Los turistas han despojado a las vacaciones del velo de la privacidad para convertirlas, sin darse cuenta, en moneda de cambio para las redes sociales.

Ver a alguien en una playa idílica del trópico tomando elaboradas fotos a su pareja, amigo o familiar se ha vuelto tan común en los últimos años que casi forma parte del paisaje. Lo que antes se caricaturizaba como obsesión de turistas asiáticos, hoy en día es una acción como leer en la toalla o sentarse bajo el sol.

Tomar fotografías en donde se vacaciona es una tradición que se remonta décadas al siglo pasado. Eran reveladas impresas y enmarcadas para adornar el hogar; recuerdos de experiencias pasadas. Sin embargo, esta costumbre ha cambiado radicalmente con la popularidad de las redes sociales basadas en imágenes o videos.

En mis últimas vacaciones comprobé que el número de fotógrafos aficionados era mayor al que jamás había visto. Cuando decenas de gaviotas se posaban en una barca amarrada, un grupo de turistas con sus cámaras semiprofesionales se abarrotaba en frente para retratarlas.

turistas

En la orilla había tanta gente tomándose nuevas fotos de perfil como bañistas. Algunos vendedores ofrecían fundas impermeables para llevar el celular al mar y lograr algunos ángulos novedosos. En los casos más extremos que vi, dos señoras filmaban la orilla del mar mientras andaban. Con la vista al frente y la cámara al costado, una luz roja intermitente indicaba que estaban grabando un paseo —los vaivenes de la orilla— durante minutos. El caso más llamativo fue el de un hombre  que caminaba con su pareja y una cámara GoPro sujeta en el pecho, grabando absolutamente todo su paseo nocturno por un pequeño pueblo pescador. El hombre ya no estaba tomando fotos o recuerdos, estaba tratando de encapsular su experiencia completa en un video.

Cuando miraba a estas personas, había algo que me incomodaba. Yo también tomo fotos o videos en mis vacaciones, así que no sabía exactamente qué era lo que encontraba sorprendente.

Me abrumaba la cantidad porque delata un nuevo uso de las instantáneas. La mayoría de estas fotografías involucraban a modelos que posaban de forma cándida, pensativa o celebratoria. Las fotos no eran recuerdos sino fotos para redes sociales, una distinción que cambia fundamentalmente nuestra aproximación, no sólo a la fotografía, sino a nuestras vacaciones, a nuestro tiempo libre. Estos videos y retratos se toman para ser editados, retocados, filtrados y convertidos en material digno de ser parte de nuestro perfil de Facebook o Instagram.

El cambio que esto implica es pasar de la fotografía como recuerdo a la fotografía como moneda de cambio. El uso principal de estas selfies no es el consumo privado e individual, sino su exposición en el mercado social de likes y follows.

Las imágenes en este sentido pasan a ser una especie de “oro social”. Como lo describe Hannah Arendt, este metal es “la materia prima más superflua de la tierra”. No sirve para ningún proceso productivo —al igual que las imágenes que se toman en la playa— y  es, sin embargo, “el símbolo más antiguo de riqueza”. Estas imágenes no tienen ningún uso productivo, pero  actúan como símbolos de “riqueza”. No necesariamente en el sentido material de la palabra (que a menudo lo conlleva) sino como muestra de una vida “rica” en aventuras, paisajes, lugares y experiencias. Si antes eran recuerdos de vacaciones, excursiones o eventos, que se consumían en privado, ahora son capital en un mercado social. Lo inquietante de ver a gente tomar fotografías sin descanso, día y noche, es que empieza a parecer una forma de extracción, una forma de minería del “oro social”.

Por otro lado, toda la información que se sube a las redes sociales es monetizable. En contadas ocasiones para algunos usuarios famosos o poderosos, pero en absolutamente todas, para la plataforma en cuestión. Por cada visita, like, comentario o reacción que genere tu foto del atardecer caribeño, Facebook gana dinero. Lo que se vende es el contenido: la información por la que pujan las marcas que se anuncian. No importa la presencia de usuarios, sino la interacción entre ellos que revela sus reacciones a paisajes hermosos, canciones contemporáneas, artículos provocadores o hábitos de consumo.

Pero quienes se dedican a extraer materias primas en sus vacaciones y a entregárselas a Instagram no ven un centavo. Todas esas personas que están grabando videos ininterrumpidamente o retratando cada segundo de su viaje no se dan cuenta de que están trabajando hasta en vacaciones. Aunque lo hacen para Facebook y sin ganancia.

 

Nicolás Prados. Ha publicado en ViceEl País y Beatburger.