Francisco Hernández
En grado de tentativa. Poesía reunida. Volumen I
Prólogo de Christian Peña
Almadía / Fondo de Cultura Económica
México, 2016.

hernandez


Moneda de tres caras, del poeta veracruzano Francisco Hernández, es una muestra de los alcances creativos que puede tener el delirio frente a la descomposición amorosa. Estar y no estar junto al ser amado es el dilema febril que hallamos en este título galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia en 1994 y compilado en el volumen I de En grado de tentativa. Poesía reunida, publicado en 2016 por la editorial Almadía y el Fondo de Cultura Económica.

Compuesta por tres poemarios, la obra es un espacio donde los dolores del amor perdido escurren por los resquicios de tres mentes finamente laceradas: la de Robert Schumann, la de Hölderlin y la de Georg Trakl. Para Francisco Hernández, la locura que afectó a dichos artistas durante sus vidas es un material fecundo, digno de llevar, con la naturalidad distintiva de su estilo, al terreno de la poesía.

Las de Hernández son palabras nacidas en los páramos del lenguaje coloquial, sin que por ello haga pisar al lector en los lugares comunes. Sus versos dejan en claro que, para él, antes que las arborescencias de la solemnidad, están las raíces de la sencillez, pues en ellas aparece una de sus mayores cualidades: la transparencia.

Mientras que “De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios” y “Cuaderno de Borneo” (este último relativo a Trakl) retratan el sigiloso camino hacia la muerte y el olvido, como dos obturadores que de a poco van impidiendo el paso de la luz, “Habla Scardanelli” es una invitación a sumergirse en los delirantes ecos provocados por “una pasión perdida”.

“Habla Scardanelli” es el primer poemario de Moneda de tres caras. Aquí, Hernández escribe: “Después de muerto he de seguir cantando”. Esa es la paradoja que rige el pensamiento desbordado de Scardanelli tras la muerte de Diótima (Susette), hacia quien van dirigidos todos los versos palpitantes del poeta posesionado en el Hölderlin demencial. Animando únicamente por el recuerdo de aquella mujer amada, Scardanelli habla, sueña, canta, escribe, se desvive y revive en los ojos de lector que también son oídos:

Cómo cantarte con la garganta seca,
cómo vivir si no puedo beberte devorándote,
cómo sorber tus músculos tirantes
de alta mujer bandera entre los hombres
si ya no estás emparedada en vidrio,
si resulta imposible pulverizar tus huesos.
Brilla perfecto el sol de los nocturnos.
El veneno en silencio merodea.
La quietud con sus fauces me rodea.

En esta estrofa donde predominan los versos endecasílabos persiste el mismo motivo no sólo del poema sino de todo el poemario: la desolación. Desolación llena de vida por la intensidad de los lamentos que, prudentemente, esquivan al gemido. Las pasiones en el poeta veracruzano transitan como magma silencioso, y, sin embargo, denso, ardiente. Con una mesurada pulsión rítmica y el uso de apóstrofes y anáforas en los tres primeros versos del fragmento anterior, estalla parsimoniosa la invocación de Diótima y el desasosiego de Scardanelli.

La nitidez de las imágenes resulta estremecedora, punzante en todas las líneas del poemario. Las metáforas precisas sirven para enarbolar las cualidades del ser perdido y desgarrarse a cada copla. Nada sobra ni falta si la finalidad es proyectar una fresca, sencilla radiografía de las entrañas, lugar donde nacen y se acaban, siempre en calma, los deseos de Scardanelli. El deleite de la contención es primordial en Hernández:

La luz hiere. Al mismo tiempo deja ver la herida.
El amor hiere, pero no descubre el tajo que produce.

***

El deseo no se alimenta con la rapidez del relámpago
Se nutre de la ciega voracidad del incendio.

 

La segunda parte, “De cómo Robert Schumann…”, se compone de treinta poemas monologados. Las imágenes que en ellos aparecen evocan al compositor alemán y a su obra, al tiempo que conducen, como una suerte de tejido narrativo, hasta el final de sus días. En las situaciones que sugiere cada poema se advierten fisuras resarcidas por la personalidad y el legado del también crítico musical:

(I) Hoy converso contigo, Robert Schumann,
te cuento de tu sombra en la pared rugosa
y hago que mis hijos te oigan en sus sueños
como quien escucha pasar un trineo
tirado por caballos enfermos.

(VII) Es marzo afuera. El domingo moja sus dedos en la fuente,
el surtidor dibuja el movimiento impar de la frescura
y el viento agita el árbol de tu música.

Hernández no se adentra en Schumann, es decir, no se expresa desde él, pero nos hace sentir, por interpósita persona, el extravío mental del compositor. Con un ritmo pausado en los versos y algunas líneas rodeadas de silencio, el poeta es capaz de crear empatía entre el lector y ese otro hombre motivo del poemario para percibir la conclusión de una vida pletórica de melancolía. Tal vez en el poema no se refleja la pérdida de un ser amado, sin embargo, se sugiere la falta de lo que jamás llegó.

La cercanía de esa evocadora voz con el compositor alemán es clara y parece trascender las barreras del tiempo. Bien se puede leer como la de un amigo, un ser querido o la de un melómano moderno que busca, en la música, la salida a sus problemas existenciales. En cualquiera de los casos prevalece la necesidad de establecer un contacto con lo que fue en vida Robert Schuman y lo que siguió siendo a lo largo de los años: lluvia de notas para la posteridad.

Finalmente, “Cuaderno de Borneo” se presenta como un recorrido por la agonía del poeta austriaco Georg Trakl ante la ausencia de su hermana y amada Margarethe. De manera más notoria que en “De cómo Robert Schumann…”, en esta tercera y última cara de la moneda lanzada por Hernández la poesía se apoya en la narrativa. Así, el lector acompaña al narrador (el Trakl ficticio) en pasajes nostálgicos y no menos tormentosos durante una estadía en la Isla de Borneo:

Extraño tu sexo. Piso flores rosadas al caminar y extraño tu sexo.
En mis labios tu sexo se abre como fruta viva, como voraz molusco agonizante.
Piso flores negras al caminar y recuerdo el olor de tu sexo, sus violentas marejadas de aroma, su coralina humedad entre los carnosos crepúsculos del estío.
Piso flores translúcidas caídas de árboles sin corteza y extraño tu sexo ciñéndose a mi lengua.

En más de un sentido, los ambientes de estos poemas, integrados por elementos selváticos y marítimos, encuentran relación con ese otro tema fundamental en la obra genérica de Hernández: la naturaleza. La isla de las breves ausencias y Mar de fondo son dos ejemplos bastante cercanos, en cuanto a imágenes, a este poemario basado en Trakl; lo que hay en ellas no tendría mayor relieve si no fuese por la soledad que envuelve y amplifica su presencia.

“Cuaderno de Borneo” es, en suma, un enramado de recuerdos y culpas que deambulan, junto a Trakl, por los terrenos de los sueños y la realidad. Aquí también aparecen los miedos en formas nuevas, acaso primitivas: animales exóticos, enfermedades mortales, fiebres producidas por el olvido, la lejanía y el desamparo. Apenas unos destellos de lucidez asoman en esa débil existencia que se desvanece como una sombra en la oscuridad:

La mujer se aleja ahuyentando a las bestias que le ladran. Yo dejo atrás el puente. Sigo reptando en la vereda.
Olvidé preguntarle cuánto dura el olvido. ¿Sólo para eso habré llegado a Borneo? ¿Para hablar de tu ausencia como de un territorio llameante perdido en la memoria?

 

Roberto González Rodríguez
Ha colaborado en diferentes medios nacionales y es egresado del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia.