Este texto forma parte de “Aguafuertes de narrativa mexicana, 1950-1980”, ensayo publicado en las páginas de nexos en agosto de 1982.


Durante veinticinco años de labor narrativa —Tiempo cercado (1959), El infierno de todos (1964), Los climas (1966), No hay tal lugar (1967), Del encuentro nupcial (1970), Nocturno de Bujara (1981), Asimetría (1981) y la novela El tañido de una flauta (1972)— muchas cosas han cambiado en la obra de Sergio Pitol, pero no el supuesto inicial: que lo excesivo, lo desorbitado, lo demente y lo delirante, lo equívoco y lo perverso, lo grotesco y lo pesadillesco: toda la gama, en fin, de los paroxismos, del furor a la fou rire, y aun lo criminal y lo sórdido, son los estados óptimos para la profunda revelación de la conciencia, la cifra última del misterio de la vida, y a su modo, espacios antiburgueses suficientes para el florecimiento enrarecido de la desvaída rosa de paño del arte. Este sobre-énfasis romántico se ve equilibrado, templado, por un estilo elusivo, fragmentado, difuminado o bien disimulado por la vaguedad y la exuberancia de la prosa, con que crea una distancia y el matiz filtro irreal, a través de los caminos estilísticos de la prudencia, la distancia y el matiz. Pitol es indudablemente el mayor y mejor conocedor y practicante en México de la novela artística europea —los Henry James, las Virginia Woolf, los Proust, los Gombrowicz y los Musil, además de los ingleses y rusos tenebrosos del siglo pasado—, lo que le da una ejemplaridad y una peculiaridad netamente artísticas, solitarias e inconfundibles a sus relatos.

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Fotografía cortesía Milenio.

Los personajes de Pitol, de suyo excéntricos y “anormales”, aparecen en los momentos climáticos de sus locuras, decadencias, paroxismos, fangos existenciales, etc., en actitudes y parlamentos casi teatrales, con una teatralidad sobreactuada, además, por los recursos laberínticos de la estrategia en que narran o se les narran sus historias. La prosa, así, en lugar de disimular (pretendiendo imitar a la vida, con recursos realistas de espontaneidad o verosimilitud), sobreactúa su “hechura” artística, literaria, su artificialidad de lenguaje artístico. Desde sus remotos antecedentes casi faulknerianos, al contar episodios situados en Veracruz, hasta sus largas, entreveradas hazañas de exiliados latinoamericanos en Europa (“los mexicanos”, como Henry James tuvo sus “americanos”), Pitol simultáneamente trabaja con el perfil idílico y con la caricatura, el gran guiñol y el esperpento junto al arrebato lírico, el arte por el arte a veces concluye —después de una noche atroz, o en mitad de ella— con la risa.

Los niños, los viejos (mejor dicho: los niños y las viejas), así con los solteros, son grandes personajes en Pitol. En algún momento dice: “el cuerpo, es cierto, puede volverlo todo lamentable, y sus personajes prefieren estar solos, por lo menos cuando se trata de adquirir dimensión narrativa. En estos cuentos rara vez “pasa” algo —las cosas pasaron en otro tiempo y fuera de escena; y lo que se cuenta es la manera en que otros las recuerdan, hacen hipótesis sobre ellas o se demoran en variaciones y recomposiciones—. En la soledad se recuerdan los encuentros nupciales. Pocas veces la literatura mexicana ha tenido un defensor tan entrañable, tan conmovido, tan apto como Sergio Pitol para los mundos de la soledad y los solitarios, los desamparados y desesperados, de los locos y los avergonzados, de los torpes y perdidos de sí mismos: las víctimas de la honorable familia burguesa: los niños, los viejos, los solos, que frente a la realidad no sólo banal, sino autoritaria y ajena, oponen el recurso de su retórica: inventan profusos y laberínticos mundos alternativos, totalmente teatralizados e inverosímiles, desbordantes de una vitalidad exagerada y a veces como de ópera.

1982.

 

José Joaquín Blanco
Escritor. Ha publicado: Postales trucadas, Se visten novias (somos insuperables), Poemas y elegías, Pastor y ninfa. Ensayos de literatura moderna y La soledad de los optimistas. Ensayos de literatura, entre otros libros.