La polémica en torno a Rulfo y sus herederos, la historia del día mundial del libro que se celebra el 23 de abril, el nuevo diccionario de Pascal Quignard y la última novela del escritor italiano Erri de Luca.

Enredos en torno a Rulfo

Las efemérides y homenajes deberían ser simples invitaciones o incitaciones a conocer, explorar, leer o releer las vidas y obras de nuestros clásicos. En el año del centenario del autor de Pedro Páramo, las polémicas entre sus herederos y los sectores letrados de México no han provocado más que miopía y ataques prejuiciosos. En lugar de acercarnos a los vericuetos de la prosa rulfiana, nos alejan. En lugar de dirigirnos a los enigmas del amor por Susana San Juan, nos repelen. La reciente decisión de la Fundación Juan Rulfo de retirarse de la Feria del Libro y de la Rosa y de quitarle los derechos de uso e imagen a la UNAM es la culminación de una serie de incomprensiones y debates que rayan en lo absurdo. Lo es, también, el hacerse con la oportunidad del centenario para publicar un libro como Había mucha neblina o humo o no sé qué para juzgar los oficios y actos del escritor como incongruencias inaceptables.

Como es costumbre, la opinión pública que caza brujas se resguarda en la maledicencia, el prejuicio y el maniqueísmo absoluto. Es más fácil juzgar y denigrar que buscar matices como materia de reflexión. Un sector de intelectuales ha defendido las posturas de la Fundación Rulfo y sus herederos como un acto de resistencia y rebeldía: no dejarse homenajear por las instituciones de gobierno equivale a conservar la dignidad del autor. A no venderlo ni prestarlo, ni entregarlo al servicio de un Estado corrupto y maltrecho. Así que la Fundación y sus defensores ahora aparecen como los estandartes de una lucha contra el establishment cultural. Quienes mantienen este argumento olvidan que la misma Fundación vendió los derechos de la obra a la mega agencia transnacional de Carmen Balcells, que representa, mejor que nadie, ese mismo establishment. ¿Qué tan anticapitalista puede ser registrar el nombre del autor como propiedad intelectual (lo que realizó la Fundación en 2005, al retirar dicho nombre del premio de la FIL otorgado ese año a Tomás Segovia)? El Estado, por su parte, debería ser el garante de que la obra del mexicano sea leída por las mayorías, preocupándose por crear un verdadero público lector desde la edad más temprana. En vez de esto, suele dedicar millones a eventos y farándulas que poco o nada tiene que ver con el acto de leer y escribir. Al final, en estas disputas que derivan claramente del “síndrome Kodama”, entre la codicia de unos y otros, los que perdemos somos los lectores, enfrascados en luchas de opinión descarnadas. Y así el eco de Rulfo le dice a alguno: “Anda, ve y diles que no me maten.”

Día del libro

El 23 de abril —el día en que, por algún azar cósmico, coinciden las muertes de Shakespeare, Cervantes y el Inca Garcilaso, todas en 1616— se celebra el Día mundial del libro y el derecho de autor. El editor y traductor español Vicente Clavel (1888-1967) fue el inventor de esta idea comercial, plasmada a través de un Real Decreto en 1926. Clavel fundó la editorial Cervantes en donde publicó a escritores hispanoamericanos, en la colección “Biblioteca de autores americanos”, a raíz de su encuentro con Rodó en Barcelona. De este último publicó varios títulos, dándolo a conocer en España: Motivos de Proteo, El mirador de Próspero, Ariel, Hombres de América. Publicó además obras de Horacio Quiroga, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y el Florilegio de prosistas uruguayos de Vicente A. Salaverri. En la década de los veinte, la colección “Los Príncipes de la literatura” cuyas ediciones solía prologar el mismo Clavel trajeron traducciones frescas de Gógol, Tagore, Flaubert o Eça de Queiroz.

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Vicente Clavel en enero de 1958 en Barcelona (fotografía de lapiedradesisifo.com).

El día del libro español, inicialmente previsto para el natalicio de Cervantes el 7 de octubre, acabó por trasladarse al 23 de abril (día de San Jordi) y universalizarse en 1995, adoptado por la UNESCO como una celebración mundial, con una capital distinta cada año (en este 2017 se trata de Conakry, Guinea). Las palabras de Clavel en el decreto de 1926 siguen siendo vigentes casi un siglo después, omitiendo por supuesto su límite nacional y su idea de “raza”: “Es el libro español sagrario imperecedero que difunde y expresa el pensamiento, la tradición y la vida de los gloriosos pueblos hispanoamericanos y plasma o perpetúa las concepciones del genio de la raza, vigorizando sus energías espirituales y abriendo cauces de expansión al vínculo más indestructible de muchas generaciones hermanas”.

Diccionario Pascal Quignard

Pocas veces en la historia de la literatura se ha presentado el caso de un escritor que participe en la edición de una amplia herramienta crítica sobre su propia obra. La fama y la influencia mundial del escritor francés contemporáneo más traducido al español no deja de crecer. Así, acaba de aparecer Dictionnaire sauvage de Pascal Quignard (Hermann, 776 p.). Reúne entradas que son verdaderas puertas de acceso a la obra del francés, tomadas de críticos y estudiosos de su obra, de entrevistas en las que el autor explicaba la fabricación de sus novelas o incluso de información biográfica íntima (como una entrada titulada “carencia maternal”).

La libertad según Erri de Luca

Junto con Roberto Saviano, Erri de Luca es el escritor italiano contemporáneo que ha sufrido persecuciones y amenazas de muerte a raíz de su palabra. En 2013, de Luca hizo un llamado en las páginas del Washington Post a boicotear la línea de tren TGV entre Lyon y Turín. Para el antiguo obrero reconvertido en novelista y poeta militante, la construcción ferroviaria representaba un peligro ecológico con consecuencias desastrosas para las poblaciones alpinas. Declarado inocente en 2015 luego de un juicio en el que los dirigentes de Lyon-Turin Ferroviaire lo acusaban de “incitación al sabotaje” e “instigación de crímenes terroristas”, de Luca se convirtió en un símbolo de la libertad de expresión en Francia e Italia. En su nueva novela, La natura esposta (Feltrinelli, 2016, 128 p.), La naturaleza expuesta en castellano, el escritor crea un narrador a su imagen y semejanza. Se trata de un “coyote” a la europea que ayuda a inmigrantes y refugiados a atravesar los senderos del exilio en los Alpes.

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En vez de escritor es un experimentado escultor. Devolviéndoles el dinero a tanto “viajero del infortunio”, el narrador quiebra las rutas y mordidas de otros coyotes convencionales. Pero pronto estos enemigos provocan el exilio del personaje que, en su nueva vida, recibe la tarea de devolverle su aspecto original a un Cristo en la cruz. Es decir, quitar el paño que tapa la desnudez del crucificado, agregando la humillación de la impudicia a los demás suplicios. En el relato se cruzan las tres religiones monoteístas, el conflicto entre lo sacro y lo profano y una profunda reflexión sobre la fe, la misericordia de los ateos y la libertad artística. “Tengo una relación de no-creyente con Dios. Si leo las Escrituras es porque me asombra el papel que tiene el verbo […] una palabra tan poderosa que hace surgir las cosas, las crea. Si uno no dice la realidad, la realidad será borrosa. La palabra tiene la fuerza para dar definición, darle alta definición a la realidad”, ha declarado el escritor en entrevista para L’Obs.