Suponemos que avergonzarse es un acto humano, pero las razones y consecuencias de hacerlo hoy definitivamente no tienen nada que ver con las de la Grecia antigua. Aquí un breve recorrido por la historia de la vergüenza.

Sonrojarse, tener el ánimo cabizbajo y desear angustiosamente que nuestra mirada se pierda sin cruzarse con la de los otros son, por lo general, síntomas de que estamos avergonzados. Aunque este patrón se repite con frecuencia, el motivo detrás no siempre es el mismo. La vergüenza es un sentimiento volátil que ha tenido diversas caras a lo largo de la historia. Éstas revelan no sólo una experiencia sensible, sino también un cúmulo de nociones que suelen pasar desapercibidas sobre lo que se considera socialmente aceptable y deseable en un momento histórico determinado.

Una de las expresiones más antiguas de la vergüenza se halla en las obras de Homero, en donde ésta aparece como un catalizador de las virtudes competitivas de los grandes hombres. Muchos de los personajes de La Ilíada y La Odisea se debaten entre el miedo al fracaso y la sed de reconocimiento. Entre estos dos sentires, la vergüenza es la encargada de motivar al héroe para que, con sus acciones valerosas, logre que su figura se considere digna y pueda ser recordada. En este contexto fuertemente arraigado en una cultura del honor, tan distante del nuestro, la vergüenza era sinónimo de una encrucijada positiva, transformadora, proactiva y, en algunos casos, incluso deseada. 

verguenza

Si en Homero la vergüenza se entiende como arrojo y heroísmo, en San Agustín, en cambio, se vincula con la culpa. En La Ciudad de Dios se nos dice que cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén descubrieron su desnudez y con ello la necesidad de protegerse de los otros, tanto en el sentido literal, es decir, físicamente, como en el metafórico. Condenados a vivir en el mundo terrenal, recurrieron a la vergüenza como el escudo protector frente los nuevos peligros. A diferencia de la noción clásica, la de San Agustín hace de la condición pecadora de los seres humanos y de su necesidad de apelar a este sentimiento para evitar la tentación, algo esencial. De hecho, el peso de esta interpretación fue tan significativo a lo largo de la Edad Media, que de ella derivaron una amplia variedad de los códigos morales que volvieron a la falta y el arrepentimiento elementos determinantes en el actuar de las personas.

Tras un reinado bastante largo, la idea cristiana de la vergüenza comenzó a tambalearse en el Siglo de las Luces. El espíritu cientificista, deseoso de encontrar explicaciones basadas en elementos empíricos, exige pruebas reales para su definición. Así llegamos a John Locke quien, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, dice que la mayoría de las personas se ruborizan de manera involuntaria cuando se avergüenzan porque experimentan un sentimiento indeseable e incontrolable. Este hecho le permite afirmar que el verdadero motivo que nos hace huir de esta emoción no es pensar que se ha pecado, sino saber que algo oculto de nuestro ser ha sido revelado a los demás y, por lo tanto, nos hemos presentado ante ellos como seres vulnerables y frágiles.

Cercano a Locke en su interés por la construcción del “yo”, pero distante en el tiempo, llegamos al siglo XX en donde encontramos a Jean-Paul Sartre en el contexto del existencialismo francés que, combinado con las posturas críticas hacia el capitalismo, cuestiona la alienación a la que ha sido reducido el sujeto contemporáneo. De la combinación de estos elementos nace, en 1943, El ser y la nada. En esta obra la vergüenza se presenta como lo que motiva que reconozcamos a otros sujetos. No lo hacemos a través de sus acciones, sino a través de nuestro juicio y los deseos sobre ellas. En palabras de Sartre: “yo soy para los otros”, es decir, estoy obligada a asumir mi identidad de acuerdo con la evaluación que creo que los otros harán de mí. Soy poseedora de un “yo” que se extraña, un “yo” que puedo desconocer si lo que se halla en juego es la validación de los otros.

La última parada en esta breve genealogía ––a la cual le faltan muchos otros nombres como los de Nietzsche y Freud, por citar algunos–– viene de la mano del sociólogo Norbert Elías. En su libro El proceso de la civilización, publicado en 1977, Elías habla de la vergüenza en términos de la tensión entre lo que es considerado un tabú y su respectiva represión. Según su postura, la vergüenza ha sustituido a la violencia como la forma rutinaria de sanción en las sociedades occidentales. Esto ha sucedido por el miedo que produce la idea de una posible erosión del autoestima frente a la mirada pública. Ésta se siente agredida cuando una acción se interpreta como prohibida. Ante el temor que inspira el sentirse avergonzado, se nos aconseja comportarnos de acuerdo a las normas, no porque la acción en entredicho sea buena o mala, sino porque se deben evitar las sanciones sociales que potencialmente perjudiquen nuestra imagen. Con ello, la vergüenza llega a ocupar el puesto de uno de los castigos sociales más serios.

A pesar de su familiaridad, estamos a cuarenta años de distancia de la definición de Elías. Cuatro décadas en las que el mundo se ha transformado radicalmente y con él, las distintas barreras emotivas, las definiciones sobre los comportamientos socialmente aceptables y los marcos punitivos. Elías habla sobre el tabú y la represión, así que, si hoy en día tuviéramos que dar una última definición a esta emoción, ¿seguiríamos recurriendo a estos términos o diríamos que hay otras cosas que actualmente nos hacen sonrojar?  

 

Ainhoa Suárez Gómez
Maestra en filosofía por Kingston University London.


Bibliografía

Hutchinson Phil, Shame and Philosophy. An Investigation of Emotions and Ethics, London, Palgrave Macmillan, 2008.

Nussbaum Martha C., Hiding from Humanity: Disgust, Shame and the Law, Princeton, Princeton University Press, 2004.