bufalo

Alejandro Tarrab
Caída del búfalo sin nombre. Ensayos sobre el suicidio
Malpaís-Mantarraya
México, 2017
146 p.


Ocurre cada tanto que un lector se encuentra con el libro que quería leer sin buscarlo. Desconozco la frecuencia de este suceso, y aunque estimo que es más común de lo que quiero creer, diré que la sensación de excepción, de estar viviendo un momento inédito y único, hace de esa lectura un fenómeno singularmente eléctrico. Lo carga de una intimidad especial. Esa lectura nos estaba esperando. Sincronicidad, diría Jung. Pues, bien, Caída del búfalo sin nombre de Alejandro Tarrab (Ciudad de México, 1972) es el libro que yo quería leer. Y aunque no lo sabía, he estado preparándome para ello. Efecto mariposa personal.

Alejandro Tarrab es poeta. No, no es poco decir, no es significante vacío. Hubo una época, muy pero muy antes de ésta, en que los poetas eran sagrados. Sacerdotes, magos, como el niño que protagoniza buena parte de los ensayos de este volumen. Robert Graves, en su célebre La Diosa Blanca, se encarga de recuperar la genealogía, lenguaje fundacional, el carácter sagrado ancestral de la poesía, en contraposición con su decaimiento como práctica relegada a un plano fantástico, inútil, menor. Graves menciona:

la sensación de que la poesía, puesto que desafía al análisis científico, tiene que estar arraigada en alguna clase de magia, y de que la magia es deshonrosa. […] Ahora sólo por rara casualidad de regresión espiritual los poetas hacen sus versos mágicamente potentes en el sentido antiguo.

La “regresión espiritual” de Tarrab —y el niño mago— es en parte una invocación a la Diosa Blanca, señora de la poesía, y al mismo tiempo una herejía, pues la ha invocado para restaurar el cuerpo de los muertos por suicidio y prestarles aliento: voz.

Para dejarse caer hasta “las médulas vivas del origen”, como diría Gonzalo Rojas, y a la raíz de un tabú como el de la muerte por mano propia, hay que ser temerario, osado. Antecedentes de caídas de esta estirpe, como la de Altazor o la de César Vallejo en ese despeñadero fenomenológico que es Trilce, dan cuenta de ello. Oculto, en lo subrepticio está Vallejo “Al fondo, Dios estaba enfermo…”. Es preciso armarse de talismanes y protecciones; allí, muy abajo o muy arriba, no se llega tan fácilmente, peor aún: de allí no se regresa tan fácilmente. Pocas escrituras pueden hacernos estremecer, en su sentido literal de “hacer temblar”. Alejandro Tarrab lo ha logrado, por un lado, mediante un laborioso proceso de escritura que lo llevó a escribir una primera versión de Caída del búfalo sin nombre que desapareció por completo; volver a empezar y colgar el texto en un blog [disponible aquí] de donde fue bajado para convertirse, finalmente, en libro impreso.1 Por otro lado, se deja caer, consciente de que su misión obliga a penetrar oscuros territorios.

Druida a su manera, Tarrab hace un despliegue de potencia poética al más antiguo estilo mágico; busca deshacer hechizos, lanza maldiciones, dirige liturgias. El niño sacerdote se apertrecha con su tótem (el búfalo) y su tabú (el suicidio) en mano para enfrentar su misión: “El suicidio y la maldición comparten un pronunciamiento irremediable: ambos están vinculados con lo alto o lo sagrado, ninguno de los dos puede retirarse, sustraerse, desdecirse”. La condena corre por el ADN y el escritor se vuelve médium articulado de aquel niño que, bramando, intentaba sobrevivir a la aparición de la muerte, “el más esencial de los accidentes del lenguaje”, diría Foucault.

El oficio del niño mago y sacerdote no conoce palabras. No es un sermón, no es un rezo ni la repetición inconsciente de una letanía; tampoco un responso. Es algo más simple: el rugido, el gemido, antes de la palabra. […] Si pudiera traducirse este grito del niño mago y sacerdote, este bramido oficiado desde lo oculto, diría No. Un No contundente y maldito.

Y es por eso que esta caída personal es regresión espiritual. Cuando los primeros seres vivos descubrieron la muerte, el grito hizo temblar la caverna. Rugieron, después hablaron. Y la coronaron Madre oscura, Diosa del tiempo y el destino. Diosa lunar. Además de Ixab, la diosa maya de los suicidas, no conozco deidad que los ampare. Ante este desamparo, Alejandro Tarrab construye una casa/templo, cubierta con piel de búfalo —un suicidio masivo de bisontes americanos lanzándose por un acantilado quedó sellado en la memoria de una región que le rinde culto a estos animales que se suicidan. La misión se vuelve entonces terrible y amorosa. El niño mago sacerdote no pretende salvar a la abuela Carmen de sí misma, no le reclama a ella, le reclama a Dios (a dos dioses, al católico y al judío), a todas las advocaciones de la virgen y a los ángeles, porque si el suicidio es posible, Dios no tiene sentido: “Suicidarse es dejar a un lado la cuerda de Dios para buscar la cuerda de los hombres”.

A lomo de bisonte, cargado de palabras mágicas, de dragones, de mandrágoras, Tarrab “supersticioso de una forma a la vez vulgar e iluminada”, oficiante pagano, poeta sincrético que no concilia sino que pone en crisis, recurre al punto de vista de un niño para llevarnos al espejo de la muerte. Pienso en Nellie Campobello y Cartucho: la niña Nellie juega con sus muertos como Tarrab hace cábala con los suyos. Tarrab desciende, con furia infantil, irrefrenable pero creativa, animista, hasta el lugar donde según el Cad Goddeu se libra una feroz batalla en la raíz de la lengua. En Caída del búfalo sin nombre, Alejandro Tarrab escribe con conmovedora inocencia ennegrecida por lo roto, con el corazón de un niño que fue a la guerra o al suicidio, vio a la muerte a los ojos y volvió a contarlo. Cada animal es una letra de su abecedario, de su lenguaje personalísimo, codificado.

Misión de amor brindarle al suicida un lugar donde ser pronunciable. Decir su nombre. Decir: “Fui entonces Descendiente de búfalos —mirada en espera del abismo—. Alto vuelo de un búfalo sin remos ni alas. Caída del búfalo sin nombre”. Decir hay un Dios para ti. Decir desciendo de la casta de los suicidas, y portar el conjuro de su linaje como un oficiante de Tatanka portaría un cráneo de bisonte. Hacer sonar la sonaja y bailar. Un ritual, una ceremonia para aquellos a quienes se les prohibió ser enterrados con su nombre.

Tarrab entra en la legión de los que caen y se elevan, y da muestra de cómo la palabra poética opera en regiones en las que otros lenguajes, pensamientos, métodos no pueden llegar. Que estamos marcados por lo que marcó a los nuestros, y aun antes, mucho antes. Que venimos marcados por un accidente esencial, que la grieta se muerde la cola. Y que seguiremos cayendo en el mismo accidente geológico: la muerte.

Isaura Leonardo
Fue parte del Comité Editorial de la revista online Registromx. Ha reseñado para Crítica, La Otra, Lee+ y Periódico de Poesía.


1 Este proceso lo explicó el autor en la presentación del libro en Casa del Poeta, Ciudad de México, el 11 de julio de 2017.