Octavio Paz lo llamó el niño de las mil caras y, tal vez, también fue el de los mil animales. Juan Soriano transitó por distintas etapas gráficas, reviros del lápiz que lo conducirían a contemplar detenidamente a la naturaleza. Su dedicación por la zoología comenzó en dibujos, acuarelas, óleos y más tarde derivó en esculturas hechas en plata y bronce. “La vida del hombre y del artista son una lucha constante por conseguir la libertad, no sólo para crear arte, sino también para crear vida dentro de la más profunda necesidad del ser humano”, solía decir el pintor.

Entabló largas conversaciones con la fauna que mediante el lenguaje plástico incorporó a su mundo. Desde su niñez se sentía atraído por los felinos. Cuando estudiaba en el Colegio Italiano, en Guadalajara, realizó un dibujo de un gato saliendo de una bota. El director de la institución estaba sorprendido de sus habilidades y no creía que él lo hubiera hecho, por lo que mandó llamar a su padre. Cuando el señor Soriano confirmó que su hijo era el autor del apunte, el director exclamó: “Es un niño prodigio”. Días después su padre le preguntó al pequeño qué quería ser cuando fuera grande y, sin el menor titubeo, respondió: “Pintor”. A Juan Soriano le decían el “Mozart de la pintura”, debido a que desde temprana edad demostró grandes aptitudes para su apuesta gráfica.

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Fotografía cortesía de Milenio.

Primero fue el león

Se cree que el primer animal que retrató formalmente fue un león. Teresa del Conde identifica la figura que aparece con frecuencia en la obra de Soriano: “El león, animal solar que ya se encontraba al principio de la década de los cuarenta, a veces acompañando a un San Jerónimo efebo, transportado por los ángeles. Los leones de Soriano no son feroces, reposan plácidamente junto a los hombres o se someten voluntariamente al impulso del domador, que no necesita utilizar el látigo para dominar el animal, sino que más bien forma pareja con él”.

 A mediados de los años cincuenta, podría decirse que tomó muy a conciencia su propuesta de seguir con el bestiario de manera continua. Tras un viaje a Grecia, su mirada quedó atrapada por los mitos. Los animales que subieron a su arca fueron otros mamíferos cuadrúpedos: cabras, caballos y centauros tienen el mismo origen, son animales que acompañaron a los dioses. Luego apareció la serpiente que se debate entre la sabiduría y el pecado, lengua bífida a punto de introducirse en una insondable caverna. “El Árbol de la Vida, la serpiente, Eva y el paraíso significan tanto como: Vida, conocimiento, tentación, inconsciente”, enfatiza E. M. Cioran en el Breviario de podredumbre.

Más tarde llegaron los peces de distintas tonalidades, dieron señales de vida en la profundidad del océano. Y del mar, casi trazando una línea en el horizonte, alzó la vista y se entretuvo con los pájaros, gaviotas y pelícanos. El pincel al vuelo se explayó con los seres alados: las aves llegaron a la gráfica del artista y nadie se hubiera imaginado que se ocuparía tantas ocasiones de la paloma hasta el punto que se convirtió en una muestra de sus habilidades para ejecutar virtuosas metamorfosis, abstracciones, caprichos, silencios. Juan Soriano pasó de lo figurativo a lo abstracto y de este último regresó al estilo con el que se inició.

Plumas al vuelo. Para serle fiel a la naturaleza, lejos estaba de encasillarse en una serie de rigores. “Los pájaros me han fascinado desde siempre. Encierran todas las formas imaginables, todos los colores posibles y sus combinaciones […] Y son capaces de volar, qué gran misterio”, reflexionaba el artista jalisciense. Vistos por Soriano, los animales se vuelven otros, son pájaros, gallinas, mirlos, hurracas, pingüinos, avestruces, canarios, guajolotes, pelícanos, águilas, hurracas, patos, pavorreales, garzas, flamingos, loros, búhos: aves provenientes del mundo real, pero que atisban sus alas en el de la imaginación. “Cuando pinta un pájaro se rige por un principio opuesto al del copista: transgrede el mundo que hacía imposible ese pájaro. Sus cuadros cuentan el inagotable relato de esa celebración de rebeldía”, reconoce Juan Villoro. Entre sus esculturas más conocidas se encuentran “Paloma”, “Gallo”, “Toro” y “Luna”, figuras esenciales de su bestiario monumental.

“Los animales de Soriano me obligan, en su inmovilidad, como si me empujaran irresistiblemente, a ver en su imperturbable paz un dinamismo que, al estar ahí, nos permite verlas en el despliegue de movimiento minucioso, perfectamente concebido y ejecutado por la mente y la mano del artista”, observa David Huerta.

Ya lo dijo Julio Cortázar, “es bueno que existan los bestiarios colmados de transgresiones, de patas donde debería haber alas y de ojos puestos en lugar de los dientes”. Es el cronopio Cortázar, amigo de Soriano, quien le dedica la prosa “Orientación de los gatos”, en donde cuenta la entrañable relación que existe entre Alana (su mujer) y Osiris (un gato negro).  Autores como Cortázar, Arreola, Borges, Neruda, Guillén, Tablada y Monterroso han seguido la tradición inaugurada por Aristóteles y Plinio. El bestiario es considerado como un género breve y descriptivo, muy popular durante de la época clásica y más tarde en la Edad Media. Juan Soriano, acaso sin proponérselo, en medio de muchos otros retratos, naturalezas muertas y dibujos, fue creando su propia zoología fantástica. En 1967 le pidieron que ilustrara El bestiario, de Guillaume Apollinaire, para la editorial Joaquín Mortiz. Meses más tarde, con esos dibujos llevó a cabo una exposición en la Galería Juan Martín.

Soriano se fue a vivir a París, en 1975. En ese mismo año conoció a Julio Cortázar, Milan Kundera y Valerio Adami; también coincidió con pintores como Pedro Coronel y Alberto Gironella. A partir de esa fecha, se decidió vivir entre París y la Ciudad de México. Durante esos años, el pintor retrató a la muerte con varios ejemplares de álbum de zoología. En este rubro destacan el perro y el gato: el primero la embiste como si fuera un toro de lidia, mientras que el maullido del felino acompaña a la muerte en actitud desafiante, como si quisiera gritarle a la cara “todavía tengo más vidas”.

Los felinos, no menos importantes que el león, han sido vistos entre sus obras caminando sigilosamente en sus cuatro patas. ¿Quién no recuerda uno de sus dibujos  en donde se exhibe a sí mismo melancólico, de mirada reflexiva, junto un felino que lo acompaña y no deja de mirarlo. (Autorretrato con gato, tinta sobre papel, s/f)? El carácter independiente de los gatos es un tema frecuente en el arte. Los romanos, por ejemplo, apreciaban mucho este espíritu de los felinos. La diosa Libertas era representada junto a un gato, símbolo de absoluta libertad. En la antigua Roma y en las Islas Británicas, durante el siglo X, se dictaron severas leyes para su protección; las normas fijaban el valor de los gatos y establecían que quien matara a uno debía indemnizar al propietario con una cantidad de trigo equivalente en altura y longitud del animal. De este modo, se pretendía compensar al dueño por las pérdidas de trigo que, a falta del felino, le ocasionaban los topos.

La paz de un gato dormido

Los gatos de Soriano no persiguen topos sino gozan, contemplativos, taciturnos, dóciles y haraganes. ¿Quién no envidia la paz de un gato dormido junto a los rayos del sol que se filtran por un ventanal? En el 2000, el artista plástico realizó una serie de dibujos que pertenecen a la Fundación del Museo Amparo. El libro que recopila la poesía completa de Gerardo Deniz, otro amante del lenguaje sarcástico y de los gatos, Erdera (editado por el Fondo de Cultura Económica en 2005), reproduce esa serie felina. Acaso inspirado en Osiris del texto de Cortázar, los gatos de Soriano ilustran la ironía y precisión de Deniz para referirse a ellos: “Convierte en felina hedionda la vileza del cuerpo y la reboza, arqueológico, en arena, o bien la derrama donde nos escandalice. Más o menos lo que aspiramos a hace, en secreto, con vagas literaturas”.

Asegura Juan José Arreola en su Bestiario que “si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, unidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco y que de vez en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo”.

Al trote de sus propuestas gráficas, en los últimos años de su vida aparecieron los anfibios. A partir del trazo fino vertido con tinta al papel conquistaron la redondez. Ranas, renacuajos y sapos colmaron de verde el ingenio, ojos y boca indiscreta quedaron plasmados en el bronce fundido a la cera. Por las noches, si alguien camina junto a las esculturas de Soriano, es altamente probable que los escuche croar.

El arca de Juan Soriano ya no es fiel a la historia convencional, en donde se dice que sólo se llevaron una pareja de macho y hembra de cada especie para que poblaran nuevas tierras. La de Soriano es distinta porque al parecer cada animal ha ido ocupando un lugar específico que representa una etapa en la vida del pintor. ¿Podría entenderse su trayectoria por la manera en que fueron llegando a su mundo tal o cual especie? Álbum de zoología o Animalario en el arte. La obra es extensa. Soriano retratista no sería el mismo sin la presencia de la fauna en su obra. “No hay un animal que no se parezca a una obra maestra de la naturaleza. Todo lo que pasa ante mis ojos me sorprende y trato de entenderlo; desde los organismos más diminutos hasta los más grandes, las enfermedades, las cosas del espíritu, el nacimiento de un niño, la vejez”, recordaba el artista gráfico. En cierta forma, hizo arte sobre arte, depositó pasión sobre la forma, dotó de volumen lo fantástico, volvió a mirar con ojos de niño la naturaleza.

Para José Emilio Pacheco, los leones son “reyes en el exilio,/ no parecen/ odiar el cautiverio”. Es muy conocida una fotografía de Juan Soriano en donde aparece disfrazado de león con el rostro descubierto y la cabeza de la botarga recargada en uno de sus costados.

Es el niño de las mil caras, como lo llamó Paz, pero también el gran felino que dio un rugido y fue el primero en entrar a su bestiario; luego siguieron los demás, una legión.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.