En Por la noche blanca. El sendero de la cocaína (Ediciones B) L. M. Oliveira narra las desventuras de Otelo, quien intenta mantener a su mujer y a su familia. Luego la fatalidad lo lleva a vender el polvo blanco. En el centro de esta conversación aparecen la violencia, la muerte, las relaciones sociales y la memoria.

noche-sq


Alejandro García Abreu: “La cara de un enfiestado cuando ve a su dealer es mucho más extática que la de un bebé cuando reconoce a su madre”, escribiste en Por la noche blanca. El sendero de la cocaína. ¿Qué te condujo a explorar literariamente el universo de la cocaína?

L. M. Oliveira: Yo no diría que en la novela exploro el universo de la cocaína, en realidad no es una novela donde el consumo de coca esté en el centro de la trama, apenas vemos a los personajes inhalar un par de veces. Sólo en un pequeño fragmento me refiero a los efectos del polvo en uno de ellos. La novela narra las aventuras de Otelo, quien intenta mantener a su mujer y a su familia, como sea posible. Así termina manejando un Über (que no Uber). Esto me sirve para hablar de las relaciones sociales entre las distintas clases que conviven en la ciudad. Luego, la fatalidad lo lleva a vender producto, pero de manera muy inocente, como si repartiera pizzas a domicilio. Más adelante las cosas se complican y tiene que huir. La segunda parte de la novela cuenta esa huida.

AGA: A lo largo de la novela late la violencia —la guerra entre bandas de la Ciudad de México— y en la segunda parte se convierte en material periodístico. ¿Por qué elegiste ese recurso?

LMO: Cuando Otelo huye, no sabemos bien si lo hace por paranoia o porque de verdad lo persiguen. Así, meter una “nota” de periódico (que obviamente es ficticia) ayuda a darle verosimilitud a su miedo. Por otro lado, esa nota sirve para imaginar el estallido de una guerra narca frontal en la capital del país: ¿mandarían nuestros gobernantes helicópteros a disparar a los soldados de las mafias que se esconden en el centro? No es tan lejano de la realidad, no olvidemos las ráfagas que dispararon sobre Tepic.

AGA: En un epígrafe recurres a Escritos sobre la cocaína de Freud, quien, interesado por sus propiedades y efectos, se apasionó y se hizo consumidor, y escribió su primer texto: “Über Coca”. ¿A qué otros textos sobre la cocaína te has aproximado?

LMO: “Über Coca” me hubiera gustado como título de mi novela, por eso recurrí a la obra de Freud, pero no investigué especialmente textos sobre cocaína, aunque hay varios. Me vienen a la mente estos dos: Novela con cocaína de M. Aguéev y Cocaína (Manual de usuario) de Julián Herbert. Hay muchos más, muy buenos.

AGA: En el quinto capítulo de la primera parte escribiste: “Con la repartida de producto, el ritmo de mis noches se volvió frenético”. ¿De qué manera comparas ese frenesí con el ritmo literario?

LMO: El ritmo de la novela salió del reguetón. Y es que cuando decidí que Otelo, el personaje principal de la novela, era un adolescente de 19 años al que le gusta el rap y el reguetón (ni los distingue del todo), me plantee escribir la novela escuchando sólo reguetón. Eso no lo digo como un logro, más bien fue un experimento: quería ver si la prosa se empapaba de ese ritmo. Y sí, algo quedó en las aliteraciones y en las rimas, en la forma de hablar de Otelo.

AGA: Concluyes la primera parte de Por la noche blanca. El sendero de la cocaína con una fuga y la aceptación de dos estados que confluyen en un mismo personaje: “Conduje y canté rumbo al volcán apagado y también hacia el encendido, yo era las dos cosas: lava y piedra dormida. El sol despertaba al mundo”. ¿De qué manera asimilas las dos instancias?

LMO: Huye hacia Puebla por lo que, desde la ciudad de México, tiene que dirigirse rumbo al Popocatépetl, volcán encendido, y hacia la Mujer dormida, piedra que duerme. Y lo hace justo en el momento en el que se siente igual, apagado por todo lo que deja atrás, pero a la vez, despierto, gracias al terror y a lo que se le viene encima.

AGA: En Por la noche blanca. El sendero de la cocaína hay esperanza: “Seguro tras las nubes opacas que cubren el horizonte, el sol nos ofrece un nuevo final”. ¿Qué significa para ti ese atisbo?

LMO: Todos los atardeceres son un nuevo final, eso no sé si es esperanzador o una desgracia.

AGA: En Bloody Mary se lee: “La pena de Sebastián, no cabe duda, venía de estar mirando los ojos de la muerte, sintiéndola en la debilidad del cuerpo paterno. Su tristeza nacía al darse cuenta de que no lo vería más, en la conciencia de que el cuerpo de su padre, que reposaba en el sofá, pronto quedaría desanimado y después, bocado tras bocado, dejaría el mundo y sería engullido por miles de gusanos”. ¿Cómo vinculas la literatura con la orfandad?

LMO: Afortunadamente no soy huérfano de padre ni de madre. De la orfandad sólo sé lo que intuyo, leo y, sobre todo, lo que atestiguo en este país de tantos desaparecidos: la orfandad de esos niños que perdieron a sus padres en esta masacre en la que se ha convertido nuestro país; la orfandad de esas madres que no paran de buscar a sus hijos. Eso no debería suceder, ni deberíamos mantenernos tan inmóviles. Espero que la literatura no se relacione con la orfandad, pero cada autor y cada lector se aproxima a ella desde un lugar distinto, desde su propia biografía. Para mí, en todo caso, es una danza de fantasmas que esconden un vacío que nunca deja de doler. Estamos solos, no sé si eso es orfandad.

AGA: “Sin ningún pudor, Pablo comenzó a jalarse los pelos y a patear la tierra mojada. Lo suyo no era un berrinche ni un ataque de locura, como quizá imaginaron algunos de los despreocupados que corrían, eran los síntomas de un espíritu desolado: camposanto en el que ya no se practican las conmemoraciones”, escribiste en Resaca. ¿Cuáles son los otros “síntomas de un espíritu desolado”?

LMO: La desolación puede ser cínica, escéptica, pesimista, berrinchuda. Supongo que dependerá de aquello que te llevó a esa circunstancia y del propio carácter. Ante la desolación creo que hay que ser estoico, no como Pablo, personaje de Resaca, que en ese momento de la novela está desquiciado.

AGA: Cito una línea de Bloody Mary: “Tras la muerte sólo quedan recuerdos, y eso es triste pues incluso los recuerdos felices nos llenan de melancolía”. ¿Cómo emparentas muerte, escritura y memoria?

LMO: La muerte que nunca padeceremos es la propia: la vida está llena de muertes, se nos mueren los otros, y en un sentido nos vamos quedando solos. La memoria es la constatación de todo lo que ha quedado atrás, y eso, como digo en Bloody Mary, nos llena de melancolía, aunque los recuerdos sean felices. La escritura puede ser una forma de la expiación. Sin embargo, otra vez, depende de cada quien, lo que no se puede hacer es decir que la literatura únicamente sirve para una cosa. Eso, no sólo es falso, es dogmático.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.