Presentamos un texto incluido en Libro y libertad (Siruela), volumen en el que el helenista Luciano Canfora ofrece una serie de reflexiones sobre el inagotable mundo del libro.

La Biblioteca Nacional de Francia ha establecido la regla, y por tanto la práctica —siendo la primera biblioteca de Europa en hacerlo—, según la cual el lector sólo puede pedir libros “por ordenador”. La British Library permite el “doble régimen”, pero está aislada y tarde o temprano se rendirá también. El modelo que tiende a imponerse es el otro, el que pone al lector, sean cuales sean su edad y su experiencia tecnológica, delante de una máquina. Una máquina, claro está, obtusa.
¿Cómo podemos pedirle al ordenador el libro que queremos? Podemos porque el catálogo, que antes consistía en maravillosos volúmenes impresos y en fichas con las que legiones de bibliotecarios amorosos llenaban cajoncitos, ha sido (ésta es al menos la hipótesis de la que partimos) “informatizado”, es decir, que sólo puede consultarse mediante una obtusa máquina, la cual envía nuestra petición a una serie de operadores internos de cuya inapelable decisión depende que el lector obtenga o no el libro solicitado.
Pero ocurre que a veces algo falla. Es lo que me sucedió a mí hace unos años. Buscaba el texto del testamento del cardenal Mazzarino, que figura en el último volumen de las Oeuvres de Louis XIV, que se publicaron en Estrasburgo en 1806. (No carece de interés el hecho de que el emperador de los franceses, al poco de serlo, promoviera esta empresa, tan honorífica para el Rey Sol. Pero dejemos esta divagación parentética). Pido, pues —del único modo posible, o sea, por vía informática—, el VI y último volumen de estas obras, y después de esperar un buen rato, viendo que no me responden, pregunto qué pasa. Me contestan que ese volumen “no existe”. Pero yo estaba absolutamente seguro de que existía, porque la obra figura descrita en el glorioso Catalogue général des imprimés de la Bibliothèque Nationale, en la voz, lógicamente, “Louis XIV”.
Decidí mostrarle el antiguo y no superado catálogo al funcionario de sala que había en aquel momento. Después de intentar no mirar varias veces, condescendió a tener en cuenta aquel documento oficial, además de histórico. Pero enseguida retiró la mirada distraído. Aunque quizá, como pronto tuve claro, la retiró adrede. Pues para él aquel documento no tenía ningún valor. Y, como estaba de buen ánimo, tuvo la bondad de explicármelo. Así: cuando “vertieron” los datos de los catálogos impresos al inmenso horno informático, no “teclearon”, por error, el número romano VI después de los primeros cinco, y, por tanto, para el ordenador aquel volumen VI NO EXISTÍA. Y nada en el mundo cambiaría las cosas hasta que, en un momento cualquiera de un futuro lejanísimo (que ni él ni yo podíamos esperar vivir tanto para ver), una posible revisión del sistema descubriera el error.
Desolado pero no vencido, pedí lo que me parecía obvio: que me trajera el volumen, ya que había quedado demostrado que existía. El funcionario me miró con conmiseración mezclada de indulgencia y me explicó, no sin amabilidad, que yo no había entendido cómo funcionaba el “sistema”. Los lectores sólo podían pedir libros vía informática y, por lo tanto, era ilógico pedir algo que, para el ordenador, NO EXISTÍA. Objeté que bastaba con telefonear al magazinier, que estaría en alguna de las plantas de las torres de Tolbiac (las cuatro lúgubres torres que, al parecer, representan sendos libros abiertos, y que son la faraónica sede actual de la Biblioteca Nacional de Francia). Mi interlocutor empezó a perder la calma, aunque era una calma matizada de superioridad condescendiente, como por cierto les ocurre a casi todos los bibliotecarios franceses después de unos minutos de “tolerancia”. Me contestó que el magazinier sólo atendía órdenes informáticas y que, en consecuencia, mi petición era una estupidez. No lo dijo así, pero el sentido de las palabras que usó era claro.
Volví a mi inútil sitio de lector. Meses después conseguí que una biblioteca todavía no amordazada por los ordenadores, la Biblioteca Nacional Universitaria de Estrasburgo (ciudad en la que se publicó la obra y donde era difícil que me respondieran “No la tenemos”), me dejara ver el microfilme de las páginas 289 a 345 del volumen SEXTO (sí, sexto, que se conservaba, vivito y coleando, en los plúteos de aquella benéfica biblioteca “arcaica”) de las Ouevres de Louis XIV. Lo cierto es que, una vez eliminado el contacto personal entre el lector y el bibliotecario, cualquier arbitrariedad es posible. En la misma Biblioteca Nacional de Francia, por volver a un caso que es ya famoso, por la importancia de esta biblioteca y por lo mucho que han encarecido sus cantores los beneficios que ha tenido el traslado de la calle de Richelieu a Tolbiac de este tesoro de la humanidad, en la misma Biblioteca Nacional de Francia, digo, es ya normal que le respondan a uno, mediante, naturalmente, papelitos “emitidos” por el ordenador que vomita las respuestas, que tal o cual volumen está en “tratamiento de conservación” (traitement de conservation). Este dato, como se comprende, es vago. Puede significar que están encuadernándolo; puede significar que está esperando a que lo encuadernen; puede significar que un magazinier, ahora que se lo piden (vía ordenador, por supuesto), ha decidido que habría que encuadernarlo. Y también puede significar que no lo encuentran.
Pondré otro ejemplo. Uno de los pocos ejemplares que existen del catálogo de los manuscritos que hay en la Biblioteca Municipal de Cambrai —donde, obviamente, hay otro— se halla en la Biblioteca Nacional de Francia. El autor de este catálogo, un erudito, médico y bibliotecario de principios del siglo XIX llamado Leglay, le regaló un ejemplar de su obra a un amigo literato, con una dedicatoria (escrita, supongo, en el frontispicio). Por razones que no vienen al caso, me interesaba saber quién era el afortunado destinatario del regalo de Leglay. Sospechaba, y sigo sospechando, que se trataba del polígrafo y admirador de Leglay, Xavier Joseph Fortia d’Urban, buen amigo de aquel y miembro de varias academias locales; entre ellas la academia en la que Leglay presentó su libro antes de publicarlo. Por eso me alegró mucho saber, por el catálogo, que el ejemplar del libro de Leglay que había en la Biblioteca Nacional de Francia contenía “una dedicatoria autógrafa”. Hace unos meses, hallándome en Tolbiac, decidí hacer una rápida comprobación. Era a finales de agosto y la biblioteca cerraba el 4 de septiembre, en virtud de reglas nuevas que sin duda serían justas, fundadas e, imagino, sindicalmente consensuadas y aprobadas. La respuesta me dejó helado: Traitement de conservation. No me rendí y pregunté qué se podía hacer, dispuesto a esperar todo el tiempo que los amos de la biblioteca consideraran oportuno, pero sin renunciar a mi legítimo deseo de conocer las palabras que Leglay le había dirigido a su privilegiado lector. La respuesta fue cordial: rellene este formulario para saber cuándo estará disponible el volumen. Me pareció estupendo. Cumplimenté las treinta y dos casillas del formulario, correspondientes a otras tantas preguntas (solo faltó que me preguntaran a qué había ido a Francia), y entregué el formulario a la persona debida, que resultó no ser ya el funcionario que me lo había dado, sino un colega que había tras un mostrador imponente tres o cuatro salas más allá. Pero no me importó: sarna con gusto no pica.
El colega del mostrador firmó el formulario y me dijo que volviera el 2 de septiembre (último día antes del cierre, que de pronto se adelantaba y duraría mucho). Volví puntualmente el día indicado, pero me llevé un chasco: no hay respuesta para usted. Protesté apelando al reglamento (que había leído en el reverso del vasto formulario): el reglamento garantizaba que recibiría una respuesta en una semana como mucho, pero esa respuesta se me negaba porque el lunes siguiente empezaba el largo cierre (y porque, además, tenía que volver a mi país). El argumento pareció irrelevantísimo y no mereció ningún tipo de respuesta: la cansada funcionaria se limitó a pasar su atención de mi persona al “caso” del usuario que venía detrás de mí.
Pensé que la cuestión no podía darse por zanjada. Telefoneé a un conservador, situado en una planta muy distante de las salas de lectura, pero al que se podía llegar por teléfono. Con la fe todavía intacta en el buen resultado de la empresa que había decidido acometer, expliqué mi caso. Supe que pedía mucho, pues quería que el mismo conservador comprobara el nombre del destinatario del volumen en cuanto éste saliera del traitement de conservation. Se avino.
Quedamos en que llamara yo, pasado algún tiempo, desde Italia. Llamé. El libro no aparecía. Meses después se planteó la pregunta, que desgraciadamente había de quedar sin respuesta, de por qué se había considerado aquel libro digno de un traitement de conservation. Pregunta tanto más difícil de responder en cuanto que el libro había desaparecido. No constaba en ningún sitio (listas de libros que estuvieran restaurándose, etc.), ni lo encontraban por ninguna parte. Además (se me dijo de forma confidencial), tampoco aparecía la ficha que debía haber en lugar del libro, en la que figurara la fatídica frase traitement de conservation. Tampoco estaba claro, pues, por qué se había tramitado la solicitud, a la que el formulario con las treinta y dos preguntas que me dieron había dado curso. Lo cual —dicho sea per incidens— disculpaba a la cansada funcionaria que había hecho caso omiso de mis protestas el 2 de septiembre. No podían responder a mi instancia porque la instancia misma no tendría que haberse presentado, dado que no había indicios de traitement de conservation. Aún no sé a quién dedicó Leglay aquel ejemplar, que la Biblioteca Nacional de Francia ha engullido, del catálogo de los manuscritos de Cambrai.
He dicho antes “amos de la biblioteca”. Y la expresión habrá parecido, sin duda, grosera y maleducada. Pero no se me ocurre otra mejor. Los bibliotecarios se consideran a veces no ya los tutores, sino los amos del patrimonio libresco, sobre todo aquellos que tienen una elevada cultura y legítimas ambiciones científicas, y que, en su cargo, sienten indebidamente infrautilizadas sus (indiscutibles) capacidades científicas y sueñan con salir de aquellas paredes para, por ejemplo, entrar en alguna universidad. Estas personas doctas, pacientes, expertísimas, celosas y bastante frustradas, odian a los lectores. El estudioso que llega (les parece a ellos) sereno a la biblioteca “pide” libros y los disfruta allí sentado es —creen— una persona que goza cómodamente de bienes que les pertenecen y los utilizan para no se sabe qué maravillosas carreras.
Decirle al lector NO es para ellos un placer casi físico. Demostrarle al infeliz que no hay nada que hacer, que la llave de los libros preciosos y raros la tienen ellos y sólo ellos (y el lector que se conforme con los libros “de libre acceso”), éste es su placer favorito. Es como si le dijeran: todas estas maravillas que hay aquí no son para ti; yo, bibliotecario obligado a perder el tiempo atendiendo al público, pero que podría aprovechar estos tesoros con mis muchas capacidades, puedo acceder a ellos; tú, lector privilegiado y parásito, quédate atrapado en las mil reglas, en las mil prohibiciones que la sabiduría sindical y el sadismo nacido de la frustración han inventado y multiplicado en el curso del tiempo. (Lo mismo ocurre con los archivos: los doctos funcionarios escriben sus ensayos utilizando tranquilamente y sin limitaciones unos documentos que al estudioso externo se le dan con cuentagotas entre mil prohibiciones y reglamentos inescrutablemente prescriptivos.)
Como es natural, hay excepciones. También existe un círculo restringidísimo: la élite que está cerca del poder o que directamente lo ostenta. En este caso, todas las puertas están abiertas, y el acceso directo al président de la Biblioteca Nacional de Francia o al conservador jefe del archivo, resuelve todos los problemas. En este caso, también las obras más antiguas y valiosas, que se les escatiman a unos lectores obligados así a conformarse con la basura más reciente o, como mucho, con microformes, están disponibles. La igualdad, proclamada hace doscientos dieciséis años, y al menos en este campo, no existe.
Como soy un optimista, creo que no hay que desesperar. Ya el hecho de comprender la cuestión nos permite considerarla con serenidad. Como digo, el problema es la transformación del bibliotecario en amo de los libros que se le encomiendan. Su sentido de la propiedad se extiende también a los lugares y hasta al éter. Si no fuera así, no se explicaría por qué los bibliotecarios —desde el Sena al Tíber— se creen con derecho a hablar en voz alta entre sí y con el público, pese a que un elemental respeto por los lectores exige un comportamiento muy distinto. Es sintomática la progresiva desaparición de los carteles que piden silencio en las bibliotecas.
Pero existe una solución, utópica, ingenua, sin duda, pero cordial, fraterna e igualitaria. Y aquí la propongo. Que se permita el intercambio periódico de funciones. Que se permita, facultativamente, claro está, que los estudiosos sean pro tempore bibliotecarios, y que los bibliotecarios accedan, por un tiempo también, a ese paraíso terrestre que es el mundo universitario, la docencia. Con una condición: que, en ese breve, cíclico periodo de beatitud, los estudiosos entren, no como estudiosos, sino como lectores (con todas las consecuencias que ello conlleva) en las bibliotecas en las que habían imperado en el periodo de su frustrante cautiverio.
Luciano Canfora
Profesor de Filología Clásica en la Universidad de Bari. Entre su obra ensayística cabe destacar El viaje de Artemidoro, La biblioteca desaparecida, Julio César. Un dictador democrático y La vida cotidiana de los filósofos griegos.
Traducción del italiano de Juan Manuel Salmerón Arjona.
Estas páginas aparecieron originalmente en un almanaque titulado L’ogetto libro, Milán, 2001.