Cuando Julio Cortázar tenía nueve años lo impresionó una escena que escuchó en la radio. Durante el primer round, el estadunidense Jack Dempsey fue expulsado por entre las cuerdas y cayó sobre las máquinas de escribir de los reporteros, quienes lo impulsaron para que regresara al cuadrilátero. En el segundo asalto, Dempsey resolvió el complicado enfrentamiento y, para decepción de Cortázar y de muchos argentinos, Luis Ángel Firpo, llamado el Toro salvaje de las Pampas, perdió por decisión de los jueces.

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No podía creer lo que había ocurrido. Cortázar menciona que Firpo (se refiere a él como La pared de ladrillos) hubiera sido campeón del mundo, porque el marqués de Queensberry (padre de Bosie Douglas, quien fue pareja de Oscar Wilde) “estableció que un boxeador defenestrado ha de volver por cuenta propia al ring, y en cambio treinta manos levantaron a Dempsey, que estaba groggy y lo devolvieron cariñosamente a la lona, donde la campanilla lo salvó porque esa noche el buen Dios estaba con el star spangled banner por donde se lo mirara”. A partir de esa polémica pelea, las reglas del boxeo cambiaron y no se permite que los pugilistas salgan del ring, a menos que regresen en veinte segundos. Y, claro, deben volver sin ayuda de nadie.

En ese collage literario que es La vuelta al día en ochenta mundos (1967), en “El noble arte”, el narrador argentino recuerda cómo, en 1923, el pueblo de Banfield donde vivía siguió por la radio el combate de pesos pesados en el Polo Grounds de Nueva York, entre Dempsey y Firpo. Lo de la radio es literal, pues es era uno solo, único, el aparato que había en Banfield y el pueblo entero se congregó alrededor. “Fue una noche triste”, confiesa Cortázar. “Yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria”. A Firpo le decían el Toro Salvaje de las Pampas, porque en ese tiempo Jack La Motta (personificado magistralmente por Robert de Niro, en una cinta de Martin Scorsese) ya tenía el epíteto de Toro Salvaje. Aquel enfrentamiento entre Dempsey y Firpo definió la pasión de Cortázar por el boxeo.

“La vida de los boxeadores depende de sus recursos, de sus jabs y sus ganchos. Nunca olvidaré la pelea de Firpo contra Dempsey. En Argentina se consideró un robo nacional.  Me impactó aquella pelea pero, claro, como vivía en una casa repleta de mujeres, difícilmente habría alguien que me acompañara a una pelea”, señala Cortázar en una entrevista con Antonio Trilla, realizada en Madrid, en 1983.

Metáfora de un buen agarrón

La evocación de sus años escolares se le presentó a Cortázar en 1952 y lo motivó a escribir “Torito”, incluido en Final del juego (1956). En el colegio Mariano Acosta, a los 16 años, entró a su clase de pedagogía. Su maestro Jacinto Cúcaro en lugar de hablar del tema en turno, narraba hazañas de Justo Suárez, el Torito de Mataderos. Nadie en ese tiempo era capaz de perderse una pelea suya, era una especie de ídolo disfrazado con antifaz y guantes de boxeo. Parte del universo que construyó fue el andamiaje de Suárez en “Torito”, que no son otra cosa que las memorias de un hombre derruido por la tuberculosis que terminó siendo cuidado por su hermana, sin poder valerse por sí mismo, en un completo estado de delirio, en donde se acordaba con el brazo en alto de sus noches en el ring. “Era un boxeador extraordinario que conmocionó a Argentina, conectaba muy fácil con la gente y curiosamente también terminó perdiendo en Estados Unidos. Murió en un hospital de Córdoba. Para mí, su muerte (una verdadera tragedia del deporte) fue un acontecimiento importante”. En París, cuando Julio Cortázar vivía en el campus universitario, el recuerdo le llegó de golpe y, entre mate y mate, surgió el relato.

Muhammad Ali llevaba a la práctica su filosofía del boxeo: “Flota como una mariposa y pica como una abeja”. Cortázar no veía al boxeo como una disciplina de violencia, sino como dos destinos que se juegan el uno contra el otro. Estéticamente era algo que lo hipnotizaba, sobre todo los movimientos de Sugar Ray Robinson, del que aprendió a catar a los boxeadores con talento. Para el cronopio mayor, un buen agarrón de boxeo podía ser tan hermoso como la metáfora más noble. Seguramente el maestro Jacinto Cúcaro siempre estuvo en la memoria de Cortázar y de estampas relacionadas con su vida de estudiante.

Con los años, Cortázar se convirtió en un devoto aficionado del boxeo. “Una forma elevada de arte” que le hacía transparentar sus ideales. A diferencia de cualquier deporte colectivo, la responsabilidad individual arriba del cuadrilátero es dura y eso le provocaba más admiración. “Detesto el futbol así como me gusta el boxeo. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave… capaz de desatar muchas iras, capaz de provocar mi defenestración… Pero me es tan indiferente como el rugby o el beisbol.”, solía decir.

Rey del gancho al hígado

Fueron varios los boxeadores admirados por Cortázar, entre ellos destaca Kid Azteca, originario de Tepito. En un viaje que hizo a Argentina, Cortázar vio pelear a Kid Azteca y quedó deslumbrado por su destreza sobre el ring. En La vuelta al día en ochenta mundos, el narrador describe a la casi ausencia de un tema específico en su libro, “evocándolo como quizá la antimateria evoca la materia, y yo pensé en Mallarmé y en Kid Azteca, un boxeador que conocí en Buenos Aires hacia los años cuarenta y que frente al caos santafesino del adversario de esa noche armaba una ausencia perfecta a base de imperceptibles esquives, dibujando una lección de huecos donde iban a deshilacharse las patéticas andanadas de ocho onzas”.

Luis Villanueva, mejor conocido como Kid Azteca, fue un notable pugilista durante las décadas de los 30, 40 y 50; de esos años que pasó en el cuadrilátero, 17 fueron como campeón nacional welter, hazaña que lo consagró como una auténtica leyenda del boxeo. Su fama lo llevó a la pantalla grande, filmó cuatro películas: Kid Tabaco (1955), El gran campeón (1949), Guantes de oro (1961), cinta en donde también participó El Chango Casanova, y Buscando un campeón  (1980).

El 19 de marzo de 1948 empezó a circular Pepín, una publicación en forma de historieta que contaba la vida del boxeador. Pepín se difundía con el siguiente cintillo: Diario de novelas gráficas propio para adultos. Se hizo cuando Kid Azteca cumplió sus primeros 15 años de carrera en México y Estados Unidos. A este peleador se le conocía como el Rey del gancho al hígado. Con él se repite la historia común entre boxeadores: empiezan con escasos recursos económicos, se entrenan, se fortalecen, viven la gloria (dinero, mujeres, poder, fama) y van en picada, como en la rueda de la fortuna, para quedarse como iniciaron su carrera, sin nada.

El gran Mantequilla Nápoles

La relación de Cortázar y el boxeo no termina ahí, es ineludible “La noche de Mantequilla” (de Alguien que anda por ahí, 1977). Con un libro bajo el brazo, entraba a las diferentes funciones de pugilismo. En París no perdió la oportunidad de ver la pelea de Carlos Monzón contra Mantequilla Nápoles, en una carpa improvisada por Alain Delon, y sus recuerdos giraban en una espiral por todo lo que había leído cuando era niño. En La noche de Mantequilla describe el ajetreo de los aficionados mexicanos por apoyar a Nápoles contra la solidaridad irreverente de los argentinos por Monzón. En ese texto Cortázar realizó un ajedrez de un cuento político y gansteril que trascendió a la sorpresa cuando muchos se enteraron que fue testigo de esa noche triste de Mantequilla Nápoles y la lluvia de sombreros de charro que lo acompañaron.

De Mantequilla Nápoles decían que sus movimientos sobre la lona se parecían a los de una pantera negra. José Ángel Nápoles Colombat, boxeador cubano naturalizado mexicano, asombraba por la elegancia y precisión que imponía a cada golpe, certero, contundente. Era un habilidoso en el llamado arte de la defensa y el ataque, se calcula que este grande del boxeo sostuvo más de 500 peleas a lo largo de su vida, situación que derivó en un desgaste físico: su memoria es caprichosa, a veces va y otras viene, o permanece en un estado de completa lasitud.

¿A qué otros grandes pugilistas siguió atento Cortázar? De Ali admiraba su descaro, sus bravuconadas. Quizá, reconoce el escritor, haya sido el más grande. Y de los argentinos, a pesar de que la imagen del Toro salvaje de las Pampas se quedó atrapada en una entrañable reminiscencia de su infancia, nombra a Nicolino Locche, El Intocable.

Mas no siempre situó sus narraciones en arenas y estadios. El boxeo marcó el ímpetu en sus relatos como en “Las manos que crecen”, donde un tipo llamado Plack tunde a golpes a otro, Cary, y al irse, inexplicablemente, le crecen las manos a un tamaño descomunal y en su desesperación urge a un médico para que se las corte. Despierta de la anestesia y se sitúa en el lugar que se enfrentó a golpes con Cary, pensando que todo había sido una confusión mental, que en realidad Cary lo había vencido de un puñetazo a la mandíbula por lo que respira hondo, aliviado, sólo para darse cuenta que en lugar de sus manos le quedaron un par de muñones.

De cronopio a cronista deportivo

En Francia, alrededor de 1951, Cortázar fue cronista deportivo (para la radio) de algunas peleas transmitidas en México y Argentina; dicen que no le fue bien por su mala pronunciación de la letra erre, así que pronto lo echaron del micrófono. No obstante, su breve estancia en la radio tuvo resonancia en diversos círculos de aficionados al boxeo. Explica Cortázar, en la charla con Trilla, un dato curioso: Ho Chi Minh fue cronista de boxeo en París, en los años veinte. Refiere esto porque tras una pelea entre un boxeador negro y uno blanco, Chi Minh escribió “un extraordinario alegato contra el racismo, desde luego sin utilizar una sola vez esa palabra… Recordé ese alegato, porque cuando vi la transmisión de la pelea Boutier-Monzón me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator”.

Entre todas esas maravillosas ocupaciones inclasificables que tenía Cortázar como arrancarle la pata a una araña para enviarla en un sobre a un ministro de relaciones exteriores, ver globos verdes en un teatro vacío, crear instrucciones para subir escaleras o jugar Rayuela buscando sin sorpresa a la Maga, estaba siempre metido en su mente algún golpe maestro de sus queridos boxeadores. En su memoria había un lugar especial para los mejores jabs, uppercuts y ganchos al hígado.

Cortázar, como otros escritores, apostó por un boxeo bien escrito, zigzagueante, entrañable y furioso que salpica sudor y sangre. Retó al boxeo de sombra, aquel que practican los escritores al enfrentarse a la página en blanco y (literalmente) libran una batalla; el famoso cross a la mandíbula del que habla Roberto Arlt, golpe literario con el que se busca derribar con efectividad al lector.

Se conoce ya casi como un estribillo; no obstante, es pertinente subirlo a este ring: Julio Cortázar decía que la novela debe vencer por decisión y el cuento por nocaut. Si para Hemingway el periodismo era una forma de calentar el brazo (en metáfora beisbolera para poder enfrentar después los juegos mayores), en la disputa por la palabra otros autores aceptan los rounds necesarios con los que vencerán a la página en blanco… o serán vencidos por ella.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.