La obra que Vicente Rojo ha realizado a lo largo de más de sesenta años es ya tan vasta que resulta inabarcable. Le debemos no sé cuántos centenares —probablemente miles— de cuadros; no sé cuántos millares de portadas de libros, revistas y suplementos culturales; quién sabe cuántos miles de dibujos e ilustraciones; sabrá dios cuántos cientos de miles (¿o millones?) de páginas. Con las once letras de su nombre Vicente cubre de Rojo no sólo un periodo, sino toda una era del arte mexicano. Aventajado discípulo de otro gran maestro, ha cumplido con creces lo que Miguel Prieto deseaba: darle rango de gran arte al diseño gráfico. Rojo, como Prieto, es un artista. No puede distinguirse en su persona al pintor del diseñador; son indisolubles. Prieto, por desgracia, murió temprano. No alcanzó a cumplir siquiera 49 años. Y, con todo, su huella es honda e imborrable. Rojo, para fortuna suya y nuestra, ha tenido una vida dilatada: este 15 de marzo cumple 85 años que ha empleado de manera envidiable: contribuyendo a enriquecer la vida de los demás —una de las intenciones profundas del arte.

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Fotografía cortesía Milenio.

Por lo menos dos, pero probablemente tres generaciones se han visto beneficiadas de su trabajo. En el campo del diseño editorial, los lectores debemos agradecer la belleza y la pulcritud a que nos ha acostumbrado. Los más jóvenes quizá no han tenido oportunidad de reparar en ella, porque en medio de ella han crecido. Por obra directa de Vicente Rojo, o a través de su poderosa influencia en la siguiente promoción de diseñadores, se ha formado entre nosotros un gusto que sirve como rasero para medir la calidad del trabajo editorial. Esto no significa uniformidad ni monocromía. Si alguien se ha empeñado en la diversidad y en la exploración en materia editorial, ése es Rojo. Como ocurre en su pintura, aun en la reiteración hay siempre una voluntad de llegar hasta el límite, un afán de ensayar posibilidades combinatorias.

En México bajo la lluvia, quizá la más extensa serie pictórica que haya emprendido —en la que invirtió bastante más de diez años entre su concepción y su realización— hay ese anhelo, a final de cuentas impracticable, de registrar un paisaje (o un fenómeno) latido a latido a lo largo de días, de semanas, de años, empleando diferentes técnicas —del óleo a la gráfica—, diferentes medios de aproximación, hasta agotarlo. Nadie puede decirlo mejor que el propio Vicente Rojo: “mi intención guarda semejanza con la idea de mostrar, al mismo tiempo, la carátula del reloj y su maquinaria escondida, su oculto ritmo interior.”

Creo que quien nos ha brindado los mejores instrumentos para disfrutar de su pintura ha sido el propio Rojo, a través de su trabajo en el ámbito editorial.

El tener a la vista publicaciones como México en la Cultura (suplemento del desaparecido diario Novedades), La Cultura en México (extinto suplemento del semanario Siempre!), Artes de México (en la época de Miguel Salas Anzures), Cuadernos de Bellas Artes (dirigida por Elías Nandino), la Revista de Bellas Artes (en los años en que la dirigía Huberto Batis) la Revista de la Universidad, Diálogos, México en el Arte, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica (en la época de Orfila), en fin… es tan larga la lista que no cabe aquí y hay que repetir: la vista y la lectura de publicaciones como las mencionadas, aprender a distinguir sus centenares de detalles y guiños, y las tapas (aunque no sólo ellas) que mediante un ejercicio de síntesis magistral revelaban el contenido de tantos libros —de Ediciones Era, de Joaquín Mortiz, del Fondo de Cultura Económica, del Instituto Nacional de Bellas Artes, de la UNAM—, nos prepararon de manera prácticamente natural para apreciar la obra pictórica de Rojo, que también abunda en detalles y guiños al punto de que uno puede abismarse por horas en algunos de sus cuadros más complejos.

Vicente diseñó las publicaciones en que mi generación se educó. Época feliz de colaboración estrecha entre escritores y artistas visuales. Mucho antes de poder aquilatar quiénes eran sus autores, la sola belleza plástica de los libros en cuya factura había colaborado bastaba para que uno quisiera ojearlos y llevárselos a casa. Y de la misma manera su obra pictórica nos educó para admirar a otros pintores —bastaría citar un nombre interminable: Klee.

Y, por si fuera poco, andando el tiempo Vicente Rojo se ha ido mostrando, cada vez con más frecuencia, como un excelente escritor. Allí está, por ejemplo, su Diario abierto, que lo revela como un gran lector y como un gran escucha de música. A propósito de música quiero citar una página de otro libro suyo, Los sueños compartidos, que recoge su discurso de ingreso a El Colegio Nacional:

En diciembre de 1918, con su uniforme gris, Paul Klee regresó de la guerra. Según relata su hijo Félix, el día de navidad su madre Lily se sentó al piano con un “nimbo de felicidad” rodeada por dos lámparas de petróleo. Su padre afinó el violín de acuerdo con el piano y “ambos tocaron sonatas de Bach y de Mozart para significar el día y la libertad”. El auditorio, dice Félix Klee, estaba formado exclusivamente por él y por el enorme gato Fritzi.

Cuento esta breve historia no sólo para precisar la íntima relación que para mí tienen la música y la pintura, y además para dejar constancia de mi admiración por la obra de Paul Klee y de mi envidia porque también sabía tocar el violín, sino porque en esta conmovedora escena qué no hubiera dado yo por ser el gato Fritzi.

Qué no daría uno por tener el placer de ver a Vicente Rojo con frecuencia, conversar con este hombre sencillo e inteligente (no siempre se da una cosa con la otra), que hace siempre gala de modestia y amabilidad.

A Vicente lo vemos siempre tranquilo pero uno sabe que bulle por dentro. No es exactamente sorprendente que en los últimos años se haya puesto a cultivar volcanes. Es un hombre de ideas claras y firmes. Y, desde Ediciones Era, ha sido un decidido difusor del pensamiento político de izquierda —bueno, del pensamiento político.

Haciendo frente común al lado de Fernando Benítez o de Jaime García Terrés, en colaboración con Octavio Paz y con José Emilio Pacheco, Vicente Rojo ha sido, no sobra decirlo, uno de nuestros grandes animadores culturales. Nuestra deuda con él es impagable —e inmensamente grata.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.

 

 

Un comentario en “Vicente Rojo

  1. Agradecida por que la vida nos ha permitido conocer a Vicente Rojo; por cierto no le gusta que le digamos Maestro, dice siempre: “Vicente”. Estos 85 años de intensidad en aportaciones, como lo dice la nota, y más, de muchísimo cariño, y pasión por la vida, alegría de vivir, encanto de ser humano. Lo queremos Vicente, lo queremos mucho, yo la “Chinita” le abrazo.