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Ensayos (Páginas de Espuma) de Italo Svevo —pseudónimo de Ettore Schmitz (1861-1928)— incluye reflexiones sobre escritores, crónicas, crítica literaria y cavilaciones alrededor de la escritura y la historia. Presentamos uno de los ensayos que integran el libro, texto publicado originalmente en L’Indipendente el 11 de noviembre de 1884.


En uno de los últimos números de Domenica Letteraria, hay un artículo contra los diletantes en general: filodramáticos, filarmónicos y literarios. Muerte a los diletantes. Este grito, no hay duda, despertará a los diletantes de su semiactividad porque está emitido con toda la seriedad de la antipatía, es decir, del odio, y con la tranquilidad de un hombre que sabe que pertenece a un gran bando. De este bando son no sólo los hombres de letras perjudicados en sus intereses por el rival que vende gratismercancía sin valor, pero que no todo el mundo valora de tal manera, sino que también lo son los pobrecitos que para hacer caridad eligieron el vía crucis del concierto de beneficencia, y otros que son innumerables, como el Hamlet representado amablemente por el secretario de la correspondiente sociedad filodramática y por su hija, ayudados por alguien que desahoga sus instintos insatisfechos escribiendo letras de banco, y así sucesivamente.

Pero me temo que si nuestro grito tuviese el efecto inmediato de la recriminación de san Pedro, de los hombres y, lo que es peor, de las mujeres, morirían otros tantos por una epidemia de cólera general, y también me temo que los que quedaran no serían los mejores. Se ha dispuesto, sabiamente, que el rayo obedezca la voluntad de Júpiter y no la de los críticos literarios.

De cien personas cultas hay cincuenta que seguramente han sido diletantes de alguna de las bellas artes; estas personas que aburren o perjudican a sus semejantes forman también un bando, aunque el bando adversario les supere en número. 

Visto el gran número de diletantes, pienso que, antes de lanzar el anatema, sería aconsejable examinar las causas que producen tantos enfermos morales, porque un individuo afectado por una enfermedad no prueba otra cosa que la existencia de un organismo débil; mil o más individuos, afectados por la misma enfermedad, hacen pensar en una causa única, externa, que influye en muchos organismos al mismo tiempo.

No dudo en llamar enfermos a los diletantes, al menos los hombres de letras, porque si existe algo que distingue a los enfermos de los sanos es el efecto que producen sobre lo que los rodea. 

El efecto de numerosos diletantes es tal que sólo se puede comparar con el de los saltamontes: oscurecen el sol. 

Una época podrá tener hombres de genio y podrá producir obras maestras en abundancia; los grandes hombres se perderán entre el gentío y de sus obras maestras el público no podrá obtener una gran educación artística.

Los diletantes unidos a los mediocres por naturaleza se lanzarán sobre estas obras pensadas, reproducirán la superficie sobre su oropel, de tal manera que puedan engañar al ojo del público en general, el cual por cada juicio erróneo que emite pierde, si no cambia de opinión, sentido común y buen gusto.

Es muy cierto que, para llegar a tal conclusión, se identifica diletante con mediocridad, y puede identificarse así porque, para sus estudios superficiales, el diletante no puede ser otra cosa que mediocre hombre de letras, y sus obras concebidas y realizadas de forma rápida parecen hechas con los instrumentos toscos del carpintero y no con el cincel del artista. El poco tiempo que le dedica al arte le impide librarse de la influencia de la comedia y de la novela de moda. 

Sin embargo, confieso que no sé ponerme del lado del egregio articulista de Domenica Letteraria en el odio al diletante porque, repito, la enfermedad del diletante no depende del todo ni siempre del organismo; al diletante se le debe en muchas ocasiones compasión, pero no odio. 

Aunque en el organismo humano, en general, ya existe el embrión de la enfermedad. Es un embrión que si se observa racionalmente proporciona una virtud; son necesarias otras condiciones especiales para que se produzca la enfermedad. A nuestra mente, si está sana, no le basta el desarrollo que da una materia: requiere el ejercicio, y no del todo superficial, de más materias.

Un distinguido matemático alemán, recientemente fallecido, publicó un libro de poesía, y en el prólogo pedía perdón afirmando que contra el empobrecimiento del espíritu, contra la pedantería, no hay otro medio que el culto a más materias. Se sabe que Goethe, el cual, entre los hombres famosos, poseía quizás la naturaleza más equilibrada, tenía tendencia al diletantismo, es decir, a la pasión por muchas materias de las que una sola bastaría para llenar la vida de un hombre, incluso si este hombre se llama Goethe. Una cualidad suya absorbió las demás, pero no tanto como para no apenarse en la vejez de no verse apreciado como naturalista.1

En nuestra literatura, y a menudo con elogios, como diletantes aparecen príncipes cardenales, teólogos y hombres de Estado. Si no pareciera una irreverencia diría que el diletante más importante fue Maquiavelo; no menores fueron Buonarroti, Cellini y Alberti.

Si tales hombres, cuyas mentes estaban ocupadas en cosas de tanta importancia, sentían la necesidad de cultivar otras materias, ¿no es excusable que un agente de comercio o de banco satisfaga todo lo que pueda el deseo de repetir ideas o formas estéticas que la madre naturaleza, irrazonablemente, le puso en la sangre?

Sé que la existencia de este embrión en el organismo humano no necesitaba una prueba, y para muchos, para todos los que al menos una vez en su vida han reflexionado sobre esta cuestión, como todas las de la jornada, también esta un poco social, tampoco necesitará prueba el hecho de que este embrión se convierta en enfermedad por las condiciones de la literatura moderna.

Otras veces el individuo que con más fuerza poseía el embrión estaba a punto de abandonarse, cuando el amigo y el enemigo, de acuerdo en los medios, pero uno con la finalidad de hacerle continuar y el otro con la de disuadirlo, le entregaban algún clásico latino. El diletante, entusiasmado al principio, para alcanzar a Horacio, se ponía a estudiar gramática, y la primera declinación y la segunda lo fortalecían en el propósito, pero bastaba con la tercera para matar al diletante que había en él, y la humanidad se salvaba.

Por supuesto que quienes destrozaron las tradiciones se apenarían poco por esta última consecuencia de su obra, y sería ridículo querer juzgar todavía con más naturalidad un movimiento literario por el número de ineptos que, ilusos, pueden intentarlo. Sin embargo, una literatura que no reconoce tradiciones está preparada para acoger también a quien le regala migajas de su tiempo. No nos referimos a toda la vida, porque, fuera de Francia, aquellos cuyo oficio es producir libros también son profesores o periodistas, y viceversa.

Otra cualidad del movimiento literario moderno, y no me corresponde a mí decidir si es vicio o virtud, pero que favorece el desarrollo del diletantismo, es la rapidez con la que se obtiene el máximo premio que el arte puede conceder. Siendo simplemente diletante, uno se puede acostar sin que nadie lo conozca y puede que hasta despreciado, y que al amanecer lo despierte la fama en persona que llega para tomar posesión de la persona a la que ha elegido. El diletante conoce casos parecidos y sabe que lo que ha ocurrido tiene muchas posibilidades de que ocurra de nuevo.

La crítica negativa, tan poderosa hoy día y que cree que desanima a los ineptos, anima ambiciones desmesuradas, nutre todo tipo de ilusiones. No tenemos teatro nacional, dice esta crítica. Ahí hay un trono libre que podría conseguir, piensa un jovencito salido del instituto o que nunca ha entrado en uno. En torno a los aspirantes, copistas, estudiantes de comercio, corredores, aduaneros, músicos de orquesta se pide información a los empresarios de teatro. También la muerte o síncope de la epopeya produce más diletantes de lo que se cree.

La segunda razón por la que no sé odiar al diletante es que él, dañino cuando hace una literatura que pretende ser original, es muy útil como individuo que difunde las ideas de los demás. También el diletante siente la necesidad de estar al corriente del movimiento literario. Lee semanalmente los periódicos dominicales, la nueva novela de Zola, muchos artículos culturales y, si son de los mejores, los libros de Carducci.

Es como si con él hubiera diez o doce personas, porque discurre y discute de literatura con todos, incluso con el propio jefe, si es persona como es debido. En el teatro, en el patio de butacas, enfada a sus vecinos, pero a menudo los instruye. En el futuro él también creará, pero, mientras eso llega, habla contra la retórica, la tesis, la comedia tipo Sardou2 y así sucesivamente, según la sugerencia de su crítico favorito. En provincias, especialmente, donde los artistas de oficio escasean, el diletante es muy útil.

Odiar al diletante sería injusto. Más que a otros, se perjudica a sí mismo. Su actividad, como es dudosa, no le aporta el fruto que podría.

Frente al arte, es merecedor del poco esfuerzo que le concede, sin que siquiera se le pague con esas satisfacciones que da lo bueno a quien lo sepa comprender. El puro goce del arte sólo lo tiene el inteligente que nunca se le acercó con pensamientos ambiciosos.

E. S.

 

Italo Svevo
Escritor. Autor de Una vida y La conciencia de Zeno, entre otros libros.  

Traducción y edición de Cuqui Weller.


1 Cfr. Aus meinem Leben. Su pasión por la pintura es conocida. Era una pasión tan grande que amenazaba con separarlo de la literatura. Además, se quejaba de no tener tiempo para dedicarse a la arquitectura. (Nota del autor.)

2 Victorien Sardou (1831-1908), dramaturgo francés.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos