Frances Weinberg Toor (1881-1956) viajó a México en 1922 para estudiar español en la Escuela de Verano de la Universidad Nacional de México, en aquel tiempo ubicada en el Edificio de los Mascarones sobre la Ribera de San Cosme, cerca del centro histórico de nuestra ciudad. Después de visitar una exposición de arte folklórico patrocinada por la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo celebrada ese mismo año, decidió quedarse a vivir en México para estudiar las culturas indígenas en su diversidad y, en particular, su producción cultural.

Toor retratada al pie de la máquina por Tina Modotti
Todas las fotografías proceden del archivo personal de Bruce Toor
En 1925, Toor fundó la revista bilingüe Mexican Folkways, como “una consecuencia de mi gran entusiasmo y gusto de andar entre los indios y de estudiar sus costumbres…“.1 De 1925 a 1927, la revista se publicó bimestralmente y de 1928 a 1937 trimestralmente, con una laguna en 1931.2 En su último año se editaron tres números especiales, dedicados a José Guadalupe Posada, Diego Rivera, y las artes populares. El director artístico de los primeros cuatro números fue el artista francés activo en México, Jean Charlot, quien ya era conocido por sus programas de pintura mural que adornan algunas paredes de la Preparatoria Nacional, originalmente el antiguo Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, fundado por los Jesuitas en el siglo XVI. Obligado a salir de la ciudad por una temporada, fue suplantado definitivamente por Diego Rivera, que diseñó de ahí en adelante la portada de la revista, y colaboró con varios artículos. Incluso diseñó el atractivo ex libris de su amiga gringa a quien le dio el apodo de “Paca” Toor. Algunos de los colaboradores más destacados de Mexican Folkways incluyeron al poeta y dramaturgo, Salvador Novo, quien pergeñó un artículo sobre las escuelas de arte al aire libre para la revista; Xavier Villaurrutia, miembro del grupo literario (sin grupo) de los Contemporáneos, que periódicamente reseñaba la obra pictórica de artistas como el desdichado Abraham Ángel; el pintor y caricaturista Miguel Covarrubias; y la fotógrafa y militante comunista Tina Modotti, nacida en Umbría, Italia, pero nacionalizada estadunidense, que publicó su importante artículo “Sobre la fotografía” en las páginas de la revista, ilustrada además con varias de sus fotografías más representativas.
Si bien la revista duró más tiempo y publicó más números que otras parecidas —por ejemplo, Vida Mexicana (1922-1923), Nuestro México (1932), y Mexican Art and Life (1938-1939)—, Toor y su publicación siempre sufrían crisis económicas y hasta acusaciones políticas. Según lo que declara en 1926, “… si yo personalmente no desempeñase todas las labores desde mandadero hasta editor, por el solo placer de ver que la revista continúe publicándose, la publicación no existiría”.3 Al final, su persistencia fue compensada cuando el presidente Plutarco Elías Calles dijo sobre Mexican Folkways que “… además de ser muy original en su género, lleva al conocimiento de propios y extraños el espíritu real de nuestras razas aborígenes y el expresivo sentir de nuestro pueblo en general, rico en bellas tradiciones”.4 Al reflexionar sobre su labor editorial, ya en el crepúsculo de la revista, Toor concluyó que “Mexican Folkways ha jugado un papel muy importante en la formación de la nueva actitud mexicana hacia el indio al haber dado a conocer sus costumbres y arte; por la misma razón ha tenido una influencia importante en el movimiento del arte moderno”.5 En este sentido, la observación de Toor —a primera vista algo aventurada— hace eco a las palabras que articuló Octavio Paz en su discurso de recepción del Premio Nobel, titulado “La búsqueda del presente” (1990): “la búsqueda de la modernidad nos llevó a descubrir nuestra antigüedad, el rostro oculto de la nación. Inesperada lección histórica que no sé si todos han aprendido: entre tradición y modernidad hay un puente”. Por medio de su pasado México descubriría su propia modernidad.

Toor Studios por Juan O’Gorman
Desde la Frances Toor Gallery, que fundó en un edificio diseñado en 1931 por Juan O’Gorman en la “Colonia Americana” (ahora mejor conocida como la Zona Rosa), Toor editó varias guías turísticas para sus paisanos, dirigidas a motoristas que ahora podían llegar a lugares tan remotos como Oaxaca al tomar la recién inaugurada Carretera Panamericana. Publicaciones como A Motorist Guide to Mexico (1938), así como un libro dedicado exclusivamente a Mexican Popular Arts (1939), eran una novedad para México. La culminación de su trabajo etnográfico se descubre en su magnum opus que lleva por título A Treasury of Mexican Folkways, editado originalmente en 1947 por Crown Publishers de Nueva York. Constituye una verdadera enciclopedia de las costumbres mexicanas, sus danzas, fiestas, y ceremonias, ilustradas a todo color por el artista guatemalteco también activo en México, Carlos Mérida.
* * *
Recientemente he intentado averiguar los detalles íntimos de la vida de Frances Toor, una tarea relativamente difícil porque, aparte de sus libros sobre México y su folclor, algunas guías turísticas y uno que otro libro sobre cómo aprender el español, no dejó una autobiografía ni documento personal alguno que ayuden a reconstruir su vida en México y Estados Unidos —al menos ninguno que yo haya podido localizar. Dada esta laguna, decidí tratar de localizar a sus descendientes, algo complicado porque Toor nunca tuvo hijos. Al contrario, cuando por fin pude localizar su cripta en el cementerio “Hollywood Forever”, me sorprendió descubrir que estaba enterrada junto a otra mujer: Carrie I. Gibson.
De todas formas, intenté localizar a personas en California con el apellido Toor y, después de una complicada búsqueda cibernética, por fin localicé al Sr. Bruce Toor, que resultó ser el sobrino favorito de Paca. Lo conocí personalmente hace unos siete años en su casa de Hollywood Hills en Los Ángeles. Bruce era un abogado jubilado, una persona culta, interesada en sus propias raíces genealógicas. Una tarde me recibió en su casa para platicar sobre su tía Paca, a quien visitó por vez primera en México alrededor de 1952. Más de cincuenta años después, le pedía que despejara sus recuerdos para aportar información sobre su extraordinaria tía. Lo primero que me dijo fue que Frances nació en Minsk, Bielorrusia, a finales del siglo XIX, y que había emigrado, en compañía de su nutrida familia —que era judía— a los Estados Unidos. Resulta que Bruce había encontrado algunos datos del censo de 1904 de la ciudad de Rochester, New York, donde aparecen los papás de Frances: Isaac y Minnie, junto con ella y sus demás hermanos, pero ahí señala que era una familia alemana, no rusa. El sobrino me explicó que era común en aquel entonces que las familias judías evitaran relacionarse con el Imperio Ruso. Así que mejor optaron por Alemania, una elección que pesaría sobre Frances y su familia a lo largo del siglo XX porque Alemania jugó un papel desafortunado en ambas guerras mundiales. Como resultado de esta “mentira piadosa”, a Frances le tocaba presentarse ante las autoridades estadunidenses, en particular ante un “alien property custodian” (custodio de propiedad extranjera), para informarles de sus actividades tanto en México como en Estados Unidos.

Treasury of Mexican Folkways, Frances Toor
Aunque yo ya sostenía una teoría lésbica, le pregunté a Bruce sobre el esposo de Frances y si había tenido hijos con él. Me respondió que claro que no, que su tía era una lesbiana y que estaba enterrada junto con su compañera. Esta declaración no me sorprendió, pero me hizo pensar en cómo habría sido la vida de una lesbiana descrita por su amigo Joe Nash como una “Bull Dyke” —es decir, una mujer con rasgos masculinos— en el México de principios del siglo XX. Como ahora sabemos, esta orientación sexual no es ni era tan peculiar y tenemos información sobre varias de sus contemporáneas que tuvieron vidas bisexuales y homosexuales en el México de los 20, 30 y 40: Frida Kahlo, Pita Amor, Chavela Vargas.
No obstante, según su sobrino —que hacía grandes esfuerzos por recordar todos los detalles de la vida de su tía Frances durante nuestra larga entrevista— Toor sí habría estado casada con un hombre misterioso después de graduarse en 1914 de la Universidad de California, Berkeley con una maestría en antropología. Según la leyenda familiar, Frances había estudiado en Cornell University y ahí trabajó con un reconocido antropólogo que fue el primero en compartir su interés por México con su joven alumna. De acuerdo con Bruce, también existe otra historia que cuenta cómo Frances se casó con Abba (Abraham) Weinberg, optometrista o dentista de profesión, y cómo lo abandonó una vez que viajaron a México o América Central —en su luna de miel, según algunos.
Su sobrino conservaba muchos recuerdos de su tía porque Herbert Toor, el padre de Bruce, era su hermano favorito y “Paca” siempre se quedaba con ellos durante sus breves estancias en Estados Unidos donde iba a dar conferencias o visitar amigos. Por eso, Herbert conservaba en su casa la medalla del Águila Azteca otorgada a Frances por el gobierno de México, varios libros firmados por Rivera y otros artistas, entre muchas otras cosas. La verdad sea dicha, Bruce estaba muy emocionado por el hecho de que alguien se ocupara de su tía e hizo lo imposible para ayudarme en mis pesquisas. Es importante —y muy triste— señalar que hace dos años Bruce se suicidó en su casa de Los Ángeles por motivos aún desconocidos. Por fortuna, tengo varias entrevistas grabadas con él y estoy en contacto con su hija, Lisa Robinson.

Familia de Frances Toor, ella de pie lado derecho
Inexplicablemente, la segunda esposa de Herbert Toor había escondido muchos más documentos y objetos de Frances al fallecer su marido, y su sobrino tuvo que demandarla legalmente para recuperar algunos de ellos. Dado el temperamento de esta señora, Bruce estaba convencido de que ella había quemado todos los papeles de su tía Frances, incluyendo la edición completa de Mexican Folkways encuadernada en piel y que Bruce vio de reojo cuando acudió a la casa de su padre en Palm Springs acompañado de un abogado para recoger las cosas que le pertenecían por patrimonio. Los demás objetos desaparecieron o están en el Museo de Palm Springs, California, que resguarda algunas obras de Rivera y de Siqueiros donadas en vida por el hermano de “Paca”.
Un buen día decidí hablar a la “cruel madrastra”, pero ella no me quiso decir nada sobre Frances —a quien nunca conoció— y tenía más curiosidad en saber cómo había yo conseguido su número telefónico que en contarme cosas sobre su cuñada. Otro detalle interesante que resultó de esta búsqueda: como Frances se enfermó en Roma y murió en Nueva York (de un cálculo vesicular no atendido) y nunca pudo regresar a su casa de la colonia Tacubaya para poner sus cosas en orden, por lo que no debe extrañarnos que muchas se hayan perdido. No obstante, tengo noticias de que Paco Luna (n. 1939), el hijo de su asistenta, grabador del Taller de la Gráfica Popular, fue el recipiente de este acervo documental y lo sabemos porque ha vendido fotos de Tina Modotti y de otros fotógrafos famosos que originalmente fueron publicadas en Mexican Folkways. Eso fue lo único relevante que me dijo la madrastra: “busca a Paco Luna, busca a Paco Luna”, como una especie de mantra. Lo he buscado, pero sin éxito y si algún lector(a) tiene información sobre este individuo, mucho agradecería la compartiera conmigo.
Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor, entre otros, de Perdidos en la traducción: cinco extranjeros ilustres en el México del siglo XX.
1 Frances Toor, “Advertencia de la directora”, en Mexican Folkways, vol. 1, junio-julio de 1925, p. 4.
2 Muchos de los datos precisos empleados para la realización de esta propuesta se encuentran en la excelente monografía Arte y Folklore en Mexican Folkways, de Margarito Sandoval Pérez. (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.)
3 Frances Toor “Announcement”, en Mexican Folkways, vol. 1, núm. 5, febrero-marzo de 1926, p. 29.
4 Frances Toor, “Nuestro aniversario”, en Mexican Folkways, vol. 2, núm. 2, junio-julio de 1926, p.4.
5 Frances Toor, “Mexican Folkways”, en Mexican Folkways, vol. 7, núm. 4, octubre-diciembre de 1932, p. 205.