A continuación se aborda la discusión que provocó un curioso grupo de activistas en los Estados Unidos: su lucha se basa en el rechazo rotundo hacia el pintor francés hasta exigir que se retiren sus pinturas de todas las salas de exhibición.

Este dibujo me tomó cinco minutos,
pero sesenta años para llegar a él.
—Pierre-Auguste Renoir

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¿Qué pasaría si una horda de manifestantes furibundos exigiera retirar todas las obras de Diego Rivera de los museos y salones de arte en México? Pues bien, evidentemente esto generaría una gran controversia. Las figuras emblemáticas del arte siempre tendrán tantos detractores como seguidores. La reciente discusión en torno a la producción de Pierre-Auguste Renoir (Limoges, 1841-1919), célebre pintor francés y tímido representante del impresionismo, comienza a atraer la atención de artistas, críticos y amantes del arte en todo el mundo.

Impulsado por su reprobación y aversión hacia la obra de Renoir, el norteamericano Max Geller, estudiante de derecho, decidió crear una cuenta de instagram alimentada con el hashtag #RenoirSucksAtPainting. Poco a poco, se tejió un movimiento de personas alrededor de este enemigo común, y en el mes de abril de 2015 Max Geller se encargó de enviar una petición al gobierno norteamericano exigiendo retirar todos los cuadros del francés de la National Gallery of Art, en Washington D.C. En octubre del mismo año, se organizó una manifestación de algunas decenas de personas frente al Museo de Bellas-Artes de Boston que clamaba por retirar de la exhibición todas las obras de Renoir. ¿Bajo qué argumentos? El grupo de haters acusa a Renoir de “degradar el buen nombre de las Bellas Artes”, de ser burdo e impreciso al representar los objetos y sobre todo de corromper al público con su “terrorismo estético”. Se critica igualmente su trazo difuso, carente de definición en las siluetas y el “mal uso” que hace de los colores con su luminosa paleta. La protesta tiene algo hilarante y prejuicioso. Hay también un tradicionalismo y un moralismo insospechado detrás de las críticas a su estética: no solamente se acusa a Renoir de pintar tonos mortecinos o manos sin dedos (“Put some fingers on those hands!” se leía en algunas de las pancartas) sino de depravar a los jóvenes y a los artistas de las nuevas generaciones —acaso como Sócrates, acusado y sentenciado a muerte por la mayoría de los miembros de la polis.

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Imágenes tomadas de la cuenta de Instagram Renoir sucks at painting.

Por falta de firmas, la petición de Washington fue dejada de lado por el gobierno, pero el entusiasmo con #RenoirSucksAtPainting aumentó considerablemente. Además del sector tradicionalista norteamericano de Boston, Washington y Nueva York, algunos estudiantes de artes plásticas de Harvard y otros detractores del arte de Renoir en París, comenzaron a sumarse a esta singular causa. En nuestros días las redes sociales permiten vehicular todo tipo de contenidos, pero hay que ser conscientes de que el rechazo o el odio siempre cobran más relevancia que cualquier otra emoción. Gran parte de la fama de sujetos como Donald Trump, Cristiano Ronaldo o Justin Bieber no viene necesariamente de sus acciones en sus respectivos campos de acción, sino del desprecio y la ira que generan per se. El problema en este caso es que, dada la banalidad de los comentarios que circundan en este grupo de indignados (otro de sus lemas: “Dios odia a Renoir”), pone en duda la seriedad de sus propósitos. Lo más irónico del caso es que #RenoirSucksAtPainting ha tenido sobre todo un efecto positivo en la fama del pintor. Justamente a finales de febrero de este año el Museo de Bellas Artes de Bilbao inauguró una exposición cinematográfica dedicada única y exclusivamente al pintor parisino.

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“Desnudo en un paisaje” (« Nu dans un paysage »), 1887, óleo sobre tela, Princeton University Art Museum.

Podríamos admitir que el preciosismo1 de la pintura de Renoir y su voluntario descuido de la composición son cuestionables si se comparan con algunos de sus contemporáneos como Paul Cézanne, quien llevó la presencia de la luz casi hasta la desfiguración (o re-figuración) de los objetos, lo cual fue precisamente uno de sus aportes revolucionarios al arte moderno y fue por ello considerado precursor del cubismo. No obstante, el propio Renoir admitió que su pintura no pretendía alcanzar un ideal de lo bello sino más bien algo agradable y simpático a los ojos (“l’aimable et le jolie”). En sus propias palabras: “para mí un cuadro debe ser una cosa amable, alegre y bonita, ¡sí, bonita! Hay bastantes cosas fastidiosas en la vida para que nosotros fabriquemos todavía otras más”.2 Evidentemente, sus “retratos amables” están enfocados en lo sensual y lo ornamental, lo cual no resta calidad a su arte. Se sabe que ni Renoir ni ningún otro pintor de este movimiento querían plasmar en el lienzo las cosas “tal y como son en realidad”. Es obvio que exigirle verosimilitud o precisión a Renoir en esta etapa de su pintura es completamente obtuso. De hecho, las vanguardias artísticas se fundan, entre otras cosas, en un ataque directo hacia el realismo y el clacisismo, como bien lo advierte Octavio Paz al hablar de “la tradición de la ruptura”.

Así pues, podría parecer que los miembros del “Renoir sucks at painting” bromean al exponer sus pintorescos propósitos, pero la mayoría de estos detractores —que esgrimen unas débiles razones éticas para denigrar a Renoir— está bastante convencida de lo que quiere. Pese a esto, habrá seguramente algunos estudiantes de arte que se unieron al grupo porque lo encontraron gracioso y original, así como haría el dandy Charles Baudelaire en 1848 cuando encontró, delante de su casa, una turba furibunda que exigía la muerte del General Aupick (su padrastro, con quien se llevaba relativamente bien) ; el poeta resolvió unirse al cántico, riendo desde lo más profundo de sí mismo.

La primera exposición impresionista tuvo lugar en Londres en el año de 1874. Los jóvenes talentos invitaron a varios pintores de renombre a formar parte de la muestra así como al grueso de la crítica de arte más importante de Europa. El resultado fue catastrófico; ninguno de los grandes maestros aceptó participar —Monet, por ejemplo, pretextó que su estilo y la temática de su obra no combinaban con la exposición—, y los críticos londinenses y parisinos se burlaron de los jóvenes pintores calificando su práctica como “una batalla en contra de lo bello”. Pueden ser sorprendentes las vueltas del eterno retorno: el espíritu reaccionario de aquellos años sigue viviendo en el movimiento de Max Geller y la mediatización de los odios tiene, hoy, más caminos que nunca.

 

Camilo Rodríguez
Escritor y consejero editorial en Éditions Maison des Langues Mexique.


1 Aquí no me refiero al preciosismo en tanto que movimiento pictórico sino a la excesiva sutileza, refinamiento y perfección estilísticas.

2 “Pour moi un tableau doit être une chose aimable, joyeuse et jolie, oui jolie ! Il y a assez de choses embêtantes dans la vie pour que nous n’en fabriquions pas encore d’autres.”