En los mitos griegos hay, claramente, arquetipos perdurables que pretenden ser universales. Volver en detalle al mito de Edipo funciona en este texto como clave para entender la fundación de la ciudad y el comportamiento, a veces predeterminado, del individuo.

Para el imaginario colectivo occidental, Edipo es uno de los grandes culpables en la historia de la humanidad. Las razones de esto son conocidas: mató a su padre, se casó con su madre y tuvo cuatro hijos con ella. Pero la culpa no es suya. O no solamente, en todo caso. Su destino es heredado. Su ciudad está fundada sobre la muerte de un dragón a manos de Cadmo, que cuidaba la fuente de Ares, por lo que el violento dios quedó resentido. De los dientes del dragón sembrados en la tierra nacerán los primeros guerreros tebanos, los violentos Espartoi, que al poco tiempo se dan muerte entre ellos, quedando vivos sólo unos cuantos. De la unión de Cadmo con Harmonía —hija de Ares— nacerá Sémele, de cuyo nexo con Zeus será engendrado Dioniso, el patrono de la ciudad. De Cadmo y Harmonía proviene toda la estirpe real que habrá de gobernar Tebas.

Layo, el padre de Edipo, es hijo de Lábdaco, rey que fue asesinado por un grupo de fieles luego de haber prohibido durante su reinado los cultos a Dioniso. Al ser mayor y disputar el poder a sus primos Anfión y Zeto, Layo es desterrado de Tebas y recibe asilo por parte de Pélope, quien le confía a su hijo Crisipo para que le enseñe el arte de conducir caballos. Al quedar prendado de su joven aprendiz, Layo lo rapta y lo viola, tras lo cual Crisipo muere con su propia espada, a causa del deshonor. Al enterarse de ello, Pélope lanza sobre Layo la maldición de que su estirpe se extermine a sí misma. Es ésa también la causa de que Hera envíe a la Esfinge a atacar Tebas, dado que el agresor no había recibido el debido castigo. Como sabemos, Layo contrae nupcias con Yocasta. Tras intentar infructuosamente tener hijos, Layo recibe un oráculo que le indica que en caso de tener uno con su mujer, éste habría de darle muerte. Aún así, en un momento de embriaguez y guiado por la pasión, ignora el oráculo y procrea un hijo con Yocasta. A los tres días de nacido, Layo ata y perfora los pies del niño y lo pone en brazos de un pastor para que lo abandone en el monte Citerón y así muera de inanición o comido por las bestias. El destino, sin embargo, deja al recién nacido en manos de otro pastor que lo lleva a Corinto, en donde es adoptado por el rey Pólibo y su esposa Mérope, quienes no habían logrado tener descendencia. Ese niño de pies hinchados es Edipo.

Ya mayor, en un banquete celebrado en Corinto, un borracho injuria a Edipo diciéndole que no es hijo de Pólibo y Mérope, lo cual es desmentido por los reyes, que le confirman la mentira acerca de su cuna. Poseído por la curiosidad, Edipo acude a Delfos a que un oráculo le revele la verdad. Y éste lo hace: le anticipa que será el asesino de su padre y que habrá de unirse a su madre, trayendo al mundo una descendencia insoportable de ver para los hombres. En vista de lo anterior huye de Corinto, lo más lejos que puede de quienes considera sus padres. En su errancia, se encuentra en un cruce de caminos con un carro tirado por potros, a bordo del cual va un anciano de pelo cano, que lo increpa junto con el cochero para que se aparte del camino. Ambos lo agreden verbalmente y lo amenazan con sus armas, ante lo cual Edipo se defiende y les da muerte. El anciano, por supuesto, es Layo, pero Edipo no lo sabe.

edipo

Œdipe et l’énigme du sphinx, Jean Auguste Dominique Ingres, 1827, Museo del Louvre, París, óleo sobre tela, 189×144 cm.

Al seguir su camino llega a Tebas, ciudad asolada en ese momento por la Esfinge, se enfrenta a ésta y la vence al resolver el enigma que le plantea. Al hacerlo se hace merecedor del lecho de Yocasta y del reino del Tebas. Trae prosperidad a la ciudad y procrea cuatro hijos con su mujer. Por supuesto, Edipo no sabe que ésta es su madre y Yocasta desconoce que su esposo es su hijo. Las calamidades regresan. La peste arrasa la ciudad, por lo que es necesario consultar nuevamente al oráculo de Delfos, quien señala a sus emisarios que los males no cesarán hasta no dar con el asesino de Layo. Así que Edipo se pone a ello con toda su voluntad y lanza una maldición contra el asesino, que a fin de cuentas recaerá sobre sí mismo:

Prohíbo que en este país […] alguien acoja y dirija la palabra a este hombre, quienquiera que sea, y que se haga partícipe con él en súplicas o sacrificios a los dioses […] Mando que todos le expulsen, sabiendo que es una impureza para nosotros […] Y pido solemnemente que, el que a escondidas lo ha hecho […] consuma su miserable vida de mala manera.

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De lo dicho hasta aquí, queda claro que Edipo no es culpable. Es heredero de una maldición anterior a su existencia. De hecho, es el único de los personajes del Ciclo tebano —Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona, de Sófocles; Los siete contra Tebas, de Esquilo; Fenicias y Suplicantes, de Eurípides, que son las obras conservadas al respecto— que actúa sin voluntad propia. De Layo ya hemos hablado. Yocasta, quien también conocía lo dicho por el oráculo, se quita la vida ahorcándose, tras enterarse de que su esposo, el padre de sus hijos, es también su hijo. Polínices y Eteocles combaten por el trono de Tebas, a pesar de que su padre, Edipo, les ha lanzado una maldición para que se maten mutuamente por no haberse compadecido de él mientras estaba con vida. Saben que van a morir y no intentan burlar al destino, acuden valerosamente a él. Ignoran incluso los ruegos de su madre para evitar su enfrentamiento (en la versión de Eurípides). Lo mismo pasa con Antígona, quien es consciente de estar desafiando el mandato de su tío Creonte, hermano de Yocasta y rey de Tebas —dado que los hijos de Edipo han muerto—, al intentar dar santa sepultura a su hermano Polínices, caído en combate y condenado a ser banquete de animales carroñeros por atacar a su ciudad en alianza con los argivos. E incluso Hemón, hijo de Creonte y Eurídice y prometido de Antígona, quien al conocer la condena de su amada y tras intentar persuadir a su padre de que ésta no es culpable por haber cumplido un deber con los dioses, acude a rescatarla a la cueva donde ha sido confinada. Encuentra su cuerpo colgando de una soga, luego de lo cual hunde su espada en su propio vientre, quitándose la vida frente a la mirada enloquecida de su padre, quien al regresar al palacio se encuentra con el cuerpo inerte de Eurídice, quien se ha suicidado también, al enterarse de la muerte de su hijo. Vaya dramón, pues. La única que se salva es Ismene, y lo hace también por su propia voluntad: al mantenerse lo más que puede al margen de la locura familiar.  

La culpa de toda esta muerte y destrucción se le achaca a Edipo. En virtud del parricidio y del incesto cometidos por él, su estirpe está maldita. Pero, como hemos visto, la maldición proviene del fundador de su linaje. También en la narrativa cristiana la culpa nos es heredada por los primeros humanos, quienes desobedecieron los mandatos de Dios y comieron del fruto prohibido, instigados por el demonio. De ahí que Cristo haya venido a la tierra a salvar a los hombres de sus pecados.

En Freud, la culpa que siente el niño por tener deseo sexual hacia su progenitor del sexo opuesto y rivalidad frente al del mismo sexo es también universal y atávica. Surge en las hordas primitivas en el momento en que los machos deciden matar al padre tiránico, mismo que, en virtud de la tremenda culpa experimentada tras el acto, la interioriza y se vuelve todavía más tiránico, generando así las prohibiciones necesarias para fundar la sociedad. De ahí que la tragedia griega esté siempre ligada a la ciudad, cuyo bienestar se prioriza siempre sobre el del individuo. Pero, ¿en realidad somos culpables? ¿Culpables de qué? ¿De haber nacido? ¿De sentir curiosidad y querer satisfacerla? ¿De sentir deseo? ¿De querer matar a nuestro padre? ¿De querer poseer a nuestra madre, aunque sea en sueños? ¿No es acaso ese ser que nos alimenta y nos cuida dentro y fuera de su vientre el primer objeto amado de todo ser humano? ¿No quieren los recién nacidos estar pegados todo el tiempo al pecho de su madre? ¿No es natural que vivamos al padre como una amenaza frente a ese amor primigenio, y queramos, por tanto, apartarlo de nosotros? ¿Por qué deberíamos sentirnos culpables de todo esto?

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El único momento del drama en donde Edipo actúa con voluntad es cuando se hiere los ojos con los broches que adornaban el vestido de su madre, luego de encontrarla en el lecho nupcial suspendida del cuello por retorcidos lazos. Dice el propio Edipo al ser cuestionado por el Corifeo acerca del tremendo castigo autoimpuesto:

¿Qué me quedaba por ver a mí, a quien, aunque viera, nada me sería agradable de contemplar? […] ¿Qué es, pues, para mí digno de ver o de amar, o qué saludo es posible ya oír con agrado, amigos? Sacadme fuera del país cuanto antes, sacad, oh amigos, al que es funesto en gran medida, al maldito sobre todas las cosas, al más odiado de los mortales incluso por los dioses.

Así que, a pesar de no haber sido consciente de sus actos, Edipo se arranca los ojos, se castra, porque siente sobre su ser toda la culpa y el infortunio del mundo. “Si hay un mal mayor que el mal, éste le alcanzó a Edipo”, dice nuevamente al Coro. No tiene derecho a mirar nada. Ni a sus padres en el Hades, ni a sus hijos en la ciudad, ni a las murallas y plazas de ésta, ni a las imágenes de los dioses. Desde su perspectiva, él es el depositario y, por tanto, la fuente de todos los males.

Sin embargo, ya mayor y a punto de morir, en Colono, Edipo mismo reconoce frente a los lugareños, que temen un mal para su ciudad derivado de su simple presencia, que no es culpable. “Sobrellevé el delito. […] Lo sobrellevé contra mi voluntad. Los dioses lo saben. Ninguna de aquellas cosas fue voluntaria. […] Sin saber lo que hacía, maté y destruí. Pero estoy libre ante la ley. Ignorante llegué a esto”. Y más adelante, discutiendo con Creonte, que por mandato de Eteocles intenta raptar a Antígona e Ismene para que Edipo regrese a Tebas y obre en su favor en la guerra que se avecina contra los argivos, le dice: “Así lo querían los dioses, tal vez porque estaban resentidos desde antiguo contra mi linaje; ya que no me podrás descubrir en mi propia persona ningún reproche de un pecado por causa del cual yo haya faltado así a mí mismo y a los míos”. Todo esto en presencia de Teseo, el legendario rey de Atenas, y del Coro de ancianos notables, quienes al escuchar su defensa, ratifican sin dudarlo su honradez y sugieren a Teseo interceder ante Creonte y otorgarle a Edipo una digna sepultura, a cambio de la cual éste promete para su ciudad una protección “mayor que muchos escudos y que la lanza de los vecinos aliados”. “Es así como habitarás una ciudad que no será devastada por los hombres ‘sembrados’”, le dice a Teseo en alusión a su estirpe, mientras lo conduce con sus ojos ciegos al lugar donde debe morir y lo hace prometer que no se lo revelará a nadie más que al indicado.

De modo tal que, de ser el portador de todos los males, Edipo termina siendo una especie de deidad protectora de la ciudad más importante en la Grecia clásica, capaz de lanzar maldiciones, emitir profecías y revelar misterios, incluso al rey que derrotó al Minotauro. Y logra tener una muerte digna. Y aunque sus hijos aparentemente tienen la posibilidad de optar por un destino distinto, deciden asumir lo que los dioses les tienen preparado, pues a fin de cuentas, para la visión griega de la vida, la mente y los actos de los hombres siempre son impulsados por un dios y, por tanto, hay que soportar sus designios.

“Nadie puede evitarlas, si los dioses envían desgracias”. Esta máxima, dicha por Eteocles antes de combatir a muerte con su hermano, puede ayudarnos a amortiguar la culpa que sentimos no sólo ante nuestros actos y decisiones sino ante meros pensamientos o deseos, más aún cuando éstos resultan involuntarios e incontrolables. Culpa que, como vimos, parece necesaria para la sociedad pero es castrante y nociva para el individuo.

 

Felipe Rosete
Doctor en Ciencias políticas por la UNAM y editor de Sexto Piso.