Nuestro nervio de clics ha pepenado esta semana un ramillete de biografías animales históricas; el Premio Formentor a Manguel; las cartas de amor inéditas de Juan Ramón Jiménez; y una infografía valiosísima a 50 años de la novela cúspide de García Márquez.

Biografías animales

De nuevo se comprueba en la literatura la afirmación de Beckett que José Emilio Pacheco tradujo e integró a sus bestiarios poéticos: “Los animales saben” (Cómo es). Algo deben de saber si se les dedica atención cabal a sus percepciones, sentimientos y sensaciones. Más aún si son artífices del tiempo. El historiador, Eric Baratay acaba de lanzar un conjunto de Biografías animales (Biographies animales. Des vies retrouvées, Seuil, marzo 2017) donde la documentación histórica se une a la etología, esa rama que estudia el comportamiento animal. Un periodo de la historia, entonces, arroja luz sobre el individuo y el “punto de vista animal”. (Aunque a este punto, al ser francamente imposible, debiéramos llamarlo humanimal). Así entramos, por ejemplo, en la vida de Pritchard, el pointer que durante años acompañó a Alexandre Dumas y del que escribió en Histoire de mes bêtes (1868): “Era el único perro en el que hube de encontrar lo original y lo inesperado que tiene un hombre listo, ingenioso y caprichoso”.

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Desde esta portada nos observa Consul, un chimpancé que vivió en el zoo de Manchester a finales del siglo XIX y que había decidido con firmeza mejorar su condición de enjaulado. Por eso, habría aceptado con singular entusiasmo humanizarse, vestirse y lucirse como alguno de sus semejantes de la cadena evolutiva. Al exhibirlo como tal, sus captores empezaron poco a poco a entender que para Consul el disfraz y la “pose” eran la oportunidad perfecta de salir del zoo, sentarse en un pub o fumar puros en el lobby de un hotel lujoso como cualquier dandy hijo de vecino. Éstos y otros once disparates aparentes son tratados con minucia y absoluta seriedad en la historiografía animal de Baratay.

Manguel, Premio Formentor

El lunes el poeta Eduardo Lizalde recibió el Premio Carlos Fuentes. El mismo día se difundió la noticia de que al novelista, ensayista y traductor Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) se le había otorgado el Premio Internacional Formentor de las Letras 2017. Desde su primera etapa (1961-1967), el galardón Formentor (otorgado por la Fundación homónima y auspiciado en parte por el grupo Barceló) se ha consolidado por su calidad y fineza de selección: lo recibieron primero Borges y Beckett a la vez, seguidos por Nathalie Sarraute, Saul Bellow y, en ediciones más recientes (de 2011 en adelante), Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia y Roberto Calasso. El ganador de este año, también director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires —puesto que ocupó Borges—, ha dedicado sus horas incansables al libro, la lectura y las bibliotecas.

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Consagrado con el ensayo Una historia de la lectura (Alianza, 1996) traducido a 15 idiomas, y recientemente con Historia natural de la curiosidad (Alianza, 2015), Manguel es —junto a Robert Darnton, Roger Chartier y Umberto Eco— referencia imprescindible de la modernidad lectocéntrica y el bienestar en la cultura de la Galaxia de Gutenberg. “Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. […] Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias”, escribe el autor en La biblioteca de noche (Alianza, 2007).

Cartas de Juan Ramón Jiménez

Este año se cumple el centenario de Sonetos espirituales, Poesías escojidas, la edición completa de Platero y yo,y el Diario de un poeta recién casado que escribió el premio Nobel español Juan Ramón Jiménez (1881-1958) luego de contraer matrimonio con Zenobia Camprubí en Nueva York en 1915. El autor de Platero y yo —uno de los libros más leídos en lengua española en el último siglo— nunca pudo ver en vida su proyecto de devoción al amor por su mujer que planeó al conocerla y que al fin hoy se materializa en unas 720 cartas y postales y 55 poemas (8 inéditos) reunidos en un solo volumen. El libro no podía ser más fortuito: lo publica la Residencia de Estudiantes madrileña, donde la pareja se conoció en 1913, y lleva el título que ambicionaba Juan Ramón, Monumento de amor. A partir de 1937, el exilio provocado por el cuartelazo de Franco los conduce a Washington, Cuba y finalmente a Puerto Rico, donde se encontraban las cartas desperdigadas entre los archivos de la universidad. “Quiero que de este amor, único en mi vida, quede algo perdurable”, escribía el poeta al expresar su deseo de crear este monumento. Monumento al amor y monumento al sueño de la poesía, que fue su otra relación, acaso la más fuerte y clara, con el Eros:

       La carne no fue gala de aquel amor sin tedio…,
tu desnudez suave era sólo un motivo
para que nuestras almas inmensas e inefables
se perdieran, soñando, en sus dos infinitos.

Al cumplir 50 años de soledad

El 30 de mayo de 1967 salió de las prensas la novela que cambiaría primero al mundo de habla hispana y luego al resto: Cien años de soledad (1ªed. en Editorial Sudamericana). La conmemoración se ha celebrado hasta en China, donde la estirpe de los Buendía ha cultivado también su mar de espejos en pictogramas. El narrador Martín Cristal nos ha regalado en su blog, El pez volador, una infografía completa, caricaturesca y comentada del enredado árbol genealógico de los Buendía.

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