histopia

Presentamos en exclusiva el prólogo de Histopía (Sexto Piso, traducción de Jon Bilbao) de David Means. En la novela —una visión de los desgarros de la lucha armada— Eugene Allen es un joven excombatiente de la guerra de Vietnam que, al volver a Estados Unidos, escribe una novela titulada Histopía para después suicidarse.


Uno

En algún lugar, en algún pliegue del espacio-tiempo (como si se tratase de ese Imperio Romano que Philip K. Dick consideraba, en incontestables mayúsculas, como NUNCA TERMINADO),1 la guerra de Vietnam continúa y sigue y sigue.

Allí va y aquí viene.

Con la automática y energética marcha del conejito de Duracell vestido con uniforme de estampado camuflaje.

Al ataque y en retirada sólo para contraatacar.

Vietnam —más allá de que la lápida que le talla Wikipedia proponga sus fechas de estallido y cese como 1 de noviembre de 1955 y 30 de abril de 1975— es la guerra que no cesa, la guerra interminable, la guerra que no da tregua ni descansa en paz. Una guerra en la que todo lo sólido se desvanece en el aire. Una guerra fuera de ley o, mejor dicho, una guerra regida por la Ley de Murphy donde todo sale perfectamente mal.

Y allá fueron y aquí vienen todos esos espías y guerrilleros y veteranos, todos esos ingleses de Graham Greene y esos franceses de plantación a arrancar de raíz, todos esos helicópteros cabalgando con Wagner y despegando de azoteas de edificios y siendo arrojados al mar desde cubiertas de portaviones, todo ese sexo y drogas y rock’n’roll y “Charlie don’t surf”,todo ese JFK y todo ese Tricky Dicky, todo ese victorioso olor a napalm de película y todo ese sabor a tóxico agente naranja, y todo el apocalipsis ahora y entonces y siempre y el horror, el horror.

Y, por supuesto, todas esas grandes novelas a las que ahora se suma —segura de que no será la última, pero con la firme voluntad de volverse inevitable a partir de su publicación— Histopía de David Means.

 

Dos

En lo que hace a la literatura, en realidad Vietnam como tema/atmósfera empieza ya con dos clásicos de la novelística de la Segunda Guerra Mundial. Ambos con números en sus títulos: Trampa 22 de Joseph Heller y Matadero cinco (y su contracara siamesa Madre Noche) de Kurt Vonnegut.2

En una y otra —en los cielos de Italia o en los sótanos de Alemania, arrojando bombas o atravesando los límites del espacio-tiempo— Heller y Vonnegut inauguran con sus antihéroes alucinados la figura del anticipado “Crazy Vietnam Veteran” consciente de que la guerra no sólo es una locura, sino que está orquestada por locos.

Y en una y otra novela la oscura iluminación de que es imposible escapar a la guerra, que la guerra no deja de dar guerra, que la guerra te sigue y te seguirá siempre aunque vuelvas a casa y creas que ya estás seguro. Todos los que allí van y de allí vuelven son como Alicias en el País de las Pesadillas: caen por túneles y atraviesan espejos y pronto —tanto firmes como en descanso— no saben cuál es la salida y dónde está la llegada.

Saigon… shit, I’m still only in Saigon. Everytime, I think I’m gonna wake up back in the jungle”es lo primero que oímos —luego de un rumor de helicópteros y un estallido de napalm—, en una película magistral llamada Apocalypse Now (1979) y, según reciente anuncio, lista para mutar a video-game con la bendición y coautoría de Francis Ford Coppola. Y nos lo dice una voz en off —seguimos en Saigón, la jungla continúa creciendo al otro lado de los párpados cerrados— que es la voz de quien escribió esas palabras para el film de Francis Ford Coppola: la voz del periodista de guerra Michael Herr, autor de Despachos de guerra,seguramente el mejor libro sobre la guerra de Vietnam, incuestionable obra maestra del llamado New Journalism, y que concluye con un sentencioso e incontestable “Vietnam Vietnam Vietnam, we’ve all been there”.

Sí, todos estuvimos y seguimos estando allí.

En la jungla.

 

Tres

Así, Vietnam como droga y adicción y estado de mente y estado demente. Vietnam como algo que una vez que se prueba es difícil que vayas a poder desengancharte, porque en Vietnam los héroes se hacen adictos a la heroína y los espectadores de la guerra transmitida en vivo y en muerto y en directo y sinuosamente en los noticiarios nocturnos no pueden sino volverse adictos a la “historia oficial” para no enloquecer ante la idea de una potencia —la de su país— súbitamente impotente.

Así, también, buena parte de las ficciones de Vietnam pasan por la idea de la mente fracturada y de la visión fractalizada por el estrés postraumático. No importa el bando o la bandera. Nada se pierde, todo se transforma, por más que en Vietnam todo se pierde y nada se transforma.

Y, a partir de Vietnam, toda guerra es y sigue siendo Vietnam; porque Vietnam inauguró una idea hasta entonces inédita (aunque ya bosquejada en esa especie de paréntesis fantasma/ensayo general que fue Corea, supurando y cosiendo y amputando con el humor negrísimo de M*A*S*H) y que es la de idea del nadie gana y nunca está del todo claro dónde empieza el frente o termina la retaguardia.3 Después de Vietnam ya no cabe el ideal del “coraje como gracia bajo presión” de Ernest Hemingway o la actualización for export del cowboy John Wayne, y sólo hay espacio y sitio para la más desconcertada de las desilusiones.4

De ahí que todas las más grandes historias imaginadas sobre esta guerra verdadera tengan siempre su asidero en una cierta irrealidad verídica. Libros como Dog Soldiers de Robert Stone, Going After Cacciato, Las cosas que llevaban los hombres que lucharon y En el lago de los bosques de Tim O’Brien, Cutter y Bone de Lawrence Thornburg, Meditations in Green de Stephen Wright,5 Corazones en la Atlántida de Stephen King, Koko y la saga de la Rosa Azul de Peter Straub, Árbol de humo de Denis Johnson, Matterhorn de Karl Marlantes o —recientemente y ofreciendo la versión desde el otro lado— la formidable El simpatizante de Viet Thanh Nguyen.6 Y películas como la ya mencionada Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, El cazador de Michael Cimino, El regreso de Hal Ashby, El gran Lebowski de los Hermanos Coen, Platoon y Nacido el cuatro de julio de Oliver Stone, La chaqueta metálica de Stanley Kubrick y Tropic Thunder de Ben Stiller desbordan de chiflados de variable calibre que siguen allí junto a todos los que estuvieron.

De esta idea/sentimiento se nutre y alimenta la inesperada Histopía de David Means.7

Inesperada porque —hasta ahora— Means era considerado cuentista puro y duro8 y admirado por sus colegas como uno de los maestros del género9 y ganador de varios premios O. Henry.10

Inesperada, también, por su fondo y forma, que no parecen haber sido anticipados por las piezas breves de Means; aunque, si se mira fijo ya había algo allí dando vueltas, antes o después, con la inasible cronología de la guerra en cuestión.11

Inesperada, además, porque nadie hubiese imaginado nunca que —al aventurarse a las largas distancias— Means se jugase a correr una trama tan distante a la de sus relatos por lo general de corte íntimo y confección clásica, sin que eso significase privarse del resplandor freak y bizarro.12 De acuerdo, en principio, poco en Histopía que remita a los ya davidmeansianos a los paisajes poco ocurrentes y en decadencia del Midwest y del Rust Belt y de las orillas del río Hudson contemplados y vadeados por amantes en el momento exacto en que descubren que ya no se aman, o matrimonios de vacaciones preguntándose qué era eso de “hasta que la muerte nos separe”, o ejecutivos disponiéndose a ser ejecutados, o padres en salas de espera desesperados ante el posible diagnóstico terminal de sus hijos; o, del lado de lo raro, vagabundos de ferrocarril epifánicos, intrusos en recepciones de bodas que ya nunca saldrán como estaba planeado, ladrones de bancos frustrados y radicales ineptos planeando la revolución, cadáver en el fondo de las cataratas del Niágara, viudas que no saben qué hacer con ese video hot de su noche de bodas, un hombre golpeado por un electrizante relámpago, jardín que se hunde y se traga a un niño, adolescentes con sus hormonas en llamas lanzándose a un frenesí criminal, alguien que piensa que el acto de crucificar a alguien será la única forma de alcanzar la redención, y hasta un pez dorado contemplando desde su pecera la desintegración de un matrimonio.

¿Cómo sintetizar todo lo anterior? Means en más de una ocasión ha explicado que su Gran Tema siempre es, desde diferentes perspectivas, “la lucha por curarse y la naturaleza de encontrar un modo de superar los traumas”.

Lo que nos lleva directamente a Histopía:una novela de traumas insuperables sobre desde bajo con y para Vietnam.

Pero no exactamente.

 

Cuatro

Preliminares pertinentes y, sí, de nuevo el visionario fantasma de la electricidad de un replicante de combate que ha visto cosas que no creeríamos aullando en los huesos de este libro:

Histopía —distópica y ucrónica ya desde su título, al igual que clásicos del subgénero como El hombre en el castillo de Philip K. Dick, Lágrimas de otoño de Charles McCarry o Patria de Robert Harris o Mason y Dixon de Thomas Pynchon o El suelo bajo sus pies de Salman Rushdie o La conjura contra América de Philip Roth o la ahora, Trump mediante, reconsiderada Eso no puede pasar aquí de Sinclair Lewis— transcurre en nuestro mundo, pero con más de una alteración tan decisiva como definitiva.

• En Histopía, JFK va por su tercera e inconstitucional presidencia, ha sobrevivido a múltiples intentos de magnicidio y es casi adicto —se especula que busca desesperadamente la muerte “dejando mi destino al capricho de una nación”— a pasearse una y otra vez en descapotables, junto a una cada vez más aterrorizada “y sin embargo bella” Jackie, como blanco móvil en art-performance peligrosa. Y, sí, a la séptima va la vencida y —se nos informa de ello en la primera página— JFK consigue su objetivo en 1970, en Springfield, en lo que de inmediato se conoce como, por fin, “el Asesinato Genuino”.

Histopía es Vietnam: ese planeta donde la realidad siempre superó y supera y superará a toda ficción.

Histopía está muy documentada en lo que hace a las idas y vueltas de la guerra de la atemporal Vietnam (sepan que fue allí donde los generales solían trazar los planes de batalla después de que las batallas hubieran tenido tiempo y lugar), pero después, enseguida, hace volar todos esos datos por los aires, como si hubiese pisado una mina, para describir la forma en que caen hechos pedazos.

Histopía tiene tiempo y lugar en los años sesenta y setenta, pero como velados por las nieblas púrpuras del mejor de los malos viajes a través de los que se vislumbra la una y otra vez citada wasteland de los Estados Desunidos de América.

Histopía es, también, la novela dentro de una novela titulada Histopía (incluyendo prefacio y exhaustivo aparato de notas y posfacio) y escrita por el soldado y suicida Eugene Allen, quien fue y vio y no venció, y regresa a casa (hogar que incluye a una hermana con problemas mentales) reconvertido en desesperado historiador alternativo.

Histopía surge de la incierta certeza, según Means, de que a los norteamericanos no les gusta hablar acerca del trauma a no ser que sea reescrito como heroísmo “porque somos un pueblo muy pragmático: creemos en las curas milagrosas y queremos soluciones rápidas, limpias y sencillas a problemas enormes y de una gran complejidad. La paradoja de todo esto es que somos una cultura profundamente confesional pero no muy contemplativa… La Historia es alucinatoria. No sólo una ilusión. Es una alucinación. Y los Estados Unidos son este país gigante, por lo que sus alucinaciones son gigantescas. Y el pasado es donde las alucinaciones salen a jugar. No en el presente ni en el futuro, sino en el pasado. Y Vietnam es una de las más grandes entre todas esas alucinaciones gigantes”.

Histopía es, para Means, “el tipo de libro que me hubiese encantado leer a mis veinte años. En más de un momento, mientras lo escribía, no podía sino pensar: ‘Wow, estoy escribiendo una novela para young adults’”. Pero, hum, no.

• Means apenas tenía dos años de edad cuando los televisores de “America The Beautiful” emitieron a ese monje budista quemándose a lo bonzo en Saigón; pero Means ya era un adolescente cuando una tía suya, madre de cinco niños y directora de secundaria, detuvo su auto una mañana de camino al trabajo, vació un bidón de gasolina sobre su cabeza y se inmoló frente a sus vecinos.

• En Histopía se reparte y consume una droga de fabricación gubernamental llamada Tripizoide (notar la raíz trip del compuesto) que ayuda a suprimir toda memoria de variaciones sobre episodios conflictivos o relativos al conflicto vietnamita y a acceder —movimiento arriesgado de imprevisibles efectos secundarios y daños colaterales— a “la verdad”. ¿Maneras de contrarrestarlo? “Sexo orgásmico” e inmersión en agua fría. De ahí que lo más sencillo y menos desagradable sea drogarse y seguir drogándose, ¿no?

• En Histopía se describen acciones políticas como la Gran Esperanza, el Plegado (donde se receta reescribir la realidad como terapia superadora y se prescribe el muy helleriano concepto de que “la cura era un concepto brumoso e incluso absurdo, y que en eso residía su increíble efectividad. La paradoja estaba en que la cura era, de veras, efectiva con frecuencia, así que la acusación de engañifa era asimismo una engañifa”),13 La Malla, o los supuestamente rehabilitantes Psych Corps (Corporación para la Salud Mental), que deberán ocuparse de los soldados que regresan un tanto perturbados del frente de batalla. Entre ellos, el psicótico y fan de Iggy Pop y algo cormacmacarthyano Rake, quien ha drogado y secuestrado a la joven Meg y se propone trasladar su carnicera experiencia en Vietnam al territorio de los Great Lakes. Y allá van los agentes federales Singleton (tan plegado y “curado” como aquel Alex al final de La naranja mecánica de Anthony Burgess) y la abnegada y enfermiza enfermera Wendy con más de un guiño a los Mulder y Scully de Expediente X.

Histopía es, para su autor, la confirmación de una teoría muy personal: “Cuando escribes cuentos, lo que quieres conseguir es la irradiación del pasado de ese cuento y el futuro por delante de él. Con la novela, en cambio, debes buscar exactamente lo opuesto: dejar todo bien envuelto”. Y, aun así, afortunadamente, Histopía no empaqueta todo y su caja deja escapar rayos gamma y centellas X.

Histopía es una novela que responde disciplinada y cabalmente a la orden que Means le da y exige a sus relatos: “Si una historia quiere que la cuentes y no la cuentas, más te vale ponerte a cubierto, porque tarde o temprano algo va a explotar”.

Histopía es inflamable y volátil; no se debe agitar mucho y ha sido contada, pero aun así —como Vietnam— continúa explotando.

Sépanlo, han sido reclutados y allá van y aquí vienen (ahora ustedes) y advertencia: “Que no acusen al chaval de trastocar la historia. Que acusen a la historia de trastocar al chaval. Y la guerra, la guerra lo trastocó también. Igual que muchos otros, volvió cambiado”.

Prepárense para cambiar.

Bienvenidos a la onda expansiva.

 

Rodrigo Fresán
Escritor. Ha publicado Historia argentina, Trabajos manualesEsperantoLa velocidad de las cosas, MantraJardines de KensingtonEl fondo del cielo, entre otros libros.


1 Y, sí, volveremos a la vida y obra de Philip K. Dick en esta introducción.

2 Vonnegut no publicaría su novela claramente vietnamita-apocalíptica —publicada como Birlibirloque por Alfaguara— hasta 1990. Y estaría protagonizada por un veterano de Vietnam —el tuberculoso Eugene Debs Hartke, devenido profesor de college caído en desgracia y campanero y rehén de cárcel amotinada— empeñado en la confección de una lista de todas las mujeres a las que amó y de todos los charlies a los que mató mientras va enhebrando sus memoirs en pequeños trozos de papel.

3 Así, hitos recientes como El eterno intermedio de Billy Lynn de Ben Fountain o Jarhead de Anthony Swofford son, también, vietnamitas aunque sucedan durante las sucesivas Guerras del Golfo. Y el efecto alcanza incluso a otros ejércitos en otros uniformes y bajo otras banderas, como en Los pichiciegos de Fogwill, Nosotros caminamos en sueños de Patricio Pron, o Mientras caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer, llegando incluso más allá de las estrellas en la serie de La guerra interminable de Joe Haldeman.

4 Tal vez el recuento más triunfalmente perdedor de todo esto esté en el magistral non-fiction de Neil Sheehan A Bright Shining Lie: John Paul Vann and America in Vietnam (que obtuvo el National Book Award y el Pulitzer Prize en 1988) siguiendo las campañas de un primero idealista y casi enseguida desconcertado coronel del ejército norteamericano mutando de halcón desplumado a paloma con garras.

5 Tal vez la Vietnam ácida y lisérgica de Stephen Wright sea la que más cerca limita con la Vietnam psicótica y postraumática de Means.

6 Este listado es, se entiende, voluntaria e inevitablemente parcial: Vietnam probablemente sea la guerra más fiction de toda la Historia.

7 Algo parecido sucede estos días con la histórica pero no exactamente Lincoln in the Bardo,debut en el género del hasta ahora cuentista George Saunders.

8 Hasta la fecha, David Means (Estados Unidos, 1961) ha publicado cuatro muy indispensables y muy celebrados volúmenes de relatos: A Quick Kiss of Redemption (1991), Assorted Fire Events (del 2000 y considerada como una de las más magistrales colecciones contemporáneas, a menudo puesta a la altura de hitos como Hijo de Jesús de Denis Johnson y superando a Las asombrosas aventuras de Cavalier & Klay de Michael Chabon y a La mancha humana de Philip Roth en la final de los premios otorgados por Los Angeles Times; traducida como Incendios en el 2006 por Literatura Random House), The Secret Goldfish (2004, título/travesura/osadía que Means toma “prestado” del libro del hermano mayor —que “se prostituye” escribiendo para Hollywood— del Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger), y The Spot (2010).

9 Es pertinente mencionar que los libros de David Means (Histopía figuró en la long list para el Booker 2016) llevan loas y blurbs de gente como James Purdy, Jonathan Franzen, Oscar Hijuelos, Donald Antrim, Aimee Bender, Stephen Dixon, Richard Eder, Jeffrey Eugenides, James Wood, Adam Haslett, Paula Fox, Richard Ford, Ben Fountain, etc, y han sido consagrados en reseñas donde se lo ha comparado indistintamente con Raymond Chandler, John Cheever, Flannery O’Connor, Jack Kerouac, Alice Munro, Bob Dylan, Ernest Hemingway, Tobias Wolff, Sherwood Anderson, William Maxwell, Denis Johnson, E. A. Poe, John Updike, Antón Chéjov, Samuel Beckett y Raymond Carver. Ahora, con Histopía, es más que pertinente añadir los nombres del Vladimir Nabokov de Pálido fuego, Ada, o el ardor y ¡Mira los arlequines!, J. G. Ballard, Don DeLillo, Steve Erickson, William T. Vollmann, David Foster Wallace y Tom McCarthy, y los guiones de Charlie Kaufman (un crítico norteamericano añadió a este pelotón a Roberto Bolaño).

10 El propio Means en 2010, en una entrevista con The Paris Review y respondiendo una vez más a la pregunta “¿Por qué David Means no es un novelista?” parecía tan resignado como cansado y seguro del porqué a la hora de volver a referirse a semejante inevitable demanda: “Sí, me tienta la idea de la novela. Y tentado es la palabra correcta porque disponer de todo ese espacio —luego de cuatro libros de cuentos— me resulta seductor. Pero lo que no me seduce es la idea de ‘agrandarme’ por el único motivo de hacer algo más grande. Amo las novelas y son lo que más leo; pero los relatos son como una de esas pequeñas herramientas de precisión: duros y afilados, y pueden revelar las cosas de otra manera. Las novelas parecen estar obligadas a informar de lo que sucede aquí y ahora con vocación de fresco. Y a mí me interesan más los pequeños pero eternos momentos. Sí, me tienta la novela, pero me hace muy feliz trabajar en mis cuentos. Encarar la mudanza de mis cuentos a una novela tendría que hacerse sin caer en el abuso de la forma. En resumen: tengo dos manuscritos monstruosos. Uno tiene más de setecientas páginas; y lo hice a un lado. El otro le gusta a mi agente, pero a mí aún no me convence del todo”. Por suerte, Means siguió trabajando hasta convencerse.

11 En 2006, David Means publicó el relato “The Spot” en la revista The New Yorker en el que ya aparecían la larga sombra de Vietnam y algunos personajes de Histopía (la cautiva Meg y el soldado Billy-T), aunque la novela no brotó de ese cuento sino que fue al revés. “Me tomé un año para escribir la novela y mastiqué chicle de nicotina y bebí café y tenía casi lista la primera versión del manuscrito cuando me dije ‘Mierda, voy a escribir un cuento; y así escribí ‘The Spot’”, comentó Means en una entrevista.

12 Aunque ésta es una percepción en realidad engañosa. De acuerdo: los cuentos de Means parecen surgir de la matriz minimalista, sucia y realista de Raymond Carver & Co. (o del hardcore-gótico-moderno del siempre excelente Leonard Michaels o de la mejor Joyce Carol Oates) y no tienen la necesidad de ayudarse con las ocurrencias pirotécnicas de George Saunders o Adam Johnson. Pero, enseguida, los de Means confunden con guiños al más experimental Donald Barthelme o el más juguetón Steven Millhauser. Como la inserción de notas al pie en un relato, “Incendios”, para comunicar al lector las partes que “no son verdad”; o como insertar dos páginas en “What I Hope For” para informarnos de que “Ya no quiero que nadie más muera en mis cuentos. De aquí en adelante, todo deberá ser pura y gloriosa vida”; o la exposición didáctica pero descarrilada en “Reading Chekhov” o “Facts Toward Understanding the Spontaneous Combustion of Errol McGee”.

13 Más detalles: “El proceso de recrear en detalle los acontecimientos causales del trauma vuelve (pliega) el drama/trauma hacia el interior. La confusión es, sin espacio para la duda, un elemento más del proceso de curación: un misterioso difuminado de la línea que separa lo que sucedió de lo recreado. Lo primero se pliega sobre lo segundo, y durante el período de ajuste el paciente experimenta desconexión y desconcierto. Él o ella puede rechazar con vehemencia la curación, mediante afirmaciones del tipo: ‘Esto es una chorrada. Me acuerdo de todo. No me han librado de nada. Sigo igual de jodido. No podéis traerme aquí a rastras, hacerme recrear un montón de la mierda por la que tuve que pasar, y además en versión descafeinada, que ni se parece a como fue en realidad, y esperar que lo olvide todo’. Pero en la mayoría de los casos el paciente lo olvida, gracias a la anulación del trauma real mediante la recreación del origen del mismo… Teoría general: cura objetiva para una enfermedad subjetiva. El proceso de plegado se opone a la descripción etiológica de la enfermedad; en lugar de eso, es el propio tratamiento el que materializa la enfermedad… Evitar la diagnosis. Rendirse a la popularidad de la cura. Por encima de todo, puro teatro”.

 

 

Un comentario en “La guerra interminable y la cura incurable

  1. Los efectos de las drogas nunca son buenos. Mi marido era un adicto durante 10 años. Esto lo consiguió rehabilitado dos veces ya veces en apuro. Casi lo abandoné hasta que lo rezó por el adiestrador Peterson, que ayudó en conseguirlo libre de la adicción. Conseguí entrar en contacto con él después de que vi un testimonio de una señora en un blog Quien también se enfrentó a un problema similar con su hijo hasta que fue orado por él. Ahora mi esposo está libre de la adicción y está siendo el mejor marido y padre de nuestros hijos y me gustaría instar a cualquiera en este blog enfrentando problemas similares o cualquier otro contacto también por correo electrónico: newgracefoundation@gmail.com