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Ford Madox Ford
El buen soldado
Traducción de Victoria León
Sexto Piso
México, 2016
256 pp.


Delante de una chimenea de ladrillo, de la que cuelgan tapicerías, blasones, armas de caza y algunos cuadros, aparecen de pie Dowell y Edward Ashburnham. Sobre un diván anglo-indio de madera esculpida y mimbre están sentadas Florence y Leonora, sonrientes y de piernas cruzadas. Una luz pálida entra por los altos ventanales. Se encuentran en algún lugar de Francia o Inglaterra. Ésta sería una instantánea, si la hubiera, de aquellos dos matrimonios amigos que habrían querido retratarse a principios de siglo para reflejar su estatus social, en tiempos anteriores a la democratización de la Kodak. Son los personajes que viven y padecen en El buen soldado (1915), la obra maestra a la que Ford Madox Ford llegó después de 19 novelas “menores”.

La fotografía que imaginamos es el velo de felicidad y normalidad que cubre a estas personas respetables (“good people”). Su encuentro se debe al sanatorio de Nauheim (Alemania) y a ciertos misteriosos problemas compartidos del corazón. Aunque el protagonista es el capitán Edward Ashburnham que regresa de una misión en la India británica, la novela se va construyendo a saltos en los recuerdos elípticos de Dowell, un terrateniente de Filadelfia casado con Florence, cuya familia católica de Connecticut encarna los valores conservadores decimonónicos. Al viajar a Europa los Dowell entrarán en la tormentosa existencia de la pareja “modélica” —Edward y Leonora— cuyo rango los mantiene en vilo entre la antigua aristocracia y la nueva burguesía que debe ahorrar y trabajar para conservar sus privilegios.

El relato de Madox Ford, a pesar de su título y su fecha de publicación, no es sobre la primera guerra mundial y, si evoca a soldado alguno, es fuera del campo de batalla, lejos de la vida militar. El campo de batalla es más bien otro: el lector se interna en las trincheras de la psique, los celos, la manipulación y la vileza humana en profundidad. Ahí se acometen las huestes del subconsciente y la moralidad victoriana, en mitad de la crisis que iniciaría la primera guerra de barbarie tecnificada y luego esos diez días que estremecieron al mundo. En un principio todo parece asolado por la simple nostalgia del tempus fugit, la juventud y los amores perdidos que arrastra el viento:

Éramos, si lo prefieren, uno de esos altos barcos de velas blancas sobre el azul del mar, cualquiera de esas cosas que parecen las más orgullosas y seguras de entre todas las cosas bellas y seguras que Dios ha permitido concebir a la imaginación de los hombres. […] No puedo creer que aquella vida pausada, tranquila, de compás de minué, se desvaneciera en cuatro malditos días después de nueve años y seis semanas.

Madox Ford empezó el libro el día en que cumplió la edad necesaria para semejante empresa (cuarenta años), el 17 de diciembre de 1913. Lo consideraba una culminación de su trabajo novelístico con una estructura laboriosa, metódica. Los recuerdos de Dowell que desfilan caprichosamente transforman en lectura atenta y reflexiva una escasa cantidad de acontecimientos dramáticos (iba a titularse simplemente La historia más triste). Así, emergen poco a poco personajes que viven en la pugna, continua y arraigada, con sus propias contradicciones. Para el escritor inglés, el realismo —o la “ilusión de realidad”— era el resultado de un extraño arte de la caracterización: la verosimilitud debía crearse a partir de los motivos, razones y excusas más subjetivas para explicar el comportamiento de los personajes. Es decir, volver inteligibles los actos aun cuando parecieran absolutamente inexplicables, ilógicos y ficticios. “Se trataba de una historia real que conocí a través del propio Edward Ashburnham, y para escribirla tuve que esperar a que todos los demás hubieran muerto. […] Yo albergaba por entonces una ambición: hacer por la novela inglesa lo mismo que Maupassant había hecho por la francesa con Fort comme la mort”, afirma el autor en una carta a su hermana. No en vano El buen soldado ha sido considerada “la mejor novela francesa escrita en inglés”.

El crítico y biógrafo de Ford, Thomas C. Moser,1 intenta calar realidad y ficción anotando que, al igual que Edward Ashburnham, el escritor tuvo cuatro esposas y por lo menos tres amantes. Una vida de desenlaces destructivos. Además, el haber perdido la amistad de Joseph Conrad —con el que escribió The Inheritors, una novela de piratas a cuatro manos de 1901— y del tory Arthur Manwood habría hecho posible el dolor inspirador de la novela. Obsesivo compulsivo, sufría agorafobia, neurastenia y megalomanía. Para colmo, sus excesos con la bebida lo habrían llevado a incontables colapsos nerviosos e intentos de suicidio. Según Moser, Madox Ford necesitaba ahogarse en las fantasías de sus personajes adúlteros, polígamos infieles a sí mismos, extraviados en triángulos amorosos, encerrados sin salida en la cárcel de las convenciones y la hipocresía, estrangulados por guardar las apariencias y el falso honor del lujo:

¿Acaso existe algún paraíso terrenal donde, entre susurros de hojas de olivo, la gente pueda estar con quien quiere, tener lo que desea y disfrutar de la sombra y aire fresco? ¿O todas las vidas humanas son como las nuestras, las de los Ashburnham, los Dowell, los Rufford —la gente respetable—, vidas rotas, tumultuosas, angustiadas, carentes de cualquier romanticismo, simples periodos de tiempo en los que sólo se suceden gritos, imbecilidades, muertes y sufrimiento?

Pero la vida jamás estará escrita y por más que las biografías insistan, El buen soldado y toda su dimensión trágica se amparan en la lucidez de un narrador que navega en aguas turbulentas, luego de presenciar tres suicidios y una caída estrepitosa al desengaño: “no soy responsable de las extravagancias de la psicología humana”. De ahí que la novela sea también un ensayo sobre la pasión humana que, al haber desbaratado las convenciones y el orden de la sociedad, no puede más que volverse razón arbitraria del carácter y la personalidad. Para el historiador de las ideas y de las costumbres Peter Gay, los modernos ¾y sus incontables vanguardias de principios del siglo XX¾ tienen en común “la atracción por la herejía” frente a las sensibilidades convencionales, normadas. Esa herejía que acabará por volverse también norma, naturalización de las conductas. Aún falta para que se adopten a gran escala las teorías freudianas pero Madox Ford ya se sumerge en un aspecto de la sexualidad sin tabúes: “Al remover el carácter anómalo de la pasión, Ford reconoce no la singularidad del impulso sexual sino sus repeticiones, compulsiones y obsesiones”.2 De manera que El buen soldado es una contribución fundamental a “ese ‘descubrimiento’ de la sexualidad en la era moderna […] que conduce a entender que lo que parecía ser la anarquía del deseo era en realidad un estado civil”.3

No hay duda de que la prosa del autor cautivó a varias generaciones de escritores. Tanto Graham Greene como Anthony Burgess consideran El buen soldado una de las grandes novelas en lengua inglesa del siglo XX. Es posible que para Burgess, el humor de Madox Ford y su comprensión del choque entre protestantes y católicos en Inglaterra lo llevaran a aseverar semejantes juicios. Hasta en la novela inglesa contemporánea hay deudas y saqueos innegables a Madox Ford: en Chesil Beach (2007), por ejemplo, Ian McEwan conduce a una pareja en plena luna de miel a un infierno matrimonial cosido por la hipocresía, el recato y la incomunicación sexual, al igual que Florence y Dowell en su aislamiento y amor fingido.

Para Madox Ford, el deber del escritor implicaba una responsabilidad máxima: su trascendencia. La escritura debía ser pulcritud y exactitud, como el habla, ajena al ornamento para asegurarse el provenir.4 Así, estimaba que, para darse una idea de la calidad de una novela, había que abrirla en la página cien. Para dejar este libro en manos del lector de 2017, como la primera instantánea, vamos a ello:

Pues bien, ésta era la situación, que he tratado de exponer con la mayor claridad posible. El marido, un estúpido ignorante; la esposa, una mujer fría y promiscua con temores absurdos —pues yo era tan estúpido que nunca habría sabido lo que ella era o dejaba de ser—, y, por último, el amante chantajista. Entonces apareció el otro amante…

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.

 

Bibliografía indicativa:

Peter Gay, La experiencia burguesa. De Victoria a Freud. I. La educación de los sentidos, Fondo de Cultura Económica, 1982.

Michael Levenson, “Character in The Good Soldier”, Twentieth Century Literature, vol. 30, no. 4, 1984, pp. 373-387.

Ford Madox Ford, “The Literary Life”, conferencia del University College, Londres, circa 1920.

Ford Madox Ford, El buen soldado, traducción de Sergio Pitol, Planeta, Barcelona, 1973.

Thomas C. Moser, The Life in the Fiction of Ford Madox Ford, Princeton University Press, Nueva Jersey, 2014 (primera edición 1981).


1 Thomas C. Moser, The Life in the Fiction of Ford Madox Ford.

2 Michael Levenson, “Character in The Good Soldier”, p. 377.

3 Idem.

4 Ford Madox Ford, “The Literary Life”.