El 28 de julio pasado se celebró el cumpleaños de Marcel Duchamp y el centenario de su más icónica creación: La Fuente. Este texto aborda la historia del urinario más famoso de la historia del arte, los escándalos y las dudas sobre su autoría. Todo para acabar en una pregunta provocadora: ¿por qué importa?

Las hendiduras crean la ilusión de tres renglones sobre esa superficie blanca e higiénica. En el primero leo “R. Mutt” y mis ojos caen en el segundo renglón para encontrar “1917”. En primavera, este urinario titulado Fuente cumplió 100 años de haber sido concebido. El que veo es una réplica de 1964 que está en mitad de una sala relativamente pequeña, en el cuarto piso del museo Tate Modern en Londres. Su creador, Marcel Duchamp, cumplió 130 años el pasado 28 de julio.

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Marcel Duchamp
Fotografía: Salim Virji bajo licencia de Creative Commons.

La curaduría del espacio que alberga al famoso urinario es sencilla y muy efectiva. La sala se llama “Explore Materials and Objects”. Dos de las paredes están cubiertas por unas repisas simples similares a las de un taller. En esta cuadrícula puedes ver distintos materiales. Páneles con citas y un par de videos ayudan a pensar en las formas y las texturas de algunas cosas que pueden ser utilizadas para hacer arte. Mientras reflexionas sobre los procesos de selección y sus implicaciones, incluso puedes tocar algunas de ellas.

El muestrario de materiales —desde pigmentos hasta signos— es modesto y no cabe duda de que el protagonista de la sala es la obra de Duchamp. Se trata de una copia certificada por el artista, hecha a partir de la famosa fotografía de Alfred Stieglitz. Está elaborada con barro cocido y tiene un esmalte especial para asemejar lo más posible la cerámica del original. El interés por esta obra se disparó cuando apareció en el número que le dedicó la revista View a Duchamp en 1945. De este ícono hay actualmente 17 copias que se reconocen como originales.

El mingitorio que tengo enfrente recrea y celebra lo que no fue: la copia contiene la ausencia del original. Lo que este objeto constata es la osadía de una acción y la presencia concreta de una anécdota instaurada. Duchamp creó este readymade con la intención de generar un escándalo. ¿Habrá estado consciente de las implicaciones que tendría? ¿Del nicho irrefutable que ocupa en la historia del arte del siglo XX? ¿Sabría que un siglo después seguiríamos musitando la elección del objeto, lo que pone en juego, la censura, la foto y el extravío?

El urinario se volvió excepcional precisamente porque en su momento no fue expuesto: quedó excluido de la primera muestra en la que iba a participar. El 10 de abril de 1917 abrió la primera exposición de la Sociedad Americana de Artistas Independientes. Duchamp había llegado a Nueva York dos años antes. Había hecho ya dos readymades: la rueda de la bicicleta y el perchero Trampa, ambos como antídotos a lo que él llamaba “arte retiniano”.1 Se quejaba de que, al privilegiar el aspecto visual del arte, sus funciones se limitaban a dirigirse a la retina en lugar de ponerse al servicio de la mente y realmente explorar ideas.2

En una de las tardes previas a la exposición, durante una conversación con su mecenas y amigo Walter Arensberg y el pintor Joseph Stella, surgió la idea del urinario. Para entrar a la exposición, cualquiera podía participar mientras pagara 6 dólares. Ésta clamaba ser el epítome de la democracia pues no habría ni filtros ni jurado. Duchamp y Arensberg formaban parte del comité organizador. Los dos, junto con Stella, fueron a buscar un objeto adecuado. Escogieron un mingitorio que encontraron en la tienda J.L. Mott Iron Works, un importante fabricante de artículos para baños.3

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Años después, Duchamp explicó que buscaba un objeto sin propiedades estéticas. Lo llevó a su estudio y lo firmó con un pseudónimo tras rotarlo. Lo tituló como Fuente y lo mandó a la muestra para que participara. Según las crónicas, Mutt se identificaba como un artista de Filadelfia. La pieza se enfrentó a un rechazo ominoso; se le acusó de ser un mal chiste, indecente y que definitivamente no podía ser llamado Arte. Ante esto, Duchamp y Arensberg renunciaron a la sociedad y a la exposición.4 Tras el incidente, la Fuente estuvo perdida durante una temporada.

Un par de días después, el artista le escribió una carta a su hermana en la que le comentó que una amiga había mandado el urinario de porcelana bajo un pseudónimo masculino. Esta carta ha sido objeto de mucha especulación. Por un lado, se identifica como un antecedente del alter ego de Duchamp, Rrose Sélavy, quien pasó de ser una firma y el título de una obra a ser retratada por Man Ray en 1921. Su nombre con esa doble “erre” enfatiza un sugerente juego de palabras.5 Por otro lado, la carta también ha sido leída como una posible indicación de que la pieza en realidad no era de su autoría. Entre algunos académicos, la candidata más aceptada es Elsa von Freytag-Loringhoven, una poeta dadaísta alemana.6

La controversial y estratégica transgresión de Duchamp se nutrió del artículo publicado en el segundo número de la revista The Blind Man en 1917. En la editorial “The Richard Mutt Case”, se hacía la declaración brusca de que las únicas obras de arte que Estados Unidos le había dado al mundo eran su plomería y sus puentes. El artículo de Louise Norton se llamaba “Buddha of the Bathroom” y enaltecía las propiedades estéticas del objeto. Estaba ilustrado por la fotografía que Stieglitz le tomó al urinario recuperado cuando Duchamp se lo llevó a su estudio. La luz proyectaba en él una sombra que recuerda a un velo y en la foto parece una Madonna. Eventualmente el urinario original se perdió por siempre.7

La ironía de que ahora encontremos la obra de Duchamp en un museo no se puede obviar. Esta ubicación desvanece hasta cierto punto el disparate original y la provocación pierde vigencia. En retrospectiva y bajo la mirada de la historia del arte, observamos la sátira, el sinsentido; lo vinculamos al dadaísmo. Rastreamos las deudas del arte conceptual: la designación de una obra de arte en lugar de su creación, la crítica institucional. Además, en la vida cotidiana, estamos ya tan acostumbrados a los montajes, los filtros y los memes que el desafío resulta aún más monótono. Sin embargo, parada frente a él, me imagino a mí misma hace 100 años. ¿Me habría enterado de su existencia? ¿Habría leído sobre el escándalo? ¿De qué lado habría estado? Me gusta pensar que abrazaba la vanguardia, que había visto y celebrado el Armory Show en 1913. A lo mejor ahí habría conocido a Duchamp por primera vez, habría admirado su Desnudo bajando una escalera. Con privilegios aún más implausibles, cabe pensar que hasta lo habría saludado.

Extiendo los dedos de manera casi involuntaria y estiro el brazo, imaginando cómo se sentirá el objeto. Pienso en los textos que he estado leyendo sobre Duchamp y el arte conceptual; Duchamp y el ajedrez; Duchamp y el surrealismo; Duchamp y el dadá; Duchamp y los escándalos en los baños públicos; Duchamp y Octavio Paz. A ninguna de esas parejas las recuerdo con suficiente claridad. Se me vienen a la cabeza cuestiones más triviales: pienso en que yo no orino de pie, en que la discusión sobre los urinarios femeninos suele ser efímera, en que no conozco a nadie que tenga un mingitorio en el baño de su casa. En algún punto me acuerdo del libro de Bauman que vino a Londres conmigo esta vez y ahí me detengo…

Mientras buscar una definición general sobre el arte es en gran medida obsoleto, tal vez la definición particular y situada sea valiosa. Tal vez vale la pena investigar qué es una obra de arte para la persona que te toma de la mano: preguntarle si la Fuente de Duchamp materializa o no esa metáfora que examina Bauman de que la vida es una obra de arte.8 Partir de que no nos queda de otra más que ser artistas de nuestras vidas, responsables de encausarla con las decisiones que tomamos y preguntarle al otro si su creación podría derivar en algo parecido al urinario. Si lo que le provoca es una indignación genuina en vez de la familiaridad que lo da por sentado, entonces envidiarlos un poco. Enredarnos cuando nos preguntamos si la intención original era una obra efímera o permanente, si importa más la acción o el objeto. Afinar posturas, cambiar las palabras y escoger con más cuidado las fórmulas a las que recurres. Discrepar y escuchar.

Una conversación así podría ser un buen punto de partida para la vida misma o, exagerando menos, podría servir para platicar sobre lo presentado en Zona Maco, sobre el Oxxo de Gabriel Orozco, sobre la reciente muestra de Ulises Carrión en el Jumex. Serviría para discutir las maneras en las que el arte complica lo cotidiano y cuáles de éstas se han canonizado. Serviría para comentar los homenajes, los premios convocados y las exposiciones como los “Archivos de la Fuente” en el Pompidou. Miro ese urinario que tengo enfrente una vez más y recuerdo que vengo sola, se hace tarde y esa conversación quedará para otra ocasión. El vidrio que cubre el urinario detiene mi mano y más que ensayar diálogos hipotéticos, me queda imaginar, antes de darme la vuelta, cómo resbalaría la yema de los dedos sobre la superficie lisa y un poco más fría que la temperatura ambiente, cómo sonaría golpetear una uña sobre el borde.

Paulina Morales
Estudiante de maestría en museología en la Universidad de Leicester.


1 Camfield, William. "Marcel Duchamp’s Fountain: Aesthetic Object, Icon, or Anti-Art?" The Definitively Unfinished Marcel Duchamp. Ed. Thierry De Duve. Halifax, N.S.: Nova Scotia College of Art and Design, 1993. 135-6.

2 Ades, Dawn, Neil Cox y David Hopkins. Marcel Duchamp. Londres: Thames & Hudson, 1999. 70-1.

3 Camfield, op. cit. 137

4 Ibíd. 138-142, 148.

5 El juego con Eros, c’est la vie incluso puede leerse como una síntesis de lo que se trata el arte de Duchamp.

6 Ibíd. 139-140. Para una reflexión reciente sobre las dudas que arroja la carta y la biografía de la baronesa de Irene Gammell, ver “Perdone que no me levante, señor Duchamp” de Estrella de Diego.

7 Ibíd.152-55.

8 Bauman, Zygmunt. The Art of Life. Cambridge, UK: Polity, 2008. 54-7, 132-3.