El 30 de marzo de 1944, en pleno régimen de Vichy, una joven a punto de graduarse del bachillerato pasea por las calles de Niza. Aloïs Brunner, exsecretario particular de Eichmann, ha tomado las riendas de la ciudad. Opera una persecución metódica y drástica: fisionomistas, recompensas, puestos de control. La joven es detenida en un control de documentos aleatorio. Tiene diecisiete años y está a punto de ser deportada por la Gestapo a los campos de la muerte. Los agentes advierten rápidamente el nombre falso: Simone Jacquier es Simone Jacob, una judía de la burguesía ilustrada venida a menos por la crisis del 29. De inmediato arrestan a toda su familia. A André Jacob, su padre y a Jean, su hermano, los deportan a Lituania. Jamás los vuelve a ver. A las mujeres (Simone, su madre Yvonne y su hermana Milou) las envían a Auschwitz.

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Fotografía de ActuaLitté. Bajo licencia de Creative Commons.

El arresto

“Pensé que esos papeles falsos significaban alguna garantía. Salía muy poco. Debí de haberme quedado enclaustrada, sin duda. […] Ese tipo de papeles falsos eran muy característicos y seguramente habían sido introducidos al ‘mercado’ por la misma Gestapo”.

El campo de concentración

“Éramos unos cien en cada vagón, no podíamos recostarnos, teníamos sed, hambre y nos asfixiábamos. Llegamos en mitad de la noche y, a diferencia de otras paradas —aunque los vagones no se detienen a menudo— vemos enseguida que hay proyectores, mucha luz en mitad de la noche, cerca de la medianoche. El tren se para. Personajes extraordinarios, presos, son presos que gritan, soldados SS que van seleccionando a la gente y gritan también para que bajemos rápidamente. Una visión absolutamente fuera de lo común, con proyectores enormes; una visión de locura que uno no puede entender. Uno no entiende lo que está pasando, las preguntas que nos hacen esos presos que uno no entiende tampoco. Aún no sabemos que son deportados. No sabemos quiénes son esos presos que nos preguntan nuestra edad. Y así entendemos que la edad era lo que hacía que nos dirigieran a un lado o al otro en el momento de la selección. Hacen que los hombres se formen de un lado y las mujeres del otro, y pasamos frente a los SS. Algunos van en camiones, otros van al campo a pie. Yo estaba con mi madre y mi hermana. Mi madre parecía más joven, aunque tenía 44 años. Mi hermana era mucho más chica que yo. De manera excepcional nos admitieron a las tres juntas en el campo. Fuimos a pie diciéndonos: ‘Bueno, allá nos encontraremos con los demás’. Esa noche nos metieron en una especie de cobertizo. Las que habían sido separadas de sus familias empezaban a preocuparse por no saber qué les había ocurrido, ya fuera a sus hijos, a sus padres, hermanos, hermanas. No logramos obtener ninguna respuesta durante esa noche. ‘Ya verán, ya verán’, era la respuesta que nos daban.

Nos despertaron muy temprano a la mañana siguiente para empezar con los procedimientos; se podría decir que se trataba de los registros del campo, y también para tomar conciencia de lo que eso era. La primera operación era el tatuaje. Eso ya daba una impresión… el tatuaje daba la sensación de algo irremediable y de convertirse en un número [el número de Simone era el 78651]. Creo que ese el primer suceso que hacía pensar que no se trataba nada más de ser enviados a un campo de trabajo forzado o a una deportación ordinaria, diría yo. Ese fue también el primer contacto con otros deportados que no habíamos visto hasta entonces. Empezaron las preguntas con sus respuestas brutales: ‘La gente que subimos a los camiones ya está muerta’. Nadie puede imaginar el shock de decir: ‘se acabó’ y escuchar: ‘de hecho, si se asoman por esa ventana podrán ver el humo.’ Creo que nadie puede creer en algo así”.

Los testimonios del Holocausto

“Hoy rehacemos mucho la historia. Se habla. Se dice que después de Auschwitz nada volverá a ser igual. Todos querrán ir enseguida. Tratarán de entender por qué no pudimos hablar más. Y creo que vale la pena saber por qué, pero no hay que rehacer la historia de manera distinta a lo que fue, diciendo que los deportados no querían hablar porque buscaban el olvido. Eso no es cierto. Basta con ver cuántas veces vuelven a reunirse los deportados y la alegría que les da volverse a reunir. Si no hablamos es porque no quisieron escucharnos. No quisieron oírnos ni entender. Porque lo que es insoportable es hablar sin ser escuchado. Es insoportable. Y nos pasó tan a menudo a todos nosotros que cuando empezábamos a evocar, a decir algo, inmediatamente nos interrumpían, llegaba la frase cortante para hablar de otra cosa. Porque incomodábamos. Incomodábamos probablemente por razones muy profundas, no sólo era el hecho de hacerse callar por indiferencia, sino porque nadie tiene ganas de escuchar”.

Volver

“Para mucha gente al momento del regreso, lo importante era saber si iban a encontrarse con su familia o no. Sobre todo, si vivieron esa angustia de preguntarse quién iba a regresar y quién no. Porque, para la gente que esperaba a los deportados, hubo esa sensación, la esperanza. Muchos pensaban que la gente iba a regresar y esperaban el regreso. Cada tren, cada día. Nosotros que habíamos visto lo que era Birkenau, lo que sucedía, sabíamos que los deportados no tenían muchas probabilidades de regresar. Al mismo tiempo guardábamos algo de esperanza. Pero debo decir que, en cuanto a mí, pensaba que había una persona que sí se había quedado: era mi hermana. Estaba con la Resistencia en la región de Lyon y siempre decíamos, bueno, no regresaremos, pero allá quedará siempre alguien de la familia.

El día anterior al regreso, el 22 de mayo, se hacían unos agrupamientos en lugares en donde se reunían deportados, prisioneros, gente que venía de cualquier país, que reagrupaban para tomar los trenes del regreso. Me encontré con alguien que había conocido un año antes en Birkenau y que me dijo: ‘¿Sabes qué? Vi a tu hermana en Ravensbrück. Sí, una chica rubia, Denise, Miarka’.1 Y le dije: ‘¿Cómo mi hermana?’, y en ese momento la persona se dio cuenta de que yo no sabía que mi hermana había sido deportada. Empezó a decirme: ‘¡Ay no, debo haberme equivocado! La confundí’. No pude preguntarle más, pero la forma en la que lo había dicho indicaba que no podía haber sido un error. De pronto, todo se derrumbaba porque habíamos forjado tanto el regreso en la persona que quedaba, que estaría ahí esperándonos. La idea de que ella también hubiera sido deportada era insoportable. Tuve una verdadera crisis nerviosa que no me ha vuelto a suceder en la vida. Entonces, regresar es eso. Es un derrumbe alrededor de uno. Y para muchas familias judías fue eso, entre los que nunca regresaron, la espera… Incluso yo que sabía lo que había sido el campo de concentración, esperé a mi padre y a mi hermano durante semanas. Hablando con mi hermana, ella me decía que no, que nunca había tenido esperanza. Yo sí viví esa esperanza. Creo que, en ese momento, vivimos sobre todo eso.

Hasta ahora me doy cuenta de que mi situación material era siniestra, espantosa, y que, si no hubiera habido algunas iniciativas de solidaridad, de afecto, de gentileza, de dulzura —a veces muy discretas—, gestos extraordinarios de gente que estaba probablemente muy afectada, de cerca, y que querían manifestar así su solidaridad, sentiría una indiferencia y una incomprensión total. Estábamos excluidos del mundo. Y es posible que nosotros mismos no nos sentíamos tampoco parte de este mundo.”

Cómo contarlo todo

“De todas formas lo que vivimos está tan fuera del mundo, es tan diferente, que no podemos hacerlo entender, que a la vez nos vemos obligados a hablarlo; esa necesidad es una promesa que hicimos, es un compromiso y, al mismo tiempo, nos impacta que sea una experiencia incomunicable, y que, cuando la gente nos habla, nos hace preguntas, siempre están fuera de lugar. Incluso cuando creen haber entendido, lo comprenden de otra manera porque piensan en el sufrimiento físico, todo lo que llegamos a vivir, y para nosotros no es eso. En el fondo, el hambre o la sed que tuvimos, o el trabajo duro, entre las cosas físicas lo peor es la falta de sueño, si recuerdo bien. Me acuerdo de que en los últimos meses de Belsen no dormí porque no había ningún lugar para dormir. Regresaba de trabajar y entraba en un bloque donde no había ni siquiera un lugar para sentarse así que nos quedábamos de pie. Ya no dormíamos. Tenía la impresión de volverme loca por no dormir. Una especie de angustia permanente, una situación en la que dormía de pie, como una sonámbula, una humillación atroz, una enfermedad. Creo que es eso. En el fondo, lo más terrible era esa humillación permanente, el sentimiento de deterioro y de estar tratando de luchar en su contra. Y eso es incomunicable”.2

*

El 30 de junio pasado, a los 89 años, falleció Simone Veil, la eterna sobreviviente. Su palabra testimonial, que se sobrepuso a lo indecible, perdura. Su legado intelectual y político nos sobrevivirá también. Es inaudita la entereza con la que siguió su vida, tras haberse asomado tan de cerca al umbral del exterminio. Solamente 2,500 de 76,000 judíos franceses lograron volver de los campos nazis. Algunos como Primo Lévi —al que Veil leyó y difundió— prefirieron el suicidio. Todos llevaban el mismo tatuaje de la muerte.

A partir de 1947, Simone estudia leyes y se convierte en magistrada. Casualmente le toca el puesto de inspección penitenciaria. Empieza su lucha política, primero, por mejorar las condiciones de los presos, los torturados, los sentenciados a muerte y, segundo, por los derechos y la igualdad de las mujeres. En 1974, Chirac la nombra ministra de salud. Su primera tarea es solucionar el problema del aborto: Francia carga con la riesgosa cifra de 350,000 abortos por año. La propuesta de ley para legalizar el IVG (la Interrupción Voluntaria del Embarazo, por sus siglas en francés) se recuerda como uno de los debates más cruentos de la quinta república: una mujer, sola, en la tribuna se enfrenta a una asamblea nacional de hombres hostiles. Una facción de la derecha, enardecida, acusa a Veil de “querer legalizar la barbarie al igual que los nazis”,3 de la posibilidad de aventar bebés a nuevos “hornos crematorios”. En público la comparan con Hitler y le dibujan la geometría funesta de la suástica. La ley que despenalizó el aborto todavía lleva su nombre.

Política excepcional y ajena a las convenciones ideológicas partidistas, en 1979 se convierte en la primera mujer en presidir el Parlamento Europeo.4 Ministra de Asuntos Sociales, Salud y Ciudad durante el gobierno de Balladur, integra en las décadas posteriores la Corte Constitucional y la Academia Francesa. Entre 2000 y 2007 fue presidente de la Fundación para la Memoria dela Shoah. Liberal inclasificable, pionera del antisemitismo y la consolidación europea, se opone rotundamente a cualquier proyecto socialista o comunista. Para muchos, encarna un extraño “humanismo de derecha”.5

En 2013, la sorprenden en una manifestación contra el matrimonio homosexual. Tiene 84 años. Su salud física y mental se ha deteriorado. Acaso sin saberlo, ese día se rodea de manifestantes que odian con fervor a la primera defensora nacional del aborto.6 Pero así es la vida de la combativa Simone Viel. Como todas las figuras icónicas, impura y entrañable.

 

Álvaro Ruiz Rodilla


1 Miarka es el pseudónimo de Denise para esconder su identidad como miembro de la Resistencia de Lyon.

2 Estos testimonios provienen de los archivos radiofónicos de Radio France y del INA (Instituto Nacional Audiovisual). Corresponden a entrevistas del mes de abril de 1988. Pueden consultarse en “Simone Veil sur la Shoah: ‘nous n’avions pas parlé parce qu’on a pas voulu nous écouter’”, France Culture, 30 de junio de 2017.

3 Agathe Logeart, “Simone Veil, d’Auschwitz à l’Assemblée: itinéraire d’une femme de combats”, L’Obs, 30 de junio de 2017.

4 Ver “La grande aventure, c’est d’avoir su faire l’Europe”, entrevista con Jean Garrigues, Parlements. Revue d’histoire politique, num. 1, 2004, p. 6-15.

5 “Simone Veil, grande conscience française du XXème siècle”, Agencia Reuters, Paris.

6 Nadia Daam, “Simone Veil tout juste disparue, voilà déjà les charognards”, slate.fr, 30 de junio de 2017.