La película de 1981 se adapta al teatro en la sala Sala Novo para que los asistentes sean partícipes —con su propio vino y comida—, de una cena en la que se cuestiona a las formas de vida actuales. Una provocación para disfrutar conversaciones “reales” sin el celular de por medio.

La capacidad de hablar y escuchar mientras te hablaban en un escenario…
a eso se reducía todo

Philip Roth, La humillación

‘Mi cena con André’ (Mi dinner with André) es originalmente un guión cinematográfico escrito y actuado por André Gregory y Wallace Shawn, y dirigido por Louis Malle en 1981. En la película, los actores se representaban a sí mismos, manteniendo sus nombres y algunas historias de vida. La veracidad de los personajes, la dinámica de los dos y las anécdotas que se cuentan se ha discutido mucho con los años. Pero la autenticidad es lo de menos. El resultado es un guion brillante que consiste “simplemente” en la conversación de dos amigos mientras cenan en un costoso restaurante de Nueva York.

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Foto de Jaime Rosales, tomada del Facebook de Sala Novo

La versión teatral mexicana —codirigida y actuada por Boris Schoemann como André y Manuel Ulloa Colonia como Wally—, adapta la pequeña sala a un restaurante. A los espectadores se les asigna un lugar en una mesa para disfrutar del bocadillo y la copa de vino que incluye el boleto. La vista se complementa el gusto, el olfato y el audio para percibir el planteamiento de esta íntima puesta en escena.

En el salón de espera, el actor Ignacio Rodríguez, quien representa al mesero del restaurante, introduce a los asistentes al ambiente de hostelería. Su excelente trabajo, sin embargo, es obstaculizado por la persona encargada de la taquilla, quien, no entrenado en la convención, da un mal servicio. Ya en la sala, la música ambiental sugiere el estilo de un restaurante. El mesero descorre dos cortinas al fondo para develar una pantalla. El inicio sucede en video. Vemos al personaje de Wally (Manuel Ulloa) caminando por las calles del centro histórico: Bellas Artes, la Alameda; se mete al metro de la Línea 3, sale en Etiopía y llega a la Sala Novo. Mientras la imagen muestra esto, se oye la voz en off del personaje preparándose para su encuentro con André, un viejo amigo y colega del teatro. El texto hace muchas referencias a Nueva York, la ciudad original del guión, pues se decidió mantener esa contextualización geográfica, pero tomar el video en la Ciudad de México. Si bien es comprensible que no cambiaran la ciudad en el texto dado que Nueva York funciona como un paradigma de la civilización occidental, la forma de resolverlo no aporta nada en términos artísticos.

Esa decisión de producción se une a otras tantas que no funcionan: como la mención de un restaurante lujoso cuando la ambientación no lo logra y el vino que dan a comensales-espectadores y el que se sirve en la mesa ficticia es un “Gato negro”. En general, estos errores, que claramente tienen que ver con factores económicos, podrían haberse resuelto de forma más creativa. Pero afortunadamente no mellan la experiencia que brindan Schoemann y Ulloa.

En el texto, los personajes André y Wally son gente de teatro, con la diferencia de que André ha viajado mucho mientras que Wally ha permanecido en Nueva York. Al principio, la voz en off de Wally es la define el lugar, el pasado de ambos personajes y sirve de expectativa para el encuentro. Una vez que da inicio la conversación, el tren de pensamiento de Wally tendría que alojarse en su cuerpo, pues, durante toda la primera parte de la obra, el personaje no hace sino escuchar las anécdotas de André.

El guión es virtuoso, transcurre de manera casi hiperrealista por diversos temas, justo como la conversación entre dos amigos. Hay referencias teatrales y cinematográficas, pero es sobre todo un encuentro íntimo que confronta dos visiones del mundo, dos sistemas de aprehender la realidad, Oriente y Occidente, lógica y razón versus un mundo en donde las coincidencias, los presagios, los espíritus y la naturaleza tienen una conexión real con los seres humanos. Física newtoniana frente a física cuántica traducida a palabras.

André habla de Grotowski, Polonia, el Sahara, la India, habla de comunidades, de vida contra representación, de performance contra teatro. Wally sólo escucha, curioso, admirado y sorprendido. Mientras los espectadores de la Novo tratamos de ajustarnos a la propuesta, de dejar de pasar las incongruencias de producción, muy pronto somos invitados a formar parte de un convivio muy honesto. Es un trabajo detallado, preciso y teatral desde donde se cuestiona el teatro y la vida como la conocemos en Occidente.

En la puesta, los dos actores permanecen sentados todo el tiempo, conversando, realmente conversando, trayendo a su mente imágenes, apropiándose de las palabras de la dramaturgia como propias. El actor-mesero ––quien desde el principio ha ofrecido un menú en caso de que queramos ordenar algo más de lo que acompaña el boleto–, se traslada por la sala, sirviendo-actuando. Queda claro que la atmósfera del restaurante es efectiva cuando los espectadores nos sentimos libres y no secuestrados, como generalmente en el teatro. Tres o cuatro asistentes pueden ir al baño, como lo harían en una cena con un amigo, sin atentar contra lo sagrado del teatro porque la magia está sucediendo. Comemos y bebemos mientras los personajes en escena hacen lo propio.

Boris Schoemann como André hace un trabajo excepcional, cuerpo-mente trabajan el aquí y ahora actoral de una forma que pocas veces se ve en la escena. Sus gestos orgánicos son de una sutileza vital pero con una fuerza de transmisión que es inusual. A Manuel Ulloa Colonia, sin embargo, le toca la parte más esencial y difícil del teatro: escuchar, dejarse penetrar. Quizá por ello su trabajo durante la primera hora no está a la altura de su contraparte. Se le ve actuando la atención, hace como que escucha pero no siempre escucha. Conforme pasa la cena-obra se va relajando y, una vez que a su personaje le toca hablar más y emitir su visión del mundo, su participación es más redonda.

En todo caso, es remarcable cómo, a pesar de las deficiencias, el trabajo logra mantener siempre un pulso vital. La acción, que a diferencia de la mayoría de las obras no está contenida en hechos o en peripecias, sino en narrativa, recuerdos e imágenes —en pensamiento—, es conmovedora. Hay un constante nombrar a la muerte, no de forma onírica o poética, pues la poesía no está en las palabras sino en el dispositivo y lo que los actores/co-directores logran hacer con ello.

Mientras la audiencia vive la propuesta, desde una cuarta pared convencional, un voyerismo típico del teatro, se crea una triangulación escena-uno mismo-otros espectadores. Esta dinámica conecta a los miembros de la noche en una experiencia fenomenológica que incluso se menciona el texto. La dramaturgia, que se escribió al inicio de los 80 es más vigente que nunca, se cuestiona el teatro y la vida desde su superficialidad, desde un sistema de apariencias, metas y planes que nos desconectan de la realidad, del contacto con el otro, de la compasión. Durante las dos horas que estamos en la Sala Novo, con nuestros smartphones que nos hacen representarnos ante el mundo puestos en silencio, acudimos a una pieza que está claramente hecha desde la convicción, que consigue hacer coherentes fondo y forma y nos invita a ser partícipes de algo que pocas veces se ve en el teatro.

La estructura es simple, André habla y Wally escucha, después ambos coinciden en una crítica a la sociedad y al final Wally se defiende ante lo que le resuena del discurso de André. No hay gran fisicalidad, no hay cambios de escena, es un trascurrir continuo. En esta aparente simpleza es en la que radica la dificultad de la hechura y, en su ejecución, el buen uso que la dupla hace del evento escénico.

Wally, el personaje, como muchos teatreros y espectadores, solamente quiere sobrevivir, conformarse con placeres mundanos sin cuestionarse de más, quiere usar la ciencia como ancla. André ha descubierto otras formas de relacionarse con la realidad, formas que podrían ser consideradas tribales, no civilizadas, absurdas, pero que en su existencia enfatizan lo ridículo de la vida cotidiana occidental. El teatro, con sus múltiples posibilidades, en su potencialidad de magia, debería ser capaz de abrir los oídos como lo hace André con Wally.

 

Nadia Be’er
Investigadora y crítica de artes escénicas.