Para María Emilia Chávez Lara, Princesa de Fujuria

Agnes Elisabeth Winona Leclerq Joy, mejor conocida en México como la princesa Inés de Salm-Salm (1840-1912), tuvo una vida extraordinaria que unió dos continentes y varias naciones. Nacida en Vermont, Estados Unidos, se casó con el príncipe prusiano Félix zu Salm-Salm en Washington DC a los veintidós años. Ambos participaron en la guerra de secesión norteamericana para después trasladarse al Imperio de México, en donde su esposo fue nombrado aide-de-camp del Archiduque Ferdinand Maximilian Joseph María von Habsburg-Lothringen, improbablemente transformado en Emperador Maximiliano I de México. La princesa Salm-Salm es mayormente recordada por su valiente esfuerzo por salvarle la vida a su querido Emperador, ejecutado por un pelotón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas, cerca de Querétaro, el 19 de junio de 1867. Después de su expulsión de un México ya gobernado por el presidente Benito Juárez, la pareja viajó a Alemania donde, tres años más tarde, en 1870, su esposo fuera muerto en batalla. Inés vivió el resto de su vida como viuda y sólo regresó a los Estados Unidos en una ocasión en 1899. En algunos periódicos decimonónicos que se encuentran en línea he podido hallar algunos datos realmente sorprendentes sobre las actividades de Agnes antes de conocer a quien sería su futuro marido.


Viaje de regreso

Al cabo de una estancia de casi dos meses en Estados Unidos marcada por reencuentros con familiares y amigos, Agnes esperaba con ansias el viaje de nueve días de regreso a Alemania a bordo del vapor Kaiser Wilheim der Grosse. Ella lo veía como un espacio para la reflexión, así como una ocasión para planificar el futuro que,  pensaba, estaría destinado para ser vivido en soledad. Había regresado a los Estados Unidos después de una ausencia de casi treinta años, y llevaba entre sus muchos baúles, velices, bultos y maletas, varias banderas de la Unión Norteamericana que ostentaban heridas de guerra. Tres de ellas pertenecieron a los miembros del regimiento conocido como los Sixty-Eight New York Volunteers y habían sido presentadas originalmente a su difunto esposo, el príncipe Félix Salm-Salm, por los sobrevivientes de este grupo de soldados voluntariados. Las otras eran de los Eighth New York Volunteers, en cuya agrupación su marido había ejercido el rango de coronel. Agnes consiguió devolver todos estos estandartes a sus legítimos herederos: una asamblea de soldados alemanes naturalizados en Estados Unidos, un grupo todavía muy animado a pesar de su avanzada edad. Eran supervivientes que luchaban a favor de una tierra extranjera, pues esta milicia desharrapada había ayudado a los yankees a ganar la guerra por la Unión. Como algunos de sus miembros habían sido informados de los deseos patrióticos de Agnes antes de que comenzara su viaje norteamericano, organizaron varias recepciones formales en las que las profanadas banderas recibirían un saludo militar, mientras su portadora sería tratada con la deferencia reservada para los más ilustres dignatarios visitantes.

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Retrato a óleo de la Princesa Salm Salm sf, sa

Después de dar sus últimas despedidas, Agnes se dirigió a Sandy Hook, donde el enorme litoral del océano se balanceaba lentamente sobre una brisa primaveral. Estaba acompañada por una serie de conocidos, tanto nuevos como viejos, y un grupo de reporteros curiosos que habían estado esperando a la Princesa al final de la gran escalera que descendía hasta el vestíbulo del Waldorf Astoria, hotel donde había pasado la mayor parte de la semana. Agnes sabía que tendría un público ávido por escucharla ya que, durante sus últimos días en Nueva York, había decidido aclarar algunos detalles sobre su ya mítico pasado. Antes de subir al carro, que sería el primero de muchos medios de transporte en su camino de regreso a casa, habló sin reticencia sobre su persona. Respecto a algunas viejas historias periodísticas de carácter histórico, anunció que era falso que ella y su esposo hubieran sido obligados a salir de México después de la guerra; que era falso que ella hubiera contemplado alguna vez ser actriz de teatro; que era falso que se había caído de una cuerda de equilibrista mientras trabajaba como circense en Chicago; y que era falso que una vez había montado a caballo —y a pelo— por la Avenida Pennsylvania, luciendo el uniforme de capitán militar de la Unión. Después de haber contestado a todas —o casi todas— las preguntas de los periodistas que se habían reunido para verla, la Princesa subió a su carroza y partió con brío, dejando atrás muchas preguntas sin responder.

Mucho había cambiado en Nueva York desde 1862 cuando Agnes Elisabeth Winona Leclerq Joy, de 22 años, visitó por primera vez la ciudad, siendo entonces la joven esposa del príncipe prusiano Félix zu Salm-Salm. Las noticias de su llegada desde Washington se anticiparon con ansia y la pareja real —condición noble que resultó muy exótica y atractiva para la sociedad conservadora de la costa del este— pronto se convirtió en la comidilla de toda la isla de Manhattan. Esta vibrante remembranza resultaba tanto anhelada como repudiada, porque su adorado esposo y compañero de vida, tan vivo en su mente y en su corazón, no era más que ceniza en el viento que llevaría a Agnes de vuelta a Bonn, Alemania, su residencia desde que ella y su príncipe se habían visto obligados a abandonar apresuradamente México hacía tantos años.

Como lo hacía casi todas las noches ––algo que se había convertido a la vez en un ritual sagrado y en un llamado a veces desesperado para conciliar el sueño—, Agnes tomó cuidadosamente una hoja de papelería membretada de su pequeño secreter adquirido en la ciudad de Puebla, donde se había detenido brevemente en 1866 mientras se dirigía a la capital de la Nueva España. En aquel entonces, ella viajaba a caballo en compañía del Príncipe Félix y Jimmy, su querido terrier. De otro cajón del diminuto gabinete, sacó una pluma estilográfica, tallada en ébano pulido, un adelanto definitivo de aquellas espinosas canillas con las que había aprendido a escribir cuando era niña en Vermont. En los albores del siglo XX, la Era Industrial había complacido a sus habitantes más privilegiados con invenciones que hacía unos pocos años existían sólo en el reino de la fantasía.

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Felix zu Salm-Salm con Jimmy, su querido terrier

Antes de poner la pluma sobre el papel membretado, Agnes miró alrededor de su camarote y detuvo la vista en el horizonte cada vez más lejano de Nueva York. Varios helechos colocados sobre esbeltas columnas salomónicas desafiaban la gravedad y el inevitable vaivén del enorme navío. Afortunadamente, las columnas habían sido firmemente clavadas en el piso de caoba, un intrincado parquet casi oculto por las alfombras orientales, moda vigente durante el reinado de Victoria: esa viuda que Agnes no podía dejar de admirar por su resistencia y su propia resignación ante el tiempo y sus terribles estragos.

Al recordar a la destinataria y el tema de su misiva nocturna, la Princesa (era todavía una princesa después de todo) se contempló a sí misma en el gran espejo oval encima del tocador que ella había convertido en escritorio. Agnes no pudo menos que notar el paso del tiempo sobre sus rasgos todavía atractivos; éste era especialmente notorio alrededor de sus ojos y labios, donde habían comenzado a proliferar unas pequeñas arrugas de telaraña. Su cabello todavía conservaba su original color castaño, aunque un número cada vez mayor de hebras plateadas enmarcaba su frente. Sin querer detenerse a pensar en el indiferente paso del tiempo, comenzó a componer su carta. Pero, ¿por dónde empezar? Había pasado tanto tiempo en los Estados Unidos y, lejos de estar en la cosmopolita costa del este, ella había transitado hasta Chicago, donde, para su enorme gusto, descubrió que era toda una celebridad. Las noticias de su próxima llegada habían corrido por los cables telegráficos a través de los clics de código Morse. Para su deleite, allí también fue recibida por miembros de la prensa local que se arremolinaron sobre el andén de la estación del ferrocarril ubicada en la calle de Randolph.

Quizá lo más sorprendente fue que, durante su estancia en la metrópoli del Medio Oeste, la princesa recibiera una invitación para almorzar con una vieja conocida que casi había olvidado. De la última vez en que se vieron había pasado ya más de un cuarto de siglo. Fue en México, durante los últimos días del desventurado imperio de Maximiliano. Aquella parecía otra vida, una de grandes expectativas y el entusiasmo por un anhelado futuro lleno de promesas y, por supuesto, de aventuras. Elena Sánchez Navarro leyó sobre la inminente llegada de Agnes en el diario Tribune y estaba decidida a no permitir que su amiga dejara Chicago sin que ella organizara una elegante recepción en su honor.

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Retrato de la Princesa Salm-Salm, mediados del siglo XIX

Fue el recuerdo de este encuentro imprevisto con su querida amiga lo que distrajo a Agnes de su habitual documentación sobre los acontecimientos actuales nacidos de su gira por los Estados Unidos y lo que la motivó a revivir esos días caóticos en que recorría los senderos entre Querétaro y San Luis Potosí. Al comenzar a pergeñar su misiva, una compuerta de imágenes y emociones se abrió en su imaginación. Mientras tanto, Agnes sólo obedecía los frenéticos garabatos de su pluma, como si siguiera los misteriosos movimientos de la planchette deslizándose sobre el tablero de la Ouija.

Nueva York, 5 de abril de 1899

Mi querida Elena:

Nuestro encuentro inesperado en la cosmopolita "Segunda Ciudad" ha hecho crecer los rescoldos de una llama que creía extinguida mucho tiempo atrás. Sin embargo, sus graciosas atenciones me han obligado a traer a la memoria estos recuerdos antes enterrados. Con toda sinceridad, si se me pidiera que nombrara la experiencia más significativa de mi ahora larga vida, seguramente ésta se encontraría en las últimas semanas que pasamos juntos en Querétaro, tratando de negociar un pasaje seguro para nuestro querido Emperador. Enfermo de disentería y quién sabe qué otros males, había languidecido en las manos de aquellos soldados leales a Juárez por tantos días dentro del convento de Capuchinas, entonces convertido en cárcel militar. Después de nuestro fallido intento de sobornar a los guardias con dinero y joyas y de su precipitada partida hacia el puerto de Veracruz, al percatarse que nuestro mundo se acababa, me doy cuenta de que hasta ahora usted ha sido privada de los detalles precisos sobre los últimos momentos de Maximiliano en este mundo, que es un valle de lágrimas. En las líneas que siguen, trataré de evocar para usted la desesperada situación que vivimos en México después de su partida, donde, al parecer, todo lo que habíamos creído saber hasta ese entonces comenzó a desmoronarse a nuestro alrededor.

El día previo a su ejecución llegó: el Emperador sería fusilado a la mañana siguiente. Aunque albergaba pocas esperanzas, estaba resuelta a hacer otro esfuerzo por salvar su vida y apelar una vez más al corazón de aquel hombre de cuya voluntad colgaba el destino del Emperador, cuyo rostro pálido y melancólicos ojos azules constantemente me imploraban, hasta en la noche cuando trato de conciliar el sueño. Eran las ocho de la noche cuando fui a ver al señor Juárez, quién me recibió de inmediato. Él también ostentaba un rostro desencajado y turbado. Con labios temblorosos rogué por la vida del Emperador, o al menos por el retraso de su sentencia. Pensé que lo que seguramente sería considerada como cobardía en un hombre tal vez podría ser perdonado si era una simple mujer que rogase por su vida. Sin embargo, el presidente Juárez dijo que no prolongaría más su agonía y que el Emperador debería de morir el día siguiente al alba.

Cuando oí estas palabras desalmadas me trastorné de dolor. Con cada parte de mi cuerpo temblando y en medio de sollozos, caí de rodillas y rogué con palabras sinceras que salían de mi corazón, pero que no puedo recordar ahora, tal era la emoción que tomó control de mi persona en ese momento decisivo. El presidente trató de levantarme, pero yo le abracé las rodillas compulsivamente y le dije que no lo soltaría sino hasta cuando concediera la vida al Emperador. Vi que el señor Juárez estaba conmovido; tanto él como el señor José María Iglesias, su secretario, tenían lágrimas en los ojos, pero el Presidente me respondió con voz solemne y triste:

—Me duele, señora, al verla de rodillas delante de mí, pero si todos los reyes y reinas de Europa estuvieran en su lugar, no podría perdonar esta vida. No soy yo quien se la quita, es el pueblo y la ley, y si no hago su voluntad, el pueblo tomará su vida y la mía también.

En mi dolorosa agonía exclamé que podría quitarme la vida si quería que hubiese sangre. Yo era una mujer inútil, pero él podría ahorrar la vida de un hombre que todavía podría hacer tanto bien en este mundo. Todo fue en vano. Entonces el Presidente me levantó y me repitió que la vida de mi adorado Príncipe Félix sería salvada; eso era todo lo que él podía prometer. Le di las gracias y salí de la habitación del Palacio de Gobierno que había sido convertido en un despacho improvisado. A medida que descendía lentamente la gran escalera de cantera, fui testigo del espectáculo conformado por más de doscientas de las más distinguidas damas de San Luis, que también venían a orar por la vida de los tres condenados a morir: Maximiliano, Miramón, y Mejía…

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Recreación del encuentro de Inés de Salm y Benito Juárez hecha en cera – San Luis Potosí palacio de gobierno

Al llegar a este punto de su misiva, la pluma de Agnes comenzó a temblar ligeramente al recrear la devastadora imagen del fusilamiento de Maximiliano y la macabra serie de acontecimientos que este hecho puso en movimiento: fue demasiado para recordar. ¿Cómo describir la forma en que el cadáver de Su Majestad sería ultrajado por los soldados de Juárez? ¿Cómo narrar la forma en que el cadáver del Príncipe fue colgado de una rejilla metálica como el pellejo de un animal disecado y puesto en exhibición en la Ciudad de México? ¿Cómo explicar que el primer intento de embalsamamiento fracasó y cómo describir la horrible e inolvidable mueca inscrita por siempre en el rostro del Emperador, el mismo semblante que saludaría a la desdichada señora madre de Maximiliano casi un año después cuando el SMS Novara se atracara en Trieste? Aún contemplando estos funestos recuerdos, Agnes de repente se volvió en sí cuando su valet de chambre sonó una campana de bronce y preguntó si la princesa requería alguna atención antes de que él se retirara. El marcado acento alemán de su acompañante, sus grandes ojos azules y su poblada barba plateada cuidadosamente arreglada, hizo que Agnes se preguntara si no estaba viviendo una excéntrica fantasía…

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor, entre otros, de Perdidos en la traducción: cinco extranjeros ilustres en el México del siglo XX.


Nota del autor: Este texto es un fragmento de la biografía literaria que estoy realizando sobre esta extraordinaria mujer, y cuyo título tentativo es: Una princesa norteamericana: la vida y los tiempos de Agnes Elisabeth Winona Leclerq Joy, princesa Salm-Salm. Mi recreación de los eventos se basa en los siguientes textos originales:

Agnes Elisabeth Winona Leclerq Joy, Princess Salm-Salm, Ten Years of My Life, London, Richard Bentley & Sons, 1876.

“The Princess Salm-Salm Here.”, The New York Times, April 5, 1899.

 

 

2 comentarios en “Inés de Salm-Salm:
la princesa norteamericana que rogó por Maximiliano

  1. Muy buena recreacion Michael, que bueno que sacaste de las sombras a esta casi olvidada ilustre mujer del imperio de Maximiliano, felicidades, saludos…