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Juan Vicente Melo
La obediencia nocturna
Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana
Xalapa, 2016
194 pp.


Como miembro de la generación del Medio Siglo, Juan Vicente Melo (Veracruz, 1932-1996) participó en una búsqueda de cosmopolitismo, como lo concebía su grupo de amigos en un momento adverso. José de la Colina, Huberto Batis, Inés Arredondo, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce y muchos otros escritores, pintores, dramaturgos, quienes formaron —a decir del propio De la Colina—, “más que un continente, un archipiélago”. Ya que no se trataba de una unidad compacta, sino de un actitud de resistencia frente a la imposición de los temas de la “cortina del nopal”, o asuntos puramente nacionalistas. Debido a una malinterpretación de los preceptos de la literatura comprometida de Sartre —la cual no sugería que la literatura se debiera supeditar a los intereses del partido comunista, sino que se buscaran incesantemente nuevas formas para narrar la hormigueante e inestable realidad—, hubo quienes no entendieron esta sugerencia tan básica y buscaron imponerle a los jóvenes escritores que escribieran de manera ramplona. La también llamada generación de la Casa del Lago dio la réplica a estas ideas y volvió a la literatura mexicana ambiciosa y experimental desde los años 60 —dato interesante para quienes creen que la experimentación en México la inventó Cristina Rivera Garza.

En este contexto, Juan Vicente Melo es uno de los personajes más enigmáticos del grupo. Médico de formación, había viajado a París para estudiar dermatología —lo cual le brindó la ocasión de tratar con Albert Camus y con Louis-Ferdinand Céline, otro médico escritor—, melómano irredento, crítico musical, director de instituciones y proyectos culturales, Melo dejó una vasta obra literaria que en su momento había sido reconocida, pero que últimamente le faltaba presencia editorial. Como su paisano Sergio Galindo, el autor de La noche alucinada (1956) fue alguien a quien se le relacionaba con el consumo de alcohol y, desafortunadamente, con estados depresivos. Estos estados impregnan en cierta medida a Esteban, el protagonista de La obediencia nocturna (1969). Esta obra es una suerte de antinovela donde se plantea una situación sencilla en apariencia. Esteban es un recién llegado a la capital, viene a estudiar Derecho y, en el inicio de la narración, se encuentra desentrañando un libro que le han encargado. Alguien cree que sólo él es capaz de descifrar los mensajes de ese enigmático libro y le brinda las condiciones para que se aboque a ello. El personaje sondea su pasado por medio de reminiscencias después de que en determinado punto de la historia señala que todo lo que había dicho era una posibilidad, mas no la historia que va a contar. El crítico Evodio Escalante1 ha definido este recurso literario como una epanortosis o corrección, sobre la marcha, en la narración. De la misma forma, a partir de estos momentos, surge la inclusión de frases de obras canónicas del repertorio barroco y del romántico, Stabat Mater, Réquiem, El Mesías y Misa solemne, con lo cual la obra emprende el diálogo con el mundo de la música, como lo harían Thomas Mann, en Doctor Faustus, o Alejo Carpentier, en Concierto barroco.

Por otro lado, en el recuento del pasado, aparece incesantemente la figura de Adriana, “mi hermana menor”, dice el narrador, quien se transfigurará en una suerte de Beatriz dantesca. Esteban dialoga con su pasado y su presente por medio de personajes como Adriana o Enrique y Marcos, quienes lo encuentran de manera alternada, nunca a la vez, o casi nunca. Finalmente, al personaje se le invita a conocer “el Gravatocopio”, el cual Escalante atina nuevamente a describirlo así:

Supongo que [es] un neologismo inventado por Melo para aproximarse al misterio de lo indecible. Suscita, por asociación, el enigma del garabato. Este signo tenaz que se resiste a adquirir su significado. Pero también invoca una duplicidad: la del grabado (o de la grabación) y la de la copia. El Gravatocopio puede ser un mixto formado por la copia musical y la copia visual. La música y la imagen aparecerían soldadas en una sola entidad.2

La obediencia nocturna se inserta en la tradición del neobarroquismo latinoamericano, pero no a la manera de un Lezama Lima o un Carpentier, sino que su barroquismo, más que en la prosa, radica en la estructura de la novela. También hace pensar en la influencia del Nouveau roman francés, debido a que son más relevantes su técnica y estructura que la propia anécdota. A la manera de las novelas de Marguerite Duras (India song, Hiroshima mon amour y Moderato cantabile), el relato se construye para erigir una suerte de ritornello en lo que se cuenta. No se trata de una narración lineal, sino de una novela en clave que nos haría pensar en una antinovela de misterio. Retomo el aserto de Escalante sobre la epanortosis para referir que hay motivos (v. gr. la quemadura en el dedo con el cerillo, la bebida o el perro tigre y su muerte) y de ahí se desprende una reiteración con numerosas variantes, como en una pieza barroca o de jazz. La escena que ya nos fue mencionada en un inicio es referida nuevamente, pero no de la manera exacta, hay un contrapunto que aparece para después regresar en una nueva forma. Desde la perspectiva de Escalante: “el lector se vuelve el personaje”. Es muy plausible esta interpretación debido a la manera en que los estudios del psicoanálisis eran bastante próximos a los escritores, ya no se diga en el caso de un médico de profesión. El inconsciente de Carl Gustav Jung está muy próximo a las mutaciones de los personajes. La voz narrativa de La obediencia nocturna sugiere que “Nada es presente: mañana es igual a ayer, todo vuelve a comenzar”. Asimismo, hay un misterio que merodea en los actos inconscientes de Esteban, pues pareciera que, a medida que avanza la historia, es menos capaz de controlar sus propios actos. Leyendo con cuidado, uno se puede encontrar un relato que pareciera ser esclarecedor en un diálogo al parecer intrascendente:

Me detengo a mirar los retratos antiguos que adornan las paredes. “¿Quiénes son?” “Los Villaranda, todos muertos. Los abuelos Villaranda, los tíos Villaranda, la Villaranda que se metió de monja, la Villaranda que nunca aprendió a pronunciar una sola palabra. Mi abuela la conoció y dice que era una mujer poseída por el demonio. […] Y esta Villaranda: (Marcos me guiñó un ojo y sentí miedo) era una de esas. Bonita, dicen. En un viaje de vacaciones a cierto puerto conoció a una persona muy prominente de ese lugar. La familia dice que hechizó al hombre, que lo obligó a abandonar a su mujer y sus hijos confiando la tutela de estos a un pariente cercano.”3

Evidentemente, al colocar el misterio y algunos elementos de peligro, como la posesión o una suerte de asesinato que pervive en las entretelas de La obediencia nocturna, uno puede recordar la obra Moderato Cantabile (1958), de Marguerite Duras, donde ha habido un homicidio y es la conversación entre Anne Desbaresdes y Chauvin, un exempleado de su marido que estuvo cerca del accidente, la manera en que se revive el episodio reiteradamente a la par que agotan botellas de vino, mientras el hijo de ella interpreta las Variaciones Diabelli, de Beethoven. Me consterna que para algunos críticos autodenominados especialistas en la generación del Medio Siglo —como Miguel Ángel Quemain— aún quede duda de la relación e influencia del Nouveau roman en la narrativa de estos autores.

Es necesario recalcar que esta obra, tan polisémica y de una densidad poco igualada en la literatura mexicana, fue inasequible para una generación de lectores que fatigamos infructuosamente algunas librerías de ocasión, y que considerábamos la pesquisa como parte de todo el enigma de esta obra de culto. Debido a esto, no me queda sino ponderar el logro de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana al reeditar La obediencia nocturna, Cuentos completos y, de próxima aparición, la Autobiografía de Juan Vicente Melo.

 

Héctor Iván González 
Autor de Menos constante que el viento.


1 Evodio Escalante, “Relativismo y epifanía. La escritura como un sistema de relevos. La obediencia nocturna de Juan Vicente Melo” en Las metáforas de la crítica, UAM/Gedisa, México, 2015.

2 Op. cit. p. 118.

3 Op. cit. pp. 82-83.