2-pessoa

Fernando Pessoa
Papeles personales
Selección, traducción y prólogo Adán Méndez
Universidad Diego Portales
Santiago de Chile, 2016
382 pp.


Lo primero que llama la atención de estos Papeles personales, seleccionados, traducidos y prologados por Adán Méndez, es la peregrina explicación de la naturaleza del libro, lo que vuelve a la obra una pieza coleccionable —ideal para regalar al neófito o para el fanático de tiempo completo— pero de escaso valor como obra de consulta o bibliografía crítica. Y es que pese al prólogo de 80 páginas, documentado y ameno pero de carácter más bien general, no queda clara la intención del libro. Apenas, en la contratapa, se consigna de pasada que “esta selección de prosas más o menos autobiográficas, cartas, entrevistas y de algunos testimonios de quienes trataron con él en vida, busca ser un extravío guiado por el laberinto más enrevesado y fascinante de este eximio constructor de laberintos: el de su propia persona”. La lógica de armado y ensamble de estos Papeles son más bien un capricho —lo que no es reprobable en lo absoluto— y así parece entenderlo el traductor: “los saqueadores podemos armar los libros que queramos en base a un legado hecho de retazos, con lo que prosigue un juego heteronímico en el que incluso los menores textos encuentran su ocasión de brillar”.1 Y no se equivoca, puesto que si bien dentro del software poderoso y autogenerativo que es la obra movediza y nebulosa de Pessoa, la confección de este tomo se ofrece como un cuidado electrodoméstico, ya sabemos que tratándose de Pessoa hasta el más humilde garabato es siempre literatura de alto octanaje. Para muestra, este botón: “no eres un hombre que vaya a hacer algo importante en el mundo si te mantienes casto. Ningún temperamento como el tuyo consigue mantener la castidad y la sanidad mental. Mantener la castidad es para hombres más fuertes y para hombres obligados a eso por algún defecto físico. No es tu caso. Un hombre que se masturba no es un hombre muy fuerte y ningún hombre es un hombre si no es un amante. Muchos hombres hacen muchas cópulas. Muchas y muchas veces eres un niño moral. Eres un hombre que se masturba y que sueña con las mujeres a la manera de los masturbadores. Un hombre es un hombre. Ningún hombre puede moverse entre los hombres si no es un hombre como ellos”. 

Además del ensamblaje, que parte de la idea de que Fernando Pessoa ortónimo sería un célebre desconocido —una idea desechada hace tiempo entre lectores y especialistas— sin duda lo más interesante y valioso de este simpático ejemplar son los testimonios sobre Fernando, que perfilan otras señas particulares del individuo plural que sigue desdoblándose ante nuestros ojos con cada momento que pasa, recordando que en este mundo miserable hubo lugar para la ternura, el genio y la desesperanza de una inteligencia desbordada. Adán Méndez, quien ha realizado una traducción delicada, juntó algunos testimonios interesantes y desconocidos sobre la persona de Pessoa, al menos en castellano. Además de la respuestas a un cuestionario ideado por él mismo —en realidad, por el heterónimo Faustino Antunes2— y enviado a un antiguo compañero de colegio y al exdirector del bachillerato en el que estudió en Sudáfrica, los señores C. E. Geerdts y E. A. Blecher respectivamente, Méndez traduce fragmentos de una entrevista a Augusto Ferreira Gomes, amigo verdadero del poeta, donde se lee lo siguiente: “Dios me libre de venir a decirle que Fernando Pessoa era un abstemio cándido y pudoroso, o que no le gustaba, de cuando en vez, excitarse un poco con los valores del alcohol. En el fondo él tenía una profunda hechura bohemia, como la había a principios de siglo, una bohemia que más o menos vivimos todos y que poco a poco se fue terminando. Pero Fernando en cierto modo permaneció fiel, por un montón de razones que ahora no vienen al caso”.

Y para quienes, confundidos por la biografía debidamente defenestrada de João Gaspar Simões,3 pudieran creer que se trataba de alguien atolondrado al momento de entablar contacto con las mujeres, conviene saber que el poeta, como todos los tímidos, era de armas tomar. Así lo cuenta Ofelia Queiroz, a quien conviene citar en extenso:

Me acuerdo que estaba de pie, poniéndome el abrigo, cuando él entró en mi despacho. Se sentó en mi silla, posó la lámpara que traía, y, vuelto hacía mí, empezó de pronto a declararse, como Hamlet se declaró a Ofelia: “Oh, ¡querida Ofelia! Mido mal mis versos; no tengo arte para medir mis suspiros; pero te amo extremadamente. ¡Oh! ¡Extremadamente, créeme!”.

Quedé sumamente perturbada, por supuesto, y sin saber qué decir, terminé de ponerme el abrigo y me despedí con apuro. Fernando se levantó, con la lámpara en la mano, para acompañarme hasta la puerta. Pero, de pronto, la dejó sobre el muro divisorio; sorpresivamente, me tomó por la cintura, me abrazó y, sin decir palabra, me besó, me besó, apasionadamente, como un loco.

Otros testimonios, como el su hermana Henriqueta Nogueira, dan fe de su temperamento festivo: “le encantaba hacer bromas, molestarme. Frecuentemente, a la hora del almuerzo, yo iba a esperarlo en la ventana. Apenas me veía, empezaba a hacerse el borracho: zigzagueaba, tropezaba, se sacaba el sombrero ante el farol. A mí me daba muchísima vergüenza y me salía de la ventana de inmediato”; o por ejemplo: “otras veces nos encontrábamos en la calle. Él podía venir metido en sus pensamientos, pero apenas me veía se paraba en mitad del paseo y se ponía en posición de ibis: equilibrado en una pierna con el cuello estirado hacia el frente, una mano hacia delante y otra hacia atrás —para representar el pico y la cola— y se quedaba así unos segundos, lo que sorprendía bastante a los transeúntes y me causaba cierto embarazo. ¡Pero Fernando, no puede ser, van a pensar que estás loco! Él sonreía y me respondía: ¿Y eso al mundo en qué lo perjudica?”.

Al final, y de manera permanente, brilla siempre la solidez moral de su carácter: “No. Nunca lo vi borracho, ni nadie de mi familia. Él siempre guardaba la misma compostura. Puede que estuviera habituado al alcohol, debe haber empezado a tomar muy joven… Claro, yo sé que él tomaba bastante, y veía incluso los botellones de vino que él compraba y tenía en su pieza. Pero eso no alteraba su manera de ser”. 

La gente que lo conoció coincide en tres aspectos esenciales: Fernando era un tipo alegre, de afabilísimo trato y de elegancia absoluta; rasgos que se superponían a su naturaleza metafísica, su miedo a la locura —de niño y adolescente fue testigo de los accesos de furia violenta de su abuela Dionisia— y la entrega total a su obra. Tal como lo describe, con tristeza, Ofelia en unas palabras desoladoras: “nos escribimos y nos vimos hasta enero de 1930. Por esos días me decía constantemente que estaba loco. Basta leer sus últimas dos cartas, fechadas incluso el mismo día… Sus últimas cartas ya no las contesté porque me pareció que no eran para ser respondidas. No valía la pena. Sentí que ya no tenían respuesta”.

 

Rafael Toriz
Escritor. Ha publicado: AnimaliaMetaficciones y Serenata, entre otros libros.


1 Más vale abandonar, para las traducciones a nuestra lengua, la noble preocupación de Teresa Rita Lopes con respecto al Pessoa que circula deturpado incluso —o más bien sobre todo— en su lengua original; puesto que será muy difícil, aunque no imposible, reconstruir la disposición original de los textos por las razones que señala con tino Adán Méndez: “luego de la muerte de Pessoa, la primera etapa de la publicación de sus obras está marcada por João Gaspar Simões y Luís de Montalvor, que quedan a cargo de las obras completas para la editorial Ática. A pesar de que reconocen que Pessoa tenía varios planes para la edición de su obra, optan por prescindir de ellos y seguir un camino propio, definido apenas como antológico. Otro desorden fue atribuir por oído determinados textos a determinados heterónimos. E inauguraron una pequeña tradición que consistía en desarmar los sobres y paquetes etiquetados por Pessoa, no registrar este orden inicial, reunir textos según criterios del momento, y luego dejarlos así en el legado. Para rematar, originales utilizados en los primeros tomos de la edición de Ática se extraviaron, probablemente después de un desgraciado suceso en que pereció Montalvor junto a su mujer y su hijo”.

2 De quien vale la pena conocer este pequeño ensayo escrito originalmente en inglés sobre la intuición: http://bit.ly/2pGaHMv.

3 Vida y obra de Fernando Pessoa.