Sentados sobre este gran tablero de mármol, miramos con asombro el colorido mural urbano que es la Alameda Central en la Ciudad de México. He venido aquí a charlar con Theo Jansen y sus singulares animales que encallaron en el Museo Arte Alameda, provenientes de las costas holandesas para compartir su historia de evolución. Bestias que lo acompañan y que tal como este enorme atrapa-sueños en el que nos encontramos, se han encaramado entre recuerdos, pesadillas y anhelos. 

El viento le eriza la cara, se la hace de cartón, es rasposo y violento. Va cargado de una combinación de arena seca y húmeda que lijan sus mejillas. Él sigue colocando esos tubos amarillos y flexibles como si fueran piezas de ajedrez; cánulas muy comunes en los hogares holandeses para conducir los cables de la electricidad. Un material económico que por ley, todas las casas en Holanda deben tener para guiar sus tejidos eléctricos.

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Theo ha estado obsesionado con estos tubos desde que era niño, los usaba como cerbatana para lanzar bolitas de papel. Hoy es un físico que juega a una especie de ajedrez evolutivo en las arenas de Scheveningen—se pronuncia s-jé-venin-jen— una playa en las costas de La Haya, donde nació y se crío. Ahora es el hogar de estas “bestias” que se asemejan a esqueletos prehistóricos hechos con el pálido plástico de la modernidad.  

Los animales entubados se han adueñado de la vida de Theo, de su imaginación y de su tiempo. Sueña códigos binarios e imagina a Da Vinci volando en una de sus bestias sobre la playa. Suele despertarse pronunciando el nombre de su hogar:  Scheveningen. Lo repite una y otra vez como si quisiera descifrar una respuesta inconclusa. Como un espía alemán que ensayaba cómo pronunciar este nombre para no ser descubierto durante la Segunda Guerra Mundial. La palabra servía como una contraseña de seguridad y en paralelo, ese mismo vocablo bautizó a una de las aperturas en el ajedrez más populares de nuestro tiempo, una variante conocida como “defensa siciliana”, una estrategia moderna que se enmarca en el centro del tablero. Códigos y juegos. Eso produce la mente de Theo Jansen.

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Las bestias sobre la playa también se defienden a la manera Siciliana: se mueven para sobrevivir en el entorno que les rodea. Son animales impulsados por los vientos fríos e incesantes de La Haya; mecanismos hechos de materiales reciclados que funcionan sin ningún aparato eléctrico, solamente con lo que le brinda el ecosistema al cual buscan sobrevivir.

Theo les ha dado cerebro, uno simple y de combinaciones binarias que le permite al animal saber su posición a través de un tentáculo que va arrastrando y que al tener contacto con el mar, este succiona el agua y la saca por uno de sus tubos, eso genera una señal para que cambie de dirección, así el animal no se ahoga. Sabe en dónde está el mar, en dónde están las dunas y dónde se encuentra él o ella.

“Quiero dejar un nuevo espécimen en Scheveningen. Esta playa tan especial aquí. Por eso no quiero ir a los desiertos o a otras playas en el mundo; yo quiero que estas especies aprendan a vivir aquí, si fallan y mueren, que también sea sobre esta arena”.

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Este físico juega a ser Dios. Le gusta pretender serlo y es que dice que los seres humanos somos especies con enorme capacidad para pretender, es decir, de crear mundos de fantasía: “espectáculos jugados en nuestras mentes”. Es así que según Theo, simulamos un formulario de primera persona, un “yo” que se usa a manera de herramienta en nuestra evolución: “Necesitamos del yo para ser egoístas, sin egoísmo, no hay fantasía”.

Jansen busca el egoísmo como creación y no escapa del sentimiento mesiánico de salvar el mundo, al menos su idea inicial con estos animales era llevarlos a una misión, a un objetivo concreto: el de salvar la playa. Según algunas estadísticas parece inminente que dentro de unos años, la marea comenzará a subir notablemente, lo que puede causar accidentes en su pueblo. Jansen soñó a sus alebrijes construyendo dunas para contener el mar y así salvar a su comunidad. Salvar a Scheveningen.

“No es fácil ser Dios, todo el tiempo te decepcionas, te deprimes, pero en esas ocasiones en que las cosas funcionan, ser Dios es lo más maravilloso del mundo”.

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Para Theo la realidad no siempre es agradable, pero es necesaria, pues de otra manera todo sería demasiado suave y es que para él, aburrirse es lo más trivial en la vida, por ello necesita retos donde la imaginación sea la protagonista del juego: “¡Caray, tú puedes imaginar lo que tú quieras!”. Acentúa en la necesidad de recordar que estar vivo no es una cuestión simple, sino que demarca una complejidad, algo como lo que decía Richard Dawkins: “una cosa compleja es aquella cuya existencia no nos sentimos inclinados a dar por supuesta, porque es muy poco probable”; en otras palabras no podría haber llegado a existir mediante la intervención única del azar.

“Yo veo a la vida como un gran milagro, como esa playa en la que estoy debajo del cielo sintiendo el oleaje. No me dejo de sorprender de que estemos aquí, sin embargo nuestras agendas de trabajo nos hacen olvidar lo especial que es eso. La sociedad vive distraída, yo vivo distraído, pero trato de recordar siempre lo especial que es estar vivos y por eso es tan necesario que veamos a los ojos a un niño y saber que allí está también nuestro reflejo. Debemos cuidar esa condición que tenemos todos: la de un niño que siempre imagina y  encuentra en cada segundo lo maravilloso de la existencia”.

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Cuando dice “milagro”, Theo se refiere a la selección natural, ese proceso automático, ciego e inconsciente que Darwin compartiría con el mundo y que ahora sabemos es la explicación de la existencia. Incluso Jansen, en su juego a ser Dios, busca esa selección natural creando una especie de patrones, códigos genéticos que van evolucionando en sus bestias: “Los códigos ganadores que se adaptan mejor a sobrevivir se replican”. Ejemplos son aquellos que le permitieron hacer que sus animales caminaran cuando no hay viento por medio de una función parecida a la del cactus con el agua. Se trata de un mecanismo que permite almacenar el viento, bombeándolo hacia botellas de refresco y así generar energía para que sus también llamados animaris se muevan cuando no haya viento.

Otro modelo es el llamado animaris currens, la segunda especie que Theo creo. A partir de él, descubrió el mecanismo de las piernas que tienen hoy sus bestias: es una especie de hueso trasero que conectado con un carril de 12 piernas, hace un movimiento circular para que el animal camine con la elegancia de un caballo sobre la playa. Ese mecanismo, según Jansen, es una nueva versión de la rueda después de 5 mil años de haber sido inventada. La diferencia entre las piernas y la rueda, es que las primeras hacen una especie de zancada, esto les permite omitir pedazos de la superficie, lo que significa una ventaja principalmente en suelos suaves, incluso es muy eficiente para transportar cargas muy pesadas sin necesidad de un motor, simplemente con el pequeño empujón de una sola persona. “La rueda sigue siendo excelente en superficies duras, pero su cuerpo está condicionado a no despegarse, lo que genera desventajas”, dice Theo.

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El verano pasado, este inventor desarrolló otro mecanismo basado en las orugas para desplazarse más eficientemente por la playa. Se trata de otra especie que al margen de las proteínas se hace de tubos y botellas de plástico. Esculturas a base de tecnologías que ha desarrollado el hombre para su comodidad en el entorno donde actúa. Esqueletos meticulosamente alzados de material reciclado que han categorizado a Theo como “artista”, título que respeta y necesita para compartir con el mundo sus creaciones, aunque en realidad no le gusta ser llamado así. 

“Las categorías son invenciones de los institutos y los institutos no están pensados para las personas”.

Cuando Theo está en la playa, trabajando en ese clima ventoso y húmedo, los institutos, son lo que menos le importan. Su atención es hacia la propia complejidad humana y por ello desea deshacerse de todas esas etiquetas que muestran el hambre de una sociedad por categorizar el mundo. Sin embargo, se ha quedado en eso, en un deseo de Theo, porque su egoísmo creativo está consciente de la necesidad de las instituciones para mostrar su trabajo.

“Lo cierto es que necesito algún museo o una galería para mostrar mis bestias y es en ese momento cuando a la gente le gusta llamarme ‘artista’, pero no me importa porque quiero compartir mi trabajo con ellos; en realidad esa etiqueta no es algo importante para mí, pero sí es importante para otras personas”.

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Lo más sustancial para este inventor es crear otra perspectiva para ver la vida: nuestra propia vida, y en ese proceso la imaginación de los artistas es transcendental para que la gente vea otros mundos posibles. Es precisamente la imaginación, una facultad producto de la evolución, es algo que entra en rebelión y que irrumpe dicendo: “aquí estoy y me niego a ser ciega”. Es lo que hace que la vida se viva de maneras tan diferentes. La imaginación es parte del espíritu, esa entidad  abstracta que siente y que piensa (senti-piensa). Eso se expresa también en las bestias de Jansen. 

“Cuando estoy trabajando en estas bestias en la playa, yo me dejo llevar por el material con el que trabajo. Puedo planear algo en la mañana y después ver como dramáticamente ese plan cambia porque los tubos del material protestan y quieren ir a otro lado. Eso me decepciona, sin embargo a la mañana siguiente tengo nuevas ideas basadas en la experiencia del día anterior; entonces podríamos decir que el proceso, o el camino de la creación es muy caprichoso e impredecible, no es una línea recta.”

La intención de este físico no es hacer objetos bellos, sino más bien funcionales a su entorno y cuando lo son, las estructuras parecen encontrar una estética fascinante.

“Pienso que las bestias se convierten en algo hermoso por sí mismo. Es una especie de alma que está allí y se manifiesta en los animales, pues yo solo sigo los consejos que, por así decirlo, me dan los tubos. Esos consejos siempre son mucho mejores que mis planes”.

Theo toma un tubo de los animales que se han vuelto fósiles, lo rasga con las uñas, luego lo contrapone a su pecho como si quisiera compararlo con uno de los ventrículos de su corazón.

“Tú puedes decir que el material básico de la vida es la proteína, entonces cada mutación la puedes ver como un plan de la coincidencia, pero la mayoría de esos planes no tienen éxito, solo algunos sí funcionan, es entonces que otra ilusión aparece en forma de plan. Así es como la evolución trabaja, yo hago cosas aleatorias y la mayoría termina funcionando; así voy repitiendo el mismo proceso. El ensayo y el error: el principio de la evolución”.

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Theo Jansen aún juega en un mundo tan serio, que se ha vuelto demasiado bueno para sobrevivir. Así toma el viento y lo embotella para honrar la primera ley de Newton. Yo saco una pequeña grabadora y mientras vemos cómo camina una de sus bestias, le pongo el huapango de Moncayo. Para Theo, México significa música. Sus cejas se suavizan y las mejillas se llenan de sangre, entonces mira a una ventana donde afuera, la tarde parece alguna pintura expresionista. Los violines y la trompeta avanzan en el espacio, sueña con que sus bestias ya no lo necesiten y puedan vivir por sí mismas en la playa. Quiere morir sabiendo que estos animales galopan por el arenoso ajedrez de su querida Scheveningen.

Las creaciones de Theo Jansen se presentan en el Laboratorio de Arte Alameda de la Ciudad de México y se pueden visitar a partir del 13 de mayo hasta el 13 de agosto.

 

Luis Alberto González Arenas.
Periodista.