (1936-1939) indicaron a muchas familias la conveniencia de poner en resguardo fuera del país sus más preciados bienes, en espera de tiempos mejores: Diego Cánovas fue uno de tantos.

La trayectoria de la pieza desde Nueva York hasta México está acreditada, a través de la familia originalmente propietaria, Escalante Fouquet, y su testimonio personal. La familia lo traspasa al anticuario Jorge Urbina y éste luego a Los Contemporáneos A.C.

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El Greco, San Andrés y San Francisco, Museo de El Prado, Madrid

Existen, según Camón Aznar, cuatro estudios sobre San Andrés realizados por El Greco previos a la pieza definitiva: el cuadro San Andrés y San Francisco, esa sí obra terminada y firmada por el autor, hoy en el Museo de El Prado. Según Camón, los cuatro estudios mencionados se hallaban, uno, en el Museo Metropolitano de Nueva York, y los otros tres en manos particulares: en una colección privada en París, otro en poder de Mario Fumasoli, en Madrid, y el restante, en la misma ciudad, en posesión de Diego Cánovas, el cual evidentemente es el mismo que hoy se encuentra en México. Pueden compararse las imágenes que aparecen en el catálogo de Camón Aznar y de la pieza en México, ya limpiada y estabilizada (no restaurada), y también las imágenes de los otros estudios sobre San Andrés recogidos en la misma. Evidente y lógicamente, la calidad pictórica de la obra final resultante del dilatado proceso de gestación —la de San Andrés y San Francisco en El Prado— es muy superior a la de los estudios y bocetos, que son precisamente eso, preliminares de la pieza definitiva, pero todos son de la autoría de El Greco, según lo afirma el especialista español sin dudarlo.

En su taller de Toledo, El Greco estableció una verdadera “fábrica de arte” que asombraba por su productividad a los visitantes como Francisco Pacheco. En 24 salas trabajaban gran número de aprendices, ayudantes y discípulos. Modernamente se le ha llamado “El Henry Ford de Toledo” por esta “producción en serie”, en la cual se reservaba el diseño inicial y los toques finales que le aportaban ese estilo tan personal y distintivo. Cuando muere El Greco, su hijo Jorge Manuel hereda no sólo el negocio paterno con el taller y la clientela, sino dos dones más valiosos: el nombre y el estilo, que ya no es exclusivamente personal, individual e intransferible, sino se ha convertido en un patrimonio familiar. Es un “sello” que vende. Este es un riesgo que siempre se enfrenta tratándose de los cuadros de El Greco, y deja perplejos a los expertos en ocasiones. Genéricamente, en algunas ocasiones, éstos han preferido ser cautos y etiquetar un cuadro como “del taller”, o “de algún discípulo” y hasta en ocasiones, “probablemente del hijo” del Greco.

No creo necesario recalcar la evidente superioridad crítica —o la validez actual de sus juicios, si se prefiere— de Camón Aznar sobre Wethey: la obra del primero sigue siendo obra de consulta y referencia obligada; la del segundo no ha resistido el examen posterior.3 El tiempo ha dado su sentencia. No deja de sorprender que críticos tan respetables como Díaz y Marías se apoyen en el juicio muy cuestionado de un autor norteamericano reconocida y marcadamente visceral, y pasen por alto el mucho más sólido y fiable de un reputado especialista español, sabiendo además que el primero nunca pudo ver la obra que cuestionó y el segundo la examinó directa y personalmente, como ya lo mencionamos.

No obstante todo lo anterior, el Presidente de Los Contemporáneos decidió someter la pieza privadamente a rigurosos exámenes científicos, de acuerdo con los requerimientos más avanzados en la actualidad, para los cuales existen en México equipos adecuados y personal muy calificado, con resultados notorios y probados.

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Estudio de San Andrés (detalle)

Los resultados de estos análisis tomaron dos años para ser realizados con la precisión y el detenimiento necesarios. Fueron análisis químicos, como los de la base —lienzo—, soporte —bastidor— y de los pigmentos; y procedimientos físicos —espectrográficos, rayos X y ultravioletas, reflectografía infrarroja, estratigráficos y cortes transversales de capas— para considerar el espesor, el color y la textura de la obra, tipo del lienzo original y del reentelado. Así, se estableció sin margen a una duda razonable que los pigmentos, el lienzo y la madera del cuadro responden plenamente a la época, el entorno, la técnica y los materiales empleados por El Greco y sus discípulos en su taller toledano. El hecho de que no firmara esta pieza —“Estudio para San Andrés”— era algo normal y hasta habitual (solía hacerlo con muchas otras), porque el pintor sólo añadía su nombre a las piezas ya terminadas, al igual que los estudios previos del Metropolitano de Nueva York y la de la colección privada en París, que tampoco están firmadas.

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Ejemplo de la fotomicrografía (corte transversal, 100 aumentos en microscopio) de una muestra del color encarnación de la mano izquierda, realizada por José Sol Rosales

El resultado de estas nuevas investigaciones también se envió a los especialistas españoles ya citados, como una oportunidad para ponderar sus juicios anteriores, pero se rehusaron siquiera a considerarlo, insistiendo en su afirmación inicial de ser “una pobre copia de finales del XIX”, sin otra argumentación adicional.

La observación preliminar, la investigación bibliográfica y documental realizada, y los múltiples análisis científicos aplicados con rigor y probidad inobjetables por reconocidos especialistas, demuestran en su conjunto e integralidad —más allá de “suposiciones”, “criterios” subjetivos, la “mala vista” engañosa y el a veces traicionero “sentido común”, tan poco frecuente, además— la autenticidad de este cuadro de El Greco hoy en México. Pretender comparar la calidad pictórica de este “Estudio de San Andrés” con una obra ya terminada y reconocida, como el resultado final del “San Andrés y San Francisco” en El Prado, puede considerarse una expresión distante de la disposición y talante abierto que deben tener los estudiosos para ponderar argumentos diversos, siempre que vengan respaldados con análisis serios.

En todo caso, todo esto evidencia la asombrosa actualidad de El Greco, a quien hoy algunos consideran un antecedente de Chagall, Van Gogh, Gaudí y Dalí, inspirando a poetas como Rilke y Kavafis: un contemporáneo en su más cabal sentido.

Con tres siglos de silencio pesando sobre él después de su muerte, fue considerado lo mismo un revolucionario, un incomprendido, un pintor de mal gusto, un enfermo y hasta un herético, pero su obra continúa provocando asombro y apasionamiento, y nos reserva aún sorpresas como este hallazgo en México.

 

Bibliografía:

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Camón Aznar, José. Domenico Greco. Madrid, Espasa-Calpe, 1950.

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Wethey, Harold H., El Greco and His School. 2 Vols. Princeton, Princeton University Press, 1962.

 

Alejandro González Acosta
Investigador y profesor del Instituto de Investigaciones Bibliográficasde la UNAM.

Debo agradecer la colaboración que, de diversos modos, pero siempre generosa, brindaron con sus consejos o gestiones para esta investigación, amigos como Emilio Bernal Labrada, José Miguel Morales Folguera, Juan Luis González, Mónica Riaza de los Mozos y Rafael Gordon, así como la atención que en medio de sus muchas ocupaciones dedicaron doña Leticia Ruiz y don Fernando Marías para leer nuestros mensajes.

© Ilustraciones: cortesía de Los Contemporáneos A.C


1 Experto restaurador con 40 años de experiencia y responsable de la última labor de conservación que se le ha realizado al cuadro de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.

2 Antiguo director de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía del INAH. En fechas recientes culminó la finalmente feliz restauración del monumento ecuestre a Carlos IV del escultor valenciano Manuel Tolsá, conocido popularmente como “El Caballito”, después de una desastrosa intervención anterior.

3 Wethey ha sido cuestionado, entre otros especialistas, por españoles como el mismo José Camón Aznar, José Álvarez Lopera, Fernando Tabar de Anitúa, Pilar Bustinduy Fernández; griegos como Nikolaos Panayotakis, Pandelis Prevelakis y María Counstantoudaki, y mexicanos como Fernando Leal, Inés Amor, Jorge Alberto Manrique y Teresa del Conde. Véase la bibliografía que añadimos.

 

 

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