Es difícil pensar en la obra de José Luis Cuevas (1934-2017) fuera del canon de nuestra pintura nacional. Esas figuras que parecen estar derritiéndose, a veces en las posiciones más extrañas, son parte de nuestro imaginario artístico desde hace décadas. Su “forma de interpretar el mundo”, como él decía, se estableció finalmente y de manera inamovible en un museo que tiene su nombre y que se encuentra en el Centro Histórico de la Ciudad de México, inaugurado en 1992. Hoy celebramos a Cuevas como uno de nuestros artistas más originales y necesarios, pero entrar a esta lista no le fue nada fácil, aunque —y por suerte, para quienes sospechan de los logros puramente individuales— tampoco fue un proceso al que se enfrentara solo.

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Fotografía: cortesía Milenio.

Cuevas relató muchas veces que empezó a pintar por la admiración que le provocó la obra de Diego Rivera, y ¿cómo no? Él mismo contaba que cualquiera nacido en las décadas del México posrevolucionario difícilmente podía voltear a ver algo que no fueran los muros pintados por alguno de los “tres grandes”, si lo que se buscaba era arte. Cuevas pronto se rebeló, y en 1956 publicó su famoso manifiesto “La cortina de Nopal” en el suplemento México en la Cultura.

Era una respuesta a una declaración muy poco humilde por parte de Siqueiros: “no hay más ruta que la nuestra”, en la que el pintor chihuahuense se refería al muralismo como el único camino posible para el arte en México. Cuevas, que tenía dentro de sí a un ilustrador, escultor y hasta escenógrafo, decidió defender a la pobre abandonada pintura de caballete en un manifiesto humoroso, en el que relata los pormenores de un típico pintor mexicano en ese contexto.

Cuenta que un tal Juan está en la búsqueda por hacer que su arte tenga algún sentido. En un país en el que hay una única visión estética —el arte para las masas, el arte de la Revolución—, en donde no existen museos ni libros que muestren obras extranjeras (“No sabíamos quién era Picasso, ni Braque, Matisse o Paul Klee”, dice Cuevas en una entrevista) y todo está tapizado por las enormes figuras de Rivera, Siqueiros y Orozco que ven hacia abajo desde hace cuarenta años, Juan se acaba sometiendo a la lógica popular. Se pone a producir obra mexicana: “Vende su obra, que él sabe pobre de espíritu y estancada, a unos turistas que vienen a buscarla como recuerdo de viaje. No les importa cómo estén ejecutados los trabajos, siempre que vean que son temas de México”. Y si el artista decora las ventas con su mujer posando en persona vestida de tehuana, le va aún mejor.

Cuevas termina el texto diciendo que él se ha negado ser como Juan, y se manifiesta contra ese México “ramplón, limitado, provincianamente nacionalista, reducido a su alcance, temeroso de lo extranjero por inseguro de sí mismo”. Un país cubierto por una cortina de nopal. Y relata que no es el único entre sus conocidos, artistas jóvenes, que se siente aplastado por las espinas del mismo.

José Luis Cuevas articuló en ese manifiesto un sentir generalizado, que poco a poco se había ido develando en todos los ámbitos de la cultura nacional. La historia de ese momento intelectual en México es riquísima, aunque ha sido poco tratada. Es la historia del descontento con la Revolución mexicana y su forma arrasadora de dominar todos los ámbitos de producción artística y cultural en la nación. El relato del mismo se ha contado desde la óptica de las generaciones, recuperando para ésta el nombre que le diera en su momento el arqueólogo Wigberto Jiménez Moreno: “la Generación de Medio Siglo”.

Como cuenta Armando Pereira, el grupo de individuos que conformó a esta generación compartía una misma vocación crítica, cuyo tema fundamental era superar el horizonte rural y nacionalista de la Revolución mexicana hacia uno que fuera urbano y cosmopolita. De este movimiento participaron literatos como Octavio Paz, Efraín Huerta, Rafael Solana, Alí Chumacero y Carlos Fuentes; músicos como Joaquín Gutiérrez Heras, Armando Lavalle y Julio Estrada; dramaturgos como Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez y Diego de Meza; entre muchísimos otros y algunas otras —seguramente más de las que se recuerda— como Inés Arredondo, Leonora Carrington o Elena Poniatowska (un buen recuento de personajes lo hace Javier Rico Moreno en su textoPasado y futuro en la historiografía de la Revolución mexicana, México, UAM-CONACULTA, 2000).

Pero sin lugar a dudas fueron las artes plásticas el primer bastión de la inconformidad. Rufino Tamayo había ya dicho: “Los campesinos han triunfado en México solamente en los murales” y decía que el artista verdaderamente revolucionario era el que “en lo pictórico trata de encontrar nuevas formas de expresión”. En su manifiesto, el joven pintor Cuevas defendía a este disidente y su maestro de distintas maneras. Dice con sarcasmo que, si se quiere ser pintor mexicano en la década de los cincuenta, entonces: “Habrá que mantener hasta la saciedad que Rufino Tamayo fue un traidor y negar con los mismos argumentos superficiales su obra buena y sus malos trabajos, aduciendo aquello de aparisinado, sin ir a fondo en el análisis”. De la mano de Cuevas estuvieron Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Lilia Carrillo, Alberto Gironella y Arnaldo Coen.

Esa intuición crítica que empezó a mediados del siglo pasado en el arte en México, luego sólo se nutrió de otras experiencias de las que artistas como Cuevas participarían de distintas maneras: el movimiento estudiantil del 68, las tensiones de la política cultural de los setenta, luego el performance, la globalización y todo lo demás que nos haya traido a un presente en el que conviven por igual el OROXXO y una exposición en la que se compara a Rivera con Picasso. Regresar al trabajo de José Luis Cuevas y verlo enmarcado dentro de los ánimos generacionales que lo acompañaban nos lleva a hacernos la pregunta sobre cuáles son las generaciones de artistas hoy. ¿De qué tratan sus particulares rupturas?

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.