Para Annette Everaert

Por ahí de 1912, Picasso se empezó a alejar de la abstracción total que había caractizado a su obra desde hacía cuatro años; un periodo en el que Braque y él intercambiaban incesantes visitas al estudio del otro para ver hacia dónde podían llevar al cubismo. Mientras el español volvía a incorporar elementos figurativos en sus pinturas y exploraba el collage, ese mismo año y también en París, Diego Rivera terminaba su primera obra cubista: La adoración de la virgen y el niño, una escena en la que dos personajes se pierden entre un paisaje dominado por una virgen que es triángulo, en lo que parece ser un día más de trabajo en el campo.

Dos años más tarde, poco antes de estallar la Primera Guerra Mundial, estos pintores se conocen a través del chileno Manuel Ortiz de Zárate. Ambos se quedan entre los estudios y cafés de las calles parisinas durante esos años en los que muchos de sus contemporáneos se irán al frente. Con la guerra como escenario, los dos futuros pintores de figuras grandes y redondas siguen explotando las posibilidades y límites del cubismo. Esta será sólo una parada en un largo camino de experimentación estética para ambos.

La exposición “Picasso y Rivera: Conversaciones a través el tiempo”, pasa sus últimos días en el Los Angeles County Museum of Art (LACMA) para después viajar a las salas del Museo de Bellas Artes en la Ciudad de México. Planeada por ambas instituciones, la muestra busca ser un recorrido por los paralelismos que existen entre estos dos pintores —en su técnica, motivos y referentes—, antes y después de coincidir en las calles de Montmartre. 

En la exposición, ese primer encuentro entre Rivera y Picasso se entiende como el inicio de una larga amistad, de cuya intensidad en realidad no existen más que un par de pruebas dudosas. Se sabe que la primera fase de la relación entre los artistas duró muy poco, pues pronto se pelearon por la autoría de una forma de composición denominada la técnica "foliage" que aparece en la famosa e impresionante obra de Rivera, Paisaje Zapatista,  terminada en 1915 —que una vez más estará expuesta en el Palacio—, y que algunas fotografías revelan que Picasso tuvo que abandonar y cubrir en su Hombre sentado del mismo año, dadas las acusaciones de plagio. Más tarde, Rivera fue ostracizado del medio cubista parisino por un acontecimiento que en principio no tuvo nada que ver con Picasso, aunque expuso junto a éste, Derain y Gris en un par de ocasiones más.

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Diego Rivera con un xoloitzcuintle, Coyoacan. Google Art Project

Después de esa época, no es claro que los artistas vuelvan a coincidir, pero los curadores de esta exposición insisten en la relación personal. Hay una foto que Picasso le envía a Rivera con una dedicatoria críptica: "A mi buen amigo Diego Rivera. ¡Estamos de acuerdo en todo!", luego resulta que éste conservó una printura del mexicano, Naturaleza muerta con botella de anís (1915), que sigue siendo parte de la colección de la familia hasta hoy. Además de eso, hay prueba de dos cartas que Rivera le envió mucho más tarde al español: una datada en 1949 pidiéndole que recibiera a “la señorita Sherman”, de la que dice que tiene mucho talento (pero no encontramos más pistas), y una de 1957 que manda a varios artistas e intelectuales llamándolos a manifestarse en contra de las bombas nucleares.   

Por fortuna, la amistad no es lo que hace a los paralelismos que encuentra esta exposición. Según explica el discurso museográfico, son los contextos, las "culturas cerradas" de las que proviene cada uno de ellos —Guanajuato, México y Málaga, España— y el coincidente "rechazo a la superioridad europea" de los dos artistas. Como muestra, el regreso que emprendieron ambos pintores a la exporación de las culturas vernáculas de cada una de sus tierras en la década de los veinte. Y lo que más parece importar: ¡con una originalidad comparable! Esta narración de equivalencias entre los pintores pronto se revela aún más sospechosa que la de su supuesta amistad. 

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A principios del siglo XX, el entrenamiento en la pintura pasaba irremediablemente por horas de copiar torsos grecorromanos y poner las sombras en los lugares correctos; incluso si se dibujaba a la Venus de Milo acostada, como lo hizo Rivera en un boceto de sus años de formación en la Academia de San Carlos que se puede ver en la exhibición. Inquietos, Picasso, y más tarde el mexicano, saltaron a la abstracción, pero las guerras los devolvieron a sus realidades territoriales. La exposición analiza este movimiento de pinceles como un regreso "al orden y al ‘indigenismo’", entendido lo segundo como la antigüedad de la península ibérica en los siglos VI y V a.C. en el caso de Picasso, y el pasado mesoamericano precolonial en Rivera.

Para los curadores de la muestra, Diana Magaloni y Michael Govan, ésta "busca avanzar en el entendimiento de ambos artistas y en la relevancia que las formas, mitos y estructuras del arte de la antigüedad tuvo en sus contribuciones al arte moderno", y lo hace mediante la lógica de la comparación. El recorrido lleva al espectador por los bocetos académicos de cada uno, para luego pasar por el cubismo, después detenerse en algunas figuras de sus respectivas “antiguedades vernáculas”  —como es el caso de un orondo Quetzalcoátl y un par de figuras etruscas de la colección del Museo Getty—, y ver el trabajo de los pintores alrededor de esos motivos.

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Retrato de Pablo Picasso, 1908. Wikimedia.

"Para mí no hay presente y pasado en el arte. Si una obra de arte no vive siempre en el presente, no puede considerarse arte", escribió Picasso. Y así volteó al pasado en busca de inspiración, regresó a figuras animales que adaptó en varios bocetos y que, según la exposición, parecen haber cristalizado en su obra sobre todo en la figura del minotauro. La exhibición lo muestra presente en una serie de ilustraciones que el pintor hizo de Las Metamorfosis de Ovidio y más tarde en su imperdible Guernica (1937). Según sigue la narración, esta apropiación del minotauro es comparable al trabajo de Diego Rivera y con motivos del pasado precolombino en México, y lo que es más, se propone que ambas son equiparables en términos de su dimensión política. Luego resulta que Rivera ilustró su propia mitología: el Popol Vuh. Y todo esto mientras ambos eran representados por el mismo agente de arte en Nueva York. Tanta coincidencia no es posible.

Y en efecto, para el visitante que conoce el tránsito político-estético del Diego Rivera, el contexto del México posrevolucionario, los esfuerzos del siempre presente Alberto J. Pani… esta comparación suena un poco injusta. La obra de Rivera  y su relación con el pasado en México es mucho más de lo que aparenta esta exposición y, al mismo tiempo, queda la duda de si la obra de Picasso no podría ser mejor parámetro si se incluyeran otros elementos que le son característicos. Una gran asuente en las reflexiones sobre lo vernáculo, lo “antimoderno” y lo no europeo en la obra del español en esta exposición es su gusto por el arte africano. Un gusto que compartió con Matisse, Braque, Derain y de Vlaminck, y que le había ayudado, nada más y nada menos que a “entender su propósito como pintor, que no era entretener con imágenes decorativas, sino mediar entre la realidad perceptible y la creatividad de la mente humana”.1

El interés de Picasso por las máscaras y esculturas africanas estuvo presente a lo largo de su vida, y como Rivera con el arte precolombino, éste resultó en una gran colección de piezas, siempre asomándose en las fotos que retratan sus espacios de trabajo. Quizás no sea correcto ver con los mismos ojos el arte de las culturas mesoamericanas, que en 1920 había quedado claramente en el pasado, que al arte contemporáneo de países como Gabón, Guinea y Mali —por cierto, todas colonias francesas en ese momento—. Sin embargo, si la idea es entender la relación del arte de estos pintores con otras fuentes iconográficas, el espectador probablemente descubriría que en la obra de Picasso pesaron mucho más las influencias del continente al sur de Europa, que los figurines etruscos y esculturas grecorromanas que se ven en la muestra.

Ahora, las ganas de comparar a estos dos pintores no son nuevas. Como demuestra el texto de Michele Greet en el catálogo que acompaña la exposición, al regreso de Rivera a México lo acompañaron artículos en la prensa que hablaban de su relación con Picasso y del interesante abandono del cubismo por parte de ambos. Son claras las ganas de usar al español como “punto de referencia del éxito”, dice Green. Y en la exposición que llega este 12 de junio al Palacio de Bellas Artes esta sensación se revive. Aunque el discurso de la muestra quiere ser amable con el par de artistas e insiste en las inspiraciones mutuas, no deja de parecer una provocación para quienes tienen muy claras las jerarquías del arte moderno. El resultado es una simplificación de la obra de dos titanes, y la duda de si no será que el mercado del arte está atrás de todo esto. ¿Será que ya estuvo bueno de que Frida protagonice las subastas?

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.


1 Denise Murrell, “African Influences in Modern Art”,  en Heilbrunn Timeline of Art History. New York: The Metropolitan Museum of Art, 2000.

 

 

Un comentario en “Rivera sin Picasso (y viceversa)

  1. Muchas gracias por tu escrito Ana ¿tu misma lo consideras periodismo cultural o es más bien una reseña?
    Por cierto me dejaste con muchos ánimos de atender la exposición.