Poeta y novelista, Cécile Oumhani (Namur, Bélgica, 1952) representa el mosaico multicultural, pacífico y reconciliado con sus múltiples orígenes al que aspiran los ideales de la ciudadanía Europa. De padre francés y madre escocesa, es de nacionalidad francesa, inglesa y tunecina. Ha vivido en la India, Canadá, Alemania, Escocia y Túnez. Su última novela, Tunisian Yankee (2016), traza la vida de Daoud, un soldado de ese país magrebí que huye del sistema colonial para instalarse en Estados Unidos y luchar junto a los aliados en la Primera guerra mundial. Regreso a la América de Trump es el título de una serie de cinco artículos con los que la escritora fue armando un diario y una hoja de ruta de sus viajes al país norteamericano durante el mes de marzo y principios de abril, y que se publicaron en Bibliobs, la sección cultural del diario francés Le Nouvel Observateur.

6 de marzo. “No voté por él, sabe…”

“Mejor no vaya. Nunca se sabe con los agentes de inmigración”, me dice mi épicier marroquí, preocupado al ver que voy de regreso a New York. “Guárdate bien el número del consulado de Francia” me escribe una amiga neoyorkina. Pocas semanas han bastado para que el temor de lo arbitrario se insinúe tan sólo con pensar en atravesar el Atlántico.

Hace cuatro meses festejábamos el Halloween en Nueva York, casi en cualquier calle. Los papás de los niños apretaban el paso para asistir al desfile de la escuela del barrio. La directora estaba disfrazada de bruja y la maestra de pizza. Los niños seguían, rivalizaban en todos los registros de lo feo y lo terrorífico. Vampiros lívidos de labios sanguinolentos, fantasmas flotando sobre su sábana, cráneos socarrones… Y ese día un monstruo nuevo se invitó entre los niños. Un mechón espeso anaranjado recaía en un rostro de rictus y muecas. Muchos habían decidido asustar disfrazándose de Trump, como si su llegada al escenario de lo real fuese tan improbable como la de Drácula y sus consortes.

Ocho días después, el ambiente aún era festivo en la escuela, donde se habían instalado las casillas de votos. La espera era larga y los papás vendían cupcakes y brownies en beneficio de la escuela, despreocupados y alegres. Atrás de nosotros, un abuelo con su nieta se puso a presumir el plurilingüismo después de oírnos hablar en francés. Agregó que su nieta sabía tanto yiddish como inglés. Lo felicitamos. Sí, conocer muchas lenguas es una gran riqueza.

Hizo falta casi una hora para llegar a la sala de votos. Había muchos votantes. Un hombre barrigón, de gorra, nos escrutaba, exultante. “This is a great day for America”. Caminó hacia nosotros. “God bless you”. Y repetía “God bless you”. No hizo falta que dijera el nombre de Trump, aunque nadie creyera en ese momento que iba a ganar la elección. Volví a pensar en él unas horas más tarde, cuando de pronto el New York Times declaraba ganador a Trump, después de haber anunciado la victoria de Hillary Clinton con una certeza del 85% a principios de la tarde.

Al día siguiente, frente a la escuela, los rostros deshechos, lívidos, tras una noche de insomnio. Se hablaba de la debacle, como si hubiera que negarse a pronunciar el nombre de la deshonra. Todos sabíamos que caíamos en lo desconocido, con esa sensación de no haber visto venir nada. Hasta las nubes se deshilachaban en jirones inciertos cuando llegué a Ellis Island esa mañana, porque no quería cambiar mis planes por nada del mundo.

Había decidido ir al Museo de la Inmigración a ver los objetos legados por los descendientes de los inmigrantes que pasaron por Ellis Island. Vestido de novia que llevaba una mujer proveniente de Grecia para juntarse con su marido en 1921, cinturón regalado por una madre al despedirse de su hijo que dejaba Turquía para siempre en 1909… Tantos objetos, tantas historias de separación y partida cuidadosamente guardados, a través de generaciones, como los hilos preciosos de una memoria de la migración que debe ser transmitida.

Cuatro meses después, cruzo los puestos de la policía migratoria, perturbada por los relatos y noticias recientes. En el avión, a mi izquierda dos marroquíes leían y releían su ficha de inmigración, con el pasaporte en la mano. A mi derecha, un viajero que venía de Mali me preguntó con aire febril si le podía llenar su ficha, explicándome que había olvidado sus lentes. Me extendió su pasaporte americano y fuimos llenando las rúbricas una tras otra, empezando por su nombre, Mohamed. Siempre son tantos los viajeros que esperan en los puestos de la policía migratoria. Cuando me parecía larga la espera pensaba a menudo en los migrantes que llegaban a Ellis Island y que se quedaban cinco horas en promedio en la isla, si todo salía bien. No volví a ver a mis compañeros de viaje y salí más rápido que de costumbre.

Había tormenta en el cielo de la Van Wyck Expressway a la salida del aeropuerto. Escudriñé las casas de madera pintadas de gris, blanco o azul, a la espera de un signo, una huella que atestiguara eso que quedó tan presente en las conciencias. ¿Esa corona colgada de una puerta ha sido acaso olvidada después de Navidad ya que demasiadas cosas ensombrecen a los habitantes de la casa? ¿O más bien es un desafío a la vida, el que la fiesta opone a todas las incertidumbres?

El taxista de origen indio y yo evocamos cosas banales. El país del que vengo, los niños… Y de repente exclama: “Yo no voté por él, sabe…”. Él, como si a fuerza pensáramos en la misma persona, como si sólo pudiera tratarse del nuevo presidente.

Evocamos entonces los acontecimientos recientes, esa gente retenida durante horas en los aeropuertos. Se interrumpe. Obviamente, si uno se llama Mohamed o Alí… Y luego agrega, “hay motivos de seguridad, y eso lo puedo entender”. Le digo, “pero entonces tiene que garantizarse el respeto a cada uno”. “¿El respeto?” me contesta. “¿El respeto? En los aeropuertos no tienen respeto. Hacen todo por desestabilizar a la gente, hacerlos decir lo que creen que quieren esconder”. Y continúa hablando de las declaraciones del presidente sobre la inmigración, lo que dice un día y el otro también.

Al día siguiente, en la escuela, los rostros se iluminan. Nos saludamos. Nos contamos las cosas. Sangeetha viene a darme un beso. Me da un fuerte abrazo. ¿Fueron amables contigo en la frontera? Le contesto que todo ocurrió como de costumbre. Me gustaba ir a la librería Crawford no muy lejos de la escuela. Me gustaban esos viejos estantes de madera, esos ejemplares preciosos de ediciones antiguas de Hemingway o de Steinbeck. Fue allí donde descubrí el magnífico Basti, una novela de Intizar Hussain, traducida del urdu. Me dicen que acaban de cerrar. Es tan triste que una librería cierre.

Pero podrás ir a la otra, un poco más arriba… Nada te lo impide. Con cada lugar de lectura que cierra hay una victoria de la ignorancia. El vendedor de helados es fiel a su puesto en su camioneta blanca, por la tarde a la salida de la escuela, con sus cornetes y sus ice-cream sandwiches. Qué bien por él.

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“Casa de Long Beach”, fotografía de Cécile Ouhmani

13 de marzo. Cuando hasta el duelo está prohibido

Cláxons exasperados, rugido de motores y estruendos metálicos en varias sonoridades, el clamor de la ciudad sin interrupción. Apenas se apacigua un poco la noche con este fragor sordo y continuo que eclipsa toda posibilidad de silencio. Las pulsaciones de las arterias de su cuerpo desmesurado acompañan al insomne y al durmiente. El cuerpo de la ciudad es tan vasto que ningún humano lo puede abarcar con la mirada. Tanto menos podría descifrar lo que lo cierne y lo amenaza cuando el aullido de las sirenas estalla de pronto desde ninguna parte, sin que uno sepa para quién ni para qué.

El cuerpo de la ciudad es tan profundo que, a menos que se conozca bien su historia, ya no se oyen gemir algunas de sus capas, enterradas lejos bajo apariencias de ley justa, agradables para todos. Leí ayer un artículo sobre la creación del Central Park, ese corazón de verdor que es tan placentero recorrer, que en otoño arde y en invierno centellea. Ignoraba que había sido creado a expensas del Seneca Village. Los habitantes de este pueblo, fundado en 1825, fueron los primeros afro-americanos que pudieron comprar tierras aquí. En las épocas de la hambruna de la papa en Irlanda, inmigrantes irlandeses que afrontaban la discriminación también se asentaron. Seneca Village contaba con 264 habitantes en 1855. A todo ellos se les expropiaron tierras y fueron expulsados luego de dos años de luchas de resistencia para salvar sus hogares y escuelas. ¿Quién se acuerda hoy de estos aldeanos al pasearse por Central Park?

Los habitantes de la ciudad siguen su camino, muchedumbres a ras de una historia de la cual no oyen más el eco. Esta mañana, apenas voltean a ver al hombre que injuria a un transeúnte, sin darle su brazo a torcer. “¡Tu madre!”, repite en el vacío, cuando su interlocutor ha desaparecido ya. El vendedor de bretzels está en su puesto, en una esquina. El peluquero turco no se ha sentado en su banco de madera frente a la peluquería. Todavía hace mucho frío. Un Sikh camina frente a mí. El azul de su turbante canta con el cielo.

En el Starbucks, la gente alineada sobre la mesa frente a la vitrina teclea como en un piano o golpetea sus smartphones, hundida en sus pensamientos. Prefiero por mucho el café del barrio, a unos pasos de ahí. Ancianos, repartidores, albañiles de una obra cercana y amas de casa llegan a buscar un café o un bagel. Hay que escoger un buen momento para sentarse en la banquita de madera barnizada.

A mi lado, una mujer deja su café. Cruzamos miradas. Cabellos cortos, rasgos decididos, entre sus dedos gira la taza. Conversamos en retazos de español y de inglés. Se le ahoga la voz. Sus ojos almendrados brillan. Con una mano se seca las lágrimas. Ha muerto su padre la noche anterior, en Ecuador, arrastrado por el cáncer. “¿Va a ir para allá?”. A la congoja se suma el miedo en su rostro. “Ay, no. No va a ser posible”. Si se va, no la dejarán regresar aquí.

Con la garganta y el pecho encadenados, se contiene lo más que puede. Imposibilidad de hablar. Imposibilidad de hacer. Sola con su pérdida. Palabras de simpatía tan irrisorias, cuando hasta ritos fúnebres y duelo están prohibidos. La veo irse, orgullosa y bien erguida, hacia uno de los departamentos que debe limpiar aquí día con día, sin mostrar nada.

Me tardé unos veinte minutos en metro para llegar a Union Square. Los partidos de ajedrez están a más no poder, donde los jugadores ponen sus tableros tanto en invierno como en verano. A unos metros de ahí, alcanzo a ver el toldo rojo de The Strand, esa librería donde me gusta tanto perderme hasta olvidar la hora. Existe desde 1927. Su nombre alude a la calle epónima de Londres, donde los Thackeray o los Dickens tenían la costumbre de reunirse, cerca de donde vivían sus editores.

Esta librería se ha convertido rápidamente en un punto de encuentro para los escritores del Greenwich Village. Es la única sobreviviente de lo que solía llamarse the Book Row, que tenía más de cincuenta librerías. Un dédalo de estanterías que se exploran a veces trepándose al escabel que dejan a disposición de los clientes para atrapar los libros colgados a tres metros del suelo.

Hay un cartel en la puerta de entrada: “Refugees welcome here”. De modo que también la librería está en resistencia. Una pila del 1984 de George Orwell me recibe de inmediato. Muy cerca en otra mesa, El cuento de la criada de Margaret Atwood tiene también un lugar preferente. Es cierto que hoy se celebra el día de la mujer. Ellas están en el centro de esta novela distópica, en la que un país entero recibe mano dura  ––y primero las mujeres—, luego de que una dictadura haya tomado el poder.

Otra mesa está dedicada a los libros que estuvieron prohibidos o que se han prohibido hace poco, como Matar a un ruiseñor de Harper Lee, censurado a finales de 2016 de las listas de las preparatorias en Virginia junto con Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. Las librerías tampoco han olvidado una pila importante del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, potente aviso de lo que les sucede a los libros y al pensamiento bajo regímenes autoritarios.

Tomo el té en el taller de una amiga pintora. Le pregunto qué es una “Jericho March”, después de leer que una tendrá lugar pronto en apoyo a las familias amenazadas de expulsión, no muy lejos de las oficinas de inmigración de Nueva York. Me explica que se trata de una marcha silenciosa. Hablamos de libros y periódicos. Su rostro se ensombrece. Acaban de levantar unos departamentos de lujo justo en frente de su casa. La vista y la luz ya no son lo que eran, se lamenta.

21 de marzo. Nada de hispánicos aquí después de las 6 p.m.

La nieve espolvorea las cunetas cuando salgo de Manhattan la noche anterior al blizzard. Los edificios se recortan en líneas obscuras y aceradas contra el cielo. Una gama entre el negro y la antracita que no presagia nada bueno. El pórtico neoclásico del Manhattan Center for Science and Mathematics en las lindes de East Harlem es el único retoque de claridad.

Algunas horas más tarde, las cimas de las palmeras están envueltas en bruma, cerca de Los Ángeles. Aromas balsámicos y un perfume de jazmín en los jardines anuncian otra tierra y otra estación. La vegetación se desvela poco a poco a la mirada. Pareciera irreal, un decorado de película para enmascarar la inminencia del desastre. Ése cuyas sacudidas sísmicas recuerdan a menudo los californianos o más bien otro, el que casi había olvidado esta mañana. “Sí, a veces sentimos que tiembla el suelo, ligeramente, muy ligeramente”, me dice la profesora de la que soy invitada. Por el momento… ¿pero hasta cuándo? Y luego va más allá. “Ha oído usted hablar de la falla de San Andrés”. ¿Habrá que andar ahora sobre varios volcanes a la vez? Los mirlos ni se inmutan. No más que la oropéndola que suelta algunas notas mágicas.

Manejamos hasta el campus. Ella me cuenta toda la angustia de esos estudiantes que han sido beneficiados con un permiso de estancia de dos años renovable, en el marco del Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA), un programa que lanzó la administración de Obama en 2012. Concierne a los inmigrantes sin papeles que entraron antes de los 16 años y que están escolarizados. Familias separadas, jóvenes expulsados, eso es lo que significaría una no-renovación de sus permisos.

Se está acabando la mañana y los estudiantes deambulan tranquilamente de un edificio a otro, por el pasto. “Parecería un lugar para vacacionar, ¿no cree?”. El césped se ve efectivamente muy acogedor. Han levantado ahí algunos stands. Noto el de la Muslim Student Association. Dos muchachas jóvenes, con el cabello escondido por un fular adornado con ramas y hojas, se dirigen a los que pasan para atraer su atención sobre el tema de las hambrunas en Yemen.

El jefe del departamento de Literatura comparada y de Letras clásicas nos recibe en su oficina. Sonriente, evoca con amargura esas excavaciones arqueológicas que no ha podido continuar en Oriente próximo por culpa de la situación allá. Acaban de encontrar en el Cairo una estatua que podría ser de Ramses II o Psamético I. En verano, él se va más bien a trabajar a Grecia. En la ventana de la oficina del profesor de Literatura comparada que me recibe, la luz del cielo y los árboles son mediterráneos. Las cimas nevadas lejos en el horizonte me recuerdan a las que se ven desde la Alhambra, en mayo y abril, en Granada, la ciudad de García Lorca.

Los estudiantes se instalan en la sala de conferencias. Rostros atentos, escuchan con esa bella calidad de silencio que lleva toda la emoción de una respuesta en ella. Libertad de prensa recobrada después de la dictadura en Túnez, recorrido de los inmigrantes que llegaban antaño a Ellis Island, al cabo de interminables odiseas, como en America, America, la película de Elia Kazan. Discutimos de ayer y hoy y lo que dicen sus miradas me habla del mañana. Sienten curiosidad por la escritura y la traducción, un acto que derriba las fronteras y los muros para dar a leer la literatura del mundo. Dificultad también de traducir, de definir lo que se pierde cuando uno pasa de una lengua a otra, comenta una estudiante. Sufrimiento escondido de ese estudiante del que me habló el profesor, y que consigue sin embargo expresarse, consigue preguntarme sobre algún procedimiento de escritura.

En el coche, la profesora recuerda a una vecina. Solía hacer deporte en un barrio residencial. Un hombre le espetó un día: “¿Cómo es posible que viva usted aquí? Usted no es del todo blanca”. La vecina había contado las ganas que tuvo de darle una cachetada. La profesora continúa y habla de una época en la que acababan de construir algunos de esos lotes, hace ya muchos años. Circulaban folletos publicitarios. “Nada de hispánicos aquí después de las 6 p.m.”, precisaban. Y sí, eran necesarios para limpiar las casas, mantener los jardines, pero no más tarde de las 6.

Al día siguiente, ella me lleva a una playa que aman particularmente las focas. El Pacífico también atrae paseantes y pescadores, en el clamor estridente de los pájaros que emprenden vuelo hacia otras orillas en esta estación. Las casas sucesivas se alinean por toda la calle. Alguna está abandonada, ventanas repletas de polvo y jardín invadido por la maleza. ¿Podría ser acaso el corazón de un universo extraño y envenenado como en algunas novelas de Truman Capote? La profesora me habla con una pasión y ciertos tintes de amargura de todo lo que debería acercarnos unos a otros. Ahora más que nunca.

Por la ventanilla de regreso, la polvorienta extensión del desierto de Mojave precede las orillas grises apergaminadas de los lagos salados en Nevada. Arenisca roja en Colorado y la evidencia de un continente cuya inmensidad iguala la perdida de los amerindios que fueron sus primeros habitantes.

En Nueva York, montones enormes de nieve lodosa bordean las calles. Vuelvo a pensar en una conversación que escuché en la calle, mientras hacía muchos grados bajo cero, antes del blizzard. En Lexington Avenue, unos sin-techo ateridos mendigaban algunas monedas. “Si están afuera con este frío… no puedo realmente juzgarlos. Deben de estar desesperados. Pero si les damos algo, nunca más van a querer trabajar”.

Las dos mujeres cómodamente abrigadas habían seguido su camino, absortas en su plática. ¿Dónde están esos sin-techo después de la tormenta? Pasa un taxi en la noche. Enarbola el último eslogan publicitario de Diesel: “Make love not walls”. Al llegar, recibo un mail de la poeta Marilyn Hacker. Trump quiere simplemente suprimir el National Endowment for the Arts (Fondo nacional para las artes).

27 de marzo. Escribe con gis, con trozos de plomo…

La estación del metro de Union Square es un cruce por el que se puede pasar fácilmente del Este al Oeste de Manhattan. Y cuando uno se dirige al sur, aquí se tiene la impresión de haber recorrido ya gran parte del camino. Como de costumbre, varios músicos toman sus instrumentos. Un niño de unos diez años toca la batería, casi en trance. Los fulgores del saxo que lo acompañan danzan en la penumbra.

Un poco más allá, ¿de qué país de Asia central vendrá la melodía de ese hombre solo que desenrolla de sus cuerdas la inmensa melancolía de las estepas perdidas? Otro desempaca su caja llena hasta el tope de libros de costuras cansadas. Arriba de las escaleras, un predicador canoso y encorvado arenga a los que pasan, agitando una biblia con una mano. “The Scriptures… The Scriptures!” ¿Quién los escuchará en el amplio hall en el que cada uno se apresura hacia su fin de semana? ¿Quién se detendrá a ver las portadas de las novelas de la estación sin edad?

Empieza a haber menos viajeros, mientras el vagón del metro avanza hacia la punta de la línea del Noroeste de Manhattan. El empleado entumecido por el frío que activa el elevador de la calle 190 me saluda amablemente, seguro de que algunas palabras podrán devolvernos calor a unos y otros. Una mezcla de granizo y nieve derretida cae sobre Washington Heights. “The Cloisters”, sección del Metropolitan Museum dedicada al arte medieval, está muy cerca. Había pensado regresar a ver esos claustros franceses que tuvieron vida nueva en otro continente, arriba del Hudson River. Pero hoy no tengo tiempo.

Al final de la avenida, el toldo rojo del restaurante indio “Kismat” atrae mi mirada envuelto en una bruma grisácea muy invernal. Kismat, “destino” en hindi y también en urdu… También es el título de una película en blanco y negro de Gyan Murkherjee, que salió en 1943. Está llena de giros imprevistos con su personaje antihéroe, pickpocket enamorado con sonrisa carismática. Y también esa canción que pasó desapercibida para las autoridades del Raj británico, que hacía eco con el “Quit India movement” y que lanzó Gandhi unos meses antes.

La escritora Meena Alexander me recibe para el té con una gracia a imagen de su poesía. Evoca esas líneas de falla, de las que trata en su libro Fault lines, en el que cuenta un recorrido que la llevó de Allahabad y de su familiar Kerala a Jartum y luego a Nueva York, en donde vive desde finales de los setenta. Me cuenta de sus lenguas, las notas de la música secreta que la cruzan, malayalam, hindi, árabe, inglés y francés. Su voz se remonta a cicatrices y suturas de una vida en la que las aguas del Nilo se reflejaban en las del Ganges de su memoria.

Esta mañana en el mercado de agricultores de su barrio, ha entablado charla con una mujer que llevaba el famoso gorro rosa con orejas de gato, símbolo de la resistencia de las mujeres contra Trump. Y dice que su interlocutora andaba llena de esperanza, tan confiada en la capacidad de los americanos para salir de una situación de crisis inédita. Meena Alexander no comparte ese optimismo, preocupada por las “convulsiones” regresivas que sacuden el mundo casi en todas partes, y más allá de los Estados Unidos.

Y recuerda entonces la agresión a dos Indios en Kansas en febrero pasado. Uno murió, el segundo acabó herido. Se preocupa por los jóvenes que tienen la piel morena y que andan en la calle.

“No podrían tomársela contra mí por ser una mujer de mi edad. Pero para los jóvenes la cosa no está nada fácil hoy en día.”.

Su marido, David Lelyveld, es antropólogo y especialista en hindi y urdu. Una hermosa coincidencia, porque yo ignoraba esto, acordándome hace rato de la película de Gyan Mukherjee frente al toldo del restaurante indio, abajo en la calle. Me habla de sus estudiantes de Columbia University que temen ser arrestados porque no tienen papeles. Piden que los acompañe a su casa algún americano que pudiera ser testigo en caso de arresto.

Se detiene un momento en esta violencia que marca la historia de su país. No hay sueño americano. La violencia empezó con la llegada de los colonos a tierras amerindias y sigue hasta hoy. ¡No hay que vendarse los ojos! Meena habla del papel que debe tener la poesía, más que nunca. Me da a leer una conferencia que impartió en la Universidad de Yale en 2013:

Estaba en Nueva York el 11 de septiembre. La poesía era una manera de sobrevivir. Escribía en pedacitos de papel que llevaba a todos lados. La gente se juntaba a leer poemas, en la radio, en Union Square y otros lugares públicos.

Escuchándola, vuelvo a pensar en la profusión de mails de poetas neoyorkinos que he recibido tras los resultados de la elección, une verdadera ebullición. Era necesidad de encarar y resistir a la vez, búsqueda de un nuevo horizonte en lo más íntimo de la palabra, que no habría que perder de vista por nada.

Meena Alexander participó en la lectura “Writers Resist” el 15 de enero pasado, en los escalones de la New York Public Library, cuya imponente construcción de 1911 está entre la calle 40 y la 42. Algunos versos del poema que leyó, “Crossroads” (“Encrucijadas”), dicen muy bien esa estupenda urgencia de seguir adelante a pesar de todo, seguir adelante diciendo no, con palabras, de manera obstinada:

Write with chalk, sticks of lead, anything to hand
Use a bone, a safety pin, a nail, write on paper or Stone
Let the poem smolder in memory.

(Escribe con gis, trozos de plomo, todo lo que tengas a mano
Usa un hueso, un segurito, un clavo, escribe en papel o en piedra
Deja que el poema se consuma en la memoria.)

La escritura, arrebato irreprimible para sobrevivir, junto a la extensión de los espacios de la reflexión, el viaje y lo compartido. Si no, ¿por qué los tiranos habrían encarcelado y prohibido tan a menudo a los poetas?

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“Librería The Strand en Nueva York”, fotografía de Cécile Ouhmani

4 de abril. La memoria perdida de Little Syria

Conocí a A. y a E. en un festival de poesía en Europa central. Hace años de eso. Nos volvemos a ver cada vez que vengo a Nueva York. En el otoño pasado, en un café de Manhattan, evocamos la situación sin que ellas o yo creyéramos que lo peor pudiera al fin producirse. La victoria de Hillary Clinton parecía algo casi dado.

A. ve en la situación actual de los Estados Unidos la culminación de largos años de una degradación cuyas consecuencias no medimos. Ella deplora que en varias universidades se renuncie a las exigencias intelectuales, frente a estudiantes que se comportan como clientes, con derecho a obtener su examen, por el simple hecho de haber pagado sus estudios. El espíritu crítico, la capacidad de analizar la actualidad, de entender el discurso de los políticos, se han visto gravemente afectados. El nivel de conocimiento en materias como la historia, la geografía o la filosofía ha tenido un papel importante en el auge del populismo.

E. se dice pesimista también. La movilización contra Trump le parece a menudo irrisoria y teñida de ingenuidad. La gente repite las palabras “llamen a su diputado” como una fórmula que fuera suficiente para resolver los problemas. Para ella, el sistema ya se ha colapsado de distintas maneras y es demasiado tarde. ¿Por qué no haberse movilizado todavía más dos meses antes de las elecciones? ¿Por qué no haber protestado y ejercido más presión en los grandes electores? Reconoce, sin embargo, la eficacia de las manifestaciones del primer decreto anti-inmigración, antes de agregar que la segunda versión no será muy distinta de la primera.

Al regresar, me espera un mensaje del presidente de la Washington Street Historical Society. Al suroeste de Manhattan había un barrio hoy desaparecido, el de Little Syria. Sus habitantes habían llegado de Siria y de Líbano, entre finales del siglo XIX y 1947. Desde hace varios años, Todd Fine busca, junto con los miembros de su asociación, revivir la memoria de esa pequeña Siria tan próspera, en donde la vida cultural era muy intensa. Me invita a asistir a una mesa redonda sobre ese tema esta tarde en el Metropolitan College of New York.

Un poco más tarde en la calle, la luz guarda un aire de primavera. Un grupo de estudiantes se dirige a la estación de metro. “Y desde Serbia te vas a Grecia, luego a Turquía”. El joven muchacho se embriaga de nombres de países que desgrana y repite, en la escalera, hasta el vagón, camino al sur de Manhattan. Sus amigos se han ido ya con él, transportados por el deseo de viaje, de descubrimiento, que martillea con cada sílaba. Todavía hay jóvenes sedientos de viajes y de lejanías. ¿Sabrán ellos que, muy cerca de Battery Park, convivían en Little Syria sirios, eslavos y alemanes que frecuentaban las mismas escuelas?

En enero, había en Ellis Island una exposición itinerante dedicada a este barrio. El Metropolitan College of New York la recibirá hasta finales del mes de marzo. Antiguas fotos teñidas de nostalgia representan a los habitantes de Little Syria, sus actividades cotidianas, sus periódicos, también sus fiestas. De aquella época quedan tres edificaciones a dos calles de aquí. Una albergaba habitaciones modestas, uno de esos tenements como el de Lys de Brooklyn, la película de Elia Kazan. En la otra se daban cuidados médicos. La última albergaba la iglesia melquita de San Jorge. Hoy convertida en café-restaurante ha conservado no obstante su fachada neo-gótica. Había una mezquita en Rector Street justo al lado, en el primer piso de un edificio que fue arrasado. Little Syria no sobrevivió a la construcción del Battery Tunnel, poco después de la segunda guerra mundial. Los que vivían ahí guardan aún el recuerdo, con el pesar de que su historia haya caído en el olvido, luego de que todos se dispersaran por Brooklyn y muchas otras ciudades.

Los descendientes quieren a toda costa preservar ese pedacito de Little Syria, a pesar de la presión inmobiliaria que pesa en cada metro cuadrado, en donde los promotores se privan con las ganas de levantar otra torre de lujo. Los participantes de la mesa redonda se acuerdan de lugares en los que vivieron sus padres y sus abuelos. Dan el testimonio emocionado de una vida común y de relaciones fuertes tejidas entre unos y otros, como Joseph Svehlak, nieto de inmigrantes moravos que llegaron a Little Syria hacia 1900.

Todd Fine es especialista en Ameen Rihani, autor de la primera novela arabo-americana escrita en inglés, publicada en 1911. Estuvo a cargo de una nueva edición de The Book of Khalid a la que agregó un epílogo de su autoría. Toma la palabra no sólo para evocar a Rihani sino a la primera asociación de escritores árabes-americanos fundada en 1916, de la que fue presidente Khalil Gibran. Little Syria, según explica Todd Fine, fue un crisol en el que la literatura árabe se transformó y se innovó, gracias a estos escritores del Mahjar, una palabra que significa exilio.

Produjeron en árabe y en inglés, obras que cargaban sus sueños y reflexiones de tono a menudo filosófico, muy marcado por su idealismo. Todd Fine y su asociación han decidido rendirle homenaje con un monumento que se encontrará en una plaza, la Elizabeth Burger Plaza, a dos pasos de la antigua Little Syria. La escultura que escogió un jurado en enero es de Sara Ouhaddou, joven artista de origen franco-tunecino. Placas en las bancas de la plaza conmemoran a los escritores de Little Syria y citan a Khalil Gibran.

Pasados dos días, el Metropolitan College of New York recibe un evento, dedicado a la literatura del Mahjar. Elizabeth Saylor, académica, viene a hablar de una mujer cuyo recorrido rompe normas, la siria Afifa Karam, periodista y escritora nacida en 1883, que empezó a publicar artículos en 1899. Elizabeth Saylor le dedicó a ella una tesis de doctorado.

Afifa Karam es autora de cinco novelas, que aparecieron primero en Al Hoda, un periódico de Little Syria. Desgraciadamente, dos de sus obras se han perdido. Pero Elizabeth Saylor no pierde la esperanza de encontrarlas algún día, tal vez en Brasil, donde vivieron bastantes otros escritores del Mahjar. Su memoria aún vive y puede ser que algún ejemplar de esos libros desaparecidos acaso duerma por allá, extraviado en una estantería o en el fondo de una caja llena de libros de viejo.

Las novelas que ha podido estudiar Elizabeth Saylor no han sido traducidas todavía al inglés. Son asombrosas por sus temas y su compromiso, en una época en la que las mujeres no tenían todavía derecho a votar. Las compara a las de una Jane Austen que hubiera insertado aquí y allá pasajes didácticos. Suelen ser a menudo relatos de inmigración. La historiadora Linda Jacobs recordaba antes de ayer que muchas mujeres llegaban aquí desde Siria sin ningún hombre, viajando a veces con una hermana, una amiga. Una vez que llegaban, vivían de la venta ambulante, como la madre de Khalil Gibran que vendía encaje cuando llegó a los Estados Unidos.

Afifa Karam a veces pone en escena a inmigrantes en algún camino del campo americano llevando sus mercancías. Feminista de vanguardia de principios del silgo XX, denunció el lugar de las mujeres, los matrimonios arreglados y afirma el papel primordial de la educación. Elizabeth Saylor cita a uno de los personajes que se libera de un marido que no escogió y dice: “Te retomo mi cuerpo. Ahora me pertenece a mí y a mí nada más”.

 

Cécile Oumhani
Poeta y novelista francófona. Su última novela es Tunisian Yankee.

Traducción y nota: Álvaro Ruiz Rodilla
© Cécile Oumhani

 

 

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