versalles

Una historia erótica de Versalles (1661-1789) (Siruela, colección El Ojo del Tiempo) de Michel Vergé-Franceschi y Anna Moretti es una aproximación a la vida erótica en el legendario palacio desde el reinado de Luis XIV hasta su abandono. Presentamos un extracto de este libro sobre el sitio que resguardó al poder y al placer, al libertinaje y al deseo.


¡Oh, qué lamentable sería que el rey más grande de Francia y el más virtuoso, con la verdadera virtud que caracteriza a los más grandes príncipes, fuera medido con el rasero de Versalles!
—Colbert a Luis XIV, 28 de septiembre de 1665

 

Para Charles Perrault, Versalles es “un mundo donde se encuen­tran reunidos los diversos prodigios del gran universo”.

El primer prodigio de Versalles es su transformación. En prin­cipio, se trata de un lugar muy poco apto porque no es ni bonito ni agradable. Versalles, en medio de un paisaje desprovisto de agua, es “el más triste y el más ingrato de todos los lugares”, se lamenta el duque de Saint-Simon, que fue bautizado aquí y que añade respecto al lugar: “Sin vistas, sin bosques, sin agua, sin tierra, porque todo son arenas movedizas, sin aire; por consiguiente, no puede ser bueno”.

Versalles fue, para empezar, el picadero apartado y falsamen­te discreto del joven Luis XIV, de veintitrés años entonces. Un lugar de placeres y libertinaje a menos de veinte kilómetros de París. Un lugar no forzosamente de auténticas orgías, pero sí de auténtica libertad. De ahí, por otra parte, la furia de Col­bert cuando vio al joven rey transformar su lugar de placer en centro del poder político. Colbert, tan frío que lo apodaban el Norte, según madame de Sévigné; Colbert, el austero ministro vestido de negro; Colbert, el riguroso contable de las finanzas del reino, no quería que su soberano pasara a la posteridad por haber acondicionado “el lupanar” de sus años jóvenes. De ahí los esfuerzos, vanos, del apenado ministro para tratar de retener al soberano en el Louvre gracias a las remodelaciones del viejo palacio parisino. De ahí la venida de Bernini, enviado desde Roma, del que ha quedado la célebre columnata del Louvre, a falta de las grandes terrazas que el artista soñaba con crear. Pero Colbert se opuso. ¿Terrazas? ¿En un clima lluvioso? París no es Roma y las ventanas coronadas con terrazas de las plantas superiores no habrían dejado pasar la luz a unas habitaciones oscuras, privadas de sol y de luminosidad.

Las reservas de Colbert

En Versalles, los trabajos empezaron en 1661 a pesar de las re­servas expresadas por Colbert al rey en un largo memorándum, seguido de su franca oposición (28 de septiembre de 1655). Or­denó incluso acelerar los trabajos de las Tullerías para tratar de disuadir al rey de que se estableciera en Versalles. En 1664, el rey dedica al Louvre y a las Tullerías más dinero (1,059,422 libras) del que dedica a Versalles (843,000 libras solamente). Pero a partir de 1668 la proporción se invierte, porque Ver­salles no es sólo un palacio, es una ciudad nueva. Para construirla, el rey compra la casi totalidad de los terrenos (1663), manda levantar planos (1664) y expropia a la mayoría de los habitantes (1666). En 1661, Versalles tampoco es ya un pueblo. Al final del reinado, la ciudad cuenta con 45,000 habitantes, mientras que Brest en el mismo periodo sólo pasa de 2,000 a 15,000 habitantes.

Versalles debe su existencia exclusivamente a la voluntad del joven rey. Saint-Simon enumera las seis o siete razones de su elección.

Primera razón: histórica. “Los disturbios de los que esta ciu­dad [París] había sido escenario durante su minoría de edad habían suscitado en el rey una gran aversión hacia ella, y también el convencimiento de que vivir allí era peligroso”. Luis sabe que su abuelo fue asesinado en pleno París; y tampoco puede olvidar la Fronda, el palacio rodeado y a los insolentes parisi­nos llegando hasta la habitación del rey para comprobar que se encontraba en la cama. Convertido en adulto, Luis “no podía perdonar a París su salida furtiva de la ciudad en la víspera de Reyes de 1649”.

Segunda razón: filial. Ana de Austria, su amada madre, re­fugiada en su pequeño pabellón de Val-de-Grâce, fue a morir al Louvre. “No pudiendo, después de esta desgracia, soportar la vista del lugar donde me había ocurrido, abandoné París de inmediato”, escribe Luis XIV en sus memorias.

Tercera razón: la seguridad. “La residencia de la corte, por otra parte, haría que las conspiraciones en París fueran menos sencillas por la distancia de los lugares, y al mismo tiempo más difíciles de ocultar por las ausencias, tan fáciles de notar”.

Cuarta razón: sentimental. El rey “no podía perdonar a París […] que hubiera sido, a su pesar, testigo de sus lágrimas en el primer retiro de madame de La Vallière”, refugiada a los dieciocho años (1662) en el convento de Chaillot.

Quinta razón: sexual. “La deshonra de las amantes y el peligro de provocar grandes escándalos en una capital tan poblada, y tan llena de diferentes mentalidades, contribuyó en no poca medida a alejarlo de ella”. Luis teme a la opinión pública y que “la des­honra de las amantes” incite a los devotos parisinos a levantarse contra los “grandes escándalos” de su vida privada. En Versalles, Luis podrá mandar construir con toda tranquilidad un apartamento cuyo vestíbulo común comunique a la vez la habitación de mademoiselle de La Vallière, su amante de 1661 a 1674, y la de madame de Montespan, su amante de 1667 a 1679, lo que no le impide nunca acabar la noche en el lecho de la reina, su esposa de 1659 a 1683. Colbert, poco religioso pero puritano, condena enérgicamente la situación: Versalles “contempla mucho más el placer y la diversión de vuestra majestad que su gloria” (28 de septiembre de 1665).

Sexta razón: ¡los atascos! En París, el rey “se veía importunado por el gentío cada vez que salía, que regresaba, que aparecía en las calles”. Luis detesta los embotellamientos del Cours-la-Reine, creado por su abuela, quien dio inicio en París a la lamentable costumbre de pasear en carroza, de ahí los interminables atascos denunciados por Boileau y madame de Sévigné.

Séptima razón: rústica. El rey es “aficionado al paseo y la caza, mucho más cómodos en el campo que en París, alejada de los bosques y pobre en lugares de paseo”. Según el memorialista, el interés por los “edificios sólo vino después, y poco a poco fue en aumento”. Por último, también habría influido en esta elección versallesca “la idea de volverse más venerable, sustrayéndose a las miradas de la multitud y a la costumbre de ser visto todos los días”.

Colbert se opuso de inmediato al proyecto de Versalles: “¡Oh, qué lamentable sería que el rey más grande de Francia y el más virtuoso, con la verdadera virtud que caracteriza a los más gran­des príncipes, fuera medido con el rasero de Versalles!” (28 de septiembre de 1665); porque es públicamente notorio que Versa­lles es, desde 1661, el escenario de sus amores con mademoiselle de La Vallière, que dan lugar a las coplas del Pont-Neuf. Colbert no cesa, por tanto, de oponerse a los proyectos del rey multipli­cando las observaciones negativas. ¿Acondicionar en Versalles el antiguo pabellón de caza de Luis XIII?: “Todo lo que se proyecta hacer no son más que apaños que nunca saldrán bien”. ¿Aumen­tar la altura del antiguo palacio? No tendría entonces “ninguna proporción”. ¿Agrandarlo? Sería “un monstruo arquitectónico”. ¿Construir algo nuevo? No hay manera: el terreno “está encerrado entre los parterres” de Luis XIII, “el pueblo, la iglesia y la laguna”. ¿Construir “una gran casa”? Sería “un gasto colosal”.

El futuro picadero del rey

Luis XIV empieza a acondicionar Versalles para una mujer, ya que sólo el amor puede conducir a un hombre a superarse y a llevar a cabo los proyectos más alocados. Los más grandiosos.

El Versalles de 1658 —Luis tiene veinte años entonces— no es más que un simple pabellón de caza. Para cazar buenas pie­zas. “A las cuatro y media [el 24 de agosto de 1607], [Luis XIII, seis años] entró en carroza para ir de cetrería; fue llevado a los alrededores del molino de piedra, camino de Versalles; volvió con un lebrato, cinco o seis codornices y dos perdices” (doctor Héroard). Los reyes, los grandes, los duques y pares, los minis­tros y los cortesanos pronto cazarán allí una buena pieza muy diferente, y durante un siglo largo. ¡Un pabellón de caza! Todo un símbolo. Y construido en medio de un magnífico bosque rico en caza en el corazón del cual todo parecía estar permitido, ya que todo parecía quedar oculto. Todos podrían ir allí, a los bosquecillos, a conter à Fleurette, es decir, a cortejar, como lo hacía el buen rey Enrique cuando, con menos de doce años, se encon­traba con la tal Fleurette en Nérac, durante el verano de 1565.

A partir de 1621, Luis XIII iba a cazar zorros a Versalles por la tarde, entre las cinco y las ocho, después de una jornada de trabajo en el Louvre. Los Gondi lo retenían entonces a cenar en su viejo palacio, pero después tenía que ir a dormir a Saint-Germain-en-Laye. Aunque lo cierto es que solo hay que recorrer tres leguas, después de la partida de caza del 28 de junio de 1624, Luis XIII compra unos arpendes de tierra (117 en total) a dieciséis propietarios diferentes con el fin de crear un pequeño dominio en la loma que hay enfrente del pueblo, en la meseta y en los bosques. En este modesto coto, el Cristianísimo manda levantar un edificio.

Una “mansión de gentilhombre”, un “lugar de encuentros de cacería”, escribirá más tarde el marqués de Sourches; un “castillo de naipes” según Saint-Simon; una “piccola casa” según el embajador de Venecia. Para monsieur de Bassompierre, aquel pequeño pabellón inicial debido a Luis XIII, muy poco amigo de las mujeres —y de los hombres—, no era más que una man­sión campestre tan “mísera” que “un simple gentilhombre” no podría “vanagloriarse” de ella. Allí, Luis XIII recibía solamen­te a hombres. “Este ostracismo quizá justifique los enojosos [sic] rumores que corren sobre las costumbres del rey” (Jacques Le­vron).

Versalles nace sin “habitación de la reina”. Versalles es un lugar de encuentros de cacería puramente masculino. “Un gran número de mujeres me lo estropearía todo”, declaraba Luis XIII. Sin embargo, invitó allí a María de Médicis, su madre, y a Ana de Austria, su esposa, en noviembre de 1626. A pesar de sus veinticin­co años, no retuvo a la reina para que se quedara a dormir… Solo mademoiselle de La Fayette fue invitada a visitar esa mansión perdida, pero rehusó y no llegó a ir nunca a pesar de las múlti­ples invitaciones. En tiempos de Luis XIII, Versalles ni siquiera cuenta con una camarera. En el palacio solo vive una mujer: la esposa del guardés François Montjay.
 
Palacio masculino concebido para cazadores, Versalles posee una armería en la planta baja con 23 picas y 42 medias picas. El rey viene aquí con sus amigos, el conde de Nogent, monsieur de Souvré, el duque de Angulema, monsieur de l’Isle-Rouet, mon­sieur de Chape y monsieur de Praslin, el duque de Montbazon (gobernador de París), el marqués de Mortemart, todos ellos po­seedores de una habitación en la primera planta de la mansión, que se completa progresivamente con una cocina en la planta baja muy bien equipada, porque Luis recibe; con una botica, porque el Cristianísimo enferma a menudo (Luis XIII muere a los cuarenta y dos años); y con una habitación para el guardés, también en la planta baja, perfectamente amueblada.

Poco a poco va tomando forma un primer parque. Se plantan árboles jóvenes (1627). Aparecen las primeras avenidas, diseña­das por Jacques Boyceau, supervisor general de los jardines de todas las casas de Francia. Se construyen estanques. Sin embar­go, el conjunto sigue siendo extremadamente modesto hasta 1632. Ese año el rey adquiere el señorío de Versalles, propiedad de monseñor François de Gondi, arzobispo de París. Poco des­pués, el párroco y los habitantes del pueblo certifican ante nota­rio el cambio producido: se arranca la picota en donde estaban colgadas las armas del prelado, pronto sustituidas, en el olmo de la encrucijada, por las del rey. Poco a poco el rey compra nuevas tierras, ampliando sus dominios y su reserva de caza.

A partir de 1631, el palacio se modifica. El arquitecto Philibert Le Roy amplía la mansión inicial. En la fiesta de Notre-Dame de 1636 finaliza esta primera fase de obras, pero solo se mejora un poco la vivienda edificada diez años antes, de ahí el coste poco elevado, 213,000 libras: un cuerpo central todavía modesto, dos alas nuevas pero mediocres —una por cada lado—, un conjunto completamente “clásico” alrededor de un patio también muy modesto, cerrado ahora por el cuarto lado por un pequeño pór­tico de arcadas adornado con rejas. Cuatro pequeños pabellones adosados a las esquinas exteriores del edificio daban, no obstan­te, un poco de realce al lugar. Un foso rodeaba el conjunto. Las dependencias, caballerizas sobre todo, delimitaban el antepatio.

Sin embargo, se trata de una modestia relativa. Prueba de ello es el inventario del mobiliario realizado en 1630 tras la muerte de François Montjay, “guardés y guardamuebles de su majestad en su palacio de Versalles”. El mísero palacio cuenta con al menos veintiséis estancias. En la primera planta, el rey dispone de una habitación, un gabinete, un guardarropa y una sala de recepción, todo ello unido por una galería decorada con un in­menso cuadro: El asedio de la Rochelle (1628). Todas las paredes es­tán cubiertas de tapices procedentes por lo general de Flandes. Representan principalmente a diosas desnudas de la Antigüedad grecorromana y también la historia de Marco Antonio. La habitación tiene un lecho de damasco verde con tres colchones de fustán y cortinajes. En ella hay dos sillas “plegables” y seis “es­cabeles” similares, tapizados con damasco de rayas, además de una gran mesa plegable y una alfombra de cuero. En el gabinete hay un baúl cerrado con llave y forrado de cuero, así como una gran mesa con unos candelabros de plata y una escribanía en tafilete de Levante. En este gabinete-despacho se encuentran los juegos: tablas reales, trou-madame, ajedreces, loterías, juegos de la oca, juegos del zorro, peonzas y palillos. Sin olvidar un billar completamente nuevo con su tapa, doce bolas, seis tacos y dos mesas de juego a cuatro columnas. En esta sala se encuentran las vestimentas del rey (un traje de terciopelo verde forrado de petigrís y abotonado, porque Luis XIII es muy friolero, incluso en verano; y un traje de damasco verde forrado de tafetán). En el guardarropa se hallaba la “silla de asuntos” y un baúl que di­simula un retrete de terciopelo verde y otro de tafetán verde. En el resto de habitaciones hay tapices de Bérgamo con fondo ver­de, algunos sillones, algunas mesas, camas rodeadas de tafetán gris, algunos baúles y sillas orinal, y a veces un ormoire, es decir, un armario.

En la década de 1630 se acondiciona también el parque, por valor de 42,000 libras, en particular la glorieta de los Cisnes, fu­turo estanque de Apolo, que se debe al superintendente de Edi­ficios de Francia Sublet des Noyers. Se multiplican los parterres de flores, que parecen auténticos bordados.

Sin embargo, las chimeneas son de escayola y no de mármol. Los suelos son de cerámica. El mobiliario se enriquece sobre todo con regalos de Cristina de Francia, hermana de Luis XIII, convertida en duquesa de Saboya. Versalles sigue siendo “un palacio adonde el rey va con frecuencia a divertirse cazando”, según reza la leyenda de un grabado de Israël Silvestre. Para los contemporáneos, el Versalles de Luis XIII “no es más que una pequeña vivienda de un gentilhombre con entre diez y doce mil libras de renta”. Jacques Gomboust, que realiza un gran plano de todas las casas reales, sólo dedica a Versalles una pequeña viñeta que encuadra, entre otros, el bonito palacio de Vincennes, auténtico baluarte real.

 

Michel Vergé-Franceschi
Historiador especializado en historia naval de los siglos XV al XVIII. Director del laboratorio de historia marítima del CNRS-Paris IV-Sorbonne-Musée National de la Marine. En 2014 recibió el Premio Historia de la Biografía.

Anna Moretti
Doctora en Estética por la Universidad de Córcega. Especialista de la femineidad y la sensualidad en la literatura.

Traducción del francés de Mercedes Corral.