Este relato, en el que la historia llama a gritos al chispazo autobiográfico, trae a la memoria el caso de Fatima Bédar, una adolescente asesinada por la policía y cuyo cuerpo fue arrojado al Sena durante las manifestaciones por la independencia de Argelia en octubre de 1961. La microhistoria —como rama de la historia social— amplía a través de este texto la perspectiva para entender el arraigo del Frente Nacional en Francia.

Pasado y futuro sostienen un combate encarnizado bajo la apariencia falsamente apacible del presente. Y sin duda la escritura tiene acaso el papel esencial de poner al día lo que afrontamos bajo cada paso que damos. Periodos de elecciones, como el que vivimos en Francia en este momento nos recuerdan también hasta qué punto se queda imbricado el presente en un pasado que algunos creen olvidado, una vuelta de página definitiva. En febrero de 2017, durante su viaje a Argelia, Emmanuel Macron suscitó un verdadero clamor de indignación en el partido de Marine Le Pen cuando habló de la colonización francesa, diciendo que había sido “un crimen contra la humanidad”. Con sus declaraciones señalaba una época de la que algunos costados quedaron ocultos, rechazados. Sin embargo, para atravesar el umbral del porvenir y avanzar, hace falta haber encarado el pasado sin rodeos, por más difícil y doloroso que sea.

Así, el 17 de octubre de 1961, pocos meses antes de la independencia de Argelia, decenas de miles de argelinos desfilaron pacíficamente en París contra el toque de queda que se les había impuesto. La manifestación fue reprimida con gran crueldad. Decenas de manifestantes fueron ejecutados o ahogados en el Sena. Aún hay dudas sobre la cifra exacta de lo que fue una verdadera masacre: entre 150 y 200 personas según Le Monde. Hubo que esperar cuarenta años para que en 2001 el alcalde de Paris, Bertrand Delanoë, instalara una placa conmemorativa en el Pont Saint-Michel con estas palabras: “A la memoria de muchos argelinos asesinados durante la sanguinaria represión de la manifestación pacífica del 17 de octubre de 1961”. Entre las víctimas del 17 de octubre se encuentra Fatima Bédar, una alumna de secundaria de quince años. Se honra a un país llevando a cabo la larga tarea de reconocimiento de su pasado, así sea de sombras o bien de luces. Rechazar esta tarea nos remitiría a los peores periodos de nuestra historia.

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Argel, verano de 1957, desfile de la 10a División de paracaidistas del general Massu durante la batalla de Argel

 

Aún no tengo nueve años. Vivimos en una pequeña ciudad de provincia. El radio está fijado entre los libros cuyos títulos empiezo a leer con avidez. Mis padres escuchan las noticias varias veces al día. ¿Se habrán dado cuenta que las escucho yo también, agazapada en el sillón tan grande como para que me desaparezca de las miradas? Semana tras semana —o incluso más a menudo, ya no lo recuerdo con seguridad— escucho voces chirriar y repetir al infinito la misma frase: “Algunos rebeldes han muerto…” Voces acompasadas, tan tranquilas al anunciar su recuento. El número… El lugar… No puedo representarme lo que son “rebeldes muertos”, pero sé que se trata de seres humanos.

Ella sabe bien lo que son los rebeldes. Tiene quince años. Seis años más que yo. Cabellos largos meticulosamente atados. Una mezcla de dulzura y de gravedad ilumina el fondo de sus ojos. Le sonríe al mundo del porvenir. Apacible y determinada. Nunca la conocí. No sé nada de su existencia en un suburbio, al norte de Paris. Su familia. La casa en donde viven. Su padre la lleva a las reuniones, donde durante horas se habla de lucha y liberación. Las frases se propagan y atraviesan el estrecho cuarto, oscurecido por el humo, oliendo fuertemente a tabaco. Están sentados bajo el haz de un foco amarillento. Y luego se marchan, ella y él… Dos sombras silenciosas que avanzan, su aliento suspendido, en una noche en la que ella sabe que cualquier presencia policiaca es una amenaza. Hombres de rostros lívidos, con las manos en la cabeza, que son abalanzados brutalmente contra la banqueta. Arrestos, desapariciones. Fragmentos de imágenes. Cuántas cosas dichas, murmuradas o significadas en una simple mirada. Atisba la calle larga a lo lejos, impaciente por el mañana. Sedienta de vida y con la certidumbre de tantas esperanzas. Para ella y los suyos. El olor de la lluvia de otoño sobre su chamarra de lana le llena la nariz. El porvenir inasible y sin embargo tan cercano. Hasta donde alcance la vista, a toda costa.

12 de abril de 1961… Yuri Gagarin es el primer hombre que ha sido propulsado al espacio. Busco imaginarme lo que ha hecho, lo que ha visto. El lápiz que se le escapa hasta el fondo de la cabina, mientras escribe en su bitácora de vuelo. La tierra, como una gran luna azul. El día, la noche, observo el cielo, a la espera de alguna brizna de imagen, nada más una imagen de lo que sucedió en el interior de Vostok I. En la escuela, las horas y los días se repiten idénticos unos a otros. Dictados, lecturas, conjugaciones… El conserje toca la hora del recreo. Las niñas que están castigadas dan sus vueltas por las clases, con las manos en la espalda, las otras cantan, hacen rondas o malabares con pelotas de caucho. Entramos a clase. Historia de Francia, geografía… Ni una palabra sobre Argelia. Nada sobre Yuri Gagarin. Extrañeza de un universo donde el rumor del mundo y la vida verdadera no llegan nunca más que de forma ensordecida.

Ella toma cursos de enseñanza comercial. Quería ser maestra. Ayudar a su hermana con las tareas siempre le ha parecido placentero. Pero le dijeron que darles clase a los alumnos no era posible. No para ella. Entonces deberá ser mecanógrafa. Más tarde… Cuando haya pasado el umbral del mundo que vendrá. Un mundo libre, para ella, su hermana y los suyos. No puede más que ser libre, puesto que un hombre se ha ido a caminar entre las estrellas. Ella también caminará entre las estrellas, como todo su pueblo que lucha por la libertad. Sus dedos abrazan la pluma azul y las palabras corren en la página de su cuaderno de trazos finos y ligeros. Y no importa si se vuelve mecanógrafa siempre y cuando les pertenezca al fin el porvenir.

Octubre de 1961… Han pasado algunas semanas desde que entré a un salón de clase en la planta baja de un anexo de la escuela. Piso impecable cuadriculado, amplios ventanales. Extraño el olor a madera encerada que crujía bajo los pies, la estufa en mitad del cuarto. Frente al portal, los castaños seguían perdiendo sus bellos frutos barnizados y caían largas hojas rojo sangre que deslizo entre las páginas de mis libros.

Ella se lanza hacia la calle, abrazando su mochila. Los latidos de su corazón baten al unísono con el choque de sus pasos por las banquetas. Una salva interminable disparada hacia las nubes que golpea el fondo de su tímpano en llamas. El eco del enojo de su madre, preocupada, enloquecida. La humillación del toque de queda que le han impuesto a todos los suyos. Llevan años de andar hacia el alba y nada podrá detenerla. Nada. Ni siquiera la angustia de una madre. Corre hasta perder el soplo, atraída irresistiblemente por los rayos que adivina en el horizonte de cada día que nace. Abrazando su mochila. Llena de libros suyos de clase. Esta noche no llegará a casa. Irá a la manifestación. Vestida con su ropa de fiesta. Porque uno se pone lo más bonito que tenga para alzar la frente contra vientos y mareas. Sólo así se reciben los tiempos nuevos.

Ella corre. Sus pasos que azotan hienden el suelo bajo sus pies. Su pecho se hincha. Ramos de chispas brotan por miles en sus venas. La tierra se entreabre sobre otros caminos. El porvenir al fin al alcance de la mano, irresistible curva que franquear. En la pesadumbre del sueño, el vértigo de un umbral inusitado.

No recuerdo lo que hice el martes 17 después de la escuela. Un problema que resolver, resúmenes que aprender. ¿Nos dieron acaso una lección de moral ese día? Una de esas máximas que nos explicaban y comentaban, mientras todas escuchábamos, en un orden perfecto.

Una línea espesa negra le bloquea el camino. Ella no la ve, a varios metros frente a ellos. Allá en las lindes del río… Y marchan, seguros del alba en los albores de la noche. Su corazón late a todo poder. Se estremece bajo su hermoso vestido. Sus dedos se crispan agarrando la mochila. Conocidos y desconocidos marchan, unidos en aspiraciones y en orgullo. Le suben lágrimas a los ojos. ¡Viva Argelia! ¡Tahya Aljazaïr! ¡Tahya! Las voces se elevan al cielo que ninguna línea de uniformes jamás podrá cerrar del todo. Incluso con la peor máquina de muerte.

Quince días, hasta que se encuentre su mochila. Hasta que su padre, destrozado por la tristeza, sea llamado a reconocer el cuerpo sin vida de su hija, rescatado del agua en una esclusa del canal Saint-Denis. Junto a otros… Una entre todos aquellos que murieron ahogados por la policía esa noche.

Ocho meses y catorce días antes del fin de una noche interminable…

Jueves 8 de febrero de 1962… Ocho muertos en el metro Charonne. Escucho en el radio que se habla de los manifestantes muertos, aporreados, asfixiados, rejas metálicas que la policía les tira encima. La onda de espanto se propaga lejos de las conversaciones.

Ni una palabra sobre Fatima Bédar y la masacre de octubre. Sólo silencio.

Ocho meses y catorce días antes del 1ero de julio de 1962, Fatima se dirigía junto con tantos otros hacia el alba en la que no dejaban de pensar. Tan cerca, hasta donde alcanza la vista. A toda costa.

 

Cécile Oumhani
Poeta y novelista. Su último libro es Tunisian Yankee.

Traducción: Álvaro Ruiz Rodilla

©Cécile Oumhani

Nota editorial:
Con la firma de los acuerdos de Évian, el 19 de marzo de 1962 se declara el cese al fuego, aunque la represión y la violencia prosiguen. La fecha se conserva como un avance importante hacia la paz. Sin embargo, en 2015 dos alcaldes del FN (de las ciudades de Béziers y de Beaucaire) exigen cambiar el nombre de dos calles respectivamente bautizadas “19 de marzo de 1962”. Se reemplazan, en un caso, por “calle del 5 de julio de 1962” —día de una masacre contra europeos en Orans—, y en el otro, por “calle Hélie Denoix de Saint-Marc” —nombre de un militar que participó en los golpes de estado y que defendía la ocupación francesa del país norafricano. El referéndum de autodeterminación de Argelia se firmó el 1ero de julio de ese mismo año, marcando el fin definitivo de la guerra y acabando con una colonia que existía desde 1830.