Para la artista, la galería Labor y parte de la familia de Barragán, la obra implica hacer un muy buen negocio y a eso se resume todo.

Para los curadores que defienden la obra, parece que están disfrutando ver cómo los opositores se rasgan las vestiduras ante la exhumación y la comercialización del anillo, y defienden en la “pieza” la estética del efecto y la explotación de lo terrible, lo cual al parecer es lo que le da poética al asunto.

Los opositores simplemente no soportan ver cómo se hace un negocio sin hipocresía y sin culpa, y revuelven su indignación con la probable opinión del extinto arquitecto, y por el cuestionamiento moral del uso de las cenizas. Desfigurados e impotentes ante la vorágine del mercado global de arte. Algunos otros, incapaces de disciplinar el tema a sus marcos de referencia.

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Para Zanco y su esposo, todo el fenómeno entre los esnobistas culturales mexicanos, les debe de provocar a la distancia, la misma sensación que provoca ver por televisión el ritual de apareamiento de las ballenas en Animal Planet.

Mientras que el respetable, desde la tribuna disfruta el extraño espectáculo con curiosidad, es raro ver a la burguesía discutir públicamente sobre su banalidad, y entre dimes y diretes exponer con fervor sobre el anillo en medio de noticias que ya parecen aburrir como la corrupción, las tensiones internacionales, los miles de muertos, el fútbol y otros asuntos que se desvanecen en la hoguera de las vanidades.

En medio de todo queda claro que el Archivo de Barragán en México no tiene lugar, ni presupuesto y que de regresar, la rebatinga por su uso sería como un festín de hienas que terminaría por utilizarlo para exotizar la obra de Barragán, como sucedió con la obra de Frida Kahlo, o incluso con el dichoso anillo.

En cuanto a las autoridades que participaron en el asunto, como de costumbre, no tienen ninguna autoridad, y mucho menos cuando se trata de intervenir con los flujos comerciales de la cultura.

Arturo Ortiz Struck
Arquitecto.