Celebramos la obra y la trayectoria del escritor austriaco más leído y más traducido al español del siglo XX y de inicios del siglo XXI. No obstante que Franz Kafka disputa con él este sitio de honor, pues libros como La metamorfosis son o han sido lecturas obligadas para nuestros estudiantes de nivel medio desde hace ya varios decenios, el autor que nos convoca tuvo la enorme fortuna de haber sido bendecido tanto por los lectores como por el mercado, y en los setenta y cinco años que separan su fallecimiento de la fecha actual el interés por su legado escrito no sólo no ha decrecido sino que se conservó y se mantiene con la fuerza inusitada de quien logró ser, a un tiempo, best seller y long seller. Vale decir, una firma que garantizó un éxito de ventas inmediato y una referencia permanente a lo largo de todos estos decenios en librerías, bibliotecas, bibliografías y, sobre todo, en el boca a boca de los lectores, el mecanismo más eficiente y honesto con el que se transmite el interés por una obra a lo largo del tiempo.

Comienzo este texto sobre Stefan Zweig aproximándome a él como un fenómeno editorial incomparable, porque durante algún tiempo, sobre todo para la propia crítica literaria y cultural de lengua alemana, que de suyo tenía muchas más herramientas, mayor información y una perspectiva más próxima para evaluarla, la obra de Zweig nunca le mereció una gran atención.

Lo repito ahora como ya lo escribí hace más de veinte años: para el gran zar de la crítica literaria alemana Marcel Reich-Ranicki, uno de los principales formadores del gusto y del canon literario en lengua alemana del siglo XX, la obra de Stefan Zweig prácticamente fue irrelevante. Una de las principales razones no explícitas para ello fue que nuestro autor era considerado, sobre todo para los críticos académicos alemanes, como un perpetrador de piezas de esparcimiento carentes de complejidad narrativa, estilo elaborado y gran calado intelectual.

El tiempo, las innumerables traducciones de sus libros más importantes, la permanencia en el gusto de las lectoras y los lectores germanohablantes y su hallazgo por nuevos lectores en nuestro cambio de siglo en virtud de la pertinencia y vitalidad de su legado espiritual han inclinado la balanza en favor de Stefan Zweig contra el ninguneo, el menosprecio y la recepción perdonavidas.

Es oportuno señalar que las editoriales en lenguas románicas y en inglés mucho contribuyeron a que Stefan Zweig no desapareciera del radar internacional, y en buena parte la difusión de algunos de los títulos más representativos del austriaco en Francia, Italia, España e Hispanoamérica obligó o estimuló a sus editoriales en alemán a mantenerlo en circulación continuamente. Hace más de veinte años, en su número 361, correspondiente al mes de febrero de 1997, los editores de Magazine Littéraire lo decían a las claras en la presentación de un maravilloso dossier dedicado a Zweig: mientras que en los países germánicos era desdeñado, en Francia era venerado como un clásico.

Lo mismo puede decirse en nuestra lengua: además de las muy localizables ediciones que ahora edita el sello catalán Acantilado, a través de un pequeño trabajo de campo por las librerías de viejo de la Ciudad de México rastreando sus traducciones podrán encontrarán hasta seis versiones distintas, editadas en Madrid, Barcelona, Ciudad de México, Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo, del mismo título de Zweig. Esto nunca sucedió ni volverá a suceder con ningún otro autor de lengua alemana traducido al español.

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Tablero de ajedrez de Stefan Zweig. Fotografía de Héctor Orestes Aguilar

El biógrafo de mujeres y hombres con muchas cualidades

Al suicidarse a los 61 años, el 22 de febrero de 1942, Zweig era uno de los escritores más leídos en el mundo. Había sido traducido a más de cincuenta lenguas y los tirajes de sus libros alcanzaban millones de ejemplares. Su celebridad era inmensa, debida​,​ entre otras cosas, a la adaptación al cine de sus novelas, filmadas por directores como Fritz Kaufmann, quien realizó La casa junto al mar ya en 1924; Konstantint Mardschanov, quien dirigió Amok tres años después, en 1927 y el muy reputado Robert Siodmak, director de Ardiente secreto en 1938. Tan sólo el relato “Carta de una desconocida” mereció ser trasladado a la pantalla por cineastas como Max Ophüls y Hannu Leminen, protagonizado por primeros actores como Louis Jourdan y, en México, por mitos de nuestro cine como Marga López y Arturo de Córdova. Zweig fue, incluso, uno de los primeros escritores beneficiados con el surgimiento de la televisión, y desde 1937 daba conferencias televisadas ante la BBC de Gran Bretaña en las que promovía el movimiento pacifista internacional y a su última morada en el cementerio de Petrópolis, en Brasil, lo acompañó una procesión de más de cuatro mil personas, quienes lo despidieron cubriendo su ataúd con un torrente de flores.

No obstante haber nacido en Viena, en 1881, y por tanto haber compartido el cambio de siglo con protagonistas de la cultura austriaca como Karl Kraus, Robert Musil y los escritores del grupo “La joven Viena” (Hermann Bahr, Richard Beer-Hofmann, Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal y Leopold von Andrian) Stefan Zweig poseía un temple muy distante al espíritu escéptico y aun cínico que caracterizó a la mayoría de la sociedad literaria vienesa moderna.

Ofrezco un ejemplo para explicarme. En dos diferentes libros de muy distinta naturaleza, Robert Musil y Stefan Zweig abordaron a un mismo personaje, Walther Rathenau, un político alemán muy importante, último canciller de la República de Weimar antes del ascenso del nazismo. Mientras que Musil transfiguró a Walther Rathenau en su extensa novela El hombre sin cualidades en un personaje ambiguo, malicioso, contradictorio y hasta hipócrita, en su colección de ensayos Legado de Europa Stefan Zweig lo presenta como el gran dirigente de la industria alemana de los años veinte, el incansable científico, empresario y diplomático capaz de interpelar y convencer a daca uno de los líderes europeos de su época en su propia lengua y con sus propias artimañas políticas. Stefan Zweig presenta a Walther Rathenau precisamente de forma contraria a Musil, pues ve en él a uno de esos superdotados renacentistas facultados para la política, el arte, las finanzas y la ciencia: es decir, un hombre con muchas, demasiadas cualidades.

La semblanza de Rathenau debida a Zweig no invalida por supuesto el tratamiento del mismo personaje realizado por Musil, pero sí pone en evidencia algo que me parece concluyente: la obra del gran biógrafo no tenía como fin desarrollar una crítica filosófica o política de manera narrativa sino seguía un impulso restaurador que se propuso explorar y explicar de la manera más accesible lo mejor del genio y del alma europea.

Stefan Zweig fue poeta, narrador, ensayista, autor teatral y biógrafo, principalmente. Es en esta última faceta donde podemos encontrar sus páginas más perdurables. Él se propuso reconstruir las historias de vida de muchos notables de la cultura del Viejo Continente para presentarlos como un conjunto de vidas ejemplares capaces de inspirar un modelo ético y civilizatorio para las generaciones que vendrían después de la II Guerra Mundial. La mayor parte de las biografías y una buena cantidad de las obras de ficción de Stefan Zweig están impregnadas de una vocación magisterial en el más leal sentido de la palabra. No es gratuito que sus libros más populares sean relatos de educación sentimental que corrigen, enaltecen, enseñan y prescriben una moralidad opuesta al pesimismo, al cinismo y al ánimo crepuscular experimentado entre guerras.

Como muy pocos escritores austriacos modernos, Stefan Zweig siempre necesitó creer en algo. Hasta el final de sus días tuvo la necesidad imperiosa, casi una necesidad física, de compartir una causa. Al individualismo y al decadentismo, al escepticismo y a los grandes y robustos egos de la sociedad literaria vienesa, Zweig opuso una existencia modelo nutrida en la cultura del entusiasmo profesada por el poeta belga Émile Verhaeren, hoy casi en el olvido pero muy leído a principios del siglo XX en Europa, a quien nuestro escritor austriaco tradujo de forma exquisita al alemán. En los poemas e incluso en las biografías de Rembrandt y Rubens escritas por Verhaeren —que tradujo al alemán—, pueden hallarse muchas de las ideas y actitudes que después retomaría Zweig: la dicha de estar vivos, el amor a los objetos antiguos, la búsqueda permanente de la fuerza originaria de la fe y la esperanza.

Zweig y su mundo de ayer

Stefan Zweig es recordado ahora en su país natal como uno de los grandes creadores austriacos que contribuyeron, como muy pocos, a impulsar un espíritu europeísta civilizatorio, opuesto a la barbarie de los totalitarismos. Una exposición itinerante reciente, Stefan Zweig, despedida de Europa, expuesta en el Museo del Teatro de Viena en 2014-15,1 daba cuenta de la desgarradora situación vivida por nuestro autor a medida que el nacionalsocialismo lo obligó a emigrar. De hecho, la muestra estaba dispuesta como si se tratara de una mudanza, la condición permanente de un artista nómada. Allí podían verse objetos fundamentales para comprender la enorme capacidad de trabajo de este escritor austriaco, como el gran registro con la lista de todas las traducciones de sus obras, un gigantesco cuaderno contable al que Zweig tuvo que mandarle hacer una mesa a la medida. También podían verse fotos de su maravillosa villa en Salzburgo, en la calle del Kapuzineberg, número 5, propiedad confiscada por los nazis que estaba dispuesta con cierto ánimo museográfico.

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El barco de Zweig hacia América. Fotografía de Héctor Orestes Aguilar

En la exposición sobre Zweig podía apreciarse, además, lo terrible que fue para la capital de Austria la llegada, la ocupación y anexión del país por parte del Reich hitleriano, pues en Viena se estableció un cuartel de la Gestapo, mayor en tamaño que la Central de Berlín, pues tenía 842 agentes, ubicados en el Hotel Metropole, que servía también como separos, pues allí estuvieron detenidos muchos opositores al nazismo, como el político de origen judío Bruno Kreisky, quien con el tiempo llegaría a ser canciller de la república austriaca. Acaso lo más terrible de esta muestra fue comprobar que la propaganda antisemita pseudocientífica, propugnada durante toda esa época, tomaba la figura y la obra de Zweig como ejemplo de la degeneración de la raza judía, como lo ejemplifica el libro expuesto Rassenkunde des jüdischen Volkes (Elementos raciales del pueblo judío) de Hans Günther, publicado en 1931, donde Zweig aparecía enlistado junto a muchos otros creadores, intelectuales y políticos de origen judío. De hecho, por haber recibido la colaboración del vienés como autor del libreto para su ópera Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa) el compositor y director de orquesta alemán Richard Strauss, muy consentido por un tiempo por la cúpula nazi, perdió su empleo.

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Acercamiento a la maqueta del Hotel Metropole, cuartel de la Gestapo. Fotografía de Héctor Orestes Aguilar

Hace 75 años Stefan Zweig tomó la decisión final de suicidarse junto a Lotte, su segunda esposa. Para entonces ya vivía exiliado en Petrópolis, Brasil, país al que admiraba y donde buscó infructuosamente encontrar un equilibrio emocional que le permitiera vivir en paz. Después de haber asistido al carnaval de Rio de Janeiro, Zweig se enteró de la caída de las tropas británicas en Singapur a manos del ejército japonés, la peor derrota de un ejército aliado en el Pacífico. La noticia lo trastornó, le hizo creer en el inevitable triunfo del Eje en la Segunda Guerra Mundial y decidió envenenarse con Lotte ingiriendo ambos sustancias venenosas. El investigador brasileño Alberto Dines escribió en su libro Muerte en el paraíso que este final no fue ni sosegado ni simultáneo, y que la agonía de la pareja tuvo lugar en tiempos distintos.

Austria, Francia —a quien Zweig consideraba como una segunda patria—y el ámbito cultural de lengua española celebramos la memoria de Stefan Zweig y la pervivencia de su obra en uno de los momentos más complejos para el orden internacional. Vivimos una época de nacionalismos exacerbados, de rechazo al cosmopolitismo y a valores humanistas universales; un tiempo en que la extrema derecha o las distintas extremas derechas del mundo emergen con una fuerza muy inquietante queriendo imponer un orden cuyos ejes son la exclusión, el rechazo a lo diferente y el conservadurismo radical. Si alguien puede enseñarnos que esos idearios y programas sólo condujeron a la destrucción de la ecúmene civilizatoria europea en el siglo XX y que amenazan el equilibrio de la Unión Europea en el siglo XXI ése es el escritor judío, austriaco y universal Stefan Samuel Zweig Brettauer.

 

Héctor Orestes Aguilar
Escritor. Premio Nacional de Traducción del Ministerio de Educación y Cultura de la República de Austria. Coautor del libro Una nueva diplomacia cultural para México (UIA, 2015). Coordina el Centro de Creación Literaria “Xavier Villaurrutia” del INBA.


1 Durante los meses de marzo y abril de 2017 estará montada en la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México una muestra sobre Stefan Zweig que es una versión itinerante de la exposición presentada en el Museo del Teatro de Viena hace tres años.