gaddis-1

Publicamos un ensayo tardío de Gaddis sobre el escritor ruso, escrito en 1996 e incluido en La carrera por el segundo lugar. Ensayos y textos de ocasión (Sexto Piso). Dostoievski tuvo una influencia significativa en Gaddis, que lo consideraba el más grande de los novelistas rusos, si no el más grande de los novelistas a secas —afirma Joseph Tabbi, editor del volumen—. La única vez que Gaddis ofreció una lectura de una obra de ficción fue en la primavera de 1991, en un acto benéfico celebrado en una biblioteca de Wainscott, Nueva York; le solicitaron que leyera una obra propia —narra Tabbi—, pero Gaddis se negó y leyó una escena cómica de Los demonios de Dostoievski.


Aunque uno no calificaría al autor de Crimen y castigoLos hermanos Karamázov El idiota de escritor cómico, en Los demonios, la que tal vez sea la más oscura de sus novelas, impregnada de asesinatos, suicidios y locura, conspiraciones políticas y una inocencia echada a perder, Fiódor Dostoievski encontró lugar para hacer un retrato mordazmente cómico de Turguéniev, ofrecer una deliciosa parodia del Romanticismo alemán e incluso echar un rápido vistazo a la muerte de un estadounidense que había donado sus huesos a la ciencia y “su piel para que hicieran con ella un tambor, a fin de que el himno nacional estadounidense pudiera aporrearse en él noche y día”. En cada oportunidad que se presenta, el humor da la medida de la falta de armonía, la incongruencia y el absurdo que marcan la intrusión de lo irracional en las turbulentas actividades humanas.

El diablo, como suele decirse, está en los detalles: en una de las primeras escenas, en la que se presentan dos de los principales personajes de la novela, la acaudalada y arrogante Varvara Petrovna Stavróguina, asediada por todas partes por personas cuya vida carece de propósito y cuyas almas van a la deriva entre la confusión y las decisiones equivocadas, irrumpe en la habitación de su desventurado protegido, el envejecido esteta Stepán Trofímovich Verjovenski, diciéndole: “Estás solo. Me alegro. No soporto a tus amigos. ¡Cómo fumas! ¡Qué ambiente! No te has terminado el té y ya son casi las doce de la mañana. Ésta es tu idea de la felicidad: ¡el desorden! La suciedad te proporciona placer. ¿Qué es ese papel roto que hay en el suelo?”. Desciende en un torrente de maltrato. “Abre la ventana, la persiana, las puertas, ábrelo todo completamente. Y vamos al salón. He venido a verte por algo importante”. Y una vez están allí: “Tu salón es un desastre”, continúa. “Tienes que hacer que lo empapelen de nuevo. ¿No te mandé a un empapelador con algunos diseños? ¿Por qué no elegiste uno? Siéntate y escucha”.

gaddis-2

Autorretrato de William Gaddis

El demonio al que ella persigue con tanta furia es, desde luego, el desorden, una obsesión que es tan característica de este personaje como lo había llegado a ser en el caso del propio Dostoievski.

Rebasada ya la mediana edad, carcomido por la enfermedad, la pobreza y las deudas y separado de su patria, donde habían quedado su juventud radical, sus años de cárcel y Siberia, se estableció en Dresde para escribir esta novela que critica con dureza esa visión juvenil de una utopía socialista y el ruinoso desorden y el culto al nihilismo que la siguieron.

Aunque es muy común que la radicalidad de la juventud dé paso al conservadurismo con los años, no hay nada común en la conversión de Dostoievski. La vivió con tanta pasión como la fiebre del juego que dominó su vida, una vida que ahora le parecía insoportable por hallarse a merced de un universo desordenado, un desorden que amenazaba los mismos cimientos de una Rusia asentada sobre los absolutos de la Iglesia Ortodoxa y la mano de un Dios inescrutable en el que buscó refugio.

Aclamado como un profeta de la agitación revolucionaria que convulsionó Rusia en 1905-1906 y de nuevo en 1917, Dostoievski puede considerarse, en la actualidad, un profeta aun mayor de nuestro tiempo, en el que el gobierno autoritario y la imposición de la ley y el orden llevan las semillas del fascismo, en el que el fundamentalismo disfrazado de religiones reveladas combate contra lo irracional en un conflicto entre un mundo de absolutos y un universo contingente del que forman parte la diferencia y la discontinuidad, la contradicción, el desacuerdo, la ambigüedad, la ironía y la paradoja, la perversidad, la opacidad, la anarquía y el caos en una disciplina académica dignificada con el término griego de aporía, el territorio en el que Dostoievski luchó con toda la frenética energía de los personajes memorables que creó.

“Ésta es tu idea de la felicidad: ¡el desorden!”. Varvara Petrovna había estallado e iniciado su implacable batalla contra ese demonio, nacido de la pereza y el descuido, que se encontraba allá donde ella mirase, manipulando la vida de quienes la rodeaban con la tiranía que ejercía su riqueza, como ese “algo importante” que la había llevado hasta el domicilio de su desventurado protegido. “Esta feliz idea se me ocurrió en Suiza”, le explica, informándolo de que ya tiene todo “arreglado” para que se case con una chica de veinte años con la misma intensidad con la que lo había instado a redecorar el salón, hasta que todos sus esfuerzos por imponer orden se disuelvan en el desorden general que la rodea, en el que, como sucede con el matrimonio y con el papel de la pared, cualquier cosa al final equivale a cualquier otra cosa en una imagen definitiva del caos, y la decadencia del sentido, en la creciente entropía, lo va silenciando todo lentamente, de manera que al final sólo puede atacarlo diciéndole: “¡Eres un tonto, un tonto! Sois todos unos tontos desagradecidos. ¡Dame mi paraguas!”.

 

William Gaddis (1922-1998)
Escritor. Autor de Jota ErreSu pasatiempo favorito y Los reconocimientos, entre otros libros.

Traducción de Mariano Peyrou.