Debido a la incesante marea informativa de las redes sociales, que algunos han llamado “infobesidad”, esta columna se publicará semanalmente con la intención de darle a los lectores una selección de clics más constante y voraz. En esta entrega: una biografía literaria de Hemingway, vicios de escritores que revela el Big Data y una reciente subasta de Crimen y castigo.

Escritor, marino, soldado y espía

En inglés estas palabras tienen tal cadencia y musicalidad que no pueden más que remitirnos al arte de un hermoso verso: “Writer, sailor, soldier, spy”. La sensación de esta armonía se debe a que estamos ante un tetrámetro trocaico incompleto (diríase cataléctico). Suena rara su caracterización, pero es una especie común. Comparte exactamente la misma métrica del poema “The Tyger” de William Blake, uno de los poemas más “sonados” y más antologados, en lengua inglesa (“Tyger Tyger, burning bright / In the forests of the night / What inmortal hand or eye / Could frame thy fearful symmetry?).

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Pero Writer, sailor, soldier, spy (Harper Collins, 2017, 336 p.) es ante todo el título que nos dará a conocer a un Hemingway secreto, único y nunca antes visto. De semejante revelación solamente podía hacerse cargo un personaje de la talla del escritor-marino-soldado-espía: Nicholas Reynolds, autor del libro. El currículo de Reynolds es asunto fantástico: agente de la CIA, coronel de los marines (USMC) retirado y doctor en historia por la Universidad de Oxford, dedicado a la historia militar. Así es: un auténtico escritor-marine-soldado-espía-historiador, casi como su objeto de estudio. La fuerza de atracción que sintió Hemingway por adentrarse en campos de batalla, ya sea al servicio de la República Española en 1937 o bien durante el desembarco de los aliados en Francia en la segunda guerra, es bien conocida. Seducido por algunos agentes soviéticos, entre ellos el revolucionario Jacob Golos que emigró a los Estados Unidos, Hemingway fue integrado a su propia división cubana de la NKVD a principios de los cuarenta. Pero el aburrimiento del autor de El viejo y el mar lo llevó a querer trabajar también para las fuerzas estadunidenses, cazando submarinos nazis en su famosa lancha “Pilar”, como bien lo relata Paco Ignacio Taibo II en la intrincada Retornamos como sombras (Ediciones Destino, 2001). El relato de Reynolds, que desemboca en la guerra fría, ata tantos cabos que podría convertirse en un nuevo género de la novela de espías. De hecho, según El mundo, el título alude directamente a Tinker, taylor, soldier, spy de John le Carré. Los dos primeros capítulos están disponibles aquí.

Las letras en los números

El imperio de la estadística ha invadido a la literatura de manera inesperadamente positiva. Si los conteos lingüísticos suelen ser materia de tesis tediosas, el tratamiento informático del lenguaje se ha adentrado en nuevos experimentos. En Nabokov’s favourite Word is Mauve (Simon and Schuster, 2017, 288 p., se pueden leer extractos aquí) el matemático y periodista deportivo Ben Blatt aprovechó el alcance del Big Data para revelar una serie de tics y muletillas, obsesiones, manías estilísticas o reflejos verbales en miles de obras clásicas y bestsellers anglosajones. El punto de vista estadístico de Blatt abre una nueva perspectiva para los estudiantes de literatura. Realza el problema de que las disecciones escolares se dediquen exclusivamente a extractos sin observar la obra en su totalidad.

Así, ha concluido que los éxitos editoriales del New York Times de los últimos 50 años se han vuelto cada vez más sencillos, apostando por tal economía de lenguaje que “el libro más complejo de 2010 hubiera sido de los más simples en 1960” (en entrevista con Metro, ed. de Toronto). Ha calculado también que un defensor de la prosa sin adornos y necio detractor de los adverbios como Hemingway acaba por emplear al menos uno por cada 17 palabras. Sin embargo, los adverbios que finalizan en –ly (como “quickly”) le devuelven congruencia a Hemingway, quien los escatima hasta quedar en primer lugar del less is more frente a Mark Twain, Steinbeck, John Updike o Stephen King.  Por otro lado, si el lector encuentra a menudo las palabras “civil” o “enemigo” en un bestseller, el autor es seguramente un hombre. O bien: las mujeres novelistas suelen equilibrar el uso de los pronombres “él” y “ella” mientras que los novelistas privilegian en mayoría a los de su propio sexo. Entre novelistas, Jane Austen aparece como la escritora que menos recurre a las frases hechas, con todo y su predilección por: “de todo corazón”. Estas son algunas de las muchas astucias y curiosidades que Blatt revela como un detective y un mago de las letras en los números.

Dostoyevsky en remate

A principios de abril, una mujer de Lancashire publicó un anuncio para rematar una caja de libros viejos por un máximo de 20 libras esterlinas. La historia de esta pequeña ganga casi se vuelve tragedia doméstica. Al revisar bien uno de esos libros cayó en cuenta de que podía éste tener un valor de 12 mil dólares. Era la primera edición en inglés de Crimen y castigo de 1886, publicada por Vizetelly and Co. en Londres. Existen menos de diez de estos ejemplares en las bibliotecas del mundo entero. La mujer se puso en contacto de inmediato con la casa Dominic Winter Auctioners. El libro se vendió el pasado 5 de abril por 13 mil 500 libras (unos 17 mil 500 dólares) y parece que debió pertenecer a John James Dyson, un clérigo y estudioso que dirigió la Escuela de Gramática de Alcester en 1889. Nadie sabe cómo cayó el ejemplar en manos de la mujer que estuvo a punto de perder la oportunidad de su vida, y nadie sabe tampoco a quién harán rico en un futuro sus textos. La economía de las subastas es la prueba más contundente de que los libros tienen vida propia, independiente de la de sus autores.

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