Hace varios días amanecimos con la noticia de la muerte del poeta Juan Bañuelos. Sólo algunos periódicos lograron signar la información en sus páginas. (Por supuesto, los que cuentan con lectores —y tan escasos, los lectores de poesía). “¿Y quién es Juan Bañuelos?”, preguntan algunas personas en la plancha del zócalo tuxtleco, mientras leen el periódico y les bolean los zapatos. “¡Saber, jefe!”, dice el bolero, “pero para que ya pongan su cara en el periódico es porque de veras hizo algo bueno, ¿no?”.

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Fotografía cortesía de Milenio

Imagino entonces a los tres espigos —a Óscar, a Eraclio y por supuesto, a Juan—caminando por las calles polvosas del antiguo Valle de los Conejos, observando la construcción de los palacios de gobierno estatal y federal —tan añorados ahora por los tuxtlecos de raigambre—, la llegada del general Manuel Ávila Camacho, en triunfal entrada, acuerpado por habitantes entusiastas que veían cómo aquel pueblo —su pueblo— delimitado por ríos y espesa vegetación, entraba por fin al discurso de la “modernización” con sendos palacios institucionales; imagino a los espigos aspirando el olor de la tierra húmeda de mayo, cuando las tierras del Coyatocmó calman brevemente su hervidero.

Imagino a Juan recibiendo clases del maestro Andrés Fábregas Roca, en las aulas del Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (ICACH); sí, el maestro Fábregas, ese viejo republicano que prefería obsequiar todos los libros de El Progreso, la única librería y papelería del pueblo, el mismo que invitó en 1955 a otro refugiado, Max Aub, para hablar del 350 aniversario de la publicación del Quijote de la Mancha. (¿Y si el Quijote hubiera sido chiapaneco? Queda la pregunta en el aire).

La poesía de Bañuelos está más vigente que nunca, confiesa en entrevista el poeta y periodista Javier Molina, fundador de La Jornada, que vive en San Cristóbal de las Casas y fue el único reportero de un medio nacional que dio cobertura de la entrega del Premio Chiapas al autor de El traje que vestí mañana, en 1984. Se lo entregaron a Juan Bañuelos porque era necesario, le correspondía por derecho. En ese entonces, el poeta fue postulado por la Universidad Autónoma de Chiapas —a escasos años de haber sido fundada, en el período de Manuel Velasco Suárez, abuelo del actual gobernador—, además del Departamento de Punto de Partida de la UNAM, y la Asociación Mexicana de Escritores. No habérselo dado, en palabras de Molina, podría haber resultado contraproducente.

Juan Bañuelos tuvo frente a frente al dueño del poder en turno, al mandamás de Chiapas de aquel entonces: Absalón Castellanos Domínguez que falleció a principios de este mes en la Ciudad de México. Diez años después, en 1994, el hombre que en principio calificaba de malagradecido para Bañuelos por ofrecer un discurso en favor de los indígenas y no del sistema —opinión que cambiaría poco después, tras ser convencido de que era solo un artilugio retórico—, caería en manos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en su finca El Momón, del municipio de Las Margaritas; para, posteriormente, ser indultado cargando sobre su consciencia las tropelías cometidas contra los indígenas. Diez años después, el poeta que confesaba estar “enfermo de Chiapas”, se integraría, de la mano de Samuel Ruiz, a la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), el Obispo Rojo a quien el Papa Francisco rindió honores en su visita a Chiapas.

Observamos pues, el tránsito continuo de Juan Bañuelos por las periferias de la historia, del lado de los vencidos, en compañía de indigentes en los comedores de El Carmen, en el centro de la ciudad de México. Recuerdo la cruda anécdota del Juan adolescente que observó junto a su padre cómo un cacique local destrozaba el rostro de varios campesinos a punta de fuetazos: el Chiapas de siempre, el Chiapas rural que queda fuera del alcance de la vista y que se traduce en el maestro de frontera obligado a otorgar calificaciones perfectas a estudiantes de nivel primaria, presionado por sus padres dedicados a una amplia gama de actividades ilícitas; el innegable Chiapas que, sin piedad, desecha a miles de burócratas y deja caer la espada de Damocles sobre otros tantos miles.

“Cuando ellos llegan a nuestras casas, se apoderan de los niños y con las rodillas les rompen la columna vertebral, cuelgan a las mujeres y ahogan a los hombres en el río o los matan a golpes de fusil”, signaba Juan Bañuelos en aquel legendario discurso contra las oligarquías, en la casa del patrón. Ese discurso, por desgracia, cobra vigencia en la sonrisa perversa del jerarca que obsequia mochilas a los niños con el único fin de sembrar votos en lo más profundo de la necesidad.

El discurso de Juan Bañuelos no ha perdido vigencia. Quizá lo único que queda es tratar de apuntalar las palabras, apuntalar la poesía como una decidida afirmación contra la violencia, en este México que día a día se convierte en una enorme fosa, en un laboratorio de las más absurdas injusticias. Quizá las prácticas se han modificado, pero la historia se sigue escribiendo de la misma forma.

El viejo Juan, el mismo que escribió que “la poesía es el latido pensativo que todos llevamos en la sangre”, observa en el espejo del más allá, como Flebas El Fenicio, el tránsito de su sangre por corrientes marinas para convertirse en el espejo que refleja todas sus edades: el pequeño Juan en compañía de su padre asiste a la primera clase del maestro Fábregas, para luego iniciar su travesía al centro del país lleno de sueños; alumbrarse con el mismo fuego de sus coterráneos de la mano de Agustí Bartra, ser un hombre que no gusta de llenar su pared con blasones y no tener miedo frente a la encarnación misma del sistema.

Y en la plancha central de este Tuxtla cada vez más caluroso, en el que abundan más placas de cemento que árboles —e incluso, poetas— la gente se pregunta: ¿y quién es Juan Bañuelos?

 

Fabián Rivera (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 1984). Poeta, periodista cultural y editor. Autor de En aras del silencio y Para un altar en llamas.