No todo el mundo puede presumir de tener en su casa una reproducción facsímil, 1/1, del que quizá sea el cuadro más famoso del mundo, el “Guernica” de Pablo Ruiz Picasso. Pero yo sí, soy feliz poseedor de un estuche editado en 1993 por la revista española Poesía, conteniendo en formato folio menor apaisado sus ## 39 y 40. Este último es un minucioso, si no exhaustivo, estudio de Josefina Alix acerca de dicho cuadro. El 39 se compone de 532 fragmentos en un total de 1.104 páginas; 532 fragmentos que, si su poseedor dispusiera de una pared lo bastante grande, compondrían a su vez los 349,3 x 776,6 cm del cuadro original. Obvio será decirles que mi apartamento en un pueblito de pescadores al sur de Colonia y a la orilla del Rhin no dispone de una pared semejante.

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Pablo Picasso, Guernica, 1937. Óleo sobre lienzo. 349 cm × 776 cm.

Ni tampoco creo que los disponga ninguno de los bastante más de 9,000 restantes poseedores de ese estuche de la revista Poesía. Digo esto porque la tirada fue de 10,000 ejemplares y la página web española de los libreros de viejo, de ocasión y de segunda mano, iberlibro.com, tan sólo consigna la existencia de cinco a la venta, y a decir verdad, a la vista de mi información en el momento que tecleo las presentes líneas, no sale tan caro el capricho de adquirir una edición tan singular. La oferta abarca desde un ejemplar por nomás unos modestos 60 euros en una librería de Barcelona, hasta otro a 250 euros en una de Burgos, pasando por los de 93 euros en Madrid, 120 euros en Valencina de la Concepción, provincia de Sevilla, y 145.20 euros en Albacete. Dicho sea de paso, confieso que los 20 centavos del precio de este ejemplar albaceteño me tienen intrigadísimo.

[He consultado el portal de la Casa del Libro madrileña y los de ivorypress y Amazon, y si bien registran la existencia de esta publicación la califican de “(Temporalmente) No disponible”. Los únicos en ofrecer un ejemplar en muy buen estado son libroantiguo.com, a 60 euros en otra librería de Barcelona, y el de las subastas madrileñas Casa Retiro, a 90 euros].

Sea como fuere, han pasado por fortuna los tiempos cuando en el testero principal del salón de las casas o apartamentos de los españoles colgaba una reproducción del “Guernica”. Colgarlo en esa pared era un seña de identidad antifranquista, así como —dentro de España— comprar semana tras semana la revista Triunfo, pese a la paradoja que ello encerraba; pues la revista carismática de la izquierda se bautizó así in illo tempore en honor a la victoria del inferiocre en la guerra civil. Pero a partir del 20.11.1975, cuando el tal murió en una cama de una clínica, “confortado con los auxilios espirituales y la bendición de Su Santidad”, tras una agonía que duró meses, tanto Triunfo como el “Guernica” dejaron pronto de ser señas de identidad. De hecho, Triunfo desapareció pocos años después.

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Soy periodista con 63 años de profesión a cuestas, y parafraseando al Machado que decía “entre los poetas míos/ tiene Manrique un altar”, en el relicario de mi memoria hay siempre candelas prendidas delante de varios. Por ejemplo el del neerlandés Eduard Douwes Dekker, alias Multatuli (1820-1887), a quien se debe la primera novela anticolonialista de la Historia, Max Havelaar, por la que tuvo que exiliarse. Pero sus lectores querían seguir leyéndole a toda costa, al menos en las páginas de algún diario, aunque sólo fuese como corresponsal en el extranjero. ¡Y qué extranjero! Multatuli se había exiliado en uno de los lugares más conflictivos de Europa alrededor de 1865. Nada menos que la Renania, donde estaban mirándose de reojo, y con hartas ganas de pelearse, Napoleón III y Bismarck. Al fin, un diario holandés nombró a Multatuli corresponsal en esa zona crítica, pero sub conditione de que sus crónicas debían ser objetivas, “irreprochablemente objetivas, objetivas, objetivas”, remachó una vez el redactor–jefe. Así es que Multatuli se limitó a enviar crónicas traduciendo los distintos puntos de vista de la prensa alemana: El Tiempo de Hamburgo, El Matutino de Múnich, La Gaceta de Berlín, El Liberal de Francfort, El Espectador de Colonia, El Observador de Maguncia… etcétera. Algunas crónicas (como la del 8.10.1867) sólo contenían citas de este último diario, por el que Multatuli parecía sentir cierta debilidad. Y todo funcionaba a la perfección hasta que un espíritu curioso averiguó que en Maguncia no existía un diario que se llamase El Observador. Claro que no. Las opiniones de ese Observador eran las de Multatuli, quien había descubierto así el modo de zafarse de la censura “objetiva” que le imponían desde la redacción de Haarlem. Creo poder decir que no hay otro caso como éste, el de un gran escritor doblado de periodista, que le ganase la partida, de manera tan revolucionaria y original, a los dictados del poder. Hoy, como homenaje a él, la columna editorial en la prensa neerlandesa se titula El Observador de Maguncia.

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Picasso pintando el Guernica en mayo de 1937. Imagen de Recuerdos de Pandora, bajo licencia de Creative Commons.

Y otros altares ante los que siempre tengo candelas prendidas son los del checo de expresión alemana Egon Erwin Kisch (1885-1948), autor de reportajes que crearon escuela y todavía son imitados sin que quienes lo hacen sepan hoy cuál es el modelo; el alemán Carl von Ossietzky (1889-1938), que armado con nada más que su pluma se enfrentó a Hitler y a sus hordas, conoció el campo de concentración y recibió el Premio Nobel de la Paz; el español Manuel Chaves Nogales (1897-1944), que con su Juan Belmonte, matador de toros inventó el tipo de libro cuya invención se atribuye al Truman Capote de In Cold Blood; el también español Julio Camba, maestro del formato que más me gusta aunque no el que más me piden; el USAno John Richard Hersey (1914-1993), cuya crónica sobre Hiroshima en The New Yorker es un clásico inalcanzable; y en fin, un epítome feliz de todos ellos, en la figura egregia del polaco Ryszard Kapuściński (1932-2007).

[Hago aquí la acotación de que Egon Erwin Kisch vivió en Ciudad de México desde fines de 1940 hasta el 17.2.1946, cuando vía Estados Unidos pudo regresar a Checoslovaquia. Fue una figura señera del exilio alemán en México, vicepresidente del Club Heinrich Heine (presidido por Anna Seghers), y en la editorial El Libro Libre, fundada por esos emigrantes forzosos, fugitivos del nazismo, publicó en su idioma original, en 1942 sus memorias, La feria de las sensaciones, y en 1945 el que sería su último libro, Descubrimientos en México].

Pero ahora, al conmemorarse los 80 años del cobarde y criminal bombardeo de Guernica, de quien quiero hablar es del periodista sudafricano George Steer, al que hace diez años le dediqué una Carta Abierta de la que extraigo los párrafos que siguen.

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A George Steer (1909-1944), periodista sudafricano muerto prematuramente en la India, en un accidente de automóvil, le bastaría para su gloria una sola de sus crónicas: la que publicaron el Times londinense y el New York Times –en primera página– el miércoles 28 de abril de 1937. En ella informaba del bombardeo de la ciudad santa de los vascos, Guernica, por los aviones de la Legion Condor alemana, los “voluntarios” que Hitler envió para apoyar al inferiocre en la guerra civil española. “Voluntarios” que ya habían bombardeado Madrid y estuvieron a punto de destruir el Museo del Prado, y que un lunes siniestro, dos días antes de la crónica de George Steer, a partir de las 16:15 sembraron destrucción y muerte durante 3 hs 15’ en aquel pueblo indefenso al este de Bilbao.

He escrito que “informaba”, cuando en realidad debí escribir “denunciaba”. De la manera más honesta y profesional: limitándose a decir lo que había visto y le habían contado los testigos presenciales, sin recurrir al panfleto, que es la tentación del torpe y del ideólogo, dos caracteres que suelen ir del brazo muchas veces. Gracias a su veracidad, el montaje mendaz urdido por el régimen nazi y la propaganda franquista se vino abajo: fueron aviadores italianos y alemanes quienes causaron la hecatombe, quienes ametrallaron en vuelo rasante a la población civil en fuga, quienes dejaron ese rastro cainita en el suelo vasco.

Es bastante seguro que sin su crónica a menos de 48 horas del suceso, el bombardeo de Guernica no se habría conocido en el resto del mundo ni le hubiese inspirado a Paul Eluard el título que su tocayo Picasso debía darle a la composición de su cuadro más famoso. Sólo eso sería ya mérito suficiente, pero a ello debe añadirse que esa crónica despertó una consciencia hasta entonces dormida: lo que acababa de suceder en Guernica podía ser pronto cruda realidad en el resto de Europa, y de hecho lo fue: Varsovia, Rotterdam, Amberes, Coventry, Londres, inscritas tan luego en esa lista execrable.

Dos son los futuribles que siempre me planteo respecto de George Steer.

Uno de ellos es qué hubieran platicado en una hipotética charla que mantuviesen Ryszard Kapuściński y él. Steer fue amigo de la juventud de Haile Selassie, el Negus emperador de Abisinia, y estuvo a su lado cuando los invasores italianos le obligaron a exiliarse a Londres en 1936, poco antes del estallido de la guerra civil española. Era un Negus distinto del que conoció Kapuściński en los setenta, dejándolo reflejado en un libro magistral, El emperador. Este era un sátrapa aislado del mundo por el cordón sanitario de una etiqueta y un ceremonial a cuyo lado las páginas de Cien años de soledad parecen un relato hiperrealista.

Y el otro futurible es tratar de imaginarme la cara que Steer hubiese puesto al ver llegar a Madrid, ya muerto el inferiocre, ese cuadro de Picasso que su crónica hizo posible, y verlo llegar ¡nada menos que custodiado y protegido por la Guardia Civil! Con su sentido británico del humor, seguro que se habría sonreído.

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Coda: El 28.4.1947, exactamente diez años después de la crónica de George Steer, comenzó en El Callao, Perú, el viaje de Thor Heyerdahl con la balsa Kon Tiki, bautizada así dos días antes, exactamente diez años después del bombardeo de Guernica. Ambas efemérides son hitos de la Historia, cuyo dios sin duda es Jano.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.