
Samuel Beckett
El innombrable
Traducción de Matías Battistón
Ediciones Godot
Argentina, 2016
155 pp.
La frontera entre vida y literatura es difusa y esta proximidad es el mejor auxilio para la tarea del escritor. En ese interregno podrían cifrarse las distintas poéticas que podemos leer en autores vivos o muertos. En los hábitos de su ensanchamiento o acortamiento, proximidad o lejanía, ignorar a la ficción y capitalizar el fenómeno vital (o viceversa), negar la existencia de ambas y no obstante utilizarlas como material plástico, así sea de manera velada, es posible entender —quiero decir: relacionarse con ella de una manera más productiva— el flujo de esa construcción social que es el hecho literario (para algunos, la literatura misma). A pesar de lo anterior, hay casos que ameritan un acercamiento integral, ya que sus motivaciones y alcances no se encuentran segmentados de modo evidente.
La obra de Samuel Beckett (1906-1989) se mantiene como una espiral permanente para quien busque transitarla. Es la forma que define esa tentativa. Porque ahí donde las iniciativas de vanguardia se muestran inhóspitas con el paso del tiempo, tanto en la dramaturgia como en la narrativa (breve, especialmente), la obra del autor irlandés queda como un ejemplo de solidez en el esfuerzo por dinamitar las convenciones del sentido, de la historia que debe transmitir una anécdota, del relato que se escribe pero se anhela su adaptación a la pantalla grande, además de otros amaneramientos contemporáneos que hacen del escritor apenas un eslabón para la transmisión eficaz de historias, antes que un artista cabal cuyo medio de expresión es la palabra, con la cual debe rasgar el velo que cubre las mentiras, la inopia de la vida diaria y la inocuidad de tanta escritura que defiende su postura de docilidad y entrega soterrada.
Beckett ejerció como nadie la escritura como un acto trasgresor de todas las convenciones, hecho con una destreza que deja sin argumentos a quien pretende asestar un derechazo en contra de cualquiera de sus obras. Beckett es el autor de la contundencia que no necesita de la práctica vana de un estudio académico para probar su vigor en el alcance estético; basta abrir los libros, iniciar la lectura y experimentar la incomodidad que se vive cuando una experiencia lucha por ajustarse a la idea preconcebida que se tiene de ella.
Ahora que Matías Battistón se arroja a traducir a Beckett para la editorial argentina Ediciones Godot, aprovecho su edición para volver a las páginas de El innombrable (1953), cierre de la trilogía compuesta por Molloy (1951) y Malone muere (1951), a la que de igual manera regreso para comprobar que nada hay de “absurdo” en su obra, ya que cada uno de los elementos gramaticales funciona para descolocar al anterior. En la lectura de su obra se avanza en el descrédito de la palabra anterior, que es puesta en duda como si no tuviese cabida en la página, a pesar de ser el sustento de la que vendrá. A la distancia, compruebo que esta lectura es un juego de azar con efectos oraculares y las consecuencias de su proximidad siempre son letales. Es una caminata en espiral que resume como nada antes escrito la idea de un tránsito vertiginoso que termina en un replanteamiento, no sólo del fenómeno de la comunicación humana (ya puesto en duda desde las obras de teatro), sino del ser mismo, el ser-ahí o dondequiera que se encuentre, habitante del país de palabras quien será dueño y señor de sí mismo siempre que pueda llegar a la palabra “libertad”, accesible a poquísimos.
Ahora bien, no es posible enunciar siquiera qué relata El innombrable, a ciencia cierta. Hay teorías y con esa condición es necesario leerlas. Personas, sombras, memorias sueltas, cajas que se abren para revelarnos otras cajas con contenidos que presagian sueños, desilusiones, emotividad que explota cuando se abre la botella de champaña para celebrar el amanecer de un día que nadie solicitó. Los libros de cierta temperatura se vuelven experiencias del espíritu antes que un anecdotario secuencial, fácil al tacto. Es la historia de Ulises (1922), Berlin Alexanderplatz (1929), La muerte de Virgilio (1945), Terra Nostra (1975). Párrafos de esta escritura podría mezclarse en la de esas obras (o de otras, da lo mismo siempre que la búsqueda se formule auténtica), lo que tendría el efecto de incrementar la creciente sensación de vértigo. Melzer, protagonista de Las escaleras de Strudlhof (1951) de Heimito von Doderer podría apropiarse del siguiente párrafo y nadie notaría la diferencia:
Qué raro, estas frases que se mueren sin que uno sepa por qué, qué raro, qué tiene de raro, todo aquí es raro, todo es raro si uno lo piensa, no, lo raro es pensarlo, acaso debo suponer que estoy habitado, no puedo suponer nada, tengo que seguir, es lo que hago, que los otros se ocupen de suponer, tiene que haber otros en otras partes, cada uno en su otra partecita, esta frase en los que vienen de nuevo, cada uno diciéndose, cuando llega el momento, el momento de decirla…
Por momentos, la narrativa moderna se homogeniza y genera la impresión de quedar atrapada en las mismas trampas retóricas que intentó dejar atrás. No obstante, el caso de Beckett es diferente. Procesó como nadie la iniciativa de James Joyce de fundir al ser con el lenguaje y llevó el procedimiento hasta sus últimas consecuencias, lo que deja a la expresión en los huesos, saltarina de signos sobre una página y que sólo reconocemos a causa de una asociación facilona. La cercanía entre ambos escritores de origen irlandés, genera una reacción en cadena que continúa a este momento. A partir del corpus de esas dos obras, sumadas a la de Kafka, es posible entrar con paso firme a las tendencias más radicales de la narrativa en el siglo XX. Esto porque ya no es posible pensar la literatura desde una perspectiva que no involucre la fuerza de esta destrucción de sentido, lo que a fin de cuentas no es sino abrir la puerta a la posibilidad del lenguaje para incinerarse a sí mismo y renacer con un sesgo diferente. Dicho lo anterior, no hay un tránsito cómodo en las páginas de El innombrable o de las piezas narrativas breves de Beckett. Hay estremecimiento, grito mudo, salto al vacío, delicada tensión que nunca se resuelve con un punto y aparte. Es jugar a la ruleta rusa con una pistola cargada en su totalidad.
Por otra parte, no es gratuita la fascinación de Beckett con Marcel Proust. A su modo de entender, el escritor es el Gran Editor, la puerta que se custodia abierta sólo hasta un punto específico, la cámara que registra para después hacer una selección de los materiales. Acumulación de significados para que el lector se desenrolle a sí mismo y descubra imágenes sugeridas en los pliegues, fisuras, mecanismos de relojería que no sirven más que para revelar que existen y nada puede hacerse contra su aparición espontánea. En la relectura, asimilo las páginas de El innombrable a una fortificación imposible de dominar, que se defiende, que nos lleva hasta el punto más alto del paroxismo para abandonarnos en el segundo final, en el cual se escapa la vida aunque no se nos permite la felicidad del abandono. Beckett aún es el escritor que permite asomarse a una forma de escritura que ya parece un lujo inaccesible, no sólo por la fineza de sus prevenciones sino igualmente por la brutalidad de su forma final. Incluso en este momento, cuando ya todas las banderas de la consagración se levantan para recibirlo, sus obras se conservan como álgidas tentativas que logran con dificultad un espacio entre el común de los lectores.
Beckett es una pieza exquisita para los más lectores severos y no habrá manera de cambiar esta percepción. Atomizar las oraciones, vueltas un campo minado, es una estrategia que se une con el uso de la coma para que el lector se resbale en lo más hondo del texto y acaso dentro de sí mismo. Rutas a un “yo” que imaginamos ya recorridas, pero que con un ejercicio de eliminación de la arrogancia muestran su incandescencia y, por lo mismo, su voluntad de evocación. El esplendor de Beckett, sí, aparece en todo su esplendor ante los escritores, quienes se muestran sorprendidos ante la dificultad técnica de esta táctica de micromontaje en cada una de las oraciones. Es una labor de microscopio o de observatorio, según la posición que se adopte. No es poco el mérito de arrojarse a traducirlo nuevamente. Aquí un ejemplo de esta concatenación de significados que terminan por disolver el lenguaje:
Nada sobre mí, entonces. O sea, ninguna declaración hilada. Llamados débiles, a lo sumo, cada tanto. ¡Escúchame! ¡Vuelve a ti! Es decir, tienen algo que decirme. Pero ni la menor noticia, salvo, se sobreentiende, que no estoy en condiciones de recibir ninguna, al no estar ahí, cosa que yo ya sabía. No dejé de notar, en un momento de receptividad excepcional, que sus exhortaciones utilizan el mismo canal que el empleado por Mahood y compañía, para sus transportes.
La popularidad de Esperando a Godot (1952) se vuelve inexplicable al lado de estas tentativas que implican un replanteamiento no sólo de lo que usualmente se denomina “arte experimental”, sino del propio hecho literario, llevado hasta su banalización con la abundancia de historias para ser contadas, todas con un final adoctrinante. Hasta el propio “monólogo interior” sufre una fractura en sus páginas, pues el sujeto que narra se descompone en partes y se disgrega hasta volverse la síntesis de una quimera, una voz en el desierto o la conversación de unas mujeres a la orilla de un lago. En un asunto numérico, es claro que el interés de Beckett por el teatro es mayor que por la narrativa, a la que considera un hecho estético residual. Algunas compañías de teatro han grabado las representaciones de los pequeños monólogos e historias de su narrativa breve, con el apoyo de la televisión irlandesa, lo que deriva en entender como la voz humana tiene una importancia de primer orden en sus obras. El trato con la obra de Beckett implica el reconocimiento de que debe leerse en voz alta para entrever la magnitud de su tentativa. Este es el cierre de El innombrable, por ejemplo, que funciona como una metáfora de quien se arroja a la vida y está dispuesto a enfrentarla por la sobrevivencia:
…hay que seguir, no puedo seguir, hay que seguir, entonces voy a seguir, hay que decir palabras, mientras las haya, hay que decirlas, hasta que ellos me encuentren, hasta que me digan, qué esfuerzo extraño, qué pecado extraño, hay que seguir, quizá ya se hizo, quizá ya me lo dijeron, quizá me trajeron hasta el umbral de mi historia, delante de la puerta que se abre a mi historia, eso me sorprendería, que se abriera, voy a ser yo, va a ser el silencio, en el que estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir.
Finalmente, será difícil hallar una época en la que no se intente un arte de vanguardia. Romper el molde y crear uno nuevo. Una parte significativa de los hallazgos de las vanguardias del siglo pasado, se preserva erguida como referente de lo que es posible intentar y hasta dónde puede estirarse la cuerda que une el hecho creativo legítimo con las boberías iridiscentes del esnobismo a ultranza. Las nuevas tecnologías abren caminos no para crear un lenguaje nuevo, pero sí para explorar nuevos modos de relacionar lo que ya existe, lo cual nunca será un mérito menor. Sin embargo, las fronteras a las que llegó Beckett, no sólo en El innombrable sino en el resto de su obra, se mantienen iluminadoras hasta el punto del aturdimiento. Beckett es una voz que sobrevuela una y otra vez sobre la raíz de los significados. Hay claridades que terminan por iluminar de más e inteligencias que son un recordatorio de que el pensamiento es tan necesario como cubrir las necesidades más elementales. Samuel Beckett, la voz que habita en medio de las llamas.
Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.