escribir

Luis Felipe Fabre
Escribir con caca
Sexto Piso
México, 2017
84 pp.


Entre las muchas cosas que los mexicanos no tienen resueltas está la relación del lenguaje con la sexualidad. Parte de este marasmo se denota en la manera en que nuestra mayor arma para humillar a los demás surge del albur, esta ambigüedad violenta del idioma. Desde el primer encuentro en la escuela (y que para algunos desde la familia) uno escucha que hay que “chingarse” a los demás antes de que lo “chinguen a uno”, así que si uno ve la oportunidad debe aprovecharla para orillar a que alguien de nuestro mismo sexo nos haga una felación, nos dé las nalgas, nos agarre el sexo, con lo cual, implícitamente, se admite que lo buscamos porque nos gusta. Sin pretender ser el primero en decirlo, es clara la ambivalencia: el que alburea se erotiza con el otro, se excita, pero “eso no es ser homosexual”, es tan macho que “chinga” al no macho. Las capas de absurdo e irracionalidad saltan a la vista. El albur y la transgresión tienen sus propias reglas absurdas, “si a las tres no has contestado, ya te chingaron”, “si usas el lenguaje en tu contra, ya te chingaron”, “cuando digan pito, no digas ‘agarro’”, el margen de error se reduce a grados totalmente pedestres, inefables. Con esta lógica, los órganos sexuales son determinantes, el pene rompe, corta, perfora, pega (ahí está el “vergazo”). A la vagina se la “toma”, la “prestan”, se la “come”. La obviedad de nuestra relación fue bien expuesta por Octavio Paz en El laberinto de la soledad, aunque ya es extemporáneo, su acierto fue exhibir esa lógica viciada de nuestro imaginario, lo elemental de ese sexismo casi rupestre por simbólico. Por su parte, la existencia del ano se vuelve un auténtico tabú, no se trata de una palabra difícil, sino una palabra negada, escondida, aplazada casi para el dominio médico. La homosexualidad pone en predicamento a este imaginario alterado por una doble moral que exhibe incoherencias ridículas. La imagen del que se abre produce un corto circuito, una alarma y una consternación que provoca un repudio profundamente abyecto. El abiertamente homosexual denota la lógica contradictoria del que penetra a los demás “sin ser homosexual”. El homosexual declarado se vuelve el hereje de un credo idiota.

El grupo de los poetas llamados Contemporáneos, cuyo nombre es herencia de André Gide, “le contemporain capital”, puso en predicamento a una sociedad conservadora, limitada y muy obcecada por su religión y sus prejuicios. Quizá dentro de la lista que todos conocemos sea la figura de Salvador Novo la más célebre y la más provocadora. Frente a poetas que eran más discretos, pero no menos importantes, como Xavier Villaurrutia o Jorge Cuesta, la imagen de Novo —difundida por sus columnas o su participación en televisión— era el emblema del homosexual que salía del clóset, pero que no lo hacía de noche y a hurtadillas, sino que salía pegando una carcajada y organizando una fiesta o un coctel, imagino que bastante divertidos. El ingenio, la mordacidad, el vitriolo verbal, la erudición y la hilaridad eran las armas de una comunidad que había estado soterrada sin poder mostrarse abiertamente, conviviendo en fiestas porfiristas con listas ocultas de invitados, laborando desde las sombras gubernamentales o militares de un país que no le daba derecho de existencia. En ese contexto surge Contemporáneos para hacer que México entre al siglo XX y salga de su letargo.

Escribir con caca (Sexto Piso) tiene que ser leído en ese contexto, pues está íntimamente relacionado con la fascinación crítica que Luis Felipe Fabre siente por el célebre cronista de la Ciudad de México. A manera de un libro misceláneo y antisolemne, el autor publica tres ensayos y un poema que merodean y discurren en torno a la figura de Salvador Novo, al mito de los poetas llamados con mala leche “los anales” y acerca de la estética del desecho o del cinismo ante el absurdo machista.

A partir de la mal llevada relación que los mexicanos tienen con su propio ano, Fabre ensaya sobre la relación de Salvador Novo con esa parte que para él era tan preciada: “El problema no es tener un ano, sabido es que incluso hasta los más machos tienen uno. El problema es hacerlo público. El problema es decir lo que debería permanecer secreto, abrir lo que debería mantenerse cerrado”. Pero Escribir con caca no es un estudio académico ni psicológico acerca de Novo, el libro que Fabre acaba de publicar es un políptico hilarante y audaz que lleva al lector por espacios como la relación de Novo con Federico García Lorca, el viaje nocturno del poeta en bata en un taxi, una feliz visita al retrete de su casa, las opiniones que han tenido algunos de sus exégetas o su relación con la Revolución y posteriormente con el movimiento estudiantil del 68. Fabre ha confeccionado un traje a la medida de Salvador Novo sin ahorrarse ningún detalle de una vida tan interesante como disparatada —tomando al disparate como una forma de jocosidad.

Originado por unas líneas admonitorias de Paz en las que señala que Novo escribía con caca, el libro de Fabre invita a un recorrido donde la prosa desenfadada y la perspicacia poética hacen acto de presencia. Esta suerte de hilaridad suscitada por el ingenio de Novo es bien ejecutada por el autor de Cabaret Provenza para hacer un aparador de boutique de mucho de lo que Novo fue. Sustentado en una investigación a consciencia de Salvador Novo y su vida, Fabre ha hecho un álbum de algunos pasajes donde la censura de miras cortas o la moralina barata están en la mira. Con una empatía casi inocultable, las páginas deEscribir con caca brindan un diálogo de poeta a poeta. Tampoco está ausente la proyección de Fabre en Novo, pues no evita adjudicarle algunos de sus conceptos al autor de La estatua de sal. El más evidente es la convicción de que hay una imposibilidad poética, tal como Fabre comentó hace unos años en una entrevista con Gabriel Wolfson y Octavio Moreno Cabrera, en la revista Crítica de la BUAP,1 donde señala que sus poemas admitían una imposibilidad poética:

como si yo sintiera que la poesía me es imposible y solamente me quedan las parodias de aquello que me gusta; como si la poesía fuera insostenible en este momento de México, que se está cayendo a pedazos y donde hay una realidad urgente ahí… ¿cómo sostienes la belleza, cómo sostienes lo sublime, cómo sostienes la supuesta perfección del lenguaje? A mí la poesía me resulta imposible pero al mismo tiempo me niego a renunciar a ella. Y también están mis propias limitaciones, digamos: a lo mejor no me siento capaz de lo que yo considero poesía, entonces lo que hago es una suerte de nostalgia de la poesía. A lo mejor en el fondo todas esas cosas que aparecen como muchas tradiciones son únicamente una nostalgia por la poesía: mis esfuerzos o mis renuncias o mis parodias de eso: lo que hago con la imposibilidad del poema.

Lo cual contrasta con el caso de Novo, quien hacía alarde del dominio en sus versos. Me llaman la atención algunas sugerencias de Escribir con caca, ciertas reformulaciones, como cuando Fabre se pregunta si Never ever Nuevo amor podrían ser considerados como Gran Obra, a lo cual uno podría responder que Novo no necesita tener una Gran Obra, pues precisamente el hecho de que fueran “un grupo sin grupo” permite ver los perfiles de cada uno de estos poetas de manera disímil. Lo que yo rescataría de Novo es esa maestría en la ejecución de sonetos o versos bien medidos que lo emparentan más con Jorge Cuesta que con Gorostiza; a pesar de que Novo también intentó el poema de largo aliento con resultados un tanto desiguales.2 El autor de “Poemas proletarios” dedicó su empeño a hacer poemas de una manufactura intachable, lo mismo que a sus sonetos prohibidos. De momento, se percibe el resquemor por parte de Luis Felipe Fabre para revalorar y encomiar la poesía de Novo, su frescura y la exactitud de sus versos. No me parece un despropósito que en algún momento traiga a colación a Quevedo (el Anacreonte español, como le llamó Góngora) para hablar de Novo, en ambos autores la virulencia como el virtuosismo del verso eran más que patentes. Poner en la discusión este tipo de cuestionamientos es otro de los aciertos de estas páginas:

¿Qué es una Gran Obra? ¿Es pertinente seguir hablando en términos de una Gran Obra? ¿Cuál es esa Gran Obra que Novo decidió sacrificar? ¿En dónde es posible percibir su ausencia, observar su sacrificio, constatar su falta?

En cierto momento, Fabre ensaya para ignorar en voz alta, algo que repetía Paul Valéry (aunque sé que no es una figura agradable para el autor de La sodomía en la Nueva España). En Escribir con caca hay un libre deambular por las ideas, las anécdotas, los versos, las líneas de Novo y también hay imaginación, lúdica y locuaz:

Cuando sentadita en su sala Olga, esa muchacha tan dulce, tan impertinente, de nombre tan sospechosamente ruso, le pidió que firmara un desplegado en apoyo a los estudiantes, fue como si Pancho Villa y sus hombres hubieran irrumpido en su casa. Sintió un sudor frío, pero Novo, actor y maestro de teatro, supo mantenerse en su papel. ¿Ve ese rostro que me sonríe desde aquel retrato?, le dijo señalando una fotografía donde aparecía junto al presidente Gustavo Díaz Ordaz. ¿Lo ve? Pues bien, quiero que me siga sonriendo.

Ya he mencionado que tengo la sensación de que este libro es producto de una investigación, un estudio y un trabajo sólidos, pero falta enfatizar que también arriesga juicios que en otros ámbitos, como el académico, serían inadmisibles, por lo cual el ensayo y su carácter polifronte se revindica, como cuando habla de la diosa Tlazoltéotl, diosa mexica de las prostitutas, de la inmundicia, y que la vincula con el imaginario de Novo sólo por una vaga mención en La guerra de las gordas. No está mal, al contrario, parte del ensayo es unir nodos de difícil o accidentado trayecto:

Poseía Novo una colección de figurillas prehispánicas, dioses mudos de barro y piedra, que servían, tal vez, de adornos en el librero. […] Me gusta pensar que Novo poseía una figura de Tlazoltéotl sobre su escritorio presidiendo su escritura. Nada permite sostenerlo pero tampoco importa. Tuviera o no tuviera una figurilla de Tlazoltéotl, la diosa de la basura y las suciedades presidía su escritura.

Finalmente, el libro cierra con “Novo en el Mictlán”, un poema desternillante donde Fabre encarna la voz y la mirada de Salvador Novo para hacer una catábasis. Es un muy divertido imaginar a Novo en la ultratumba, pues se notaba que el espacio posterior a la vida le ocupaba bastante la cabeza, prueba de ello es el haber dejado obras para su publicación póstuma —pienso en su espléndido La estatua de sal y sus poemas prohibidos—. Fabre escribe a través de Novo:

Qué súbitas ganas de cagar: qué
ganas de cagarme
sobre toda la literatura universal.

Tanto leer a Wilde y acabar aquí.

¡Mierda!

Quien hubiera dicho que morir
sería como quedarse dentro
del Museo de Antropología después de la hora de cerrar:

de pronto las luces se apagan,
las puertas se cierran
y
¡mierda!:
una se descubre condenada a vagar a tientas por la Sala Mexica
durante una noche interminable.

Me parece que a Escribir con caca le esperará un camino arduo, si no inhóspito, en un país donde la homofobia, el machismo y la hipocresía ganan fuerza día tras día, donde la Iglesia dice qué es natural, qué antinatural y qué aberrante, aunque ésta siga solapando a los sacerdotes que se aprovechan de la ingenuidad de niños y niñas a quienes su padres dejaron en sus garras. Sin embargo, espero que Escribir con caca encuentre al lector que sepa ver más allá de la superficie y constate la fabulación literaria, histórica, erudita y honesta que presenta este libro, el cual espero haga que se le derrame la hiel a muchos censores y a todos los vigilantes de la familia y de las buenas costumbres.

 

Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.


1 Entrevista de Luis Felipe Fabre con Gabriel Wolfson y Octavio Moreno Cabrera en Crítica de la BUAPhttp://bit.ly/2vPziPL.

2 Me permito citar un ensayo propio sobre Contemporáneos para ampliar la conversación. “Modernizar la poesía mexicana” enRevista de la Universidad de Méxicohttp://bit.ly/2tK5Adm.