De ese tamaño nunca antes. Pululan el mundo, tanto el occidental como el oriental, pero, con algunas notables excepciones, lo logran más o menos escondidas. En general, aparecen cuando nadie es testigo de su presencia. Como dios, son enormes e invisibles pero igual de fulminantes cuando se dejan ver. Al menos así pensaba la Mexican teacher1 recién llegada a la India de tierras aztecas.

india

Son veloces, esas aristócratas de la miseria, pero no vuelan. Se deslizan fugaces, cual Súper Niñas negras, grises y hasta blancas, obesas, embriagadas de desechos.

Ahí están entre paredes, pasillos, saltando entre alcantarillados, despojos de comida, niños escuálidos; rondando las habitaciones de familias sin agua potable ni tuberías (aunque también las hay en hoteles de cinco estrellas).

Pero los occidentales (algunos asiáticos también, cómo no) que dormimos en camas queen con sábanas de 500 hilos griegos en casas limpias con WC que apenas suenan después de que defecamos y se llevan las aguas negras muy lejos, apenas las vemos.

Y si llegan a rondar, silenciosas y sigilosas, entre esquina y esquina de nuestras cocinas, evitan ser descubiertas.

Pero ahí andan.

Como ésta de hoy —lunes feriado cuando la India cumple 70 años de Independencia de Gran Bretaña— ninguna antes. Menos desplazándose con donaire majestuoso, a sus anchas, sobre la cocina, los platos que no lavaron los jóvenes cocineros en esta Casa de Huéspedes Manasagangotri de la Universidad de Mysore, estado de Karnataka, en la India del sur.

“Ingreso exclusivo para personas autorizadas”, se lee en el anuncio sobre la puerta de la cocina, que está cerrada. El enorme cerrojo que convierte el lugar en un claustro aromático, sin llave, dando permiso de entrada a foráneos.

La Mexican teacher, que llega a dejar unas frutas en el refrigerador, no vacila en entrar muy quedito para no despertar al anciano que ayuda al joven mesero que ayuda a la señora lavaplatos y que seguramente descansa cerca, en una casita reservada para los empleados. Abre la puerta igual, sin hacer ruido (lo que no es fácil porque la madera está deteriorada, roída: sólo de verla cruje), despacito, casi en cámara lenta.

Encuentra la cocina sucia, el ambiente salpicado de olores a jengibre, cúrcuma, curry, chutney; el espacio repleto de platos sucios en el piso, a medio lavar. Comida y sobras de dosa sobre la repisa. Tazas de té con fondos tapizados de azúcar dentro del lavadero.

Como música de fondo, en algún lugar imposible de ubicar con el oído pero muy común en la India, unos cánticos callados. Eran pasadas las cinco de la tarde y los murmullos del atardecer, como los del amanecer, siempre llegan cargados de melodías lejanas. De pronto, ¡zas!, se desliza ella.

Corría como Antígona ante la autoridad, imposible salir a su paso, detenerla. Ella se arrastra sobre todo lo que encuentra, asustada de sentir a una intrusa. Porque eso fue la Mexican teacher para ella, la Reina. Una intrusa.

La Reina de Mysore es una enorme rata negra que se mueve, cual bailarina profesional, evidentemente dueña del lugar, un poco enojada —o quizás asustada— ante la injerencia de la visitante.

¿Qué hace un ser humano en su reino a esa hora? Y aún peor, ¡una extranjera!

La intrusa cierra la puerta con la esperanza de que ojos que no ven corazón que no siente. O imaginando que está ante una ilusión óptica, producto de ese exótico país indescifrable.

Respira profundo en un intento de imitar a su maestro yogui. Vuelve a abrir la puerta, aun con mayor cuidado que la primera vez. Y ¡zaz! Ahí sigue ella. Ahora corre hacia una esquina más privada, donde ya no la vería nadie, menos la intrusa. Faltaría más, ¡si era su reino!

“Las hay hasta en los hoteles cinco estrellas”, afirma displicente un catedrático de la Universidad de Mysore tras escuchar el relato. El concepto de higiene en la India difiere en mucho del Occidental. No es que una rata sea considerada como una posible mascota de un cocinero, pero su presencia en una cocina no es un asunto que requiere mayor intervención. 

La Mexican Teacher vuelve a cerrar la puerta de la cocina y sale despavorida hacia la seguridad de su recámara, convencida de que nunca más regresaría ahí, que tendría que comprar una suerte de mini bar para guardar frutas y verduras en su recámara. Pero que ahí no se aparecería para nada, menos para dejar frutas.

Busca con quién quejarse. A quién contarle la barbaridad que acaba de ver. Corre por aquí, se enoja por allá, buscando interlocutores. Hay pocos empleados en la Casa de Huéspedes de la Universidad. Es feriado después de todo. Hay aún menos huéspedes. Los que encuentra, la escuchan con indiferencia. O a lo mejor la entienden poco y piensan: otra extranjera histérica.

Con desgano, alguien llama a Ganesh, el cocinero mayor, un atractivo e inteligente muchacho de unos 22 años, cuya energía diáfana le recuerda a los Cachorros de Sandino en la Nicaragua de los años 80.

El joven y su mascota, un adorablepug, aparecen en la puerta de la recámara VIP de la Mexican teacher.

Ganesh llega cargado de ese brío del tesoro juvenil y esa inocencia seductora que emite ondas de vida y ganas de dar amor sin barreras. La intrusa se percata de que no habrá forma de quejarse pero está a punto de intentarlo.

El muchacho se le adelanta.

“Ahora mismo mato a esa rata. No se preocupe por favor. I am so sorry. Ya pongo veneno en la cocina. Le preparo algo de comida en otro lugar donde no esté ella. ¿Qué quiere comer? In five minutes, please.”

Imposible negarse. Lo que quieras cariño mío. En cuanto mates a la rata te espero. No importa que haya miles como ella. No importa que se desplacen como reinas en tu cocina. Aquí te espero corazón.

En menos de una hora (five minutes en la India), Ganesh, con una enorme sonrisa y mirada enternecedora, le lleva un par deomelettes con una deliciosa especie (curry o su similar). “Rat gone. No problem. FinishedSorry Madam”.

No se va. Espera en el umbral de la puerta de la recámara, quiere ver la reacción de la Mexican teacher. Ella le agradece y lo invita a pasar para verla comerse los primeros bocados del manjar que le preparó quien sabe dónde, pero prefiere pensar que no al lado de la Reina de Mysore.

No ha empezado a saborearlo cuando Ganesh declara: “Pero con todo respeto, Madam, usted se equivocó. No es una rata. Es una ardilla”.

¿Una ardilla negra con una cola larga pero delgada que no saltaba sino que se deslizaba? Imposible. Sabía que en la India habían ardillas negras gigantes pero ésta era una rata, no gigante, sí enorme. Con una cola delgadita y larga. No peluda como las ardillas. Es una rata y punto. Pero no dice nada.

La Mexican teacher sonríe de nuevo. “Ok Ganesh, ok”, alcanza a contestar. La humanidad del muchacho contra la rata. Gana él. Y empieza a saborear el omelette sobre su escritorio, apartando sus papeles y computadora. Satisfecho, Ganesh se despide y cierra la puerta. El pug no lo deja ni un segundo.

Ahora sola, sonríe mientras come sin hambre pero divertida, ya no histérica. ¿Una enorme ardilla negra con una corta cola delgada que no saltaba sino que se deslizaba? Imposible, se repite.

Aquel lunes feriado, en el que la televisión local exaltaba las glorias de la India independiente del yugo británico, la intrusa ignora que en la India Occidental, en Rajasthan, hay un templo donde viven alrededor de 25 mil ratas consideradas sagradas.

¿Se habría perdido la Reina de Mysore del Karni Mata Temple y viajado miles de millas al sur hasta llegar a Mysore, la ciudad del yoga ashtanga? Eso nunca lo sabría. Sí: estaba clarísimo que la Mexican teacher había llegado a la India.

 

María Lourdes Pallais

Autora de Prisionera de mi tío. Ficción y memoria con sello Somoza.


1 La Mexican teacher obtuvo una beca (fellowship) de seis meses para dar clases de inglés como segunda lengua así como seminarios de periodismo y literatura a estudiantes de PHD en inglés en la Universidad de Mysore, Estado de Karnataka, sur de la India.