Entre las estrellas que integran la constelación de artistas extranjeras que llegaron a México a partir de la Segunda Guerra Mundial, pintoras de la talla de Remedios Varo, Alice Rahon y Leonora Carrington, hay una figura que destaca porque emite una luz íntima y rara, como una palpitación del alma: Bridget Bate Tichenor. Quizá la menos conocida de este cuarteto, su arte nos remite —si bien, de manera oblicua— al personaje que ella misma construyó, adornado con una cantidad de anécdotas provenientes de las casas reales de Europa, de las pasarelas de casas de moda tan celebradas como Coco Chanel, joyas (a veces de pasta, pero siempre glamurosas), y una visión fantástica del mundo en que vivió y pintó. En resumidas cuentas, durante los setenta y dos años que habitó este planeta, fue un ejemplo vivo de cómo un ser humano podía encauzar sus propios enigmas a través de su arte y su a veces estrafalaria persona.

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Bridget Bate Chisholm Tichenor, 1941, fotografía de Man Ray. Colección de Jeanne Suydam Chisholm.

Si bien es cierto que muchos conocemos las imágenes y los escenarios alambicados plasmados en los lienzos de Remedios Varo, zonas enrarecidas donde los personajes habitan un mundo fantástico, aparentemente ajeno a toda influencia autobiográfica (aunque esto se debe, al menos en parte, a su interés por el tarot y la teosofía), el universo pictórico de Bridget Tichenor es intensamente personal, compuesto también de seres fantásticos, a veces enmascarados, albos, calvos, con los ojos desorbitados, como recién nacidos, confrontados con un universo que nunca les pertenecía en primer lugar. Los extraños rostros que tienen cuerpo de zorro, de perro, de serpiente, de salamandra, cobran una fuerza especial porque la mayoría se inspiran en las facciones de los animales que habitaban el zoológico (en francés, ménagerie) de Bridget, todos gobernados por el poder mágico e inmanente de su improbable dueña, que a través de sus lienzos tiende un puente místico para transportarse a otros niveles de conciencia. De esta manera, el universo pictórico de Tichenor es también producto de una sublimación estética de su propia experiencia terrenal, una que inició entre la sociedad más refinada y “snob” de París, ciudad que la vio nacer el 22 de noviembre de 1917. Era hija del corresponsal norteamericano Frederick Blantford Bate y Sara (Vera) Gertrude Arkwright Bate Lombardi, quienes contrajeron matrimonio dos años después del nacimiento de la pequeña Bridget. Los dos se conocieron durante la Primera Guerra Mundial, en el Hospital Americano de París, donde la madre de Bridget trabajaba como enfermera.1

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Velador, 1979, óleo sobre lienzo.

En una extraña correspondencia familiar que recuerda la genealogía de su primo —el excéntrico mecenas Edward James, cuya madre era hija ilegítima del rey Eduardo VII según rumores— se decía que la mamá de Bridget también era bastarda, pues era hija natural del Príncipe Adolphus, Marqués de Cambridge. Si bien es verdad que estos lazos, legítimos o no, pertenecen a la chismografía de la época, esta historia compartida entre las madres de Edward y Bridget respectivamente podría haber sido un factor importante para explicar la intensidad de su amistad, una devoción que realmente floreció ya cuando Bridget se había instalado a vivir en la colonia Roma de la ciudad de México y Edward James —huraño de las grandes urbes— vivía en Xilitla, donde él y su compañero Plutarco Gastélum soñaban con una ciudad fantástica por imposible, levantada en medio de la selva huasteca que luego bautizarían como Las Pozas. Fue precisamente allí en el año de 1947, inmersa en ese jardín fabuloso, que durante una ceremonia espiritual organizada por su primo, Tichenor experimentó una epifanía que le cambiaría la vida para siempre y que la encaminaría hacia los pinceles, los lienzos y los óleos, las únicas herramientas adecuadas para narrar sus herméticas visiones, insondables miedos y sueños de Anábasis, en los que comulgaba con su otro ser, el que poseía la clave de su existencia revelada a través de su arte.  

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Espejismo, 1967, óleo sobre masonite

Bridget ya había mostrado un talento artístico desde que era una niña que vivía con la familia Savoia en Roma. En esa época formativa fue alumna de Giorgio De Chirico, inventor de la scuola metafísica de pintura, cuyas composiciones, con sus raras yuxtaposiciones, se consideran precursoras del surrealismo. A la edad de 16 años, Tichenor se mudó a París con su mamá, donde, aparte de ser modelo para Coco Chanel y para el fotógrafo norteamericano Man Ray —ambos amigos de su madre—, estudió pintura con otra amiga de su mamá, la pintora argentina Leonor Fini.  Todo esto ya había transcurrido en su vida de adolescente cuando a los 20 años viajó a Nueva York como una joven aristócrata con una leyenda familiar y con ganas de conquistar la gran ciudad, no por medio de sus lienzos —eso aún estaba en una etapa embrionaria— sino por su extraordinaria belleza, pues era una “mujerona” que medía 1.75 y poseía un rostro angular enmarcado por un par de faroles cerúleos que recordaban a los ojos excepcionales de Nahui Olin o Elizabeth Taylor.

Poco después de instalarse en Nueva York, en 1938, aún atrapada dentro de las inflexibles reglas de su clase social, Bridget se vio obligada por su madre a casarse con el poeta y heredero Hugh Joseph Chisholm, a quien Vera había conocido a través del compositor Cole Porter y su esposa Linda Lee. Dos años después nació su único hijo, Jeremy, quien moriría joven, en 1982, pero no antes de haber fundado la Galería Chisholm en donde expuso la obra de su madre y otros artistas de su entorno. En 1943 Bridget se inscribió en el Arts Student League de Nueva York, en aquel momento dirigido por Reginald Marsh, un pintor ahora un tanto olvidado, pero en aquel entonces conocido por sus escenas urbanas de los cinco barrios de Manhattan. Uno de sus compañeros más influyentes del “League” fue el pintor Paul Cadmus, que le enseñó una antigua técnica pictórica que Bridget haría suya: una receta para tempera basada en fórmulas italianas que databan del Renacimiento. No obstante, Bridget pronto inventó su propia mezcla de yeso bruñido sobre masonite al que  le agregaba  encima una veladura de óleo transparente; a veces pintaba con un pincel compuesto de tan sólo una hebra de marta cibelina, logrando así los detalles casi microscópicos que ostentan la mayoría de sus cuadros.

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Guía 1, 1984, óleo sobre Masonite, colección privada.

Mientras su marido se encontraba en el extranjero por motivos de trabajo, Bridget fue presentada al asistente del fotógrafo norteamericano George Platt Lynes: Jonathan Tichenor. Parece ser que, durante las sesiones fotográficas con la joven modelo y pintora, nació un romance que terminaría en la disolución de su primer matrimonio; en 1944 Bridget se divorció de Chisholm para casarse con Tichenor al año siguiente. En esta época, Bridget, que conocía al dedillo el mundo de la moda por su trabajo en las pasarelas de París, trabajó en la revista neoyorkina Vogue (1945-1952) como editora artística.  

México como manda…

Después de haber visitado nuestro país a principios de los años cincuenta, invitada por sus amigos mexicanos Diego Rivera, Luis Barragán y el artista polaco Mathias Goeritz, Bridget le pediría el divorcio a Chisholm, un hombre bisexual, para venir a México acto seguido en 1953, donde viviría primero en la ciudad de México, y después en su rancho “Contembo” en Michoacán.  En 1958, junto con Carrington, Rahon y Varo (quien ganaría el primer lugar), Tichenor participó en el Primer Salón de la Plástica Femenina en la Galería Excélsior de la ciudad de México. Dos años después, en 1960, compró el rancho “Contembo” cerca del pueblo prehispánico Ario de Rosales,, donde pintó obsesiva y reclusamente, acompañada solamente por sus sirvientes y una gran colección de perros, loros, iguanas, gatos, chivos, patos, serpientes, conejos etc. que servirían como modelos para algunas de las creaciones fantásticas de la pintora. También se inspiró en el paisaje volcánico —extraterrestre— de esa parte de Michoacán. Según recuerda un amigo de Bridget, la propiedad se llamaba originalmente “Contempo”, pero como los locales lo llamaban “Contembo”, así quedó.

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Sin título, 1970, ólseo sobre masonite, col. personal de Paul Tryon

Según algunos investigadores, Bridget eligió ese rincón apartado de Michoacán porque en lengua purépecha, “Ario” significa “Lugar Donde se Mandó” o “Desde Donde se Mandó Decir Algo” y que allá, enclavada en esa región extraordinaria, a través de sus lienzos, develaría aquel mensaje sagrado que era a su vez el misterio de su ser más profundo, el de la otra Bridget.

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Los surrealistas o Los especialistas, 1956, óleo sobre Masonite, Col. Carlos de Laborde.

En cuanto a su estilo pictórico, le incomodaba la etiqueta de “surrealista”, aunque admiraba los cuadros de colegas suyos como Magritte y Dalí, quienes, por medio de extrañas yuxtaposiciones, creaban imágenes desconcertantes, pero aparentemente invocadas en el descreimiento, como una especie de experimento premeditado, un cadavre exquis compuesto de óleo y lienzo. Por el contrario, el mundo pictórico de Bridget resulta más personal e incluso ontológico, pues son los destellos de un universo misterioso y supernatural del cual ella encarnaba una especie de antena o eje. Según ella, su obra fue influenciada por la mitología mesoamericana, las religiones ocultas y la alquimia, aunada a sus propias experiencias místicas aquella portentosa y deslumbrante tarde en Las Pozas.

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La Onza de Troya, 1972, óleo sobre lienzo, col. personal de Paul Tryon

La Bridget terrenal, la de carne y hueso, sufrió varias tragedias que empezaron en 1982, cuando su hijo Jeremy falleció con tan sólo 42 años de edad. Dos años después, su prometido italiano se murió de manera sorpresiva. Su familia la desheredó después, situación que la devolvió a México, triste por su pérdida, pero contenta de estar de nuevo “en casa” y donde viviría sus últimos años en compañía de sus amigos pintores Pedro Friedeberg, Leonora Carrington, Zachary Zelig y Alan Glass. Bridget Bate Tichenor falleció el 20 de octubre de 1990 a la edad de 72 años en la casa de sus amigos Daniel de Laborde-Noguez y su esposa Marie Aimée de Motalembert, domicilio terrestre de donde partió para volver de nuevo a formar parte de aquella constelación espiritual y artística.

Legado biográfico

En 1985, un joven estudiante de cine, Tufic Makhlouf, tuvo la gran idea de documentar la vida de esta “rara avis” de la pintura como su proyecto de fin de curso y es gracias a este documental que tenemos las únicas imágenes en video de la artista que, a sus más de sesenta años, resulta una fuerza de la naturaleza, una creación mágica y formidable, como las quimeras que habitan su universo pictórico. Al preguntarle a Makhlouf sobre sus recuerdos de Bridget, su respuesta fue relevadora:

Haber conocido a Bridget marcó un antes y un después en mi vida por varias razones: su poder de seducción, el poseer una inteligencia fuera de lo común marcada por su sensibilidad e intuición, una manera de ver el mundo sin prejuicios y descubriendo lo que para muchos podía pasar inadvertido, un sentido del humor agudo no exento de elegancia, poseedora de un anecdotario capaz de nutrir a cien escritores. Cada encuentro con ella era sentirse en otro mundo, sin tiempo ni limitaciones, una lección de vida. Nunca cansaba verla, oírla, acompañarla, admirarla. Cuando en la escuela de cine, el C.C.C., me correspondió hacer un documental, no dudé ni un momento en que el mío sería sobre este personaje singular: Bridget Bate Tichenor, una Rara-Avis de este mundo. En este documental —el único material filmado que existe sobre la artista— quería resaltar la belleza: físicamente deslumbrante, creadora de una obra enigmática, única y en un entorno de objetos bellos que valoraba y atesoraba. Una mujer exquisita, misteriosa y mítica que vivía con toda libertad.

Se puede ver un fragmento de Rara Avis, el documental sobre Bridget Tichenor dirigido por Tufic Makhlouf Akl aquí:

Paul Tryon: el coleccionista apasionado

Entre los que coleccionan la obra de Tichenor, que a su muerte fue repartida entre sus amigos Alan Glass y Pedro Friedeberg, Paul Tryon llama la atención por la devoción que le tiene a la artista, a quien nunca conoció en persona, pero con quien se ha comunicado a través de los dos cuadros de Bridget que cuelgan en su departamento del West Village, en Manhattan. Al preguntarle sobre Bridget se emocionó, pues según él:

La obra de Bridget me estremece, y así ha sido desde la primera vez que presencié un cuadro de ella: lo mágico y lo spiritual, lo natural y lo divino, las caras, los cuerpos, los animales, los cielos. Las dos piezas de Bridget que hace años adquirí representan una parte fundamental de mi colección.

El señor Tryon me ha permitido generosamente reproducir estos dos cuadros fantásticos para nexos.

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor, entre otros, de Perdidos en la traducción: cinco extranjeros ilustres en el México del siglo XX.


1 Mucha de la información biográfica sobre Bridget Bate Tichenor proviene del sitio web de la galería que fundó su hijo Jeremy Chisholm: http://bit.ly/2s9PqM7